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lunes, 10 de agosto de 2026

Si quieres ser “brillante”, toma ejemplo

Este es el ejemplo que deberían tomar todos aquellos que van a dar una ponencia o una conferencia y quieren quedar ante la audiencia como una “mente brillante”.
 
(AZprensa) Hace años, con motivo de la celebración de la segunda edición del Congreso de Mentes Brillantes, los organizadores acordaron que ninguna de las ponencias debía durar más de 21 minutos, ya que este es el tiempo que el cerebro humano puede mantener su atención al 100%.
 
Ojalá cumpliesen esta norma tantos y tantos ponentes que se aferran al micrófono y al estrado y se deleitan escuchándose a sí mismos sin importarles un pimiento la audiencia y sin decir nada de interés o adornándolo de tal forma que el meollo de su intervención se podía haber resumido en cinco minutos y todos hubiéramos quedado tan contentos.
 
Por eso, aquél Congreso de Mentes Brillantes, que se celebró bajo el lema “El ser creativo”, y en el que participaron premios Nobel, científicos, filósofos, economistas, químicos, astrofísicos, emprendedores, ideólogos, asesores políticos, etc. debió ser una delicia para los asistentes, porque ninguno de los ponentes se enrolló y todos fueron directos al grano.
 
¿Lo ves? Eso sí que es “ser brillante”. Y yo no he necesitado cientos de páginas para transmitir ese importante mensaje.
 

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jueves, 25 de junio de 2026

Deja de buscar frases de otros. Las tuyas deberían ser mejores

Cada vez que alguien abre un discurso con una cita de Churchill, Aristóteles o Einstein está diciéndole al público, sin saberlo, que no confía demasiado en sus propias palabras. Hay una alternativa más honesta y más valiente: citarse a uno mismo.
 
(AZprensa) Existe un tic muy extendido entre quienes tienen que escribir un artículo, preparar una ponencia o abrir una presentación: lo primero que hacen es buscar una frase célebre de alguien famoso para encabezar su texto. Einstein, Churchill, Séneca, Gandhi, Steve Jobs —los clásicos de toda la vida y los clásicos de guardarropía— desfilan por miles de conferencias y artículos cada año sin haber sido invitados por nadie. El mecanismo que hay detrás es tan transparente como ineficaz: si cito a alguien muy inteligente, algo de esa inteligencia me salpicará por proximidad. Como si la sabiduría fuera contagiosa por mera vecindad tipográfica.
 
El resultado suele ser el contrario del deseado. Una frase de Aristóteles en la cabecera de un artículo mediocre no eleva el artículo: rebaja a Aristóteles. Y delata al autor: si necesita pedir prestada la autoridad de otros para arrancar, es porque no confía demasiado en la suya propia. Lo cual, antes de haber escrito una sola línea, ya es un mal comienzo.
 
La propuesta: cítate a ti mismo
 
Si uno habla o escribe sobre algo, se supone que sabe de lo que habla. Y si sabe, tiene ideas propias sobre ello. E ideas propias, destiladas con el tiempo y la experiencia, generan frases propias. Frases que merecen ser recogidas, conservadas y citadas —por uno mismo, en primer lugar— antes de que el viento se las lleve.
 
Citarse a uno mismo no es vanidad: es coherencia. Es confiar en el propio pensamiento lo suficiente como para presentarlo en público con nombre y apellidos, asumiendo la responsabilidad de haberlo dicho. Y tiene una ventaja adicional que la cita ajena nunca puede ofrecer: es original. Nadie más la ha dicho antes. Nadie más puede reclamarla. Es tuya.
 
Como ejemplo de lo que propongo, aquí van seis frases mías —algunas sobre comunicación y periodismo, otras sobre la vida en general— que he ido escribiendo o pronunciando a lo largo del tiempo y que considero que merecen sobrevivir al momento en que nacieron:
 
«Si buscas buenas frases para incluirlas en tu discurso o artículo, no debes buscar fuera sino citarte a ti mismo.»
 
«Cuando escribas una noticia o artículo piensa en el lector, no en tu jefe.»
 
«El problema de la Comunicación es que todos se creen expertos en ella.»
 
«La Poesía es el alimento del alma.»
 
«La violencia no es una cuestión de género, sino de dinamómetro.»
 
«La mejor tradición es la que me invento yo mismo.»
 
«Si quieres algo bien hecho, hazlo tú mismo.»
 
Esta última no es mía —es del cangrejo Sebastián de La Sirenita—, pero la incluyo porque es, con diferencia, la más aplicable a todo lo que hemos hablado. Y porque demuestra que la sabiduría no entiende de pedigrí académico: puede venir de Aristóteles o de un cangrejo animado, y en ambos casos lo que importa es si la frase dice algo verdadero.
 
Así que la próxima vez que te sientes a escribir ese artículo o a preparar esa ponencia y sientas el impulso de buscar una cita famosa para empezar con buen pie, detente un momento. Piensa en lo que tú mismo has dicho o escrito sobre ese tema a lo largo de tu vida. Seguramente hay ahí algo que merece la pena rescatar. Y si todavía no lo has dicho, dilo ahora. Puede que sea esa frase la que alguien cite dentro de veinte años.
 

Biblioteca Fisac
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lunes, 25 de mayo de 2026

Cítate a ti mismo

Hay quienes adornan sus escritos con frases de personajes ilustres para parecer más cultos. Hay otro camino, más honesto y más exigente: citar las propias palabras, que para algo uno sabe de lo que habla.
 
(AZprensa) Hay un gesto que se repite con llamativa frecuencia en discursos, artículos y presentaciones de todo tipo: el de abrir con una frase de Aristóteles, de Churchill, de Einstein o de cualquier otro nombre lo suficientemente ilustre como para que el público asiente con respeto antes de que el orador haya dicho nada propio. El mecanismo es transparente —aunque quien lo practica rara vez parece verlo— y funciona así: si cito a alguien muy inteligente, me estaré poniendo a su nivel y así me verá la gente. Es, en el fondo, una forma de pedirle prestada la autoridad a quien ya la tiene, en lugar de ganársela con lo que uno mismo tiene que decir.
 
No digo que citar a otros sea siempre malo —hay contextos en que una cita ajena es exactamente lo que hace falta y nada más—, pero sí digo que se abusa de ello, y que detrás de ese abuso hay con demasiada frecuencia una inseguridad que el autor prefiere disimular con nombres ajenos antes que enfrentarse a sus propias palabras. Porque si uno habla o escribe sobre algo, se supone que sabe de lo que habla. Y si sabe, tiene sus propias ideas sobre ello. E ideas propias generan, tarde o temprano, frases propias. Que son, al fin y al cabo, las únicas de las que puede responder con total honestidad quien las pronuncia.
 
Por eso abogo por un recurso que, bien mirado, es más exigente pero también más legítimo: citarse a uno mismo. Buscar entre lo que uno ha dicho o escrito aquella frase que mejor ilustra el punto que quiere desarrollar. Es un ejercicio que obliga a conocer el propio pensamiento, a haberlo destilado en algún momento hasta dejarlo en una sola oración. Y cuando eso se ha hecho, la cita no es un adorno: es la columna sobre la que se sostiene el argumento.
 
Sirva como ejemplo esta frase mía, que viene al caso:
«Cuando escribas una noticia o artículo piensa en el lector, no en tu jefe.»
Vicente Fisac
 
El lector, ese gran olvidado
 
Esta frase merece un comentario adicional, porque el problema que describe no solo no ha desaparecido sino que sigue siendo uno de los males más extendidos del periodismo y de la comunicación en general. Abundan las intromisiones: las del editor, que impone sus directrices ideológicas o comerciales; las del anunciante, cuya sensibilidad nadie quiere herir; y las del propio autor, que a veces escribe para sí mismo —para lucirse, para ajustar cuentas, para demostrar algo— olvidando que hay alguien al otro lado de la pantalla o del papel que no tiene ninguna obligación de seguirle en ese viaje interior.
 
Escribir para el lector es, en teoría, lo más obvio del mundo. En la práctica, es una de las cosas más difíciles que existen. Porque implica renunciar al propio ego, poner entre paréntesis lo que a uno le apetece decir y preguntarse en cambio qué necesita saber el otro, qué puede entender, cómo puede formarse su propio juicio sin que el texto le lleve de la mano hasta la conclusión que el autor ya tenía preparada de antemano. Si lo que quieres es expresarte a ti mismo, para eso existe el diario personal. Si lo que quieres es comunicarte con alguien, tienes que pensar en ese alguien. Es tan sencillo y tan difícil como ponerse en el lugar del otro.
 
Y esto, que es válido para el periodismo, lo es también para cualquier conversación, cualquier reunión, cualquier relación. El que habla pensando solo en lo que quiere decir raramente conecta con quien escucha. El que habla pensando en quien le escucha, casi siempre lo consigue. La diferencia está ahí, en ese pequeño desplazamiento del centro de gravedad: de uno mismo hacia el otro.
 
Sencillo de entender. Difícil de practicar. Pero esa es precisamente la diferencia entre saber algo y hacerlo.
 

Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/

lunes, 14 de octubre de 2024

El “problema” de hablar bien en público

(AZprensa) Parece extraño este titular. ¿Cómo va a ser un problema hablar bien en público? ¡Todo lo contrario, el problema sería hablar mal en público! Pero no, no me he equivocado, porque cuando yo comencé a hablar en público y era capaz de mantener a mi auditorio atento, siguiendo mi presentación… se percataron de ello mis jefes y lo compararon con los discursos que daban otros mandos de la compañía en los que su audiencia se aburría soberanamente e  incluso más de uno echaba una cabezada.
 
Hay que tener en cuenta, además, que en las convenciones los asistentes se acuestan muy tarde porque quieren aprovechar al máximo el tiempo libre disponible y la oportunidad que ese viaje les brinda de estrechar lazos con otros compañeros. Total, que tras una noche en la que sólo han dormido tres o cuatro horas, llegar a un auditorio con todas las luces apagadas, salvo las del escenario; sentados en una cómoda butaca, y escuchando un discurso monótono de cifras de ventas, resultados, presupuestos, etc., lo más normal es que el peso de los párpados se venza por la inercia.
 
El caso es que, ante esa situación, me pidieron que en lo sucesivo yo hiciese mi presentación a primera hora de la tarde, justo después de comer… que es el momento ideal para echarse una siesta… y yo era el único que podía impedir que se durmiesen!
 
Y en general, esta fue la norma a lo largo de toda mi carrera profesional y para ello utilicé todo tipo de trucos para que mis presentaciones les resultasen atractivas y ejerciesen sobre ellos un efecto más eficaz que el de cualquier café bien cargado. En fin, ya os iré contando…
 

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sábado, 12 de octubre de 2024

Hablar en público, sí, pero… ¿te escuchan?

(AZprensa) Desde que comencé a hablar en público comprendí que lo más importante era captar y mantener la atención del público, porque ¿de qué te vale contar cosas muy interesantes si todo tu auditorio está bostezando, durmiendo o pensando en otras cosas? ¿De qué sirve un discurso si nadie presta atención? Por eso, no basta con estructurar muy bien tu discurso y contar cosas interesantes en un lenguaje claro, sencillo y directo; es necesario que los espectadores se sientan interesados por lo que les dices y por consiguiente les llegue tu mensaje.
 
Y así lo hice desde mi primera intervención en público, ante un auditorio con más de 100 personas con motivo de una Convención Nacional. Acababa de terminar mis estudios de Publicidad y bien sabía lo importante que es captar la atención, así que –en esa primera ocasión- les propuse un juego al comienzo de mi intervención. Como mi charla iría acompañada de imágenes que se irían proyectando sobre la pantalla, les pedí que estuviesen atentos a todas ellas, ya que al final les preguntaría por algún detalle de las mismas y el acertante (si era uno solo) o por sorteo entre los que acertasen, se concedería un regalo.
 
Al final de la presentación les pedí que escribieran en una papeleta que les habíamos entregado al principio, un detalle de una de las imágenes, en aquél caso concreto de una en la que hablaba de la importancia de la “memoria fotográfica”. Hubo muchos acertantes y, por sorteo, uno de ellos se llevó el premio que –no podía ser de otra forma, dada la pregunta que les formulé- que una cámara fotográfica.
 

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lunes, 4 de julio de 2022

La mano inocente

(AZprensa) A comienzo de los años ochenta y en el sector de agroquímicos, la presencia masculina era abrumadora, quedando para la mujer sólo los puestos de secretaria y poco más. Sin embargo había algunas excepciones como el puesto de Jefe de Investigación de Mercados, que ocupaba una chica, Mercedes Gutiérrez.
 
En aquellas primeras convenciones en que participé, la sala estaba siempre llena de hombres y sólo se veía, entre ellos, la figura femenina de Mercedes, aparte de la de una o dos secretarias que estaban en primera fila para ayudar con las proyecciones, entrega de materiales a los asistentes, etc.
 
Para mantener la atención de los asistentes durante una de mis ponencias, les anuncié que al final de la misma haría una pregunta sobre lo que hubiese hablado, y entre los que acertasen aquella pregunta se sortearía allí mismo un premio que, en esa ocasión era un robot de cocina, con el que podrían dar una alegría a sus esposas al llegar a casa.
 
Cuando terminé mi exposición hice la pregunta que, ciertamente, era bastante fácil, ya que quería que la acertase todo el mundo, de lo que se trataba era de reforzar el principal mensaje que había transmitido en mi exposición. Las secretarias recogieron las papeletas y las introdujeron en una urna para proceder al sorteo de tan codiciado premio. Entonces se me ocurrió decir: “A ver, una mano inocente que saque la papeleta ganadora”. Se miraron unos a otros y poco a poco todas las miradas fueron confluyendo en la única mujer que estaba sentada entre tantos hombres. Un poco azorada, Mercedes se vio obligada a salir al escenario para extraer la papeleta. Llegó hasta la urna. Metió la mano removiendo bien todas las papeletas, y extrajo una. “¿Quién es el ganador?”, le pregunté. Y ella se quedó muda, paralizada, y respondió algo que sólo pudo oír el cuello de su vestido. “¿Cómo dices?”, le pregunté. Y entonces ella respondió con vergüenza: “...es la mía”.
 
Todo el auditorio masculino prorrumpió en carcajadas, aplausos, y gritos de “¡tongo!” en plan de broma, porque a la vista estaba que el sorteo había sido público y limpio. ¡Sólo una mujer entre más de 100 hombres, un regalo que era especial para mujeres, y la mano inocente de esa única mujer fue la que sacó su propia papeleta!
 

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jueves, 5 de mayo de 2022

Mi vida desde el útero

(AZprensa) 
Hay mucha gente aficionada a hablar y hablar sin parar, a contarnos su vida con todo lujo de detalles aunque no nos interese lo más mínimo; y encima, si por las circunstancias debemos estar callados y sentados, sin posibilidad de escapar, entonces aquello se hace eterno e insoportable. Si hubiese un libro de los record para reflejar las más eternas y tediosas historias, esta que voy a referir a continuación deberían haberla incluido…
 
Esta anécdota tuvo lugar con motivo de la presentación de un libro y la protagonizó uno de sus dos autores. No daré más datos salvo decir que el susodicho autor era una persona muy mayor. Todo comenzó muy bien, muy normal y muy ameno. El primer autor hizo una exposición de los aspectos más interesantes que abordaba el libro, desveló algunas anécdotas, y nos fue llevando a todos con habilidad a seguir su exposición y sentir deseos de comprar el libro. Su exposición fue además corta, dijo lo que tenía que decir, sin repeticiones, sin vaguedades... y pasó la palabra al otro autor. ¡Y aquí vino lo malo!
 
Este otro autor, tomando el hilo del orador precedente, hizo un par de comentarios para enlazar con lo que realmente quería: contarnos su vida. Nada de hablar del libro, lo único que quería era hablar de su vida y aquella era una oportunidad única puesto que tenía ante sí una nutrida audiencia sentada (sin escapatoria posible, por lo violento que resultaría levantarse y marcharse) porque estoy seguro que en su vida personal y familiar quienes se topen con él buscarán enseguida la forma más rápida de huir.
 
Pero bueno, esto que cuento no parece nada nuevo; hay mucha gente a la que le gusta contar su vida aunque sea en el marco de la presentación de un libro. Sin embargo, lo que hizo diferente esta historia es que comenzó a contar su vida no desde el día en que nació, sino ¡desde el día en que fue concebido! ¡Sí! ¡Y nos contó dónde estaban sus padres y lo que hacían mientras él estaba en el útero! ¡Cómo si hubiese sido testigo presencial y actor principal de aquellos acontecimientos, por otra parte intrascendentes!
 
Para colmo, como ya he dicho que se trataba de una persona muy mayor, la historia de su vida fue... interminable. De vez en cuando yo miraba de reojo a los que estaban sentados a mi lado y notaba cómo les dolía el culo y tenían que ir cambiando de postura en la silla. Fue una de las presentaciones más horrorosas, aburridas, insufribles e interminables que he padecido a lo largo de mi vida.

Fuente: “Memorias de un Dircom” https://amzn.to/32zBYmg