Tenía por ahí,
escrito hace ya unos cuantos años, un pequeño texto en el que hacía una
reflexión después de ver en televisión el último capítulo de la miniserie
“Marco”. Al terminar, me di cuenta —y así lo dejé reflejado entonces— de que
aquella historia era una auténtica rara avis.
Porque,
entre tanta violencia, tanta maldad, tantas infidelidades, tantos engaños,
tantos políticos de mierda, tanta ansia de poder y de dinero, tanta
superficialidad y tanto consumismo, encontrarse con una historia limpia e
inocente como aquella resultaba casi una anomalía.
Y
no es que fuera simplemente una historia inocente. Era, además, divertida,
interesante, bien contada, bien interpretada, bien fotografiada, emocionante,
tierna y cargada de valores humanos. Incluso estaba razonablemente bien
planteada, teniendo en cuenta que había que aceptar ciertas licencias de la
ficción: no resulta fácil comprender cómo un par de niños pueden viajar solos
de una ciudad a otra y acabar incluso al otro lado del Atlántico. Pero con un
poquito de condescendencia por nuestra parte, uno podía aceptar aquello como
parte de las reglas del juego y dejarse llevar por la historia.
Sin
embargo, hubo un pequeño borrón. Al final de la película, después de un año de
andar de un lado para otro como dos auténticos vagabundos, los dos hermanos
esperan la llegada del barco. Se sientan en el suelo y, en un determinado
momento, la cámara nos muestra las suelas de sus zapatos.Blancas. Inmaculadas.
Impolutas. Como si acabaran de salir de la zapatería.
¡Qué
pena! Después de un año recorriendo caminos, calles, puertos y quién sabe
cuántos lugares más, aquellos zapatos tenían las suelas más limpias que las de
cualquiera que acabara de estrenarlos. Y lo peor es que habría sido tan fácil
solucionar el problema… Bastaba con ponerles unos zapatos viejos, o ensuciar un
poco las suelas antes de rodar aquella escena.
Aquel
pequeño detalle me hizo sonreír, pero también me llevó a una reflexión bastante
más seria. Porque, de algún modo, aquella suela inmaculada me recordó que todo
en esta vida tiene algo de farsa. Incluso las historias que pretenden
mostrarnos la realidad necesitan maquillaje, trucos y pequeñas trampas para
resultar creíbles.
Y
quizá por eso nos gustan tanto las buenas historias.
Porque
la realidad, tal como nos la encontramos cada día, no siempre resulta
agradable. A veces es demasiado violenta, demasiado injusta, demasiado vulgar o
demasiado interesada. Y cuando uno está cansado de contemplarla, quizá no haya
nada malo en cerrar los ojos durante un rato y dejarse llevar. No para huir
definitivamente de ella, sino para tomarnos un descanso.
Cerrar
los ojos, abrir un libro, ver una película, escuchar una historia… y viajar,
aunque sea durante unos minutos, a un mundo diferente. Un mundo donde todavía
haya inocencia, amistad, ternura, aventuras y buenos sentimientos; donde los
malos no siempre ganen y donde los héroes puedan ser simplemente dos niños que
recorren el mundo buscando a su madre.
Y
allí, además, podemos permitirnos un pequeño milagro: vivir las más
apasionantes aventuras sin necesidad de desgastar la suela de los zapatos.
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