Hay personas que
saben leer. Y hay personas que, además, saben leer entre líneas. No es
exactamente lo mismo.
(AZprensa) Leer consiste,
en principio, en descifrar las palabras que alguien ha escrito y entender lo
que aparentemente quiere decir. Leer entre líneas exige algo más: prestar
atención a lo que no está escrito, a lo que se insinúa, a las intenciones que
pueden esconderse detrás de una frase y, en definitiva, descubrir un segundo
mensaje que puede estar muy lejos de lo que dicen literalmente las palabras. Porque
no siempre las cosas son lo que parecen.
Un
texto puede hablar de una cosa y estar hablando, en realidad, de otra. Una
conversación puede parecer intrascendente y contener una advertencia. Una
novela puede contar una historia de amor y estar hablando de soledad. Una
película puede mostrarnos violencia, ambición y traiciones y, sin embargo,
transmitir un mensaje profundamente humano.
El
problema es que solemos quedarnos con la primera lectura. Con lo evidente. Con
aquello que está escrito en letras grandes. Y quizá nos perdemos precisamente
lo más interesante, que suele estar escrito en letra pequeña.
Hace
algún tiempo tuve una experiencia curiosa con mi propio libro, “La Biblia de
Falcon Crest”. Cuando escribí este libro sobre aquella popular serie de
televisión, descubrí algo que, visto con cierta perspectiva, resulta bastante
sorprendente.
Falcon
Crest nos presentaba un mundo en el que precisamente no abundaban las virtudes.
Sus personajes eran ambiciosos, cínicos, manipuladores y, en muchos casos,
bastante amorales. Allí había conspiraciones, venganzas, envidias, traiciones,
intereses económicos, infidelidades y luchas por el poder. Los protagonistas
podían sonreír mientras estaban preparando la próxima jugada contra alguien. Y
cuando parecía que todo estaba resuelto, aparecía otra conspiración para
demostrar que, en aquel universo, la tranquilidad era solamente el intervalo
entre dos problemas.
Y,
sin embargo, debajo de todo aquello había otro relato. Al analizar los diálogos
y las situaciones de la serie descubrí que, entre líneas, podían encontrarse
mensajes muy diferentes de los que aparentemente dominaban la historia: amor,
compasión, amistad, fidelidad, honradez, solidaridad, arrepentimiento, perdón...
Es decir, precisamente algunos de los valores que encontramos en la Biblia. De
ahí el título de mi libro.
No
estoy diciendo que los guionistas de Falcon Crest se sentaran ante una mesa
para decidir: “Hoy vamos a transmitir un mensaje bíblico mediante una familia
de millonarios californianos que se dedican a hacerse la vida imposible”.
Probablemente no fue así. Quizá algunos de esos mensajes fueron deliberados.
Quizá otros surgieron de manera inconsciente. Y quizá fueron los propios
conflictos humanos de la historia los que terminaron poniendo de manifiesto,
por contraste, aquello que realmente importa.
Hay una curiosa
paradoja: a veces necesitamos ver lo que está mal para comprender lo que está
bien
Una
traición nos hace valorar la fidelidad. Una mentira nos hace apreciar la
verdad. La ambición desmedida nos hace comprender el valor de la generosidad.
El odio pone de manifiesto la necesidad del amor. Y cuando contemplamos a
alguien que utiliza a los demás para conseguir sus objetivos, descubrimos, precisamente
por contraste, la importancia de la amistad y de la lealtad. Eso también es
leer entre líneas. Y no ocurre solamente en los libros o en las series de
televisión. Ocurre continuamente en nuestra vida.
Una
persona puede decirnos “haz lo que quieras” y estar diciendo exactamente lo
contrario. Alguien puede felicitarnos por una decisión y, por el tono empleado,
estar demostrando que no le ha gustado absolutamente nada. Un político puede
pronunciar un discurso lleno de palabras aparentemente impecables y dejar
entrever otras cosas muy distintas. Una publicidad puede hablarnos de libertad
mientras intenta convencernos de que necesitamos comprar algo que hasta ese
momento no necesitábamos. Incluso un silencio puede decir más que un discurso.
Por
eso leer entre líneas requiere algo más que inteligencia. Requiere atención,
experiencia y capacidad de observación. Y, sobre todo, exige no aceptar
automáticamente la primera interpretación que se nos presenta.
Las
palabras tienen un significado, pero también tienen un contexto. Una frase
aislada puede significar una cosa y esa misma frase, pronunciada en
determinadas circunstancias, significar otra completamente distinta.
Por
eso conviene preguntarse de vez en cuando: “¿Qué me está queriendo decir realmente?”.
No para convertirnos en paranoicos que buscan dobles intenciones detrás de cada
palabra, porque entonces acabaríamos viendo conspiraciones hasta en la lista de
la compra. Se trata simplemente de desarrollar una mirada más profunda y menos
ingenua sobre aquello que leemos, escuchamos y observamos.
Pero
también existe el peligro contrario: leer entre líneas lo que no existe. Una
cosa es descubrir un mensaje oculto y otra inventárselo. Una cosa es
interpretar y otra proyectar sobre un texto nuestras propias ideas. Leer entre
líneas no significa retorcer las palabras hasta conseguir que digan lo que
nosotros queremos que digan. Significa prestar atención a las pistas que el
propio texto proporciona.
Y
aquí está, probablemente, lo más interesante: un buen escritor puede conseguir
que el lector reciba un mensaje sin darse cuenta de que lo está recibiendo. Puede
envolver una idea en una historia. Puede esconder una enseñanza dentro de una
conversación. Puede hacer que un personaje diga una cosa mientras sus actos
demuestran otra. Puede utilizar la ironía para que comprendamos exactamente lo
contrario de lo que aparentemente se afirma.
Es
una especie de juego de inteligencia entre quien escribe y quien lee. El
escritor coloca las piezas. El lector debe descubrir cómo encajan. Y cuando lo
consigue, aparece una segunda historia debajo de la primera.
Quizá
por eso algunos libros envejecen mejor que otros. Los que solamente cuentan una
historia pueden entretenernos durante un tiempo. Los que, además, esconden algo
debajo de esa historia pueden acompañarnos durante muchos años, porque cada
nueva lectura permite descubrir algo que antes no habíamos visto.
Con
“La Biblia de Falcon Crest” me ocurrió precisamente eso: terminé descubriendo
que detrás de un universo aparentemente dominado por la ambición, el dinero, el
poder y las intrigas podía encontrarse un mensaje mucho más humano. Quizá sea
una buena lección para la vida. No deberíamos quedarnos siempre con lo primero
que vemos. Ni con lo primero que escuchamos. Ni siquiera con lo primero que
leemos. Porque las palabras son solamente el envoltorio. A veces el verdadero
regalo está dentro.
Aquella mítica serie de TV de los 80 escondía un mensaje secreto que ahora ha sido desvelado…
“La Biblia de Falcon Crest”
https://amzn.eu/d/ijPoCo6
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