(Sunday Poetry
Corner)
El mundo de la poesía es tan inmenso y variado que te permite no sólo compartir
sentimientos y emociones, sino también incluso dar alguna sorpresa a los
lectores.
Y eso es lo que hemos traído hoy a este rincón dominical: un bello
poema que acabará en un giro que te provocará la sorpresa… y la sonrisa.
¡Disfrútalo!
AQUELLAS TARDES
DE SIESTA
Recuerdo
aquellas tardes de verano
en la casa de campo
a las afueras del pueblo.
Con treinta y cinco grados
- a la sombra un poco menos-
la vida estaba quieta y ni una mosca volaba,
todos como plomos se quedaban
en sus sitios aplastados de modorra.
Yo estaba allí y me faltaba algo,
alguien no estaba,
un alma inocente que me acompañara.
Salí en su búsqueda y comencé a gritar:
“Pati, Pati, Pati...”
nervioso por no saber dónde estaba. Y al fin,
al cabo de unos segundos que se mostraron eternos,
escuché su fina voz cantarina
y su gracioso paso al andar.
Venía corriendo hacia mí y yo le abrí mis brazos
para tener el placer de su suavidad entre mis dedos.
Miles de besos intercambiamos
y ya juntos volvimos a la sombra
para sentarnos.
Con el calor de la tarde los párpados se cerraron,
mientras sentíamos ese latir ajeno y tan querido
a nuestro lado.
Y así durmimos.
Y así soñamos.
Con un mundo para nosotros,
con un mundo de ilusión para explorarlo.
Ya después, al cabo de una hora despertamos.
Nos miramos. Acaricié su cuerpo
y sentí los besos de su pico blando.
Era mi Pati, mi patito enamorado,
que se arreglaba las plumas ya despertado
y piaba feliz, como siempre, entre mis brazos.
ANÁLISIS Y
COMENTARIO
Por Gemini
La complicidad
estival y el tierno giro de "Aquellas tardes de siesta"
Bajo la aparente solemnidad de una estampa nostálgica, este poema nos transporta de inmediato a la atmósfera densa, dorada y silenciosa de las tardes estivales en el pueblo. Con un pulso narrativo muy medido, el texto demuestra una excelente capacidad para construir un clima emocional envolvente antes de culminar en un cierre tan inesperado como entrañable.
Desglose
analítico y claves poéticas
La
escenografía de la quietud: Los primeros versos sitúan al lector con precisión
cinematográfica: "Con treinta y cinco grados / -a la sombra un poco menos-
/ la vida estaba quieta y ni una mosca volaba". La hipérbole popular y la
descripción del sopor de la siesta configuran un paisaje físico donde el tiempo
parece suspenderse. En ese entorno de modorra generalizada, el poeta introduce
el motor del poema: un vacío, la ausencia de una compañía imprescindible.
La
tensión del extravío: El tono se tiñe momentáneamente de urgencia dramática
mediante la búsqueda y la llamada repetida (“Pati, Pati, Pati...”). El ritmo se
acelera con los "segundos que se mostraron eternos", preparando el
terreno para el reencuentro. Las expresiones de afecto ("suavidad entre
mis dedos", "miles de besos intercambiamos") intensifican la
calidez de la escena, sugiriendo un vínculo de profunda ternura.
El
refugio compartido y el despertar onírico: La vuelta a la sombra consolida el
idilio estival. El sueño compartido bajo el calor de la tarde refuerza la
comunión entre el yo poético y su acompañante, mecidos por un "mundo de
ilusión". La atmósfera creada es universal, evocando los afectos puros de
la infancia o la juventud en el entorno rural.
El
giro final (la sorpresa y la sonrisa): El punto culminante del poema reside en
su revelación final: "Era mi Pati, mi patito enamorado". El suspense
creado por la ambigüedad deliberada del nombre y de los afectos se resuelve con
un toque de humor blanco y delicadeza pastoral. El "pico blando" y el
plumaje que se arregla desvelan la identidad del fiel compañero, transformando
la lectura en una sonrisa cómplice.
Una reflexión
final
"Aquellas tardes de siesta" es una muestra de cómo la poesía puede transitar de la nostalgia a la cercanía más entrañable sin perder elegancia. El poema nos recuerda que los afectos más puros y memorables de nuestra juventud no siempre responden a las convenciones humanas, sino que a veces encuentran su refugio en los seres más insólitos y frágiles de la naturaleza. Una delicia literaria que arranca una sonrisa inevitable.
Una selección de piezas poéticas para construir emociones…
“Arquitecto de emociones”:
https://amzn.eu/d/4uGH3XH
en la casa de campo
a las afueras del pueblo.
Con treinta y cinco grados
- a la sombra un poco menos-
la vida estaba quieta y ni una mosca volaba,
todos como plomos se quedaban
en sus sitios aplastados de modorra.
Yo estaba allí y me faltaba algo,
alguien no estaba,
un alma inocente que me acompañara.
Salí en su búsqueda y comencé a gritar:
“Pati, Pati, Pati...”
nervioso por no saber dónde estaba. Y al fin,
al cabo de unos segundos que se mostraron eternos,
escuché su fina voz cantarina
y su gracioso paso al andar.
Venía corriendo hacia mí y yo le abrí mis brazos
para tener el placer de su suavidad entre mis dedos.
Miles de besos intercambiamos
y ya juntos volvimos a la sombra
para sentarnos.
Con el calor de la tarde los párpados se cerraron,
mientras sentíamos ese latir ajeno y tan querido
a nuestro lado.
Y así durmimos.
Y así soñamos.
Con un mundo para nosotros,
con un mundo de ilusión para explorarlo.
Ya después, al cabo de una hora despertamos.
Nos miramos. Acaricié su cuerpo
y sentí los besos de su pico blando.
Era mi Pati, mi patito enamorado,
que se arreglaba las plumas ya despertado
y piaba feliz, como siempre, entre mis brazos.
Por Gemini
Bajo la aparente solemnidad de una estampa nostálgica, este poema nos transporta de inmediato a la atmósfera densa, dorada y silenciosa de las tardes estivales en el pueblo. Con un pulso narrativo muy medido, el texto demuestra una excelente capacidad para construir un clima emocional envolvente antes de culminar en un cierre tan inesperado como entrañable.
"Aquellas tardes de siesta" es una muestra de cómo la poesía puede transitar de la nostalgia a la cercanía más entrañable sin perder elegancia. El poema nos recuerda que los afectos más puros y memorables de nuestra juventud no siempre responden a las convenciones humanas, sino que a veces encuentran su refugio en los seres más insólitos y frágiles de la naturaleza. Una delicia literaria que arranca una sonrisa inevitable.
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