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viernes, 4 de septiembre de 2026

Cuando recortar céntimos en los genéricos pone en riesgo la salud

El uso racional de los medicamentos genéricos es una herramienta indispensable para garantizar la sostenibilidad financiera de la sanidad pública. Nadie cuestiona su utilidad estructural. Pero convertir el precio más bajo en el único criterio de excelencia es un error estratégico de graves consecuencias.

(AZprensa) En el artículo de ayer sobre el sector farmacéutico, poníamos sobre la mesa el eterno debate acerca de la equivalencia real entre los medicamentos originales y las opciones genéricas. Pero rascar la superficie de este mercado revela una trastienda industrial aún más compleja. Si analizamos la cadena de suministro y la presión económica a la que se somete a los fabricantes, el debate sobre el ahorro deja de ser meramente financiero para convertirse en una cuestión de estricta seguridad sanitaria.
 
¿Son los laboratorios de genéricos hermanitas de la caridad?
 
Conviene desterrar los falsos romanticismos. Las grandes multinacionales farmacéuticas de investigación no son ONG; buscan beneficios legítimos a través de la innovación, el desarrollo de moléculas punteras y la excelencia clínica de la que luego se beneficia toda la sociedad.
 
Pero los laboratorios de genéricos tampoco son benefactores de la salud pública. Son empresas puramente comerciales cuyo modelo se sustenta en el volumen y en el ajuste drástico de gastos. Cuando los sistemas de salud y las administraciones exprimen los precios de referencia hasta obligar a comercializar fármacos por cantidades exiguas, se activa una reacción en cadena inevitable: para mantener el margen de beneficio, hay que abaratar la producción en el origen.
 
Llegados a este punto, conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿es lógico que un envase de antibiótico de uso clínico cueste hoy lo mismo o incluso menos que un paquete de chicles? Cuando el precio de un medicamento vital se desploma hasta esos niveles, alguien, en algún eslabón de la cadena, está recortando en lo esencial.
 
La trastienda invisible de la fabricación: maquinaria y materias primas
 
Detrás de un comprimido no hay únicamente un principio activo teórico, sino una infraestructura industrial milimétrica. Y es aquí donde la obsesión por el bajo coste muestra sus mayores vulnerabilidades:
 
Maquinaria obsoleta o de segunda mano: Para fabricar pastillas que garanticen una dosificación exacta y uniforme, se requieren prensas de compresión de última generación. Sin embargo, no es ningún secreto industrial que algunos productores de bajo coste adquieren maquinaria de segunda mano o desfasada. La pregunta técnica es evidente: ¿comprime y dosifica con la misma precisión una máquina vieja y desgastada que una tecnología punta? La respuesta es un rotundo no.
 
El origen incierto de las gelatinas: Las cápsulas blandas o duras que recubren muchos fármacos se obtienen a partir de derivados cartilaginosos animales. Mientras que los productores rigurosos exigen una trazabilidad estricta y certificados de calidad europeos, existen proveedores alternativos que se abastecen en mataderos de regiones con estándares sanitarios muy laxos, como determinadas zonas de la India o Pakistán, operando muchas veces en una peligrosa opacidad documental.
 
Excipientes y colorantes low cost: Un medicamento no solo lleva principio activo; incluye aglutinantes, recubrimientos y colorantes. Un gran laboratorio de prestigio internacional jamás pondrá en riesgo su reputación global por ahorrarse unos céntimos en un tinte o un excipiente secundario. En cambio, una estructura modesta de genéricos, cuyos beneficios unitarios se miden estrictamente en fracciones de céntimo, puede caer en la tentación de buscar el proveedor más económico del mercado global, abriendo la puerta a reacciones alérgicas imprevistas y problemas de tolerancia en pacientes sensibles.
 
Por eso habría que plantearse cuál es el verdadero coste de lo barato; porque cuando se trata de lo que ingerimos para curar nuestro organismo, la obsesión ciega por abaratar cada céntimo nos sale -tarde o temprano- demasiado cara.
 
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jueves, 3 de septiembre de 2026

¿Son realmente iguales los medicamentos genéricos y los de marca? El dilema entre la economía y la salud

Han pasado los años, los gobiernos se suceden y las normativas sanitarias se afinan sobre el papel, pero en el fondo de las boticas y en los mostradores de las farmacias el dilema sigue intacto. Cuando acudimos a retirar una receta, la inercia del sistema nos empuja casi sin margen de maniobra hacia el medicamento genérico. La premisa oficial es clara y repetida hasta la saciedad: mismo principio activo, misma eficacia, menor coste.
 
(AZprensa) Al rascar la superficie de la verdad oficial, surgen preguntas incómodas que la burocracia sanitaria prefiere silenciar. ¿Es un genérico exactamente igual a su equivalente de marca? Y lo que es más importante: ¿dónde está el límite entre la eficiencia económica y la seguridad clínica?
 
La paradoja del mercado y el absurdo del precio
 
Imaginemos por un momento que extrapolamos esta lógica a cualquier otro sector de consumo. Si acudimos a una tienda a comprar un artículo de una firma reconocida y, encontrándonos con que la copia o la alternativa blanca cuesta exactamente lo mismo, la normativa nos obligara a llevarnos la imitación, pondríamos el grito en el cielo alegando vulneración de la libertad de elección.
 
En el terreno farmacéutico, esta anomalía se ha normalizado bajo el paraguas del ahorro público. A igualdad de precio —o con mínimas variaciones inducidas por los reales decretos de referencia—, los resortes del sistema priorizan la dispensación del genérico. Pero estamos hablando de salud, no de textiles ni de electrónica de consumo.
 
El mito de la equivalencia exacta: la horquilla de biodisponibilidad
 
Aquí radica el núcleo de la cuestión que rara vez se explica al ciudadano de a pie. A un medicamento genérico no se le exige que sea químicamente idéntico ni que se comporte de forma milimétrica como el original de marca. Las agencias reguladoras aceptan un margen de variabilidad en la llamada biodisponibilidad —la cantidad y velocidad con la que el principio activo llega al torrente sanguíneo— que puede oscilar, según los estándares internacionales, entre un 25% por arriba o por abajo respecto al fármaco de referencia.
 
Traducido al lenguaje de la calle: un genérico no es estrictamente "igual", sino "aproximadamente igual".
 
Si acudimos a una tienda de música buscando el disco de un artista consagrado y el dependiente nos ofrece un disco de otro intérprete que "canta más o menos parecido", lo más probable es que rechacemos el cambiazo. ¿Por qué aceptamos entonces esa misma horquilla de tolerancia cuando se trata de moléculas que regulan nuestra tensión arterial, nuestra tiroides o procesos neurológicos complejos? Las autoridades sanitarias defienden que esos márgenes son clínicamente seguros para la gran mayoría de la población. Sin embargo, la duda razonable persiste en pacientes crónicos o con estrechos márgenes terapéuticos: ¿con qué frecuencia y rigor se auditan de forma independiente los miles de genéricos que inundan el mercado?
 
El peligro invisible: asfixiar al investigador
 
Más allá del debate clínico inmediato, existe una amenaza a medio y largo plazo que afecta directamente a la innovación médica. Desarrollar un nuevo fármaco, someterlo a ensayos clínicos rigurosos durante más de una década y superar los filtros de seguridad requiere inversiones millonarias que asumen los grandes laboratorios innovadores.
 
Si el sistema exprime de manera sistemática los márgenes de los medicamentos originales —reduciendo drásticamente el retorno de la inversión apenas expira la patente—, el incentivo para investigar se evapora. Los inversores de riesgo capital migrarán de forma natural hacia sectores más rentables y menos regulados. La consecuencia lógica de este desincentivo es peligrosa: si castigamos sistemáticamente a quien investiga, dentro de un siglo nos encontraremos consumiendo los mismos medicamentos de siempre, huérfanos de nuevas moléculas capaces de plantar cara a las enfermedades del futuro.
 
El genérico cumple una función insustituible para sostener la viabilidad de los sistemas públicos de salud, nadie lo discute. Pero convertirlo en un dogma indiscutible, ocultando sus matices técnicos y tensionando a la industria de la innovación, es una receta cortoplacista. La salud merece rigor, transparencia y, sobre todo, el derecho soberano del paciente y del médico a saber exactamente qué se está poniendo sobre la mesa.
 
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lunes, 20 de julio de 2026

El triunfo del ladrillo legal: El absurdo de la publicidad en revistas médicas

Cualquier persona ajena al sector sanitario que, por puro azar o curiosidad, se ponga a hojear una revista médica de esas dirigidas exclusivamente a profesionales, se quedará estupefacta ante el panorama publicitario. Y no me refiero al mensaje del fármaco, ni a la audacia del diseño gráfico, ni a su creatividad visual. Lo que verdaderamente dejará ojiplático al lector profano es la presencia de unas páginas completas, anexas a cada anuncio, escritas con un texto minúsculo, denso y completamente apelmazado. ¿Qué es eso?
 
(AZprensa) En la jerga del sector, este fenómeno se conoce como «ficha anuncio». Se trata de los textos de obligado cumplimiento que las normativas exigen incluir a los anunciantes, y que no son otra cosa que un resumen de la ficha técnica (ese prospecto ininteligible que acompaña a todos los medicamentos bajo receta).
 
La ingenua idea del "lumbreras" de turno
 
Hace ya años, a algún preclaro legislador se le ocurrió la peregrina idea de que no podía publicarse ningún anuncio de un fármaco si no venía escoltado por este testamento legal. El objetivo teórico era blindar la seguridad: especificar las propiedades del medicamento, su forma de administración, contraindicaciones y un sinfín de posibles efectos secundarios. En la práctica, es el escudo perfecto de los laboratorios: una fórmula obligatoria para que, en caso de juicio, nadie pueda alegar aquello de «a mí no me habían dicho que esto daba dolor de cabeza».
 
Como es lógico, muchos de estos efectos adversos van surgiendo al cabo de los años de uso de un fármaco, cuando ya lo han consumido millones de personas. ¿Cuál es la consecuencia? Que el texto debe actualizarse permanentemente, y en el mundo de la burocracia, actualizar siempre significa añadir más líneas de texto.
 
Cuando se implantó la medida, el espacio publicitario se duplicó automáticamente de forma absurda:
 
- Por cada página de anuncio correspondía una página de texto legal.
 
- Por cada anuncio de media página, correspondía una página entera de texto.
 
- Y para mayor despropósito: por un minúsculo anuncio de un octavo de página... ¡otra página completa de intrincada literatura legal!
 
El calvario de las editoriales y la picaresca del "cuerpo ocho"
 
Este desmadre de páginas obligó a las revistas médicas a un aumento drástico de sus tarifas. Las editoriales, conscientes del disparate, no cobraban esas páginas de mazacote al precio de la tarifa publicitaria normal, pero lógicamente tenían que aplicar un suplemento: el coste del papel, de la impresión y de la distribución de semejantes tochos es sumamente elevado. ¿El resultado? Los anuncios se encarecieron y las revistas perdieron todo su atractivo visual, lastradas por la inserción de tales bodrios.
 
Quien parió la norma pensó, en su infinita inocencia, que los médicos se leerían minuciosamente ese testamento antes de firmar una receta. Para "facilitar" la labor, la ley dictaminó que el cuerpo mínimo de la letra debía ser el número ocho. Pero hecha la ley, hecha la trampa. Los laboratorios cumplieron la norma al pie de la letra (nunca mejor dicho): la tipografía era un cuerpo ocho, sí, pero ejecutada en su variante más estrecha, juntando al máximo el interlineado, eliminando los espacios y suprimiendo cualquier atisbo de punto y aparte. El resultado fue un auténtico bloque de cemento armado, completamente ilegible para el ojo humano.
 
Y de verdad que no se puede culpar a los laboratorios. Ante tamaño despropósito regulatorio, ¿qué pretendían? ¿Que lo pusieran en un diseño bonito y espaciado para que, en lugar de una página, el texto ocupase diez? ¿Iba así a leérselo alguien? Vamos, por favor...
 
Conclusión: La proporción del disparate
 
La historia, lejos de corregirse, ha alcanzado tintes de comedia grotesca. Como los textos legales no paran de crecer año tras año a medida que el fármaco envejece en el mercado, actualmente se ha llegado a una proporción delirante de 3 a 1. Sí, han leído bien: por cada página de publicidad creativa, el lector debe tragarse tres páginas de un mazacote insufrible de textos legales.
 
¿Hay algo más absurdo en el mundo de la comunicación que pagar por publicar un texto que está diseñado específicamente para que nadie sea capaz de leerlo? Probablemente no. Es el triunfo del papeleo sobre el sentido común, patrocinado por la mente que puso en marcha la medida y por las mentes que, a día de hoy, permiten que este sainete impreso continúe existiendo.
 

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lunes, 6 de julio de 2026

El arte de la sorpresa: El día que convertí una chimenea en un pañal ardiendo

Existe una regla de oro en el mundo de la publicidad (y en la vida en general): si no sorprendes, eres invisible. Puedes tener el mejor producto del mundo, el más eficaz o el más revolucionario, pero si no consigues que el cliente levante la mirada del suelo y te preste atención, estás perdiendo el tiempo.
 
(AZprensa) Hoy vamos a recordar una de las piezas publicitarias que me resulta más entrañable y agradable de recordar, y que realicé para el laboratorio farmacéutico Syntex Latino cuando comencé mi andadura en la industria farmacéutica. Vamos a hablar, pues, del arte de la sorpresa y, en el sector farmacéutico, esto se convierte en un deporte de riesgo. La visita médica tiene mucho de arte taurino: el visitador médico hace las veces de torero, el folleto promocional es su muleta y el médico —con todo el respeto y el perdón de la profesión— es el toro. El objetivo del "paseíllo" es evitar a toda costa que el doctor asienta con la cabeza con mirada ausente mientras piensa en sus cosas o en el siguiente paciente de su consulta. Tienes que atraparlo. Tienes que romper su rutina.
 
De todas las piezas publicitarias que salieron de mi imaginación, hay una a la que le guardo un cariño entrañable por lo bien que funcionó ese "factor sorpresa".
 
La ilusión de la chimenea: "Un calor natural..."
 
El diseño de la pieza jugaba con la psicología del espectador. En la portada del folleto, el médico se encontraba con una ilustración de unos troncos ardiendo, de un realismo reconfortante. El fuego se asomaba de forma hipnótica a través de un troquel en el papel.
 
¿Hay algo más hogareño, natural y relajante que la leña ardiendo? Nadie desconfiaría de una escena tan idílica. Sin embargo, justo al lado del fuego, una frase rompía la armonía e invitaba a la curiosidad:
 
"Un calor natural, puede a veces no serlo".
 
El cebo estaba echado. El cerebro humano odia los misterios sin resolver, así que el médico, intrigado por la contradicción, no tenía más remedio que abrir el folleto para descubrir el truco.
 
El giro de guion (o cuando el fuego cambia de sitio)
 
Al desplegar la pieza, la magia de la publicidad hacía su trabajo. Ese "calor natural" de los troncos no venía de una idílica chimenea de invierno. El plano se ampliaba y el médico descubría la cruda realidad: ese color rojo del fuego provenía de la tremenda irritación que sentía en el culito un pobre bebé con eczema del pañal.
 
El impacto visual era inmediato, empático y, sobre todo, memorable. Pasábamos de la calidez del hogar a la urgencia clínica de un lactante en apuros en un abrir y cerrar de ojos. Una vez captada la atención (y probablemente tras una sonrisa del doctor por el ingenioso engaño), se presentaba la solución médica: nuestra pomada con hidrocortisona, el bombero perfecto para apagar ese incendio corporal.
 
La chispa sigue viva
 
Han pasado ya muchos años desde que diseñé aquella campaña, el mercado farmacéutico ha cambiado y los folletos en papel han dado paso a las pantallas digitales. Sin embargo, la esencia de una buena idea sigue siendo exactamente la misma.
 
A día de hoy, me sigue apasionando buscar ese giro inesperado en las cosas cotidianas. Porque los productos pueden cambiar, pero el placer de sorprender y de robarle una mirada de asombro al público es algo que no pasa de moda.
 

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jueves, 2 de julio de 2026

Enemigos de la comunicación: el routing

(AZprensa)
El "routing" es el proceso burocrático y excesivo de revisión por el que pasa un comunicado de prensa en el sector farmacéutico. Al requerir la aprobación de tantos departamentos distintos, el mensaje original se diluye y se retrasa tanto que el texto final pierde su propósito informativo y su impacto.
 
En otras palabras:
 
Exceso de filtros: El texto es corregido y modificado por áreas con intereses diferentes (médico, legal, financiero, corporativo), lo que destruye el enfoque periodístico.
 
Mensaje desvirtuado: El documento final se convierte en un texto genérico, aburrido y neutral que no aporta valor real ni llama la atención de los medios o el público.
 
El problema de la burocracia: En teoría, este sistema busca proteger a la empresa de errores; en la práctica, retrasa la publicación y anula la efectividad de la comunicación corporativa.

Si quieres más información sobre este asunto, te recomiendo este artículo:
https://azpressnews.blogspot.com/2026/06/el-routing-el-principal-enemigo-de-la.html

 

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domingo, 28 de junio de 2026

El routing: el principal enemigo de la comunicación en los laboratorios farmacéuticos

Una nota de prensa que pasa por el jefe de producto, el director médico, el director legal, el director financiero, el presidente y la central internacional antes de salir, ya no es una nota de prensa. Es otra cosa. Y esa otra cosa no sirve para nada.
 
(AZprensa) La comunicación tiene muchos enemigos. Pero en el sector farmacéutico, el principal —el más extendido, el más dañino y, paradójicamente, el que más se practica— tiene un nombre inglés: routing. Vale la pena explicar qué es, porque en teoría suena razonable. En la práctica, es un desastre.
 
La teoría: lógica y sensata
 
En su concepción original, el routing es la supervisión previa de una nota de prensa o comunicado por parte de alguien ajeno al responsable de comunicación, pero experto en algún aspecto técnico de la información que este no tiene por qué dominar. La idea es razonable: el comunicador de un laboratorio debe dominar la comunicación, pero no necesariamente la medicina. Si está redactando una nota sobre las propiedades de un fármaco, tiene todo el sentido que un médico la revise antes de enviarla, para garantizar que los datos clínicos estén expresados con precisión. Eso es el routing en su versión ideal: un filtro de calidad técnica, ágil y específico.
 
La práctica: el calvario de las firmas
 
La realidad, sin embargo, tiene poco que ver con esa descripción. En la práctica, la nota de prensa no pasa por una sola persona —el médico de área— sino que recorre un circuito que incluye, según el laboratorio, al director médico, al director de relaciones institucionales, al director legal, al director financiero, al jefe de producto y, cómo no, al presidente de la compañía, y esperar a que lo rubrique con la última firma.
 
El resultado de tan democrático proceso es que el texto original —que salió de manos del responsable de comunicación perfectamente redactado, con el tono y el enfoque que cualquier periodista esperaría de una nota de prensa— llega al final convertido en algo irreconocible. Cada director ha dejado su huella: el jefe de producto exige que el nombre del producto aparezca en mayúsculas, con la «R» de marca registrada y repetido al menos ocho veces. El médico de área insiste en incluir todos los datos del ensayo clínico, incluidos los que solo un especialista puede interpretar aunque el lector objetivo de la nota no sea un especialista sino un periodista generalista. El director médico añade la relación de universidades y centros de investigación colaboradores. El director de relaciones institucionales incorpora el nombre de todos los patrocinadores. El director jurídico incluye al final un párrafo blindado legalmente para cubrirse ante posibles reclamaciones —olvidando, aparentemente, que estamos hablando de una nota de prensa y no de un anuncio publicitario—. El director financiero añade que la compañía cotiza en la Bolsa de Nueva York y está incluida en tal o cual índice bursátil. Y el presidente, cuando por fin encuentra un hueco en su agenda, corregirá en rojo algún acento o un error tipográfico —siempre hay que dejar constancia de que uno también ha leído el texto— y comprobará que no falta ninguna firma.
 
«Cuando por fin la nota de prensa está lista para salir, en la mayoría de los casos el acontecimiento del que hablaba ya es historia. Y la nota, sencillamente, acaba en la papelera, la propia o la del destinatario.»
 
El tiempo que todo este proceso consume es, por supuesto, incompatible con la actualidad periodística. Cuando por fin la nota recibe el último visto bueno, en la mayoría de los casos el acontecimiento que motivó su redacción ya pertenece al pasado. ¿Cómo enviar una nota que dice «mañana martes» cuando ese martes fue hace tres días? La respuesta es simple: no se envía o si se envía se hace el ridículo y acaba igualmente en la papelera. Semanas de trabajo de varias personas, para nada.
 
En los casos en que se ha tenido la previsión de prepararlo todo con suficiente antelación y se llega a tiempo, el resultado tampoco es mucho mejor. Lo que sale por fin a los medios es una «hoja anuncio» con aspecto de nota de prensa cuyo destino natural es la papelera. Solo en aquellos medios en los que el laboratorio invierte en publicidad habrá quien la publique, más o menos fielmente según el nivel de rigor periodístico de cada redacción, para no perder al anunciante. Eso no es comunicación: es contabilidad disfrazada de periodismo.
 
Las tres causas reales del problema
 
1.- Desconocimiento
Los directivos que intervienen en el routing no saben comunicación y desconocen el mundo del periodismo. No saben qué hace falta en una nota de prensa ni qué sobra. Y lo que no se entiende, se complica.
 
2.- Inseguridad
Cuantas más firmas lleve el documento, más repartida queda la responsabilidad. Si algo sale mal, nadie será el único culpable. El routing interminable es, en buena medida, una estrategia defensiva colectiva.
 
3.- Soberbia
La incapacidad de delegar en los expertos y la tendencia a fiarse únicamente de los iguales en rango. Un director no confía en el criterio del responsable de comunicación, pero sí en el de otro director. Aunque ese otro director tampoco sepa comunicación.
 
Con este diagnóstico sobre la mesa, no debería sorprender que la industria farmacéutica tenga la imagen pública que tiene. Una industria que no sabe comunicar —o que se lo impide a sí misma sistemáticamente— no puede esperar que los medios y la opinión pública la comprendan ni la valoren.
 
Pero hay excepciones, y merecen ser reconocidas
 
No quiero cerrar este artículo dejando un sabor exclusivamente amargo a quienes trabajan en comunicación dentro del sector farmacéutico, porque también existen excepciones que merecen ser nombradas. He conocido presidentes de laboratorio —y tuve la suerte de trabajar directamente con uno de ellos— que confiaban en su responsable de comunicación, le otorgaban la autonomía y la autoridad necesarias para enviar notas de prensa bajo su propio criterio y responsabilidad, y limitaban el routing a lo que realmente lo justifica: las notas con contenido médico relevante, revisadas por un solo médico designado —con sustitutos para evitar retrasos por ausencias— y nada más.
 
Las consecuencias de ese modelo son exactamente las que cabría esperar: una relación fluida con los medios, una presencia constante y relevante en la prensa, noticias que llegan a tiempo y se publican, y una imagen de la compañía ante la opinión pública notablemente mejor que la de sus competidoras que siguen atrapadas en el circuito de innumerables firmas.
 
Ojalá proliferara más ese tipo de presidentes. Desde aquí, mi respeto y mi admiración por los que saben delegar, que es la forma más inteligente —y más eficaz— de dirigir.
 

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lunes, 22 de junio de 2026

Asuntos Legales 40 – Periodistas 21

(AZprensa)
El titular de este artículo bien podría pasar por el resultado de un disputado partido de balonmano entre empleados de distintos sectores profesionales, pero la realidad es mucho menos épica. Se trata, en cambio, de una estampa dolorosamente común en las notas de prensa que emiten los laboratorios farmacéuticos; un fenómeno que, no por recurrente, deja de causarme un absoluto estupor.
 
En concreto, este peculiar «marcador» se corresponde con un comunicado enviado por un laboratorio (del cual omitiré el nombre por pura piedad corporativa). El documento contenía exactamente veintiuna líneas de texto redactadas para explicar la noticia propiamente dicha. Justo debajo, venían cuarenta líneas de farragoso texto legal, rigurosamente impuestas por el Departamento de Asuntos Legales para cubrirse las espaldas ante cualquier cataclismo cósmico o eventualidad jurídica derivada de haber hecho pública esa información.
 
Ante semejante despliegue de blindaje legal, cualquiera pensaría que la nota contenía datos de una extrema sensibilidad científica, el lanzamiento de una molécula revolucionaria o un movimiento estratégico capaz de hacer tambalear los cimientos de la Bolsa. Pues no. La noticia era algo tan inocente, sencillo y rutinario como el fichaje de un profesional para ocupar un cargo intermedio en la compañía.
 
El triunfo del automatismo sobre el sentido común
 
A pesar de la absoluta irrelevancia penal de la noticia, los sesudos responsables del área legal —esos burócratas incapaces de distinguir una pieza informativa de un folleto publicitario— obligan a incrustar en todos los comunicados, sin excepción, el dichoso testamento eximente de responsabilidad.
 
Claro que, para ser justos, el departamento de Marketing también habrá puesto su granito de arena. De esas cuarenta líneas de letra pequeña, al menos nueve se dedicaban a recordar la inmensa importancia de la multinacional y a detallar con pompa y boato los índices bursátiles en los que cotiza. Puro ego corporativo camuflado de advertencia jurídica.
 
¿Se han parado a pensar alguna vez los altos directivos de los laboratorios farmacéuticos en la reacción que causan estos híbridos monstruosos en sus verdaderos destinatarios? ¿Tienen idea de lo que opina un periodista cuando recibe cuarenta líneas de burocracia por veintiuna de noticia?
 
Obviamente no tienen ni la más remota idea. Pero ya se sabe que, en el mundo de la empresa, de Comunicación «entiende» todo el mundo... excepto los que se dedican a ella.
 

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viernes, 12 de junio de 2026

Renovando hacia la inexperiencia

(AZprensa)
La industria farmacéutica ya no es lo que era. Hubo un tiempo en que sus laboratorios estaban repletos de excelentes profesionales, respetados y muy bien remunerados. Era un sector ciertamente endogámico: existían los fichajes, por supuesto, pero siempre se pescaba en los laboratorios de la competencia. Gracias a este ecosistema, los trabajadores iban atesorando un conocimiento profundo del sector y una experiencia específica de un valor incalculable.
 
En torno al año 2005, los laboratorios vivieron su auténtica época dorada. Sin embargo, poco después llegó la crisis económica y, años más tarde, para rematar el paisaje, la pandemia. Aquellos crecimientos anuales históricos de dos dígitos pasaron a ser cosa del pasado, y fue entonces cuando la industria cambió radicalmente de rumbo.
 
Los nuevos CEOs y altos directivos ya no eran hombres y mujeres forjados en el conocimiento de la ciencia y el mercado farmacéutico, sino supuestos expertos en másteres inflados y rimbombantes presentaciones de PowerPoint. Líderes sin alma y sin escrúpulos. Si antes, como a muchos directivos se les llenaba la boca al señalar, «el mejor activo de una empresa son sus empleados», a partir de ese momento los trabajadores pasaron a ser simples números. Y los mandos intermedios y los propios directivos de la vieja escuela, también.
 
La operación "Renove" del low-cost
 
El timón de las compañías quedó en manos de estos nuevos y ambiciosos "profesionales de la teoría", carentes de experiencia real en el terreno. Para cuadrar los balances de la manera más perezosa, pusieron en marcha una particular operación "Renove": despedir a los profesionales excelentes y, por cada dos bajas, contratar a un recién licenciado —con mucho título anglosajón y nula experiencia— para que hiciese el trabajo de ambos por la mitad del salario de cualquiera de los despedidos.
 
Se pasó, de la noche a la mañana, de tener profesionales curtidos a tener niñatos en despachos demasiado grandes. Y los niñatos, por no tener, no tienen ni principios ni valores.
 
Me contaban hace poco, por poner solo un ejemplo gráfico, el trato humillante que dispensan a los proveedores. Sabedores de los tiempos difíciles que corren, ya ni siquiera se molestan en negociar o regatear los presupuestos que se les presentan. Sin más miramientos, imponen un recorte del 30% bajo la burda premisa de «lo tomas o lo dejas». Y lo peor no es el fondo, sino las formas: se lo espetan tras haberles tenido esperando más de una hora en la recepción y, después de semejante plantón, son incapaces de articular la más leve palabra de disculpa. Es la soberbia de la ignorancia.
 
Empresas sin alma
 
Como es lógico, estos jóvenes se sienten en el fondo explotados por el propio sistema que los ha encumbrado a precio de saldo, y terminan trasladando su frustración y su mala educación a todo lo que les rodea.
 
El triste resultado es el panorama corporativo que hoy abunda en nuestra sociedad: empresas desalmadas que exprimen a sus plantillas, organizaciones que han olvidado el factor humano y que compran, usan y tiran a las personas como si fueran simples fichas de un juego de mesa barato.
 

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martes, 26 de mayo de 2026

El precio de los medicamentos: una historia de nunca acabar

Este artículo lo escribí en 2010 y me temo que, quince años después, el diagnóstico no ha cambiado sustancialmente. Han variado las cifras, se han añadido nuevas capas de complejidad, pero el mecanismo de fondo sigue siendo el mismo. Y los laboratorios siguen siendo los malos de la película. Aquí tienes, pues, este artículo actualizado a día de hoy.
 
(AZprensa) Determinar el precio de un medicamento es una tarea extraordinariamente complicada. Uno podría pensar que basta con calcular cuánto cuesta fabricarlo, hacerlo llegar a los puntos de venta, añadir un margen razonable de beneficio y listo. Pero el precio de las cosas no lo fija lo que «cuestan» sino lo que «valen», y ese valor lo determina una cosa que se llama demanda. Un artículo puede costar una fortuna, pero si nadie lo quiere no vale nada. Y un medicamento puede salvar vidas, pero si el sistema que debe financiarlo decide que no vale lo que cuesta, el paciente que lo necesitaba se queda esperando.
 
El coste invisible: la investigación
 
Cuando un laboratorio quiere comercializar un fármaco, presenta el precio máximo que considera viable para conseguir la cuota de mercado que haga rentable su comercialización. Pero aquí hay un factor que no existe en casi ningún otro sector con esta dimensión: la investigación.
 
Cuando un medicamento llega al mercado ha dejado atrás entre diez y trece años de investigación. En 2010 decía que ese proceso costaba más de 800 millones de euros. Hoy las cifras son muy distintas: se precisan entre 10 y 13 años y una inversión que los estudios más recientes sitúan en torno a los 2.500 millones de euros por medicamento. El coste se ha triplicado en quince años. Y la tasa de éxito no ha mejorado: solo tres de cada diez fármacos que llegan al mercado generarán ingresos que superen los costes medios de I+D. El resto pierde dinero. Y alguien tiene que financiar también esa pérdida.
 
El retorno esperado de la inversión en nuevos medicamentos se sitúa actualmente en apenas el 1,8%, el punto más bajo de la última década, mientras que el coste medio de desarrollar y comercializar un nuevo medicamento ha aumentado cerca de un 70% desde 2010. Dicho de otro modo: investigar medicamentos es cada vez más caro y cada vez menos rentable. Y sin embargo, se sigue investigando, porque es lo que hace la industria farmacéutica y porque sin esa investigación no habría los avances médicos que hoy damos por descontados.
 
Nota: a todo esto hay que añadir que, una vez transcurridos diez años desde el descubrimiento de la molécula —es decir, aproximadamente cuando el fármaco lleva un tiempo en el mercado—, cualquier otro laboratorio puede copiar el producto y ofertarlo a un precio muy inferior, sin haber asumido ni un euro del coste de investigación ni del riesgo que esta conlleva.
 
El Gobierno como árbitro, comprador y regateador
 
El laboratorio presenta su precio máximo. El Gobierno, que es quien debe aprobarlo —dado que más del 90% de las ventas de medicamentos se canalizan a través de la sanidad pública—, tiene que decidir si acepta ese precio o negocia uno inferior. ¿Qué hace? Lo mismo que en 2010: busca cuál es el país europeo que ha fijado el precio más bajo para ese mismo producto y declara: «ese es mi precio». Sin estudiar la documentación presentada, sin considerar si el nivel de vida de ese país de referencia tiene algo que ver con el nuestro, sin valorar las horas de investigación que hay detrás de cada molécula.
 
Y en 2025 esto se ha institucionalizado aún más. El Sistema de Precios de Referencia, implantado en España hace dos décadas y consolidado en la Ley 29/2006, se mantiene como uno de los instrumentos más eficaces para el control del gasto farmacéutico público. Cada año, el Ministerio de Sanidad publica una Orden de Precios de Referencia que revisa a la baja los precios de miles de presentaciones. La actualización de 2025 ha revisado 17.385 presentaciones cuyos precios cambian para generar un ahorro estimado de 287,58 millones de euros. Un ahorro que, desde el punto de vista del paciente y del erario, es una buena noticia. Desde el punto de vista del laboratorio que financió la investigación, es una vuelta de tuerca más en un proceso que no tiene fin.
 
«El Gobierno es comprador, árbitro y regulador al mismo tiempo. Y cuando alguien acumula esos tres roles, el que sale perdiendo suele ser siempre el mismo.»
 
El calvario de llegar al mercado español
 
La consecuencia práctica de este sistema es que muchos laboratorios retrasan o directamente renuncian al lanzamiento de sus fármacos en España. La negociación con el Ministerio puede durar meses, y a veces años. Durante todo ese tiempo, los pacientes de otros países acceden al tratamiento mientras los pacientes españoles se conforman con alternativas más antiguas y menos eficaces. Cuando el fármaco por fin se lanza aquí, el período de protección de patente —que en teoría debería ser de diez años— se ha recortado sensiblemente. Y antes de que ese período expire, el Gobierno habrá introducido una, dos o más medidas adicionales de recorte que reducen todavía más los ingresos del laboratorio, ya sea bajando directamente el precio del fármaco o estableciendo descuentos sobre las ventas globales del laboratorio.
 
Al final de ese período, llegan los genéricos y los biosimilares. En 2024, los medicamentos genéricos han supuesto el 47,4% del total de envases facturados al SNS, prácticamente el doble que en 2010. La marca original tiene entonces que decidir entre seguir vendiendo a su precio con ventas en caída libre, o bajar el precio para competir con quienes se ahorraron toda la investigación. No hay tercera opción.
 
Una cosa es vender, otra muy distinta es cobrar
 
Pero el calvario no termina ahí. Una cosa es vender y otra muy distinta es cobrar. En 2010 describía situaciones en que la sanidad pública tardaba 300 días —o incluso dos años— en pagar a los laboratorios. La morosidad de las administraciones ha mejorado desde entonces, pero no ha desaparecido. En 2024, el plazo medio de pago del sector público aumentó 12 días hasta los 67 días de media, y por primera vez desde 2014 se situó por encima del sector privado. Sesenta y siete días sigue siendo el doble del plazo legal de 30 días que las propias administraciones imponen al sector privado. Un ejemplo de coherencia difícil de superar.
 
La formación médica: otro coste invisible

Y mientras todo esto ocurre, los médicos siguen necesitando formación continua para estar a la altura de los avances terapéuticos. Su empleador —la sanidad pública— no financia esa formación en la medida que sería necesaria. La financia la industria farmacéutica, que por ese motivo recibe críticas periódicas por su supuesta influencia sobre los prescriptores. Es decir: el sector privado financia la formación de los profesionales del sector público, y por ello se le critica. La lógica, como en tantas otras cosas de este sistema, brilla por su ausencia.
 
Y los malos siguen siendo los laboratorios
 
Después de todo este recorrido —la investigación financiada durante más de una década, el precio negociado a la baja, el lanzamiento retrasado, los sucesivos recortes, la morosidad institucionalizada, la formación médica asumida voluntariamente—, la opinión pública sigue teniendo de los laboratorios farmacéuticos la imagen que tiene. Cualquier ciudadano valora positivamente los medicamentos que toma, a los médicos que se los prescriben y, en general, al sistema sanitario que se los financia. Pero ¿los laboratorios que los investigaron, los fabricaron y los pusieron a su disposición? Mejor no entrar en ese tema.
 
Mientras una parte siga aprovechándose de su posición dominante y la otra siga aceptando resignada su papel de víctima, la situación no cambiará. Bueno, sí cambiará algo: los laboratorios continuarán recortando inversiones en I+D, trasladando sus centros de investigación a países con marcos regulatorios más favorables, y reduciendo su presencia en un mercado que los trata como fuente de ahorro antes que como socio estratégico del sistema sanitario. Y entonces nos preguntaremos, sorprendidos, por qué los medicamentos del futuro tardan más en llegar, por qué hay cada vez más problemas de desabastecimiento y por qué la innovación terapéutica se desarrolla lejos de aquí.
 
La respuesta la volveréis a encontrar aquí, en este artículo que escribí en 2010 y que, al actualizarlo 15 años más tarde, no he tenido que cambiar casi nada.
 

Biblioteca Fisac
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jueves, 23 de abril de 2026

El prospecto: ¿Documento legal o informativo?

(AZprensa) En teoría, el prospecto de un medicamento es un documento pensado para el paciente: un texto claro que explique cómo actúa ese fármaco contra su enfermedad, cómo debe tomarlo, en qué dosis y con qué precauciones. Una guía de ayuda para el enfermo al que brinda un conocimiento útil y accesible. Pero… 

Sin embargo, la realidad es muy distinta. El prospecto se ha convertido, ante todo, en un documento de medicina defensiva: un escudo legal cuidadosamente redactado para que quede constancia escrita de que se ha advertido al paciente de todos los efectos secundarios posibles, por remotos o improbables que sean. De este modo, el laboratorio y el médico quedan eximidos de cualquier responsabilidad si, aun siguiendo correctamente la prescripción, aparece uno de esos efectos.
 
En consecuencia, los prospectos se han transformado en largos textos densos, repletos de terminología médica impenetrable, impresos en letra minúscula que desafía incluso a una lupa de buen tamaño. Se detallan allí desde las reacciones más frecuentes hasta las más exóticas y estadísticamente insignificantes, como si el objetivo no fuera informar, sino cubrirse las espaldas ante cualquier eventualidad judicial.
 
Así, las reacciones habituales de un paciente al enfrentarse al prospecto son predecibles y casi rituales:
(1) Disgusto al comprobar que apenas entiende nada de lo que pone, pese a esforzarse con gafas o lupa, ante un lenguaje técnico que parece diseñado para expertos y no para personas comunes.
(2) Asombro y estupor al leer la interminable lista de efectos secundarios que, según el papel, podría provocar el medicamento: desde mareos leves hasta problemas graves que suenan aterradores, aunque muchos sean rarísimos.
(3) Firme decisión de tirar el prospecto directamente a la basura y no volver a leer ninguno más… o, en el peor de los casos, de incumplir las recomendaciones del médico por el miedo que se le ha metido en el cuerpo.
 
El resultado es paradójico: un documento nacido con la noble intención de informar termina generando confusión, desconfianza y, a veces, incluso rechazo al tratamiento. En lugar de tranquilizar y orientar, asusta y desanima.
 
Quizá haya llegado el momento de replantearse su verdadera función. Porque si el prospecto prioriza la defensa legal sobre la claridad y la utilidad para el paciente, deja de ser un instrumento de salud para convertirse en un mero trámite burocrático. Y el enfermo, que solo busca curarse, se queda con un papel que más bien parece advertirle: “tómalo bajo tu propio riesgo… y con nuestra responsabilidad cubierta”. Al final, como en tantas otras cosas de la vida, el prospecto ideal sería aquel que realmente ayudase a equivocarse lo menos posible… o, al menos, a entender mejor los riesgos sin perder la confianza en el remedio.
 

“El legado farmacéutico de Alfred Nobel”:
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