Cuando uno analiza
con lupa la supuesta “libertad” con la que redacta cada profesional de la
información, descubre enseguida una realidad tan incómoda como evidente: nadie
está completamente libre de influencia. La pluma jamás flota en el vacío;
siempre responde, de un modo u otro, a una estructura de intereses que
condiciona el relato final.
(AZprensa) ¿Existe el
periodismo independiente? ¿Pueden escribir los periodistas con entera libertad
e independencia? Si recorremos los diferentes rincones del ecosistema informativo,
las costuras del sistema saltan a la vista…
El
periodista corporativo: Escribe bajo la atenta mirada de su presidente, quien a
su vez responde ante los accionistas, el consejo de administración o los
poderes fácticos que sostienen económicamente a la compañía. Su norte no es la
verdad absoluta, sino la protección de la reputación corporativa.
El
consultor de una agencia de comunicación: Su día a día se rige por una máxima
comercial implacable: hay que contentar al cliente. Si el relato no complace
las expectativas de quien paga los honorarios, la cuenta se pierde y el
contrato se extingue.
El
redactor de un medio de comunicación tradicional: Trabaja bajo el paraguas y la
línea editorial oficial de la casa, marcada con precisión quirúrgica desde la
dirección y transmitida a través de los redactores jefes. Salirse del guion
ideológico o comercial del medio suele salir caro en términos de estabilidad
laboral.
¿Qué le llega al
lector?
Ante
este panorama de engranajes superpuestos, la respuesta a qué tipo de producto
recibe el ciudadano final es tan sencilla como desalentadora: información
manipulada.
No
siempre hablamos de una manipulación burda o de una falsificación deliberada de
los hechos; en la mayoría de los casos adopta formas mucho más sutiles como la
omisión interesada, el matiz tendencioso, el encuadre (framing) ideológico o la
priorización de unas noticias frente a otras.
En
definitiva, recordar estas dinámicas no debe llevarnos al cinismo absoluto de
despreciar el periodismo, sino a ejercer una lectura mucho más crítica,
consciente de que detrás de cada titular siempre hay una red de intereses
intentando inclinar la balanza. Y nosotros, como lectores, deberíamos tener el
suficiente criterio para desnudar la capa ideológica o económica de ese medio y
descubrir la verdad desnuda que encierra esa información.
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