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martes, 15 de septiembre de 2026

¿Y si Einstein estuviera equivocado?

Hubo un momento, hace ya algunos años, en que una noticia científica consiguió hacer tambalear uno de los pilares sobre los que habíamos construido nuestra manera de entender el universo.
 
(AZprensa) El protagonista se llamaba OPERA, un experimento realizado en el CERN en el que participaban alrededor de 160 investigadores de once países. En septiembre de 2011, sus responsables anunciaron algo que parecía imposible: habían detectado neutrinos que, aparentemente, habían recorrido la distancia entre el CERN, en Suiza, y el laboratorio de Gran Sasso, en Italia, a una velocidad superior a la de la luz.
 
Y aquello no era una noticia científica más. La Teoría de la Relatividad de Albert Einstein había establecido que la velocidad de la luz en el vacío constituye un límite fundamental de la naturaleza. De repente, unos diminutos neutrinos parecían haber decidido saltarse el límite de velocidad.
 
La noticia dio la vuelta al mundo. ¿Podía ser verdad? Los neutrinos son partículas subatómicas extraordinariamente difíciles de detectar. Tienen una masa diminuta y apenas interactúan con la materia, hasta el punto de que pueden atravesar enormes cantidades de material sin apenas inmutarse. En realidad, millones de neutrinos atraviesan continuamente nuestro cuerpo sin que nos enteremos.
 
Y precisamente por eso aquellos resultados resultaban tan fascinantes. Si los neutrinos podían viajar más rápido que la luz, quizá no estábamos ante una simple peculiaridad de una partícula. Quizá había que revisar algunas de nuestras ideas fundamentales sobre el espacio, el tiempo y el propio universo.
 
Incluso comenzaron a aparecer especulaciones sobre posibles atajos a través del espacio-tiempo, dimensiones adicionales o universos paralelos. Pero había un pequeño problema.
La ciencia no funciona a base de titulares. Los propios científicos de OPERA fueron los primeros interesados en que otros investigadores comprobaran sus resultados. Si aquello era cierto, las consecuencias eran extraordinarias. Y si era un error, había que encontrarlo. Y lo encontraron.
 
Unos meses después, otros experimentos realizaron nuevas mediciones que no confirmaron el resultado. Finalmente se descubrió que el experimento original había sufrido un problema técnico relacionado con una conexión de fibra óptica y la sincronización temporal. Los neutrinos no habían conseguido superar a la luz. Einstein podía respirar tranquilo.
 
Pero quizá la verdadera lección de OPERA no estaba en que Einstein tuviera razón. Estaba en lo que ocurrió mientras creíamos que podía estar equivocado. Porque durante unos meses tuvimos delante una posibilidad fascinante: que una de las teorías científicas más importantes de la historia necesitara ser modificada.
 
Y ahí aparece una cuestión que me parece mucho más interesante que la propia velocidad de los neutrinos. ¿Estamos preparados para descubrir que estamos equivocados? La historia de la humanidad está llena de certezas que dejaron de serlo. Durante siglos se defendieron ideas que hoy nos parecen absurdas. Hemos cambiado nuestra concepción de la Tierra, del Sistema Solar, de la materia, del tiempo, del espacio y de la propia vida. Cada generación ha heredado conocimientos que posteriormente han sido ampliados, corregidos o directamente sustituidos.
 
La ciencia no avanza porque los científicos crean tener todas las respuestas. Avanza precisamente porque saben que pueden estar equivocándose. Por eso me resultó tan interesante observar la reacción que provocó aquel anuncio de OPERA. Ante la posibilidad de que los neutrinos hubieran superado la velocidad de la luz, no hubo una celebración generalizada de quienes acababan de descubrir algo revolucionario. Al contrario: hubo prudencia, dudas y una petición casi obsesiva de nuevas comprobaciones.
 
Y eso es exactamente lo que debía ocurrir. Porque una de las mayores grandezas de la ciencia consiste en poder decir: «No lo sé». Y, todavía más importante: «Puede que esté equivocado».
 
Al final, los neutrinos no viajaban más rápido que la luz. Einstein no había quedado invalidado y el universo continuó funcionando como antes. Pero aquel episodio nos dejó una pequeña lección. Quizá deberíamos ser mucho más humildes cuando hablamos de lo que sabemos. Porque una cosa es conocer algo. Y otra muy distinta es creer que ya lo conocemos todo.
 
Tal vez por eso sigue teniendo tanta vigencia aquella vieja frase atribuida a Sócrates: «Solo sé que no sé nada». No es una afirmación de ignorancia. Es, probablemente, una de las mayores declaraciones de humildad intelectual que ha hecho el ser humano. Y quizá también sea una de las mejores maneras de hacer ciencia.
 

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viernes, 11 de septiembre de 2026

Ellas hablan de sus problemas; ellos huyen. Lo que dice la Ciencia...

Un estudio de la Universidad de Missouri sobre 2.000 jóvenes, certifica que las chicas encuentran alivio en hablar de sus problemas y los chicos en ignorarlos. Lo cual explica científicamente por qué él lleva diez minutos mirando el móvil mientras ella le cuenta lo del trabajo.
 
(AZprensa) La Universidad de Missouri, a través de su College of Arts and Science, ha dedicado tiempo, recursos y 2.000 jóvenes voluntarios a investigar algo que cualquier pareja con seis meses de convivencia podría haberles explicado gratis en un cuarto de hora: las chicas hablan de sus problemas y los chicos no. Las primeros lo consideran terapéutico. Los segundos, contraproducente. Y de esa diferencia de criterio nace buena parte de la tensión que puebla las relaciones sentimentales de medio mundo.
 
Seamos justos con los investigadores: el mérito no está en el descubrimiento, que no descubre nada que la humanidad no supiera desde que el primer hombre de las cavernas fingió no oír a su compañera porque estaba muy ocupado mirando la pared. El mérito está en cuantificarlo, en ponerle porcentajes y en publicarlo con el rigor que exige una revista académica. Así es como la ciencia avanza: confirmando con datos lo que el sentido común ya sabía, para que los escépticos no puedan decir que es un tópico.
 
Los dos modelos de gestión emocional
 
El estudio identifica dos estrategias opuestas y mutuamente incompatibles. Las chicas consideran positivo hablar de sus problemas: compartirlos los hace más llevaderos, les proporciona la sensación de ser comprendidas y les ayuda a no sentirse solas ante las dificultades. El único riesgo, que los investigadores señalan con prudente diplomacia, es «caer en el exceso». Que traducido al lenguaje cotidiano significa: hablar del mismo problema durante varias horas, varios días y, en los casos más documentados, varias semanas.
 
Los chicos, por su parte, aplican la estrategia contraria: consideran que hablar de los problemas los agranda —como si ponerlos en palabras les diera más entidad de la que tienen— y prefieren centrarse en otras actividades para mantener la mente ocupada en otra cosa. Lo cual, desde un punto de vista estrictamente lógico, tiene su coherencia: si no piensas en el problema, el problema no existe. Al menos hasta que vuelves a pensar en él, pero eso es un detalle.
 
ELLAS · ESTRATEGIA VERBAL
Hablar del problema lo hace más pequeño
Compartirlo genera comprensión y alivio
Riesgo: hablar del mismo problema desde ángulos ligeramente distintos durante días
Resultado: se sienten mejor. El problema sigue ahí, pero acompañado.
 
ELLOS · ESTRATEGIA DE EVASIÓN
Hablar del problema lo hace más grande
Centrarse en otra cosa borra el problema temporalmente
Riesgo: el problema sigue ahí, solo que sin procesar
Resultado: se sienten mejor. El problema sigue ahí, pero ignorado.
 
«Ella necesita contarle el problema. Él necesita no pensar en el problema. Y como el problema de ella es el problema de los dos, los dos tienen ahora dos problemas.»
 
La aplicación práctica en la vida de pareja
 
Aquí es donde el estudio alcanza su dimensión más reveladora y más reconocible. Cuando estos dos modelos de gestión emocional coexisten en la misma relación —que es lo que ocurre, estadísticamente, la mayor parte del tiempo—, la dinámica resultante es previsible: ella busca al él para contarle sus problemas. Él, con el instinto de quien detecta una amenaza a su estrategia de no pensar, hace todo lo posible por estar en otro sitio, en otra habitación o, en su defecto, mirando el teléfono con una concentración que no dedica a ninguna otra actividad de su vida.
 
Ella lo persigue. Él escapa. Ella lo encuentra. Él escucha con la expresión de alguien que está presente en cuerpo pero ha enviado la mente de vacaciones. Ella detecta la ausencia. Se enfada. Ahora hay un problema nuevo: él no la escucha. Lo cual requiere ser contado. El ciclo, perfectamente documentado por la ciencia de Missouri, puede durar décadas.
 
La recomendación de los investigadores (y la nuestra)
 
Los investigadores, con la ecuanimidad que caracteriza a quienes han pasado años estudiando el asunto, recomiendan el término medio: que los hombres no se vean como más débiles o inseguros por hablar ocasionalmente de sus problemas, y que las mujeres no conviertan el análisis del problema en una actividad de dedicación plena. Un equilibrio razonable, sensato y probablemente tan difícil de alcanzar como todos los equilibrios razonables y sensatos de la historia de las relaciones humanas.
 
Pero al menos ahora lo tenemos por escrito. Con datos. Con 2.000 testigos. Y publicado por una universidad de Missouri. De modo que la próxima vez que alguien en una relación de pareja diga «es que tú nunca me escuchas» o «es que tú siempre le das más vueltas de las necesarias», podrá añadir con total propiedad: «y además, la ciencia lo avala». Lo cual no resolverá nada, pero al menos dará a la discusión un barniz académico que la dignifica considerablemente.
 
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viernes, 21 de agosto de 2026

La solución definitiva al fracaso escolar: sustituir los pupitres por cintas de correr

La ciencia ha descubierto que el cerebro aprende mejor cuando el cuerpo se mueve. La aplicación práctica es obvia. Las consecuencias para los fabricantes de mobiliario escolar, demoledoras.
 
(AZprensa) Buenas noticias para el sistema educativo español, que bien las necesita. El fracaso escolar, ese problema crónico que lleva décadas resistiendo a reformas, contrarreformas, leyes educativas, leyes que derogan las leyes educativas anteriores y debates parlamentarios de extraordinaria inutilidad, tiene solución. Una solución sencilla, económica en concepto —aunque no tanto en presupuesto— y con el aval de una publicación científica de prestigio. No sé por qué el Ministerio de Educación no ha actuado ya.
 
La propuesta es la siguiente: retirar los pupitres de todas las aulas de España y sustituirlos por cintas de marcha. De esas que se usan en los gimnasios para correr sin moverse del sitio. Una por alumno. El profesor explica la lección desde su tarima —que podría incluir también su propia cinta, por coherencia pedagógica— y los alumnos siguen la explicación mientras corren. A la mayor velocidad posible. Para los exámenes escritos, los alumnos sostendrán el bolígrafo con una mano y el folio con la otra, y harán lo que puedan. Para estudiar en casa, el libro irá en las manos y los pies en la cinta. El único efecto secundario conocido es que los alumnos se pondrán más fuertes y más sanos. Lo cual, en un país donde las tasas de obesidad infantil van en aumento, lejos de ser un inconveniente es una ventaja.
 
«Los ritmos del cerebro asociados con el aprendizaje se hacen más fuertes según el cuerpo se va moviendo más deprisa. La ciencia lo dice. Nosotros solo sacamos las conclusiones obvias.»
 
La base científica, que la hay
 
Esta no es una propuesta caprichosa. Tiene su fundamento en un estudio publicado en la revista científica “PLOS One”, que afirma con toda la seriedad que otorga una publicación académica revisada por pares lo siguiente: «los ritmos del cerebro asociados con el aprendizaje se hacen más fuertes según el cuerpo se va moviendo más deprisa». Dicho de otro modo: el cerebro aprende mejor cuando el cuerpo está en movimiento. Cuanto más rápido el cuerpo, más activo el cerebro. La conclusión pedagógica es tan evidente que sorprende que nadie la haya implementado todavía en ningún colegio público.
 
Y mira que la ciencia nos ha dado pistas a lo largo de los años. Sabemos que caminar ayuda a pensar —los filósofos griegos lo practicaban en el pórtico del Liceo, de ahí lo de «peripatéticos»—. Sabemos que el ejercicio físico mejora la concentración y reduce la ansiedad. Sabemos que los niños que hacen deporte rinden mejor en clase. Teníamos todos los ingredientes. Solo faltaba que alguien los midiera con electrodos y lo publicara en una revista indexada para que pudiéramos tomarlo en serio.
 
El plan de implantación: algunos detalles logísticos
 
Anticipándome a la lentitud habitual de la Administración educativa, me permito esbozar el plan de implantación con los detalles más urgentes:
 
PLAN DE IMPLANTACIÓN · AULAS CON CINTA DE CORRER · CURSO 2026-27
 
Cinta de marcha por alumno (precio medio: 800 €): Multiplicar por número de alumnos en España. No preguntar el total.
Refuerzo estructural de suelos: Treinta cintas por aula pesan lo suyo. Los arquitectos ya están nerviosos.
Auriculares para el profesor: Explicar la tabla del 7 sobre el ruido de treinta cintas simultáneas requiere amplificación.
Formación del profesorado: Cómo dar clase corriendo. Nueva asignatura en los másteres de educación.
Uniformes transpirables: El uniforme escolar clásico no está diseñado para esta velocidad. Hablar con proveedores.
Duchas en todos los colegios: Imprescindible por razones obvias. No negociable. No hay más que hablar.
 
Los beneficios adicionales que nadie menciona
 
Más allá del rendimiento académico —que, según la ciencia, mejoraría notablemente—, el sistema tiene ventajas colaterales que el Ministerio haría bien en considerar.
Primera: los alumnos llegarían a casa tan agotados que se dormirían a las nueve de la noche sin protestar.
Segunda: los padres, libres por fin de la lucha nocturna por los deberes, recuperarían entre dos y tres horas de vida personal.
Tercera: la obesidad infantil caería en picado.
Cuarta: los fabricantes de zapatillas deportivas vivirían su mejor momento desde la invención del deporte.
Y quinta: el profesor que lleva veinte años explicando los ríos de España con la misma transparencia podría hacerlo ahora trotando, lo cual introduce un dinamismo en la clase que las transparencias nunca consiguieron.
 
En resumen: la ciencia tiene la solución. La propuesta está sobre la mesa —o sobre la cinta, más bien—. Solo falta que alguien en el Ministerio de Educación lea “PLOS One” entre reunión y reunión. Que por la velocidad a la que ellos suelen moverse, quizás precisamente serían ellos los primeros en aplicarse este sistema educativo.
 
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jueves, 20 de agosto de 2026

El WhatsApp duele más a las mujeres. La ciencia lo certifica. Las mujeres, como era de esperar, prefieren hablar

Un Congreso Anual de la Liga Europea contra el Reumatismo presentó un estudio sobre el dolor que produce enviar mensajes de texto. Las conclusiones confirman lo que ya sabíamos: las mujeres prefieren hablar; los hombres teclear. Y el dolor se ha medido con escala VAS para demostrarlo.
 
(AZprensa) La ciencia reumatológica europea no descansa. Mientras otros investigadores del continente se afanan en resolver los grandes enigmas de la medicina —el cáncer, el Alzheimer, la resistencia a los antibióticos—, un equipo de valientes presentó en un Congreso Anual de la Liga Europea contra el Reumatismo (EULAR) un estudio que viene a iluminar una de las grandes preguntas de nuestro tiempo: ¿a quién le duelen más los dedos después de estar un buen rato enviando mensajes por el móvil?
 
La respuesta, con todo el rigor que otorga la escala VAS (Visual Analogue Scale) es la siguiente: a las mujeres. El doble que a los hombres, para ser exactos. Y el género resulta ser, según los investigadores, «la única variable independiente asociada con el dolor». No la edad. No el número de mensajes. No el tipo de teclado. El género. Solo el género.
 
HALLAZGOS DEL ESTUDIO · EULAR · ACTUALIZADO A LA ERA WHATSAPP
 
Variable estudiada: Dolor al enviar mensajes de texto (antes SMS, ahora WhatsApp; el dedo sufre igual)
Dolor en mujeres: El doble que en hombres, medido con escala VAS
Variable determinante: El género. Solo el género. Los investigadores lo han comprobado.
Conclusión científica: Las mujeres deberían hablar más y teclear menos.
Reacción previsible: Las mujeres llamarán a alguien para comentar el estudio
 
El WhatsApp como campo de batalla generacional
 
Conviene contextualizar. El estudio original hablaba de SMS, ese formato de mensaje de texto que las generaciones menores de treinta años conocen solo de oídas, como quien sabe que existían los telegramas pero nunca ha mandado uno. Hoy el equivalente es WhatsApp, y la mecánica del dolor es exactamente la misma: dedos sobre pantalla, sílabas a golpe de pulgar, autocorrector traicionero que convierte «voy ahora» en «bóveda lunar» con una frecuencia estadísticamente inexplicable.
 
Lo que el estudio confirma —con datos y con escala de dolor incluida— es algo que cualquier observador de la vida cotidiana había notado mucho antes de que ningún reumatólogo encendiera el ordenador: las mujeres prefieren hablar. El teléfono como instrumento de voz, no como instrumento de escritura. La conversación larga, detallada, con sus matices y sus silencios y sus «espera que te cuento», frente al mensaje escueto de los hombres, que en su versión más depurada consiste en un «ok» o, en los días de especial elocuencia, en un pulgar hacia arriba.
 
«Los investigadores han medido el dolor de mandar mensajes con una escala científica validada internacionalmente. La conclusión, con todo ese aparato metodológico, es que las mujeres deberían llamar. Lo que ya hacían antes de que existiera el estudio.»
 
La implicación práctica que nadie quiere señalar

Hay, sin embargo, una derivada del estudio que los investigadores no han abordado y que merece atención. Si las mujeres sufren el doble de dolor al teclear y sin embargo mandan tantos mensajes como —o más que— los hombres, eso significa una de dos cosas: o bien tienen un umbral de tolerancia al dolor muy superior al masculino —lo cual explicaría, de paso, muchas otras cosas de la historia de la humanidad—, o bien hay algo en el mensaje de WhatsApp que compensa ampliamente el dolor físico que produce enviarlo. Un misterio que la reumatología, de momento, ha preferido no investigar.
 
En cualquier caso, la recomendación científica que se desprende del estudio es de una claridad meridiana: si eres mujer y te duelen los dedos de tanto teclear, habla. Llama. Usa la voz para lo que la voz fue diseñada. Tu sistema musculoesquelético te lo agradecerá.
Y si eres hombre y no te duele nada de teclear, es que no estás mandando suficientes mensajes.
 
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miércoles, 19 de agosto de 2026

La ciencia lo confirma: jugar a las cartas es mejor para el cerebro que trabajar

La revista Neurology ha publicado que jugar a las cartas, leer, escribir y hacer crucigramas retrasan la demencia. El trabajo no aparece en la lista. La conclusión científica es inevitable: hay que jubilarse cuanto antes.
 
(AZprensa) La ciencia avanza, y a veces avanza en la dirección más inesperada y más bienvenida. Un artículo Cognitive activities delay onset of memory decline in persons who develop dementia, publicado en la prestigiosa revista Neurology, ha venido a confirmar algo que muchos sospechábamos desde hace tiempo pero que ningún médico se había atrevido a poner por escrito con el rigor académico que la ocasión merece: que para mantener el cerebro en buen estado hay que hacer cosas agradables. Concretamente: jugar a las cartas, leer, escribir, hacer crucigramas y conversar.
 
Vamos a analizar en profundidad las conclusiones de este inesperado (o no) hallazgo:
 
Lo que dice la lista. Y lo que no dice.
 
Repasemos la lista de actividades cognitivas recomendadas por los investigadores para retrasar la aparición de la demencia: cartas, lectura, escritura, crucigramas, conversación. Una lista admirable, sensata y, sobre todo, muy disfrutable. Cinco cosas que cualquier jubilado en un bar de pueblo practica con una dedicación y una constancia que ningún ensayo clínico ha conseguido superar.
 
Ahora bien. Lo verdaderamente revelador del estudio no es lo que incluye. Es lo que deja fuera. Y lo que deja fuera, con una elocuencia que ninguna estadística podría mejorar, es el trabajo. En ningún lugar de la lista de actividades protectoras frente a la demencia aparece nada que se parezca remotamente a trabajar. Ni ocho horas de oficina. Ni reuniones de coordinación. Ni informes trimestrales. Ni presentaciones de PowerPoint. Nada.
 
«La lista de lo que protege el cerebro incluye las cartas, la lectura y los crucigramas. No incluye el trabajo. Los investigadores no lo han dicho con esas palabras. Pero lo han dicho.»
 
Esto no es una omisión inocente. Los científicos que publican en Neurology son personas rigurosas que saben perfectamente lo que incluyen y lo que no incluyen en sus recomendaciones. Si el “trabajar” hubiera resultado ser neuroprotector, lo habrían puesto. No lo pusieron. Conclusión: el trabajo no protege el cerebro. O, en el mejor de los casos, es indiferente para nuestra salud cerebral.
 
La interpretación que nadie se atreve a hacer
 
En cambio yo (periodista especializado en ciencia y salud) ya estoy jubilado y puedo decir lo que quiera, así que me atrevo a ir un paso más allá de donde los investigadores, por razones de prudencia académica, no han querido llegar. Si las actividades que protegen el cerebro son exactamente las que uno hace cuando no trabaja —y si el trabajo no figura en ninguna de las categorías beneficiosas—, la lógica nos conduce a una conclusión tan incómoda para los departamentos de Recursos Humanos como reconfortante para cualquier persona con sentido común: trabajar, en el mejor de los casos, no ayuda. Y en el peor, estorba.
 
Piénsalo. ¿Cuántas veces has terminado una jornada laboral con la sensación de que tu cerebro estaba más fresco y ágil que cuando empezó? ¿Con qué frecuencia una reunión de dos horas o más te ha dejado con sensación de descanso y bienestar? La experiencia cotidiana de millones de trabajadores respalda lo que el estudio, con toda su discreción científica, sólo se atreve a sugerir entre líneas.
 
Nueva prescripción médica para la salud mental
 
Si los médicos fueran consecuentes con lo que publica Neurology, las consultas de neurología deberían empezar a emitir recetas de este tipo:
 
PRESCRIPCIÓN NEUROPROTECTORA · DOSIS DIARIA RECOMENDADA
Partida de cartas: mínimo una hora. El mus es especialmente recomendable por su componente de engaño lícito, que activa múltiples áreas cerebrales.
Lectura: al menos cuarenta minutos. Cualquier género, aunque se recomienda evitar los informes de empresa, que producen el efecto contrario.
Escritura: un diario, un artículo, una carta. Nunca un acta de reunión.
Crucigrama: uno al día. Doble en lunes, que es el día en que el cerebro más lo necesita.
Conversación: generosa y sin prisa. Contraindicada la videoconferencia de trabajo, que produce los mismos efectos que el silencio pero con más ruido de fondo.
Trabajo: no prescrito. No contraindicado explícitamente, pero ausente de toda evidencia de beneficio.
 
La conclusión inevitable
 
Hay una sola consecuencia lógica de todo lo anterior, y la ciencia la avala con sus propios datos: hay que jubilarse cuanto antes. No por pereza, sino por salud. No como rendición, sino como estrategia neuroprotectora de largo plazo. Jubilarse para poder leer, escribir, jugar a las cartas, hacer crucigramas y conversar sin que nadie te interrumpa con un correo urgente o una reunión que podría haber sido un correo.
 
Los investigadores de Neurology no lo han dicho con esas palabras. Pero los datos están ahí. Y los datos, ya se sabe, no mienten. Aunque a veces digan cosas que a los empresarios no les hace ninguna gracia escuchar.
 

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viernes, 14 de agosto de 2026

Demostrado: Los hombres somos el sexo débil

Ya va siendo hora de cambiar los estereotipos y ajustar nuestras creencias a la realidad, y la realidad científica dice que los hombres somos el sexo débil.
 
(AZprensa) Investigadores de la Universidad de Queensland (Australia) han demostrado que los hombres enfermamos más que las mujeres, tras haber comprobado que ellas presentan una respuesta inmune "mucho más fuerte" frente al rinovirus, el patógeno que suele causar los resfriados comunes.
 
Según un artículo que publicó la revista 'Respiratory Research', cuando se trata de resistir enfermedades, los hombres parecemos el sexo más débil y, por ejemplo, cuando hay virus en el ambiente caemos enfermos con más frecuencia y permanecemos en cama mientras que, en cambio, las mujeres continuáis con vuestras labores a pesar del resfriado.
 
Aunque puede que sean varias las causas, los investigadores apuntan que posiblemente esto se deba a alguna de las hormonas femeninas, lo que a su juicio "tiene sentido desde un punto de vista biológico porque son las mujeres las que deben asegurar la supervivencia de la especie".
 
Así que ya lo sabéis, chicas, a partir de ahora debéis tratarnos con delicadeza, cedernos el asiento en los trasportes públicos, vigilar para que siempre estemos bien abrigados y alimentados, y que, en definitiva, alguno de nosotros pueda sobrevivir a los virus para que la especie humana no desaparezca, porque aunque vosotras sobreviváis, sin ninguno de nosotros no tenéis nada que hacer…
 

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lunes, 3 de agosto de 2026

Cuidado con las palomas: te tienen fichado

Una investigación presentada en la Society for Experimental Biology ha demostrado que las palomas reconocen las caras humanas y no se dejan engañar por un cambio de ropa. Lo que hiciste en el parque el otro día, ellas no lo han olvidado.
 
(AZprensa) Hay animales a los que la ciencia ha ido reconociendo inteligencias insospechadas con el paso de los años. Los pulpos resuelven laberintos. Los cuervos usan herramientas. Los delfines tienen nombres propios. E incluso hay un hallazgo que nadie esperaba y que todos los habitantes de cualquier ciudad europea deberían conocer antes de su próxima visita a un parque: las palomas reconocen las caras de las personas. Y no se olvidan de ellas. Ni aunque uno se cambie de ropa. La cosa va en serio, este hallazgo fue presentado hace unos años en la conferencia anual de la Society for Experimental Biology.
 
El experimento se llevó a cabo en París —ciudad con más palomas por metro cuadrado que cualquier otra de Europa, lo que la convierte en el laboratorio perfecto para este tipo de investigaciones—. El diseño metodológico fue de una elegancia notable: una investigadora se dedicó a dar de comer a las palomas con toda la amabilidad del mundo, mientras su colega las perseguía sin compasión. Hasta aquí, nada que las palomas no pudieran manejar. Luego, las dos investigadoras se intercambiaron la ropa.
 
El resultado fue inequívoco: las palomas siguieron acercándose a la que antes les daba de comer y rehuyendo a la que las perseguía, aunque esta última llevara ahora la ropa de la amable y se hubiera puesto su mejor cara de buena persona. La ropa no las engañó. La cara, tampoco. Las palomas las habían fichado por el rostro, y el rostro no cambia con un jersey nuevo. (Ya lo dice el refrán: “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”).
 
«Las palomas reconocen caras, guardan rencor y actúan en consecuencia. Son, en esencia, mejores testigos que la mayoría de los seres humanos que declaran ante un tribunal.»
 
Las conclusiones que se derivan de este descubrimiento científico
 
Las implicaciones prácticas de este descubrimiento son más serias de lo que parecen a primera vista. Piensa en la última vez que espantaste una paloma. Quizás fue sin querer: un movimiento brusco al sentarte en un banco, un gesto instintivo al pasar por debajo de una cornisa concurrida. Y lo olvidaste al instante. La paloma, según la ciencia, no.
 
¿Y esa mancha que encontraste en el capó del coche el martes por la mañana? ¿Y la del parabrisas del jueves? ¿Casualidad? Quizás. O quizás hay una paloma en tu barrio que tiene muy buena memoria, una puntería notable y mucho tiempo libre para meditar sobre agravios pasados. No estoy diciendo que sea así. Solo digo que la ciencia ya no permite descartarlo.
 
Una propuesta de reforma policial
 
Dicho lo cual, y siendo pragmático, lo que la ciencia nos ha dado es una oportunidad. Si las palomas identifican caras con mayor fiabilidad de lo que cabría esperar, y si además lo hacen sin adiestramiento previo, sin sueldo, sin sindicato y sin jubilación anticipada, la pregunta que cualquier responsable de seguridad debería hacerse es evidente: ¿por qué seguimos usando perros policía cuando podríamos usar palomas?
 
PALOMA POLICIAL VS. PERRO POLICÍA · ANÁLISIS COMPARATIVO

Coste de mantenimiento: la paloma come migas de pan. El pastor alemán, pienso especial a 4 euros el kilo.
Transporte: la paloma va en el hombro del agente. El perro necesita furgón policial con climatización.
Señal de alerta: el perro ladra. La paloma arrulla. Más discreto. Mejores operaciones encubiertas.
Identificación del sospechoso: ambos igualmente eficaces. La paloma, además, no necesita que el delincuente huela a algo.
Problema: el uniforme del agente. Llevar una paloma en el hombro ocho horas tiene sus consecuencias para la chaqueta. Habrá que resolver esto con intendencia.
 
Así sería el futuro
 
Un agente de policía patrulla la plaza mayor con su paloma en el hombro. El ave gira la cabeza, fija la mirada en un individuo sospechoso y arrulla tres veces —señal convenida de alerta—. El agente se acerca: «Documentación, por favor». El individuo pregunta por qué. El agente señala discretamente a su hombro derecho. No hace falta más explicación.
Tendrá sus inconvenientes, sí. Pero también tiene una ventaja que ningún perro policía puede ofrecer: la paloma, una vez identificado el malo, puede seguirle a donde quiera que vaya sin levantar ninguna sospecha. Es una paloma. Están en todas partes. Nadie las mira. Y ellas, sin embargo, lo ven todo. Y lo recuerdan.
 
La próxima vez que cruces una mirada con una paloma en la calle, piénsatelo dos veces antes de espantarla. Puede que solo esté buscando migas. O puede que lleve semanas siguiéndote y esperando su momento.
 
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viernes, 24 de julio de 2026

Los X-Men del reino animal: Los mutantes (reales) más delirantes de la naturaleza

Olvídate de Hollywood, de Lobezno y de las escuelas para jóvenes talentos mutantes. Los verdaderos seres con superpoderes y mutaciones asombrosas ya están entre nosotros. Y no, de momento no llevan capa ni salvan el mundo; son insectos, bacterias y pequeños animales que parecen haber salido de la mente de un guionista de ciencia ficción con un par de copas de más.
 
(AZprensa) La Universidad de Arizona elabora periódicamente un ranking con las especies más innovadoras y extrañas descubiertas en el planeta. He seleccionado mis siete favoritas y, para ahorraros el dolor de cabeza de la nomenclatura científica, me he tomado la libertad de rebautizarlas como Dios manda.
 
Pasen y vean este auténtico circo de la evolución:
 
1. Tyrannobdella rex
Alias: Tiranosanguijuela rex.
 
El superpoder: Medir solo medio centímetro de longitud pero poseer una mandíbula única con dientes gigantescos.
 
El dato: Fue descubierta dentro de la nariz de un hombre. Desconocemos cuánto tiempo llevaba este buen señor sin sonarse, pero el susto al mirarse al espejo debió de ser digno de mención.
 
2. Halomonas titanicae
Alias: La bacteria comebarcos.
 
El superpoder: Esta criatura se alimenta exclusivamente de óxido de hierro y fue hallada, cómo no, en los restos del Titanic. Los investigadores creen que podría ser útil para limpiar los océanos eliminando viejos barcos y plataformas petroleras hundidas. Una limpiadora ecológica a profundidades extremas.
 
3. Halieutichthys intermedius
Alias: El murciélago extraplano (o pez murciélago con forma de tortilla).
 
El superpoder: En realidad, el pobrecito bastante tiene con lo suyo. Vive en las aguas del Golfo de México que quedaron devastadas por el vertido de petróleo en 2010. Los científicos dicen que se mueve con extrema torpeza. Hombre, lógicamente: el pobre bicho todavía debe de estar intentando quitarse el chapapote de las alas. ¿Qué esperaban, que bailase claqué?
 
4. Mycena luxaeterna
Alias: El hongo bombilla.
 
El superpoder: Un hongo diminuto (menos de 8 mm) que emite una constante luz verde amarillenta. Tiene un mérito increíble: de los 1,5 millones de especies de hongos del mundo, solo 71 son luminiscentes. Estoy investigando seriamente cómo conseguir unos cuantos para el salón de casa y mandar a paseo, por fin, a las compañías eléctricas.
 
5. Saltoblattella montistabularis
Alias: La cucaracha saltamontes.
 
El superpoder: Si una cucaracha normal ya da respeto, imagínate una que salta como un saltamontes gracias a unas patas traseras hiperdesarrolladas, ojos semiesféricos que sobresalen y antenas con puntos de fijación para no perder el equilibrio en el aire. Las únicas primas lejanas de este bicho vivieron en el Jurásico. Un prodigio del diseño aerodinámico... y la peor pesadilla de los fóbicos a los insectos.
 
6. Varanus bitatawa
Alias: El lagarto tutti-fruti.
 
El superpoder: Un "peazo" lagarto de casi dos metros de longitud, de un brillante color azul moteado en amarillo y verde, que se pasa el día subido a los árboles atiborrándose de fruta. Los filipinos locales lo adoran por su espectacularidad... y los fruteros de la zona le temen más que a una inspección de hacienda.
 
7. Glomeremus orchidophilus
Alias: El grillo botánico sibarita.
 
El superpoder: Cerramos el ranking con el espécimen más culto, refinado y delicado del grupo. Este grillo se ha ganado el estatus de "VIP" del ecosistema por ser el único polinizador de la orquídea cadetii, una especie rarísima y en peligro de extinción en el Océano Índico. Eso no es simple supervivencia, eso es pasión por la alta botánica.
 
Como ves, la naturaleza tiene un sentido del humor bastante retorcido. Mientras nosotros seguimos lidiando con los atascos y la factura de la luz, una cucaracha jurásica bate récords de salto y un hongo se ilumina gratis en mitad de la selva.
 
¿Cuál de estos mutantes te pedirías como mascota?
 

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jueves, 23 de julio de 2026

La ciencia explica por fin por qué el baño siempre está ocupado

Un estudio con tres empresas implicadas, miles de encuestados y varios meses de trabajo ha llegado a la revolucionaria conclusión de que las mujeres tardan más en el cuarto de baño que los hombres. La humanidad puede respirar tranquila: el misterio ha quedado resuelto.
 
(AZprensa) Hay estudios científicos que abren nuevos horizontes al conocimiento humano. Hay otros que confirman lo que cualquier persona con sentido común ya sabía sin necesidad de financiación ni de muestra estadística. Y luego hay estudios como este, que en su generosidad intelectual hacen las dos cosas a la vez: confirmar lo obvio y, de paso, ponerle nombre científico para que parezca que hemos descubierto algo.
 
La consultora de business intelligence United Minds, en colaboración con la empresa de estudios sociológicos Cint para SCA, ha publicado los resultados de una investigación sobre higiene personal que arroja datos de una profundidad insondable.
 
Primer hallazgo: un 77% de las mujeres considera la higiene personal como la parte «más importante» de la educación de sus hijos, frente al 69% de los varones. Es decir: los hombres, en un 31%, pasamos bastante del asunto. Lo cual no es exactamente una novedad para nadie que haya convivido con un hombre entre los 15 y los 30 años, pero ahora tenemos los datos. Y los datos, ya se sabe, lo cambian todo.
 
«Las mujeres de entre 15 y 25 años emplean 51 minutos en su higiene personal. Los hombres de la misma edad, 36. Esos 15 minutos de diferencia son los que hacen que el baño nunca esté libre cuando uno lo necesita.»
 
El gran misterio resuelto
 
Pero el descubrimiento verdaderamente revolucionario viene a continuación, porque el estudio arroja luz sobre uno de los grandes enigmas de la convivencia doméstica: por qué las mujeres pasan tanto tiempo en el cuarto de baño ante la desesperación de maridos, hijos, compañeros de piso y cualquier varón que en algún momento de su vida haya necesitado el baño con cierta urgencia y encontrado la puerta cerrada con llave.
 
La respuesta científica es la siguiente: las mujeres de entre 15 y 25 años emplean una media de 51 minutos diarios en su higiene personal. Los hombres de la misma franja de edad, 36. Quince minutos de diferencia que, multiplicados por los 365 días del año, suponen aproximadamente 91 horas anuales de baño femenino adicional respecto al masculino. Casi cuatro días enteros al año en que el baño está ocupado por razones que la ciencia acaba de certificar como higiénicamente justificadas.
 
TIEMPO MEDIO EN EL CUARTO DE BAÑO ·
FRANJA 15-25 AÑOS
Mujeres51 minutos (Incluye todo lo que el estudio no detalla)
Hombres36 minutos (Generoso, si nos atenemos a la experiencia)
Diferencia15 minutos diarios= 91 horas al año de puerta cerrada
 
Ahora bien, está claro que las mujeres dan más importancia a la higiene y pasan más tiempo en el baño. Pero ¿qué hacen exactamente durante esos 51 minutos de media? Esta última pregunta, que es sin duda la más interesante de todas, el estudio no la responde. Tres empresas, miles de encuestados, meses de trabajo y la pregunta más importante sigue abierta.
 
En fin. Al menos ahora tenemos los datos. Y la próxima vez que algún varón llame impaciente a la puerta del baño, la mujer que esté dentro podrá responder con toda la autoridad de la ciencia: «Estoy dentro del margen estadístico establecido por United Minds, Cint y SCA. Así que no me metas prisa». Y quedarse tan pancha.
 

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miércoles, 22 de julio de 2026

No vayas al médico, vete al museo

Un grupo de investigadores noruegos ha descubierto, tras un concienzudo estudio científico, que las personas que visitan museos y van al teatro tienen mejor salud. Si esto es así, a partir de ahora los médicos deberán recetar visitas al Museo del Prado.
 
(AZprensa) La ciencia no descansa. Mientras otros investigadores dedican sus energías a encontrar la vacuna contra enfermedades devastadoras o a resolver los misterios del universo, un grupo de investigadores noruegos ha empleado su tiempo —y presumiblemente su presupuesto— en publicar en el Journal of Epidemiology and Community Health un descubrimiento que va a cambiar nuestra relación con la sanidad para siempre.
 
El hallazgo es el siguiente: las personas que visitan museos, van al teatro, tocan instrumentos musicales o se dedican a la pintura tienen mejor salud, disfrutan más de la vida y son menos propensas a sufrir ansiedad o depresión que las personas que no participan en actividades culturales.
 
Lean despacio. Asimilen. Dejen que la profundidad del descubrimiento cale en su sistema nervioso. Y cuando hayan terminado de asimilarlo, piensen en la cantidad de horas de investigación, de fichas de datos, de entrevistas, de análisis estadísticos y de redacción académica que hay detrás de este hallazgo. Impresiona, ¿verdad?
 
Ahora bien. Siendo yo un lector de buena fe que intenta comprender la ciencia antes de criticarla —aunque a veces la crítica llega antes—, me permito formular una pregunta que los investigadores noruegos parecen no haber contemplado en su diseño metodológico: ¿y si es al revés?
 
Porque claro. Las personas que tienen buena salud pueden ir al museo, al teatro, a tocar la guitarra y al concierto de los jueves, porque sus piernas y su energía se lo permite. En cambio, las personas que tienen mala salud, se quedan en casa. No porque la cultura no les interese, sino porque el lumbago, la tensión o la rodilla tienen otras prioridades. Y si alguien llama a su puerta para preguntarles si van mucho al teatro, la respuesta es «no mucho, la verdad», y eso queda registrado en la columna de «poca vida cultural» junto a la de «peor estado de salud».
 
En términos científicos, a esto se le llama confundir la causa con el efecto. O, en términos menos académicos, liarse con quién lleva a quién. ¿La cultura da salud, o la salud da cultura? Los noruegos han respondido con toda la solemnidad de una publicación indexada.
 
Las implicaciones prácticas del descubrimiento
 
Pero seamos constructivos. Si el estudio es correcto —y quién soy yo para rebatir a los noruegos, que son un pueblo serio y viven muchos años, aunque sea a oscuras seis meses al año—, las consecuencias prácticas para el sistema sanitario son revolucionarias. El médico de cabecera, en lugar de la receta habitual, podría extender algo así:
 
PRESCRIPCIÓN CULTURAL · DOSIS DIARIA RECOMENDADA
Dos visitas semanales al museo de bellas artes (o al de ciencias naturales, según tolerancia)
Una función de teatro al mes, mínimo. En caso de comedia, efecto potenciado
Instrumento musical a elección del paciente. Contraindicado el acordeón en pisos con vecinos
Pintura o dibujo, tres sesiones semanales. No se exige talento: vale el garabato terapéutico
En caso de persistir la ansiedad, repetir la dosis y evitar leer estudios científicos noruegos
 
Las listas de espera de los museos se dispararían, los teatros entrarían en beneficios por primera vez en décadas y la industria de las acuarelas conocería un boom sin precedentes. No está mal para un estudio de epidemiología.
En fin, qué les vamos a decir a estos investigadores; pues que sigan investigando y así siempre tendremos algo de qué hablar y sonreír.
 

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