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jueves, 15 de enero de 2026

Snøhetta: una arquitectura diferente y más humana

(AZprensa) Snøhetta es, sin duda, uno de los estudios de arquitectura más creativos e innovadores del mundo actual. Fundado en 1989 en Oslo (Noruega) por Kjetil Trædal Thorsen y un grupo de jóvenes arquitectos y paisajistas —entre ellos Craig Dykers—, el nombre del estudio proviene de una montaña remota en el parque nacional de Dovrefjell, simbolizando desde el principio esa conexión profunda con el paisaje natural noruego.
 
Lo que distingue a Snøhetta no es un estilo formal reconocible al instante (como ocurre con otros grandes nombres), sino un enfoque transdisciplinar y dialógico que integra arquitectura, paisajismo, diseño interior, arte, diseño gráfico, producto y digital en cada proyecto. Rechazan la idea de disciplinas cerradas: en su proceso creativo cualquiera puede aportar ideas sobre cualquier aspecto, lo que genera soluciones inesperadas, ricas y muy contextuales.
 
Filosofía: creatividad al servicio de las personas y el planeta
 
El lema implícito de Snøhetta podría resumirse en: «diseñar para fortalecer el sentido de lugar, la identidad y las relaciones entre las personas y con el entorno». Buscan que cada edificio no sea un objeto aislado, sino una extensión del paisaje, la cultura y las necesidades sociales del lugar.
 
Tres pilares definen su trabajo:
Sostenibilidad social, ambiental y económica → Desde finales de los 80 ya priorizaban sensibilidad ecológica y cultural. Hoy miden el impacto climático de cada proyecto, promueven materiales innovadores de bajo carbono, biodiversidad, gestión positiva de agua y energía, y espacios que benefician tanto a humanos como a otras especies.
Humanismo y accesibilidad → Sus edificios suelen ser democráticos: invitan al público a apropiarse de ellos, a caminar sobre ellos, a habitarlos más allá de su función principal.
Diálogo y contexto → Cada proyecto es único porque responde al ethos del lugar y de sus usuarios, no a una firma estilística impuesta.
 
Iconos que cambiaron la forma de entender la arquitectura
 
Snøhetta saltó a la fama internacional en 1989 al ganar (siendo un estudio novel) el concurso para la Bibliotheca Alexandrina (inaugurada en 2002), la resurrección moderna de la legendaria biblioteca de Alejandría. Integraron paisaje, arquitectura, arte e interior desde el primer boceto, con un enorme disco inclinado que dialoga con el mar Mediterráneo y espacios flexibles que fomentan la innovación y el encuentro público.
 
Pero el proyecto que realmente los consagró como referentes mundiales fue la Ópera Nacional y Ballet de Noruega en Oslo (inaugurada en 2008): Un tejado inclinado de mármol blanco que desciende hasta el fiordo, permitiendo que cualquiera suba y camine sobre el edificio.
Convirtió un área industrial portuaria en espacio público democrático.
Ganó el Premio Mies van der Rohe, entre muchos otros, y popularizó mundialmente la idea de «arquitectura como paisaje» y tejados transitables.
 
Otros proyectos icónicos que muestran su creatividad y funcionalidad:
Pabellón del Museo Memorial 11-S (Nueva York) → Un espacio sereno y reflexivo en medio del trauma colectivo.
Expansión del SFMOMA (San Francisco) → Donde paisaje y edificio se funden.
Biblioteca de la Ciudad de Pekín (inaugurada recientemente) → El mayor espacio de lectura climatizado del mundo y un enorme sistema de vidrio portante que invita al paisaje interior.
Vertikal Nydalen (Oslo) → Primer edificio mixto de Noruega climatizado de forma natural.
 
Proyectos recientes y en curso (2025-2026): la creatividad sigue evolucionando
 
Snøhetta no se ha quedado en sus éxitos pasados. En los últimos años y próximos:
Gran Ópera de Shanghái (próxima a terminarse / inauguración prevista alrededor de 2026) → Un enorme abanico de hormigón con escalera espiral que lleva a una plaza pública en la azotea con vistas al río. Símbolo de danza y comunidad abierta a todos.
Museo de Arte de la Bahía de Qiantang (Hangzhou, China) → En la confluencia del río Qiantang, interpreta el flujo del agua como metáfora del movimiento cultural.
Theodore Roosevelt Presidential Library → Enfocado en narrativa, paisaje y experiencia inmersiva.
Cloud 11 (Bangkok) → Un hub creativo con parque público central.
Renovaciones sensibles como Hotel Finse 1222 o campañas sociales como la casa de jengibre del Consejo Noruego para Refugiados.
 
Incluso en proyectos más pequeños o de producto (como mobiliario o campañas), mantienen esa capacidad de sorprender combinando artesanía tradicional con tecnología puntera.
 
¿Por qué Snøhetta inspira tanto?
 
En un mundo donde muchos estudios buscan una marca reconocible, Snøhetta prefiere desaparecer detrás del lugar y de las personas. Sus edificios no gritan «¡mírame!», sino que susurran: «ven, camina, quédate, pertenece». Logran ser a la vez poéticos y pragmáticos, escultóricos y funcionales, innovadores y profundamente humanos. Como ellos mismos dicen: la arquitectura puede ser una fuerza positiva en el mundo. Y pocos lo demuestran con tanta consistencia y creatividad como Snøhetta.
 

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martes, 29 de julio de 2025

Terrorismo cultural: El derribo de La Pagoda

(AZprensa) En julio de 1999, las excavadoras silenciaron uno de los iconos más singulares de la arquitectura moderna española: el edificio de los Laboratorios Jorba, conocido como La Pagoda, diseñado por el arquitecto manchego Miguel Fisac. Ubicado en la calle Josefa Valcárcel, junto a la A-2, este edificio, construido en 1965, era mucho más que una sede empresarial; era un hito que combinaba innovación técnica, estética vanguardista y un impacto cultural que lo convirtió en parte del imaginario madrileño. Su demolición, calificada por los medios como "terrorismo cultural", desató una ola de protestas y abrió un debate que aún resuena: ¿por qué se permitió la destrucción de una obra de tal valor? Vamos a indagar en este artículo en los motivos detrás del derribo, explorando la confluencia de negligencia administrativa, especulación inmobiliaria y las controvertidas acusaciones de Fisac sobre intereses oscuros ligados al Opus Dei.
 
La Pagoda: un símbolo de la modernidad
 
La Pagoda, diseñada para los Laboratorios Jorba, era una obra maestra del brutalismo expresionista. Su torre, el elemento más icónico, constaba de plantas cuadradas giradas 45 grados una respecto a la otra, unidas por hiperboloides de hormigón que le conferían una silueta sinuosa reminiscentes de las pagodas asiáticas, de ahí su nombre popular. Este diseño no solo respondía a la petición del cliente, José María Jorba, de crear un edificio que sirviera como reclamo publicitario desde la carretera, sino que demostraba el dominio de Fisac sobre el hormigón y su capacidad para innovar con formas estructurales, como sus célebres "vigas hueso". La Pagoda no era solo funcional; albergaba oficinas, una biblioteca y naves de producción optimizadas, y su impacto trascendió lo local, siendo incluida en 1979 en la exposición Transformations in Modern Architecture del MoMA de Nueva York, junto a proyectos de Ricardo Bofill y Lluís Clotet.

Durante más de tres décadas, La Pagoda fue un emblema de Madrid, visible desde la entonces Nacional II, y querida por los madrileños, que la percibían como un símbolo de modernidad. Sin embargo, en 1999, este edificio, que podría haberse adaptado a la normativa actual con ciertas reformas, fue reducido a escombros, dejando un vacío en el patrimonio arquitectónico de la ciudad.
 
Los motivos oficiales: especulación inmobiliaria y negligencia administrativa

 
La explicación más comúnmente aceptada para el derribo de La Pagoda apunta a una combinación de especulación inmobiliaria y una gestión administrativa deficiente. En 1997, el Ayuntamiento de Madrid, bajo el mando de José María Álvarez del Manzano, elaboró un nuevo Plan General de Ordenación Urbana que incluía un catálogo de edificios protegidos. 

Sorprendentemente, La Pagoda fue excluida de esta lista, a pesar de su relevancia arquitectónica. Según el entonces gerente municipal de Urbanismo, Luis Armada, el edificio no fue considerado de suficiente valor por ser una construcción moderna e industrial, y se argumentó que su diseño era "funcionalmente incorrecto".

Esta exclusión resultó crucial. En 1999, el Grupo Lar, los nuevos propietarios de la parcela, solicitaron una licencia de demolición, amparados en que el edificio no estaba protegido. Su objetivo era claro: maximizar la edificabilidad del solar, que no estaba agotada por la estructura original. En una época marcada por la fiebre del ladrillo, derribar La Pagoda para construir un edificio de oficinas más grande y rentable, como el actual Merrimack IV, era una decisión económicamente lógica para los promotores.

La negligencia administrativa se agravó por irregularidades en el proceso de aprobación de la licencia de demolición. Según algunas fuentes, la votación en la Junta de Distrito de San Blas, que autorizó el derribo en mayo de 1999, estuvo rodeada de confusión. Luis Armada afirmó que fue unánime, pero cuatro de los siete vocales lo desmintieron, y las fechas de las actas y la aprobación de la licencia presentaban inconsistencias. Además, aunque la Ley de Patrimonio Histórico de Madrid (Ley 10/1998) ya estaba en vigor, no se aplicó para proteger La Pagoda, lo que refleja una falta de sensibilidad hacia el patrimonio arquitectónico contemporáneo.

La teoría de Fisac: un ataque personal del Opus Dei
 
Miguel Fisac, que tenía 86 años en el momento del derribo, ofreció una explicación más polémica: la demolición fue un ataque personal orquestado por el Opus Dei, institución de la que fue miembro numerario entre 1936 y 1955. Fisac, quien había roto con la organización tras discrepancias teológicas y personales, afirmó que el Ayuntamiento, influido por el Opus Dei, facilitó la destrucción de su obra como represalia. Según él, esta "secta" buscaba dañar su imagen como arquitecto, especialmente porque La Pagoda era uno de sus proyectos más emblemáticos.

Fisac respaldó su teoría con detalles. Señaló que José María Jorba, el propietario original, le había informado meses antes de la venta del edificio, y que los nuevos propietarios (Grupo Lar) le aseguraron que no tenían intención de demolerlo. Sin embargo, el interés del Ayuntamiento por autorizar el derribo, según Fisac, cambió el rumbo. La relación de Fisac con el Opus Dei había sido intensa, pero tras su salida en 1955, sus encargos para construir iglesias, muchos de ellos ligados al Opus Dei, disminuyeron drásticamente, lo que alimentó su percepción de una venganza institucional.

Algunos arquitectos, como Javier Carvajal, negaron que el derribo tuviera un trasfondo personal, atribuyéndolo más bien a "una cuestión de dinero" y a la ceguera de las ordenanzas urbanísticas. Otros, como Miguel Lasso, de la Fundación Arquitectura COAM, consideran que la especulación inmobiliaria y la miopía administrativa son explicaciones más plausibles que una conspiración religiosa.

En cualquier caso, la pregunta que siempre surge es esta: “¿Podría haberse salvado La Pagoda?”. La tragedia de La Pagoda radica en que su destrucción no era inevitable. Expertos como Amparo Berrinches, presidenta de la asociación Madrid, Ciudadanía y Patrimonio, han señalado que el edificio podría haberse adaptado a la normativa actual en materia de seguridad, accesibilidad y sostenibilidad con una inversión razonable. Su estructura, aunque diseñada en los años 60, era funcional, y su valor cultural y arquitectónico justificaba su conservación. La exclusión del catálogo de protección y la falta de voluntad política para intervenir sellaron su destino.

Las protestas de arquitectos, como Juan Navarro Baldeweg, Emilio Tuñón y el decano del Colegio de Arquitectos de Madrid, Fernando Chueca, junto con ciudadanos que se concentraron frente al edificio, no lograron detener las excavadoras. El Ayuntamiento, en un intento tardío de mitigar el escándalo, propuso a Fisac reconstruir La Pagoda en otro lugar, a lo que el arquitecto respondió con un contundente: "Me parece una tomadura de pelo". Para Fisac, la esencia de la obra estaba ligada a su ubicación y contexto original.

El derribo de La Pagoda no solo privó a Madrid de una joya arquitectónica, sino que puso en evidencia las carencias en la protección del patrimonio moderno en España. Mientras que edificios históricos como iglesias románicas o palacios renacentistas suelen recibir protección automática, las obras contemporáneas, como La Pagoda, a menudo son subvaloradas hasta que ya es demasiado tarde.

Hoy, el solar donde se alzaba La Pagoda está ocupado por un anodino edificio de oficinas, el Merrimack IV, que carece del valor cultural de su predecesor. La pérdida de La Pagoda es un recordatorio de cómo los intereses económicos y la falta de visión pueden prevalecer sobre el valor cultural. Ya sea por la especulación inmobiliaria, la negligencia administrativa o, como sugirió Fisac, motivos más oscuros, su desaparición sigue siendo un símbolo de una época en la que el "progreso" económico justificaba sacrificios irreparables. La pregunta persiste: ¿aprenderá Madrid a proteger su patrimonio contemporáneo, o seguirá perdiendo sus iconos modernos?
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
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domingo, 11 de febrero de 2024

Pájaros grises de hoy

(AZprensa) El relato corto de hoy nos muestra a su protagonista caminando entre grandes edificios y su vista le despierta emociones contrapuestas. Los grandes y oscuros edificios te censuran el paisaje de libertad y sólo te dejan escapar a través de tus propios pensamientos, pero aun así, sabiendo que esa es una cárcel de la que deberías evadirte…
 
PÁJAROS GRISES DE HOY
 
Junto a la gran plaza se levantaban las dos nuevas torres, aún sin completar su vuelo, cual dos pájaros grises que se hubieran quedado quietos, perdida la esperanza, contemplando un mundo que quisieron abarcar con ambición y sin poder hacerlo. Algunas personas pasaban junto a ellas criticándolas, aunque posiblemente en el fondo de su mente lamentasen su mutilación al contemplar esa obra inacabada que mostraba en su final la desnudez del esqueleto... otra obra muerta. Pretendía ser aquella construcción como una nueva torre de Babel en cuyos lujosos ascensores se podría huir de infierno circundante. Pero no pudo ser, otra vez habían cerrado el camino a la esperanza. Todo tenía que ser mediocre.
 
En esto y otras cosas iba pensando Miguel mientras las torres condenadas se difuminaban, atrás, en la neblina –contaminación más bien- del ambiente. En su lento andar, masticaba el tiempo, como siempre, quizás debido a su exagerado amor a la puntualidad. Abandonó la acera y decidió seguir su camino por el paseo central para ejercitar sus pupilas con las contracciones y dilataciones rápidas consecuencia de los constantes sol y sombra que los árboles producían. Aún era pronto y muy pocas personas se habían sentado en las mesas de la cafetería que había en el paseo. No pudo evitar una sonrisa al pasar junto a una mesa ahora vacía. Hacía poco tiempo de aquello; sentados los dos, Miguel y Marga, en un juego de preguntas difíciles, hubieron de ceder a sus barreras preventivas. Los dos sabían que aquello era un amor sin nombre y tenían miedo a quedarse desnudos, sin posibilidad de reaccionar o defenderse, miedo –en fin- a lo desconocido. Por eso, quizás en un inútil y postrer esfuerzo por escapar de las preguntas comprometidas, ella dio una patada a la mesa que estuvo a punto de tirar al suelo las bebidas y que sirvió –en cambio- para dar una nueva dimensión más cercana a su relación. Atrás quedaron ya, desde aquél momento, los titubeos iniciales y se abrió la puerta a lo más sincero. Miguel se había propuesto borrar todo el pasado y la melancolía que aún arrastraba Marga. No iba a ser fácil, mas era el único camino para sentirse plenos. “Es hermoso sentir un cuerpo ajeno junto al tuyo, es hermoso sentir un cuerpo ajeno un poco tuyo”, había escrito Miguel en uno de sus poemas.
 
Concluyó el paseo en el mismo instante en que su reloj señalaba un margen de tres minutos para llegar a la cita; lo suficiente. Ya en el portal consultó de nuevo el reloj y se sintió satisfecho de sus ochenta y cuatro segundos de adelanto. Marga no tardó en aparecer. Al principio, unos momentos de duda, después, ya decididos, atravesaron el paseo en el que antes volase la imaginación de Miguel. El autobús se retrasó en su forma habitual. Sus manos, unidas, preparaban, sin saber, el camino nuevo que iba a comenzar unas horas después.
 
Ya en el autobús miraron en silencio aquellas torres, pájaros impotentes. El viento mecía y esparcía lejos de su cauce el agua que se elevaba por los surtidores de la fuente de la rotonda central. Ambos pensaban muchas cosas, sin decirlas, sin darse cuenta que aquellas sonrisas o esos ligeros apretones de sus manos, expresaban más que un libro de quinientas páginas.
 
Nuevamente, al bajar del autobús, el reloj señalaba media hora de adelanto.
- Hay tiempo, podemos dar un paseo –dijo Miguel.
Era un barrio distinto, agradable, posiblemente el barrio más representativo de esa ciudad tan anacrónica. La recta geometría de las calles, la discreta ambición de sus edificios olvidando un poco la guerra de la ostentación... “Aquí nadie pretende llegar más lejos que sus posibilidades, tal vez por esto me guste”, pensaba Miguel.
Marga lo invitó a un café para comenzar la tarde y Miguel aceptó encantado. Notaba cómo en esa relación todo se había vuelto simple, sencillo, natural. “Las complicaciones, al igual que los protozoos, surgen en las mentes turbulentas”, pensó Miguel.
- Ya deben haber abierto –dijo Marga.
- Venga, vamos –dijo Miguel.
Entraron los primeros y cogieron el mejor sitio. Por delante tenían una tarde inmensa en la que irse conociendo, en la que irse abriendo y amoldando para encajar un proyecto común, un futuro... que ya no sería incierto.
 

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