(AZprensa) Los denominados “objetos fuera de su tiempo”, que en inglés se denominan “OOPARTS” (Out Of Place Artifacts) son una realidad (como lo son las pruebas de visitas de OVNIS que como su acrónimo indica son “objetos volantes no identificados”), pero al igual que sucede con los OVNIS, los OOPARTS se encuentran rodeados de falsedades y esto hace muy difícil distinguir cuáles son auténticos y cuáles han sido manipulados.
Uno de los más conocidos en España es la figura de un astronauta (ver imagen superior) que aparece en la catedral de Salamanca. No hay error de interpretación posible: esa figura es la de un astronauta. Pero ¿quiere eso decir que cuando se construyó esta catedral –de 1512 a 1733- alguien vio un astronauta y así lo reflejó? La respuesta es “no”.
Resulta que según la Ley de Patrimonio Artístico Español, cuando se restaura un monumento artístico, hay que dejar evidencia de que ha sido restaurado, y eso es lo que hicieron en este caso, en donde –por cierto- también esculpieron un dragón comiéndose un helado. A pesar de ello, aún sigue circulando por Internet este ejemplo como si en verdad alguien hubiese viajado por el tiempo y hubiera visto en aquella época un astronauta.
Pero este no es el único caso. Hay muchos otros. Por ejemplo (ver imagen de la izquierda), en la catedral de San Antolín (Palencia) hay un fotógrafo con su correspondiente cámara de fotos; en la de Calahorra (La Rioja) hay un teléfono móvil esculpido en piedra; o en la de Santa María la Mayor (Trujillo, Cáceres) hay un escudo del Atheltic de Bilbao ya que aquél restaurador era un fiel seguidor de ese equipo de fútbol.
Por consiguiente, tanto en OOPARTS como en OVNIS, hay mucho de realidad pero también mucho de engaño (intencionado o involuntario). Antes de dar credibilidad a una noticia, infórmate bien antes de creerte sin más lo que te cuentan.
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(AZprensa) Los marcianos están presentes desde hace muchos años en la
literatura, el cine y la cultura popular, pero ¿cómo surgió esta idea? Todo
comenzó por culpa de un error de traducción. Esta es la historia…
En el año 1.863 el astrónomo italiano Prieto A. Secchi
estaba observando Marte cuando distinguió en su superficie unas líneas que le
parecieron accidentes naturales del terreno y las bautizó como “canali”.
Unos años más tarde, en 1877, el también astrónomo
italiano Giovanni V. Schiaparelli las observó con mayor precisión, coincidiendo
con su antecesor en que se trataba de accidentes naturales del terreno. Del
estudio detallado de esas líneas elaboró un mapa y bautizó a cada una de ellas
con el nombre de ríos bíblicos (como el Gehon o el Phison), de ríos mitológicos
(como el Styx del reino de Hades) o de grandes ríos de nuestro planeta (como el
Nilo o el Ganges).
Todo eso lo recogió en un artículo científico titulado “Osservazioni
astronomiche e fisiche sull’asse di rotazione e sulla topografía del pianeta
Marte” (“Observaciones astronómicas y físicas sobre el eje de rotación y la
topografía del planeta Marte”), el cual tuvo una gran repercusión, pero nada
comparado con la que consiguió cuando dicho artículo se tradujo al inglés.
Ahí estuvo el error: el traductor se equivocó al traducir
la palabra italiana “canali”. Lo correcto hubiera sido traducirla por “channels”
que se refiere a estructuras naturales, sin embargo eligió la palabra “canals”
que hace referencia a una obra de ingeniería construida por el ser humano.
Lógicamente, si ese estudio hacía referencia a “canales artificiales” era
evidente que en Marte existía o había existido una civilización inteligente
capaz de crear tan gigantescas obras que, por otra parte, tenían una indudable
utilidad como era la de llevar el agua del deshielo de los polos del planeta
hacia las zonas ecuatoriales y desérticas del mismo.
Con este caldo de cultivo, Marte, los marcianos y sus
canales, se hicieron populares; más aún cuando entre 1905 y 1909 el
estadounidense Percival Lowell hizo nuevas observaciones del planeta rojo y
publicó dos libros que cosecharon un gran éxito. Por los títulos de aquellos
libros podéis comprender cómo la idea de los marcianos se extendió rápidamente
por toda la Tierra: “Mars and its Canals” (“Marte y sus canales”) y “Mars as
the abode of life (“Marte como la morada de la vida”).
Marte y los marcianos pasaron a formar parte de la
cultura popular y ya nada ni nadie pudo quitarlos de ahí, ni siquiera cuando el
astrónomo greco-francés Eugène Michel Antoniadi, realizó observaciones mucho
más detalladas, en 1909, de la superficie de ese planeta y no distinguió
ninguno de esos “canales artificiales”. Y tan arraigada estaba la idea en la
cultura popular que ni siquiera pudieron borrarla las sucesivas misiones de la
NASA a Marte, desde la “Mariner 4”, que sobrevoló Marte y envió a la Tierra
numerosas fotografías, ni las posteriores, incluyendo los robots que
actualmente circulan por su superficie o las sondas que sobrevuelan el planeta
desde hace años y envían a diario miles de fotografías.
Los marcianos forma parte integral de nuestra cultura y –como
hemos visto- todo por culpa de un error de traducción. ¿Os habéis preguntado cuántas
otras cosas que damos como hechos ciertos no habrán tenido su origen también en
otros errores de traducción? La verdad es que da para pensar…
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(AZprensa) ¿Sabías que con todos los desperdicios
orgánicos (restos de comida, cáscaras y cortezas, restos de poda y de labranza,
etc.) que tenemos en España podríamos producir hasta el 40% del gas que
necesitamos? Esto nos permitiría no tener que depender tanto de los “amigos”
argelinos o rusos.
Pero, claro, para eso se necesitan plantas de biometano y
resulta que en España sólo hay 5 cuando, por ejemplo, Francia tiene 306 y
Alemania 242.
Todo esto lo explican muy bien en el blog “Pasar a mejor
vida” tal como puedes leerlo en el artículo “¿Por qué el biometano no se
potencia en España?”. Este es el enlace:
https://pasaramejorvida.blogspot.com/2022/01/por-que-el-biometano-no-se-potencia-en.html
(AZprensa) ¿Te imaginas tener un negocio y que el
Gobierno te obligue a vender más barato que el precio de coste al que has
comprado, es decir, que te obligue a perder dinero? Pues eso es lo que ha hecho
el Gobierno de España con las farmacias.
El pasado 15 de enero se aprobó un precio máximo de 2,94
euros para la venta de test de autodiagnóstico de antígenos, pero como ha
reconocido su patronal, FEFE, “los farmacéuticos tuvieron que comprarlos a
precios superiores que rondaban los 5 a 7 euros”.
Esto significa que por cada autotest que vendan, perderán
dinero, y además no tienen escapatoria. Legalmente están obligadas a venderlos
y lo máximo que pueden hacer –como así les han aconsejado los servicios jurídicos-
es reflejar esas pérdidas en su contabilidad.
El presidente del Consejo General de Colegios de Farmacéuticos,
Jesús Aguilar, ha dicho resignado que “asumimos el precio fijado por
responsabilidad y por la vocación sanitaria y de servicio que nos ha guiado
siempre”, lo cual es cierto, como también lo es que no les queda más remedio
que aceptarlo.
Ahora ponte en su lugar. ¿Cómo te sentaría que el
Gobierno te obligase a vender a precios inferiores a los que compraste?
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(AZprensa) Ya se sabía que el problema de las
resistencias a los antibióticos causa cientos de miles de muertes cada año en
todo el mundo y los estudios que existían hasta la fecha señalaban que para el
año 2050 se llegaría a los 10 millones de muertes por esta causa. Sin embargo,
un nuevo estudio realizado, mucho más completo que los anteriores, y que ha
sido publicado en “The Lancet”, indica que vamos a llegar a esa cifra mucho
antes de lo que se pensaba.
Este nuevo informe de “Investigación Global sobre la
Resistencia a los Antimicrobianos (GRAM)” recoge que en el año 2019 murieron más
de 1,2 millones de personas como consecuencia directa del fracaso a los antibióticos
administrados por culpa de la aparición de resistencias a los mismos.
Tanto es así que actualmente se considera que la
resistencia a los antibióticos es una de las principales causas de muerte en
todo el mundo (1,2 millones de muertes), por delante del VIH/SIDA (860.000
muertes) o de la malaria (640.000 muertes).
Infecciones comunes, que antes eran perfectamente
tratables con los antibióticos disponibles, ahora no lo son al haberse
desarrollado resistencias a los mismos.
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