(AZprensa) «¿Es verdad lo que
me dices?». Es una pregunta idílica, casi ingenua. En el fondo, ¿cómo podemos
saber con absoluta certeza si la persona que tenemos enfrente nos está
revelando una verdad incontestable o nos está colando una burda mentira?
Si le trasladas la duda a tu interlocutor y este te
responde con solemnidad que no está mintiendo, la respuesta no te vale de nada;
al fin y al cabo, si te estuviese engañando, te diría exactamente lo mismo. Por
el contrario, si en un arrebato de honestidad kamikaze te confiesa que te ha
mentido... ¿cómo demonios vas a fiarte, a partir de ese instante, de alguien
que se autoproclama mentiroso? Entrar en ese juego es como morderse la cola en
un bucle infinito.
El refugio de las
creencias
Por si fuera poco, el asunto se complica con los
bienintencionados. A menudo, lo que la gente te dice es simplemente lo que cree
que es verdad. Pero el hecho de que alguien defienda una idea con fe ciega y
devoción no la convierte automáticamente en un hecho real. La historia está
llena de verdades absolutas que terminaron en el vertedero de los errores
históricos.
Ante este panorama, desconfiados de los demás, caemos en
la última trampa: el egocentrismo cognitivo. Pensamos que solo queda y solo
vale lo que uno mismo cree. Nos convertimos en nuestros propios jueces y
soberanos. Sin embargo, lamento aguar la fiesta, pero lo más probable es que
eso que tú crees con tanta firmeza tampoco sea la verdad desnuda, sino solo tu
creencia; un traje a medida fabricado por tus sesgos, tus vivencias y tus
deseos.
La perspectiva del
otro lado
Quizás la verdad, con mayúsculas, sea un territorio
prohibido para los vivos. Algo que nadie alcanzará jamás en esta existencia,
por la sencilla razón de que para comprobar si algo es real o un espejismo,
necesitas perspectiva. Necesitas, inevitablemente, haber abandonado esta vida y
contemplar el cuadro completo, con distancia, desde el otro lado del telón.
Solo los muertos poseen el mapa del tesoro, pero tienen la mala costumbre de no
enviar postales.
Así que nos quedamos aquí abajo, atrapados en este tablero
de sombras donde las certezas se evaporan en cuanto las tocas.
Y llegados a este punto de sospecha generalizada, solo me
queda lanzar una última pregunta al aire: ¿será verdad esto que os estoy
diciendo?
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