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lunes, 1 de junio de 2026

Un Sputnik que viajó en el tiempo

(AZprensa)
Existen misterios que duermen a la vista de todos en las paredes de los templos antiguos. Uno de los más desconcertantes se encuentra en la iglesia de San Pedro en Montalcino, un encantador pueblo italiano situado a unos cuarenta kilómetros de Siena. Allí se conserva el lienzo titulado La glorificación de la Eucaristía, pintado por Ventura Salimbeni entre los años 1598 y 1614.
 
A primera vista, la escena responde a la iconografía religiosa de la época. Sin embargo, al fijar la mirada en la parte central, el espectador actual experimenta un cortocircuito mental: Dios Padre y Jesucristo sostienen una extraña esfera metálica de la que emergen lo que parecen ser dos antenas telescópicas. El conjunto resulta desconcertante. Pero la extrañeza se transforma en asombro absoluto si colocamos, justo al lado de la pintura, una fotografía del Sputnik 1, el primer satélite artificial lanzado al espacio por la Unión Soviética a mediados del siglo XX.
 
El refugio de los racionalistas
 
Aquellos que siempre buscan a la desesperada argumentos "racionales" afirman que esa esfera no es más que el Globus Cruciger, la representación del globo terráqueo bajo el poder divino. Sin embargo, la explicación cojea al observar los detalles. En la esfera de Salimbeni no hay rastro de continentes ni de océanos; solo se aprecia un reflejo luminoso en la parte superior y un elemento todavía más insólito en su cuadrante inferior izquierdo: un pequeño círculo idéntico al ojo visor o lente que portaba el satélite ruso. Por si fuera poco, en la esfera del cuadro se distinguen unas líneas de unión que la circunvalan por el ecuador... exactamente iguales a las juntas que sellaban el cuerpo del Sputnik.
 
Respecto a las supuestas "antenas", los racionalistas argumentan que se trata de los cetros o varas de mando que Dios y Cristo posan sobre el mundo. Es cierto que el extremo superior de estos bastones está rematado con un motivo religioso, pero la zona que conecta con la esfera se ensancha de forma sospechosa, imitando un anclaje mecánico. Además, la inclinación y la distancia equidistante entre ambos elementos reproducen fielmente el diseño de las antenas de telecomunicación del satélite soviético.
 
Una coincidencia de 58 centímetros
 
Hay un último detalle numérico en el que muy pocos investigadores han reparado: el tamaño. El Sputnik original medía exactamente 58 centímetros de diámetro. Si uno observa las proporciones de la pintura respecto a los cuerpos de las divinidades, la esfera que aparece en el cuadro tiene un tamaño asombrosamente similar.
 
Cuesta creer en la posibilidad de un viaje en el tiempo; resulta descabellado imaginar al pintor viajando al futuro o al propio satélite soviético sufriendo un error de navegación que lo hiciera aterrizar en pleno Renacimiento italiano. ¿Pudo tratarse entonces de una visión premonitoria, de un viaje astral o de un proceso de visión remota como aquellos que la propia CIA llegó a investigar y dar por válidos durante la Guerra Fría?
 
No disponemos de pruebas ni de material científico suficiente para lanzar una hipótesis fantástica con rigor periodístico. Pero, de igual forma, el arte tampoco ofrece argumentos lo bastante sólidos como para descartarla por completo.
 
Ante el misterio de Montalcino, no hay dogmas que valgan. Simplemente queda mirar las dos imágenes, cruzar los datos y dejar que la mente piense lo que quiera.
 

Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/

sábado, 25 de octubre de 2025

De Carreño a Guillermo Saúco

(AZprensa) En el rico acervo del Museo del Prado, entre las obras maestras del Barroco español, se encuentra el cuadro “Santa Ana enseñando a leer a la Virgen” (1674-78), un óleo sobre lienzo de Juan Carreño de Miranda que, aunque actualmente no está expuesto, puede admirarse a través de una copia fiel realizada en 1950 por Guillermo Saúco, ubicada en la iglesia de San Martín, en la calle Desengaño, 26, de Madrid. Esta pintura, de 196 x 168 cm, es un testimonio vibrante de la devoción mariana de la Contrarreforma y de la maestría técnica de Carreño, uno de los grandes pintores del Siglo de Oro español.
 
La obra original de Juan Carreño de Miranda
 
Juan Carreño de Miranda (Avilés, 1614 - Madrid, 1685) fue una figura clave del Barroco español, conocido por su versatilidad como retratista de la corte de Carlos II y por sus obras religiosas de profunda carga emotiva. Formado en Madrid bajo la influencia de maestros como Velázquez, Carreño desarrolló un estilo que combina la elegancia veneciana con la sobriedad española, caracterizado por pinceladas sueltas, colores vibrantes y un manejo magistral de la luz. Su carrera estuvo marcada por encargos eclesiásticos y reales, lo que lo situó como uno de los pintores más destacados de su tiempo.
 
En “Santa Ana enseñando a leer a la Virgen”, Carreño despliega todo su talento para transmitir espiritualidad y monumentalidad en un lienzo concebido para un espacio sagrado. Esta obra, originalmente destinada al ático del retablo mayor del convento de Santa Ana de Carmelitas Descalzas en Madrid, refleja el fervor mariano propio de la Contrarreforma, un movimiento que buscaba reafirmar los dogmas católicos frente a las críticas protestantes. Los reformistas cuestionaban la virginidad de María y su papel como intercesora ante Dios, lo que llevó a la Iglesia católica a promover temas como la Inmaculada Concepción y escenas de la vida de la Virgen.
 
En este cuadro, Carreño representa un momento íntimo y sagrado: Santa Ana, madre de María, enseña a leer a su hija, bajo la mirada protectora de San Joaquín, su esposo. Este episodio, aunque no aparece en los Evangelios canónicos, era frecuente en la iconografía barroca, simbolizando la preparación de María para su destino divino.
 
La composición, organizada en forma piramidal, está diseñada para un emplazamiento elevado, lo que explica su perspectiva alta. Las figuras, amplias y escultóricas, ocupan un espacio que parece un interior palaciego, con gradas alfombradas en primer plano, una columna salomónica y arcadas al fondo que refuerzan la monumentalidad. La luz, que entra desde la izquierda, ilumina los rostros y manos de Santa Ana y María, destacando su conexión emocional y espiritual. En la parte superior, querubines flotando en el cielo recuerdan la dimensión divina del momento, un guiño a la trascendencia de María como futura Madre de Dios.
 
Carreño, influido por Velázquez y la pintura veneciana, emplea una factura rápida y suelta, con pinceladas largas que crean un efecto de aire y movimiento alrededor de las figuras. Este enfoque, que recuerda a Tiziano o Tintoretto, otorga a la obra una atmósfera envolvente, casi etérea, que contrasta con la solidez de las figuras. El colorido es otro punto fuerte: los ocres, blancos y azules de las vestimentas se enfrentan al rojo intenso de la alfombra, creando un contraste vibrante que guía la mirada del espectador. La luz, suave pero estratégica, resalta los detalles clave, como las manos de Santa Ana sosteniendo el libro o la expresión serena de María, enfatizando la intimidad del aprendizaje.
 
La monumentalidad de las figuras y el uso de la arquitectura como fondo reflejan el ideal barroco de combinar lo terrenal con lo divino, un recurso típico de la Contrarreforma para inspirar devoción. La obra, aunque diseñada para un contexto litúrgico, trasciende su función religiosa por su calidad artística, situándose como una de las creaciones más logradas de Carreño.
 
La copia de Guillermo Saúco

 
Aunque el original permanece en los almacenes del Museo del Prado, una copia excepcional realizada en 1950 por Guillermo Saúco Rodríguez (1918-1981) permite a los madrileños disfrutar de esta obra en la iglesia de San Martín. Saúco, un pintor y restaurador madrileño conocido por su destreza técnica, estudió en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando y destacó por sus copias de grandes maestros, además de sus retratos y paisajes. Saúco tenía un talento especial para capturar la esencia de los originales, combinando precisión con sensibilidad artística. Su versión de “Santa Ana enseñando a leer a la Virgen” es un testimonio de su habilidad, reproduciendo fielmente la composición, el colorido y la atmósfera del lienzo de Carreño.
 
La copia, ubicada en la iglesia de San Martín, no solo preserva la memoria de la obra original, sino que la hace accesible al público en un contexto similar al que Carreño imaginó: un espacio sagrado donde los fieles pueden contemplar la escena con devoción. La iglesia, situada en el corazón de Madrid, ofrece un entorno íntimo que realza la espiritualidad del cuadro, invitando a los visitantes a reflexionar sobre el papel de María y sus padres en la historia de la salvación.
 
 “Santa Ana enseñando a leer a la Virgen” es más que una pintura barroca; es un reflejo de la devoción mariana del siglo XVII y del talento de Juan Carreño de Miranda para combinar técnica, emoción y espiritualidad. Su composición monumental, su uso magistral de la luz y el color, y su conexión con los ideales de la Contrarreforma la convierten en una obra excepcional, incluso si hoy solo puede admirarse en su forma original a través de catálogos o en la copia de Saúco. Para quienes visiten la iglesia de San Martín, la réplica de 1950 ofrece una oportunidad única de acercarse a este tesoro del Barroco español, un recordatorio de cómo el arte puede trascender el tiempo y el espacio para hablarnos de fe, familia y belleza. La próxima vez que pases por la calle Desengaño, detente a contemplarla: es un viaje al corazón del Siglo de Oro.
 
Más información sobre el pintor Guillermo Saúco en este enlace:
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domingo, 7 de julio de 2024

El niño

(AZprensa) Este cuadro de la artista Raquel Godoy muestra a una madre que sostiene un niño entre sus brazos. Esta sería una forma simple de mirar el cuadro. Sin embargo uno puede profundizar más en las imágenes que nos ofrecen los cuadros y descubrir un mundo entero de historias, sensaciones, acontecimientos, etc. que ni siquiera la propia artista que pintó el cuadro hubiera podido imaginar. Porque ahí entramos nosotros con nuestro cerebro, con nuestro intelecto, con nuestra capacidad de imaginación para edificar sobre esos trazos inmóviles una historia diferente.
 
Esto fue, trasladado al lenguaje poético, lo que yo vi cuando contemplé este cuadro… Y por eso te invito a que –cada vez que veas un cuadro- trates de profundizar en esas imágenes para descubrir todo lo que tu imaginación sea capaz de construir a partir de una única e inmóvil imagen.
 
EL NIÑO
 
Es pequeño y ya presiente que su madre
sólo es ese punto de partida
para edificar él solo
lo que habrá de ser su vida.
 
Clava rodillas e intenta
escapar de su regazo,
lanza los brazos y a tientas
explora mundos extraños.
 
Es la ley, así es la vida.
Nos lo dan todo al nacer
y nosotros lo cogemos sin reparos,
y sin mirar hacia atrás
salimos en estampida.
 
Poesía: Vicente Fisac
Ilustración: Óleo de Raquel Godoy
 

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domingo, 23 de junio de 2024

Ciudad vacía

(AZprensa) Este domingo, aunque estemos en el comienzo para muchos de las vacaciones estivales, quiero que me acompañéis en esta reflexión que nos lleva a esos meses anteriores del invierno, pero no sólo del invierno climatológico sino también del invierno del ser humano. Y es que cuando contemplas un cuadro con detenimiento pueden surgir dentro de ti  muchas sensaciones, y eso es lo que me pasó cuando contemplé este cuadro de mi amiga de la juventud, Raquel Godoy, convertida hoy en una gran artista. Pero, claro, como yo soy poeta, mis comentarios sobre ese cuadro no podían ser los de un crítico de arte cualquiera, sino quizás algo tan original y diferente como un “crítico de emociones”; y estas fueron las emociones que me transmitió esta obra que podéis contemplar en la imagen…
 
CIUDAD VACÍA
 
Tú me muestras la ciudad
en el silencio de un día,
y lo plasmas en un lienzo
congelando ese momento
de cielo gris y de lluvia,
de humedad que se confunde
con el llanto por la ausencia
de vida intensa en las calles,
de rumores y experiencias.
 
Todo está tras ese lienzo,
tras las ventanas cerradas
donde ajenos personajes
miran la vida afuera
y no encuentran mas que gris
como el que a ellos encierra.
 
Un coche pasa y salpica
abriendo surcos el agua,
y no hay nadie que cruce
ni paraguas que se abra.
Toda la vida está oculta
detrás de aquellas ventanas
donde la lluvia resbala
dejando un llanto... de nada.
 
La ciudad está vacía
y también lo están las almas.
 
Poesía: Vicente Fisac
Ilustración: Cuadro al óleo de la artista Raquel Godoy
 

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domingo, 26 de noviembre de 2023

Este cuadro sólo podrás verlo en los décimos de Lotería

(AZprensa) El cuadro que ilustra este año los décimos de la Lotería de Navidad está en el Museo de El Prado (Madrid) pero, aunque vayas a él, no podrás verlo porque lo tienen guardado, lejos de la vista del público.
 
Por otra parte, cuando leas quién es su autor te estarán engañando, porque el que figura como autor no es su autor. ¿Cómo es esto?
 
El cuadro en cuestión se titula “La Natividad”, del año 1470, y figura como autor “Maestro de Sopetrán”. ¿Y quién era ese maestro? Pues no se sabe, porque el cuadro en realidad hay que catalogarlo como anónimo: No se sabe quién lo pintó. Lo único que se sabe (o se sospecha) es que es uno de los primeros cuadros de pintura flamenca del siglo XV en España. Y si le han dado esa autoría, es porque antes de pasar al Museo de El Prado, en 1934, el cuadro estaba en el monasterio benedictino de Sopetrán. Y ¿qué es Sopetrán? Pues así se llama el monasterio pero no hay tal pueblo de Sopetrán, sino que está situado al lado del pueblo de Torre del Burgo… y para colmo, tampoco pertenece a Torre del Burgo, sino al término municipal de Hita (Guadalajara, España).
 
Como ves, no todo es lo que parece. Un cuadro del museo de El Prado que no se expone al público y sólo puedes ver en los billetes de Lotería de Navidad; un autor que no se sabe quién es pero le han puesto algo así como un nombre genérico; y un emplazamiento que tampoco se tiene muy claro cuál es.
 
Lo mejor que puedes hacer –y este es un buen consejo que te doy- es comprar Lotería de Navidad, porque quién sabe si entre tanto desvarío no estará llamando la suerte a tu puerta. Ya lo dice el refrán: “A río revuelto, ganancia de pescadores”.
 

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jueves, 27 de abril de 2023

Cuadros y Misterio: Dinosaurios en el año 1500

(AZprensa) En los museos de todo el mundo hay algunos cuadros de pintores famosos que incluyen cosas difíciles de explicar. Hoy vamos a hablar del cuadro “El suicidio de Saúl”, del pintor Pieter Brueguel.
 
Pieter Brueguel el Viejo (como así se le conoce hoy día) fue un pintor renacentista holandés que nació entre 1526 y 1530 (no se sabe la fecha exacta) y murió en 1569.
 
Su cuadro “El suicidio de Saúl” fue pintado en 1562 y se expone actualmente en el Museo Kunsthistorisches de Viena (Austria). En él se muestran unos ejércitos luchando y más al fondo otros ejércitos que marchan por el campo. Es una pintura realista, no hay nada alegórico ni imaginativo. Tanto los paisajes como las figuras que aparecen, las ropas que llevan, su apariencia, su actitud… todo es realista. Y sin embargo…
 
Si nos fijamos detenidamente en los ejércitos que marchan por el campo, allá a lo lejos, nos damos cuenta de algo insólito: Aparecen tres dinosaurios montados por soldados.
 
Las preguntas son inevitables. ¿Vio o conocía Brueguel la existencia de dinosaurios? ¿Es otro tipo de animal? Lo que sí está claro es que esas figuras no son de camellos, ni de elefantes, ni de jirafas, ni de caballos: Son claramente dinosaurios.
 
Veamos la cronología:
1562.- Pintan un cuadro donde aparecen dinosaurios.
1676.- Se descubre en Inglaterra el primer fósil (parte de un fémur de megalosaurio).
1800.- Gideon Mantell y su esposa descubren el primer resto fósil de iguanodonte.
1841.- Richard Owen acuña la palabra “dinosaurio” en su presentación de estos animales extintos en la Reunión Anual de la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia.
 
Por lo tanto no hay ninguna explicación lógica que nos saque de dudas de por qué en 1562 se dibujaron unos dinosaurios saurópodos cuando no hay referencias en ningún lugar de que en aquella época se conociese la existencia de este tipo de animales extintos.
 

Quizás no todo sean simples casualidades, sino otra cosa muy diferente…
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domingo, 19 de julio de 2015

Obras de arte como nunca las has visto

(El Inefable) La artista plástica Silvia Martínez ha sorprendido con su última exposición “A cuadros” que se exhibe hasta finales de agosto en la Biblioteca Lope de Vega de Tres Cantos (Madrid). Se trata de una selección de cuadros famosos vistos bajo una óptica diferente y tridimensional.

Cada uno de los cuadros ha sido realizado moldeando papel para construir las figuras y los decorados, pintándolos después y recreando de forma tridimensional lo que el artista original plasmó en un lienzo. Hay obras de Velásquez, Goya, El Greco, Miró, Picasso, Munich, Rubens, Jan Van Eyck, Edward Hooper, Modigliani...

En cada una de dichas obras sorprende la minuciosidad, la fiel reproducción en tal insólito modo, de la pieza original y consigue no sólo sorprender y cautivar al espectador adulto sino también hacer que los niños y los no entendidos en pintura se sientan atraídos por las obras maestras.

Por centrarnos en alguna de estas obras en concreto, encabezamos el reportaje con “Halcones nocturno (Nighthawks) del pintor estadounidense Edward Hooper (1882-1967). Como explica Silvia Martrínez, este autor supo “plasmar como nadie la soledad, el aislamiento, la tristeza y la desesperanza de sus personajes”. También destaca –y quizás a sido este un motivo para incluirla en su peculiar pinacoteca, el hecho de que “esta es la obra que más homenajes ha recibido” y nos recuerda algunos de ellos: un dibujo de Red Grooms, su aparición en los Simpsons, como póster en la serie de televisión CSI, o su inclusión en la película “Pennies from heaven”. Ahora habría que añadir también el homenaje que esta original y sorprendente artista le ha dedicado.

En el presente reportaje, el citado cuadro de Edward Hooper arriba, y cuadros de Goya, Velázquez, Munch, Modigliani y Jan Van Eyck, bajo estas líneas.