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viernes, 19 de septiembre de 2025

“Hver gang vi møtes”: La fórmula noruega que revolucionó la televisión musical

(AZprensa) Desde su estreno en 2012 en la cadena noruega TV 2, Hver gang vi møtes (Cada vez que nos encontramos) se ha consolidado como un fenómeno cultural en Noruega, un programa musical que combina emoción, talento y conexión humana de una manera única. Inspirado en el formato holandés Beste Zangers y con raíces en el programa sueco Så mycket bättre, esta serie ha logrado capturar los corazones de millones de espectadores al reunir a destacados artistas noruegos para reinterpretar las canciones de sus colegas, creando momentos de vulnerabilidad, homenaje y reinvención musical. 

Sorprendentemente, a pesar de su éxito y originalidad, este formato no ha sido ampliamente adoptado por televisiones de otros países, lo que plantea preguntas sobre su singularidad y el contexto cultural que lo hace tan especial.
 
Un formato simple pero poderoso
 
El concepto de Hver gang vi møtes es engañosamente sencillo: siete artistas noruegos de renombre, de diferentes generaciones y géneros musicales, se reúnen en una granja en el idílico entorno de Kjerringøy, al norte de Noruega. Durante varias semanas, cada episodio se centra en uno de los artistas, quien es homenajeado por los demás a través de reinterpretaciones de sus canciones. El episodio final, el octavo, culmina con duetos que combinan a los participantes, ofreciendo colaboraciones frescas y emotivas. El título del programa proviene de una línea de la canción “Venner” (Amigos) de Halvdan Sivertsen, uno de los artistas destacados en la primera temporada, lo que ya de por sí ancla el programa en la tradición musical noruega.

Lo que distingue a Hver gang vi møtes es su capacidad para ir más allá de la música. Cada episodio es una ventana a las historias personales de los artistas, quienes comparten anécdotas sobre su vida, sus luchas y las inspiraciones detrás de sus canciones. Este enfoque crea un espacio de intimidad que permite a los espectadores conectar con los artistas no solo como músicos, sino como seres humanos. Las reinterpretaciones no son meras versiones; son tributos que a menudo transforman las canciones originales, llevándolas a nuevos géneros o dándoles un giro emocional que sorprende tanto al propio homenajeado al que podemos ver cómo muestra su sorpresa y emoción, como a la audiencia.
 
Un fenómeno cultural
 
Desde su debut, Hver gang vi møtes ha sido un éxito rotundo. La primera temporada, emitida en 2012, incluyó a artistas como Halvdan Sivertsen, Anne Grete Preus y Bertine Zetlitz, y generó éxitos inmediatos, como la versión de Øyvind “Vinni” Sauvik de “Sommerfuggel i vinterland” de Sivertsen, que lideró las listas de éxitos noruegas durante cinco semanas consecutivas. El álbum recopilatorio de la temporada alcanzó el número 1 en las listas de álbumes de VG-lista, y el programa ganó dos premios en los Gullruten 2012 por “Mejor Programa de Entretenimiento” y “Mejor Programa Nuevo”.

A lo largo de sus 15 temporadas hasta 2025, el programa ha presentado a una amplia gama de artistas, desde veteranos como Ole Paus y Anita Skorgan hasta estrellas modernas como TIX y Anna of the North. La temporada de 2024, con artistas como Mari Boine y Matoma, fue la más vista de la historia del programa, demostrando su capacidad para seguir atrayendo audiencias. Además, el formato ha revitalizado las carreras de muchos participantes, atrayendo nuevos fans y generando interés renovado en sus catálogos. Canciones olvidadas han vuelto a las listas, y artistas jóvenes han encontrado inspiración en los clásicos de sus predecesores.

El programa también ha tenido un impacto significativo en la industria musical noruega. Las versiones grabadas durante el programa suelen lanzarse como sencillos o álbumes, muchos de los cuales alcanzan los primeros puestos en las listas. Por ejemplo, la colaboración de Emma Steinbakken con Bjørn Eidsvåg en “Floden” en 2023 se convirtió en la canción más reproducida en Spotify en Noruega ese año, mostrando cómo el programa puede generar éxitos modernos a partir de canciones clásicas.
 
La magia de la conexión humana
 
El éxito de Hver gang vi møtes radica en su capacidad para crear momentos auténticos y emotivos. Al reunir a artistas de diferentes estilos —desde el folk de Sivertsen hasta el pop electrónico de Matoma— el programa fomenta colaboraciones inesperadas que desafían las barreras de género. Los artistas no solo interpretan las canciones de sus colegas, sino que también comparten comidas, risas y conversaciones profundas, lo que genera una camaradería que trasciende la pantalla. Este ambiente de comunidad, filmado en el pintoresco entorno de Kjerringøy, refuerza la idea de que la música es un lenguaje universal que une a las personas.

El programa también destaca por su autenticidad. Aunque algunos espectadores han cuestionado si las actuaciones son en vivo, TV 2 ha confirmado que los artistas cantan en directo durante las grabaciones, lo que añade una capa de espontaneidad y emoción a las interpretaciones. Esta autenticidad, combinada con la vulnerabilidad de los artistas al compartir sus historias personales, crea momentos televisivos inolvidables, como cuando artistas consagrados se emocionan al escuchar nuevas versiones de sus canciones.

¿Por qué no se ha exportado ampliamente?
 
Dado su éxito en Noruega, resulta sorprendente que el formato de Hver gang vi møtes no haya sido adoptado masivamente por televisiones de otros países. Aunque está basado en el programa holandés Beste Zangers y tiene un equivalente sueco en Så mycket bättre, pocos países han replicado esta fórmula. Hay varias razones que podrían explicar esta aparente reticencia.
 
En primer lugar, el éxito del programa está profundamente ligado a la cultura musical noruega. Noruega tiene una rica tradición de artistas cantautores y una escena musical diversa que abarca desde el folk hasta el pop moderno. La familiaridad del público noruego con los participantes, muchos de los cuales son figuras icónicas, crea una conexión inmediata que podría ser difícil de replicar en países con industrias musicales más fragmentadas o dominadas por artistas internacionales. Por ejemplo, la primera temporada incluyó a Halvdan Sivertsen, cuya canción “Sommerfuggel i vinterland” es un clásico nacional, lo que dio al programa un peso cultural inmediato.
 
En segundo lugar, el formato requiere un equilibrio delicado entre música, narrativa personal y química entre los participantes. En Noruega, el entorno íntimo de Kjerringøy y la selección cuidadosa de artistas de diferentes generaciones aseguran una dinámica rica y variada. En otros países, replicar este ambiente podría ser un desafío, especialmente en mercados más grandes donde los artistas tienden a ser más competitivos o menos accesibles para un formato tan personal.
 
Finalmente, la producción de Hver gang vi møtes es costosa y compleja, ya que implica reunir a artistas de alto perfil, grabar actuaciones en vivo y producir álbumes de alta calidad. En países con presupuestos de televisión más limitados o una menor tradición de programas musicales, las cadenas podrían dudar en invertir en un formato tan ambicioso.
 
Un legado duradero y un modelo a seguir
 
A pesar de no haber sido ampliamente exportado, Hver gang vi møtes sigue siendo un modelo de cómo la televisión puede celebrar la música y la humanidad al mismo tiempo. Su capacidad para unir generaciones, revitalizar canciones clásicas y crear nuevos éxitos lo convierte en un programa único en su género. La temporada de 2025, con artistas como Ina Wroldsen y Jonas Benyoub, promete seguir sorprendiendo con interpretaciones frescas y momentos emotivos.

El programa ha demostrado que la música no solo entretiene, sino que también puede sanar, inspirar y conectar a las personas. Su éxito continuo en Noruega (15 temporadas), sugiere que el formato tiene un atractivo universal que podría, con la adaptación adecuada, conquistar audiencias en otros países. Mientras tanto, Hver gang vi møtes seguirá siendo un tesoro nacional noruego, un recordatorio de que, cada vez que nos encontramos, la música tiene el poder de unirnos.
 
A chance encounter will take him far away, on a thrilling adventure full of action and emotion that will change his life... but also the lives of everyone around him…
“Fleeing into silence”: https://a.co/d/7SUfVb3
 
Una road-movie que nos llevará hasta el corazón mismo de Noruega en una trepidante aventura de música y emociones…
“Castidad & Rock and Roll”: https://www.amazon.es/dp/1694948803

miércoles, 11 de enero de 2023

La importancia de los audímetros

(AZprensa) Parece un contrasentido pero no lo es, por una cosa muy sencilla que se llama “confidencialidad”. Tener un audímetro en tu casa entraña una gran responsabilidad, una responsabilidad que sólo está al alcance de unos 4.000 hogares en España, los cuales representan a la totalidad de la población de este país. Pero ¿qué son los audímetros?
 
Se trata de un aparato que se conecta a tu televisor (y que ahora recoge también la señal de tu móvil, tablet y ordenador) y envía un reporte de lo que estás viendo y de cuántas personas de tu hogar lo están viendo en ese momento. La empresa responsable de los mismos se llama Kantar Media y es ella quien elige los hogares en donde instalarlo, si es que en esos hogares lo aceptan, por supuesto. No pagan nada a esos hogares, salvo la entrega de unos puntos que se canjean por regalos de un catálogo. La elección de los hogares se hace en base a modelos estadísticos para que sean representativos del total nacional, es decir, se tienen en cuenta el número de miembros de la familia, las edades, el nivel cultural y social, etc. para que la muestra sea representativa del total. En definitiva, no puede tener audímetro quien quiera sino quienes ellos elijan siempre y cuando estos acepten colaborar. Porque de eso se trata.
 
Los miembros de la familia disponen de un mando a distancia con distintos botones con los nombres de cada uno de ellos, así como unos botones adicionales para cuando otras personas que acuden a ese hogar se sienten con ellos a ver la televisión. Lo único que tienen que hacer los poseedores del audímetro es pulsar su botón cuando se sienten a ver la televisión y volver a pulsarlo cuando se marchen. Nada más. Como al instalarlo ya ha quedado registrada la edad, sexo, nivel económico y social, etc., de cada uno de los miembros, el sistema envía la señal indicando quiénes y durante cuánto tiempo están viendo cada canal y cada programa.
 
Los datos personales son confidenciales, nadie más que Kantar Media los conoce, pero sus características (edad, sexo, etc.) son las que se hacen públicas al ofrecer el número y características de las personas que han visto cada programa de televisión e incluso las que determinan eso que está tan de moda y que llaman “minuto de oro”, es decir, el minuto que congregó a más personas delante del televisor.
 
¿Para qué se hace esto? Muy sencillo: Las televisiones viven gracias a la Publicidad, y los anunciantes elijen en qué canales y programas quieren anunciarse. Lógicamente, según sean las características del producto, así será el programa que elijan. Si un programa tiene mucha audiencia, los anunciantes querrán anunciarse en él; por el contrario si un programa tiene baja audiencia, los anunciantes no acudirán a él, la cadena de televisión verá cómo esos anunciantes se van a otra cadena y no tendrán más remedio que suspender la emisión del programa y sustituirlo por otro.
 
Esa es la gran responsabilidad que tienen todos aquellos que tienen un audímetro. De ellos depende que unos programas continúen en pantalla y otros cesen en su emisión; de ellos depende que las empresas quieran anunciarse en unos y no en otros. Una influencia que afecta a puestos de trabajo, a salarios, a inversiones… No es baladí. Tener un audímetro entraña una gran responsabilidad. Y por eso se exige a sus poseedores la confidencialidad, no pregonar en redes sociales, etc., que ellos tienen un audímetro. ¿Te imaginas? Si las cadenas de televisión supiesen quiénes tienen este aparatito, estarían tentadas de sobornarlos para que tuviesen puesto siempre su canal o algunos de sus programas, consiguiendo así unas engañosas cifras de audiencia que atraerían a los anunciantes, los cuales estarían tirando su dinero al colocar sus anuncios en cadenas y programas con muy poca audiencia.
 
Por eso son tan importantes los audímetros, y por eso nunca sabemos quiénes lo tienen en su hogar. Sólo se puede hablar de ellos cuando se han tenido y ya no se tienen, como es mi caso que, tras siete años con un audímetro (que es el tiempo máximo establecido) ya no lo tengo. No he recibido nada de dinero a cambio, sólo una serie de regalos que podía escoger de su catálogo, pero sí que me he llevado a cambio una cosa muy importante: Durante todos estos años he contribuido a aumentar la audiencia de buenos programas de televisión, porque la “tele basura” nunca se ha conectado en mi casa. Sólo espero que el hogar al que ahora haya ido a parar mi audímetro no sea adicto a la “tele basura” y prefiera, en cambio, los buenos programas de televisión.
 


Una forma de hablar tan peculiar que casi se podría considerar como un idioma autóctono.
“Diccionario Daimieleño – Español”: https://amzn.to/3qT88mu

lunes, 22 de junio de 2020

Programas imposibles


(AZprensa) Cuando uno coge el programa de un congreso, simposio, jornada, reunión, etc. y revisa los temas y ponentes, va haciendo mentalmente una clasificación de aquellos que más le interesa escuchar y ajusta su agenda interna, su atención, hacia los mismos, esperando que dichas disertaciones sean de su agrado. A veces se quedará allí todo el tiempo, aunque pensará en otras cosas cuando hablen de lo que no le interesa y esperará a prestar atención cuando lleguen sus materias preferidas.

Cuando un periodista repasa ese programa, marca aquellas ponencias que son de su interés para acudir justo a esa hora y así poder reflejar después en un artículo o noticia lo que en aquella ponencia se diga. La jornada del periodista suele estar muy apretada y como no pueden quedarse a toda la sesión eligen para asistir y cubrir informativamente sólo aquello que consideran más relevante.

Hasta aquí la teoría. Ahora llegamos a la práctica, tal como se desarrolla en España.

Previamente, y para contentar a todo el mundo, se incluyen como ponentes en el programa a todos aquellos con quienes se quiere quedar bien, de tal forma que ya de entrada el programa suele estar bastante recargado en cuanto a número de ponentes y bastante escaso en cuanto a tiempo concedido a cada uno. Pero lo importante –para los organizadores- es que se vea una agenda llena de temas importantes y de ponentes de relieve.

Llega la hora de comenzar y –como ya he comentado en otra ocasión- se conceden cinco minutos de cortesía (a los que yo llamo “de grosería”) para esperar a que se vayan incorporando todos los que van llegando tarde. A veces, incluso, son algunos de los ponentes o miembros de la mesa presidencial, quienes llegan tarde. Y con frecuencia no son ni cinco ni diez, sino muchos más los minutos que hay que esperar, para cabreo y desesperación de las personas formales, educadas, honestas, que han acudido puntualmente a la hora anunciada.

Por fin se comienza y, ya de entrada, los miembros de la mesa presidencial que debían hablar cinco minutos cada uno, se enrollan y se pasan diez o quince minutos hablando cada uno. Cuando han terminado ya estamos en la hora que –según el programa- debería ocupar la segunda ponencia, y aún no hemos empezado con la primera.

Llega la primera ponencia, y el ponente diserta sin importarle quienes vendrán detrás, él va a lo suyo: soltar su discurso para que todos vean cuánto sabe y qué bien habla. Cuando acaba, ya deberíamos estar en el descanso, con lo cual no ha lugar al apartado de ruegos y preguntas. Aun así, el moderador da paso a que los asistentes pregunten algo rápido. Se levanta uno y el enunciado de su pregunta dura cinco minutos. La respuesta otro tanto. Luego otro igual y ya finalmente el moderador corta y dice que vamos a tomar un refrigerio.

El tiempo –según programa- para el refrigerio es de quince minutos, que es el tiempo real que se necesita para desalojar la sala y volver a sentarse luego. Por consiguiente el citado descanso dura el doble o más de lo que tenían programado.

Por fin llega la segunda ponencia en la hora que debería corresponder a la cuarta. Aquí ya le entran las prisas al moderador y pide que aceleren. Si el ponente es educado, hará una exposición rápida, aunque insuficiente para recuperar todo el tiempo perdido. Si al ponente lo único que le importa es él mismo, no hará ni caso, y sólo si el moderador le apremia varias veces, dará por terminada su sesión saltándose la mitad de lo que pensaba decir, o sea, hurtando a los asistentes de una información que estaban esperando. Y por supuesto, ya no habrá tiempo para preguntas.

Para qué seguir si todos vosotros lo habéis padecido en más de una ocasión. Aquello que os interesaba escuchar se ha quedado a medias y con varias horas de retraso, con lo cual os han desajustado vuestro plan para aquél día. ¿Y los periodistas? Pues cuando hayan llegado a la hora de quien pensaban seguir, se habrán dado cuenta que la sesión lleva más de una hora de retraso y habrán optado o por marcharse y pasar de cubrir esa información o aguantarse y esperar para escribir con un enfado monumental que sin duda enturbiará su imparcialidad a la hora de contarlo.

Después de más de cuarenta años de vida profesional debo reconocer que casi nunca he visto en España un programa que cumpla fielmente los horarios previstos. Y no consigo entender por qué ese empeño en hacer programas imposibles de cumplir. ¿Son tan tontos los que deciden el programa que no se dan cuenta? ¿O es que les importa un bledo el público asistente y lo único que les preocupa es su mayor gloria personal y la de sus amigos invitados como ponentes?

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Los programas "imposibles"

(AZprensa) Cuando uno coge el programa de un congreso, simposio, jornada, reunión, etc. y revisa los temas y ponentes, va haciendo mentalmente una clasificación de aquellos que más le interesa escuchar y ajusta su agenda interna, su atención, hacia los mismos, esperando que dichas disertaciones sean de su agrado. A veces se quedará allí todo el tiempo, aunque pensará en otras cosas cuando hablen de lo que no le interesa y esperará a prestar atención cuando lleguen sus materias preferidas.

Cuando un periodista repasa ese programa, marca aquellas ponencias que son de su interés para acudir justo a esa hora y así poder reflejar después en un artículo o noticia lo que en aquella ponencia se diga. La jornada del periodistas suele estar muy apretada y como no pueden quedarse a toda la sesión eligen para asistir y cubrir informativamente sólo aquello que consideran más relevante.

Hasta aquí la teoría. Ahora llegamos a la práctica, tal como se desarrolla en España.

Previamente, y para contentar a todo el mundo, se incluyen como ponentes en el programa a todos aquellos con quienes se quiere quedar bien, de tal forma que ya de entrada el programa suele estar bastante recargado en cuanto a número de ponentes y bastante escaso en cuanto a tiempo concedido a cada uno. Pero lo importante –para los organizadores- es que se vea una agenda llena de temas importantes y de ponentes de relieve.

Llega la hora de comenzar y –como ya he comentado en otra ocasión- se conceden cinco minutos de cortesía (a los que yo llamo “de grosería”) para esperar a que se vayan incorporando todos los que van llegando tarde. A veces, incluso, son algunos de los ponentes o miembros de la mesa presidencial, quienes llegan tarde. Y con frecuencia no son ni cinco ni diez, sino muchos más los minutos que hay que esperar, para cabreo y desesperación de las personas formales, educadas, honestas, que han acudido puntualmente a la hora anunciada.

Por fin se comienza y, ya de entrada, los miembros de la mesa presidencial que debían hablar cinco minutos cada uno, se enrollan y se pasan diez o quince minutos hablando cada uno. Cuando han terminado ya estamos en la hora que –según el programa- debería ocupar la segunda ponencia, y aún no hemos empezado con la primera.

Llega la primera ponencia, y el ponente diserta sin importarle quienes vendrán detrás, él va a lo suyo: soltar su discurso para que todos vean cuánto sabe y qué bien habla. Cuando acaba, ya deberíamos estar en el descanso, con lo cual no ha lugar al apartado de ruegos y preguntas. Aún así, el moderador da paso a que los asistentes pregunten algo rápido. Se levanta uno y el enunciado de su pregunta dura cinco minutos. La respuesta otro tanto. Luego otro igual y ya finalmente el moderador corta y dice que vamos a tomar un refrigerio.

El tiempo –según programa- para el refrigerio es de quince minutos, que es el tiempo real que se necesita para desalojar la sala y volver a sentarse luego. Por consiguiente el citado descanso dura el doble o más de lo que tenían programado.

Por fin llega la segunda ponencia en la hora que debería corresponder a la cuarta. Aquí ya le entran las prisas al moderador y pide que aceleren. Si el ponente es educado, hará una exposición rápida, aunque insuficiente para recuperar todo el tiempo perdido. Si al ponente lo único que le importa es él mismo, no hará ni caso, y sólo si el moderador le apremia varias veces, dará por terminada su sesión saltándose la mitad de lo que pensaba decir, o sea, hurtando a los asistentes de una información que estaban esperando. Y por supuesto, ya no habrá tiempo para preguntas.

Para qué seguir si todos vosotros lo habéis padecido en más de una ocasión. Aquello que os interesaba escuchar se ha quedado a medias y con varias horas de retraso, con lo cual os han desajustado vuestro plan para aquél día. ¿Y los periodistas? Pues cuando hayan llegado a la hora de quien pensaban seguir, se habrán dado cuenta que la sesión lleva más de una hora de retraso y habrán optado o por marcharse y pasar de cubrir esa información o aguantarse y esperar para escribir con un enfado monumental que sin duda enturbiará su imparcialidad a la hora de contarlo.

Después de más de cuarenta años de vida profesional debo reconocer que casi nunca he visto en España un programa que cumpla fielmente los horarios previstos. Y no consigo entender por qué ese empeño en hacer programas imposibles de cumplir. ¿Son tan tontos los que deciden el programa que no se dan cuenta? ¿O es que les importa un bledo el público asistente y lo único que les preocupa es su mayor gloria personal y la de sus amigos invitados como ponentes?