Hace unos años,
concretamente en 2011, el mundo miraba hacia el norte con una mezcla de
fascinación y envidia. Mientras media Europa se ahogaba en recortes y rescates
financieros a raíz de la crisis de 2008, en Islandia decidieron hacer algo
insólito: sacudirse los fantasmas del pasado económico y reescribir su Carta
Magna desde cero, utilizando las redes sociales como foro público y abriendo
las puertas a la participación directa de sus ciudadanos.
(AZprensa) ¿Una nueva
Constitución redactada por los propios ciudadanos del país? Suena a utopía ¿no?
Y sin embargo sucedió en Isalndia en 2011 y hoy vamos a recordar aquella revolución
digital pacífica para dotar al país de una democracia del siglo XXI; porque, echando
la vista atrás y analizando el recorrido hasta hoy, conviene hacerse una
pregunta incómoda: ¿en qué quedó realmente aquel famoso experimento
democrático?
La eufórica
primavera digital de 2011
Para
refrescar la memoria, la gesta islandesa fue digna de titular global. Un
consejo de 25 ciudadanos corrientes —lejos de las élites tradicionales de los
partidos— redactó un borrador constitucional apoyándose masivamente en
Facebook, YouTube y Flickr. Cualquier vecino podía volcar sugerencias sobre
sostenibilidad ambiental, derechos sociales o límites al poder político. Aquel
texto pasó por un referéndum consultivo donde cerca de dos tercios de los
votantes dieron su visto bueno.
Paralelamente,
el país vivía un tsunami judicial: los banqueros responsables de la bancarrota
nacional se enfrentaban a tribunales y penas de cárcel reales, algo inaudito en
el tablero internacional. Todo parecía encajar en una narrativa de cuento de
hadas democrático.
La realidad de
los despachos: el parón institucional
No
obstante, la teoría del "pueblo legislador" choca habitualmente con
la maquinaria pesada de la política de partidos. Aunque el borrador se entregó
con ilusión al Alþingi (el Parlamento islandés), la tramitación formal se fue
empantanando entre divisiones partidistas, debates jurídicos sobre su validez y
la resistencia soterrada de los sectores más conservadores, que defendían que
una constitución debe redactarse en el parlamento y no mediante dinámicas
asamblearias. Con el paso de los años,
los sucesivos gobiernos han ido posponiendo la adopción integral de aquel
texto. Si bien la revolución 2.0 sirvió para sacudir conciencias, modernizar el
debate público y demostrar que la ciudadanía digital exigía transparencia, la
constitución oficial de 1944 —con sus múltiples parches y reformas parciales—
sigue vigente en lo fundamental.
El
sueño del texto "coproducido en internet" se quedó atascado en un
limbo legislativo del que los partidos tradicionales no han querido (o sabido)
sacarlo del todo. ¿Significa esto que todo fue un quiero y no puedo? Ni mucho
menos. El gran valor de aquel hito islandés no fue un texto legal perfecto
esculpido en piedra digital, sino el precedente. Demostró que las sociedades
pueden exigir canales de participación radicalmente abiertos cuando las
instituciones tradicionales quiebran la confianza pública. Islandia sigue siendo un referente en
libertades, calidad democrática e índices de desarrollo, y hoy en día sus
debates políticos giran hacia otros frentes geopolíticos y económicos. Pero al
recordar aquel experimento de 2011 nos queda una lección muy clara: las
herramientas tecnológicas para cambiar la democracia ya las tenemos en la mano;
el verdadero cuello de botella sigue estando en la voluntad de quienes detentan
el poder para cederlo.
La novela “La
melodía permanece”, está disponible en ediciones digital e impresa en Amazon y
dispone de una edición en español y otra en noruego.
Más información
en estos enlaces…
“La melodía
permanece”: https://a.co/d/0cMf3W5c
“Melodien står igjen”:
Mostrando entradas con la etiqueta ciudadanos. Mostrar todas las entradas
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sábado, 29 de agosto de 2026
viernes, 19 de junio de 2026
Toros y fútbol: ciudadanos libres frente a sospechosos habituales
No vamos a hablar de si los toros son mejores que el fútbol
ni al revés. Vamos a hablar de algo más revelador: cómo trata cada espectáculo
a sus espectadores. La diferencia es, cuando menos, llamativa.
(AZprensa)
Dejemos clara una cosa antes de empezar: este artículo no entra en el debate de
si los toros son un arte o una barbarie, ni en si el fútbol es el opio del
pueblo o la religión laica de nuestro tiempo. Ese debate existe, tiene sus
trincheras bien definidas y no necesita más combustible del que ya tiene. Lo
que me interesa hoy es otro ángulo, más concreto y más revelador: cómo trata
cada uno de estos espectáculos a las personas que pagan su entrada para asistir
a él. Porque en esa diferencia de trato hay una reflexión que merece ser hecha
en voz alta.
En la plaza de toros: un ciudadano libre
El
espectador de una corrida de toros entra al recinto cuando le apetece. Nadie le
cachea a la entrada. Puede llevar su bota de vino —ese objeto tan español, tan
clásico, tan lleno de historia— y pasársela con el de al lado durante toda la
tarde sin que nadie le diga nada. Puede fumar, incluso puede fumarse un puro,
que en muchos tendidos es casi una tradición. Si el torero hace una faena
desastrosa, puede decírselo a gritos, puede llamarle cobarde, puede expresar su
opinión con la contundencia que le dé la gana. Si al final de una tarde muy
mala hay almohadillas volando hacia el ruedo, forman parte del paisaje y de la
liturgia. Y si el torero triunfa, el espectador le tirará su sombrero, un ramo
de flores, el abanico, lo que tenga a mano, como gesto de admiración que
también forma parte del ritual.
Cuando acaba la corrida, sale del recinto con la misma libertad con que entró. En los alrededores de la plaza no hay ningún dispositivo policial especial: quizás algún agente regulando el tráfico, nada más. Ha pasado la tarde como un ciudadano adulto al que se le supone capacidad para comportarse sin necesidad de tutela.
En el estadio de fútbol: un sospechoso en espera de sentencia
El
espectador de un partido de fútbol tiene una experiencia radicalmente distinta.
Debe llegar con mucha antelación porque los cacheos en la entrada generan colas
que ponen a prueba la paciencia de cualquiera. Se le cachea sin distinción:
jóvenes y mayores, hombres y mujeres, el jubilado que lleva décadas yendo al
estadio y el adolescente que va por primera vez. Todos son, a efectos del
protocolo, sospechosos potenciales.
No puede entrar bebida alcohólica. Ninguna. Aunque en los alrededores del estadio se venden bebidas alcohólicas con total normalidad, lo que significa que el espectador que quiera puede beber antes de entrar y llegar en el estado que le apetezca, siempre que lo haga fuera. La coherencia de esta medida es, como mínimo, discutible. Los de las localidades de fondo, además, tienen delante una red para prevenir que se les ocurra lanzar algo al terreno de juego. Como en las jaulas de los zoológicos, pero al revés.
Si a alguien se le ocurre hacer burla de algún jugador, la policía lo localizará, lo detendrá y el asunto acabará ante la Autoridad Judicial, que impondrá una sanción económica considerable y la prohibición de volver a un estadio. Si en lugar de burla es un insulto, el castigo es mayor. Si lanza algo al terreno de juego, mismo destino. En la mayoría de los estadios ya no se puede fumar. En los alrededores hay un despliegue policial que incluye agentes a pie, a caballo, con escudos, y en algunos casos con un equipamiento que haría palidecer a muchos cuerpos militares. Dentro del estadio, las escaleras de los fondos están literalmente tapizadas de miembros de seguridad. Y al final del partido, los seguidores del equipo visitante serán retenidos en el estadio mientras los demás salen abriéndose paso entre centenares de policías.
«Al aficionado a los toros se le trata como a un ciudadano adulto.
Al aficionado al fútbol se le trata como a un delincuente en libertad
provisional. La diferencia merece una explicación.»
El paréntesis VIP: donde todo lo anterior no aplica
Conviene
señalar, en honor a la exactitud, que todo lo anterior tiene una excepción
notable: las zonas VIP. El espectador que se sienta en esas localidades
privilegiadas es recibido por una azafata sonriente con una copa de champán y
tiene a su disposición barra libre de todo lo que el espectador de fondo no
puede ni acercar a la verja de entrada. Puede fumar en sus zonas habilitadas.
No tiene ninguna red delante. Y cuando acaba el partido, sale sin que nadie lo
retenga ni lo escolte.
Es decir: si pagas suficiente, eres ciudadano. Si pagas lo normal, eres sospechoso. Una distinción que dice algo sobre los valores de quienes diseñan estos dispositivos y que, bien mirada, incomoda bastante.
La conclusión que nadie quiere sacar
Al
aficionado a los toros se le trata como a un ciudadano adulto, capaz de
gestionar su comportamiento sin necesidad de una red delante ni de un policía a
cada lado. Al aficionado al fútbol —salvo que pueda pagarse una localidad VIP—
se le trata, desde el momento en que hace cola en la entrada, como a un delincuente
en libertad provisional al que hay que vigilar de cerca por si acaso.
Alguien
podría argumentar que los incidentes en los estadios de fútbol justifican estas
medidas. Es un argumento válido, en parte. Pero conviene recordar que los
dispositivos de seguridad no distinguen entre el que ha venido a armar bronca y
el que ha venido a ver fútbol: se aplican a todos por igual, tratando al
aficionado pacífico exactamente igual que al potencial alborotador. Y eso, en
un estado de derecho que se proclama respetuoso con las libertades
individuales, merece al menos una reflexión. O varias.
PLAZA DE TOROS · EL CIUDADANO
LIBRE
Entra cuando quiere, sin cacheos
Puede llevar su bota de vino
Puede fumar y fumarse un puro
Puede criticar al torero a gritos
Puede tirar almohadillas o flores
Sale libremente al finalizar
Sin dispositivo policial especial
ESTADIO DE FÚTBOL · EL SOSPECHOSO
Llega antes, cacheo obligatorio
Prohibido el alcohol (salvo VIP)
Prohibido fumar (salvo VIP)
Criticar puede acabar en sanción judicial
Red de seguridad delante (en fondos)
Retenido al finalizar si es visitante
Cientos de policías dentro y fuera
Nota del autor: Este artículo no defiende ni ataca ninguno
de los dos espectáculos. Defiende, exclusivamente, el derecho del ciudadano a
ser tratado como tal independientemente del espectáculo al que haya pagado su
entrada.
Cuando acaba la corrida, sale del recinto con la misma libertad con que entró. En los alrededores de la plaza no hay ningún dispositivo policial especial: quizás algún agente regulando el tráfico, nada más. Ha pasado la tarde como un ciudadano adulto al que se le supone capacidad para comportarse sin necesidad de tutela.
No puede entrar bebida alcohólica. Ninguna. Aunque en los alrededores del estadio se venden bebidas alcohólicas con total normalidad, lo que significa que el espectador que quiera puede beber antes de entrar y llegar en el estado que le apetezca, siempre que lo haga fuera. La coherencia de esta medida es, como mínimo, discutible. Los de las localidades de fondo, además, tienen delante una red para prevenir que se les ocurra lanzar algo al terreno de juego. Como en las jaulas de los zoológicos, pero al revés.
Si a alguien se le ocurre hacer burla de algún jugador, la policía lo localizará, lo detendrá y el asunto acabará ante la Autoridad Judicial, que impondrá una sanción económica considerable y la prohibición de volver a un estadio. Si en lugar de burla es un insulto, el castigo es mayor. Si lanza algo al terreno de juego, mismo destino. En la mayoría de los estadios ya no se puede fumar. En los alrededores hay un despliegue policial que incluye agentes a pie, a caballo, con escudos, y en algunos casos con un equipamiento que haría palidecer a muchos cuerpos militares. Dentro del estadio, las escaleras de los fondos están literalmente tapizadas de miembros de seguridad. Y al final del partido, los seguidores del equipo visitante serán retenidos en el estadio mientras los demás salen abriéndose paso entre centenares de policías.
Es decir: si pagas suficiente, eres ciudadano. Si pagas lo normal, eres sospechoso. Una distinción que dice algo sobre los valores de quienes diseñan estos dispositivos y que, bien mirada, incomoda bastante.
Entra cuando quiere, sin cacheos
Puede llevar su bota de vino
Puede fumar y fumarse un puro
Puede criticar al torero a gritos
Puede tirar almohadillas o flores
Sale libremente al finalizar
Sin dispositivo policial especial
ESTADIO DE FÚTBOL · EL SOSPECHOSO
Llega antes, cacheo obligatorio
Prohibido el alcohol (salvo VIP)
Prohibido fumar (salvo VIP)
Criticar puede acabar en sanción judicial
Red de seguridad delante (en fondos)
Retenido al finalizar si es visitante
Cientos de policías dentro y fuera
viernes, 5 de junio de 2026
Las leyes solo son pretextos para recaudar
(AZprensa) Sostienen los
expertos juristas que una sociedad civilizada podría funcionar con absoluta
fluidez con un corpus de apenas trescientas o cuatrocientas leyes básicas. Sin
embargo, en nuestro país hemos decidido ignorar la sensatez: acumulamos miles
de normas en un entramado legislativo que, lejos de frenarse, no deja de crecer
día tras día.
Lo único que se consigue con esta auténtica promiscuidad
de leyes es estimular la imaginación del ciudadano. Se le empuja a buscar el
vacío legal, la trampa o el regate; una destreza que, para colmo, suele ser
aplaudida y envidiada por el resto de la sociedad, especialmente cuando la
osadía queda impune.
Para los gobernantes responsables de parir este tsunami
normativo, las leyes han dejado de ser herramientas de convivencia. Hoy son
simples pretextos, coartadas legales diseñadas con un único fin: exprimir el
bolsillo del ciudadano para recaudar un dinero extra. Un botín imprescindible
para seguir manteniendo y engordando un aparato político insaciable, con sus
correspondientes gastos de representación, dietas, sueldos blindados y lujosas
instalaciones. Y claro, como cada vez hay más cargos públicos que mantener, la
máquina de prohibir no puede detenerse.
Precisamente mañana voy a publicar en este mismo blog un
ejemplo flagrante de esta realidad. Os demostraré cómo tú, cómo yo y cómo todos
nosotros, en definitiva, nos hemos convertido en delincuentes involuntarios por
culpa de este desmedido afán recaudatorio.
No os lo perdáis, porque os vais a ver reflejados.
Novelas con corazón
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miércoles, 6 de mayo de 2026
El Retiro: el parque de puertas cerradas y libertad bajo llave
(AZprensa) Hubo un tiempo en que el Parque de El Retiro
era el orgullo de Madrid, un pulmón abierto y vibrante. Y hablo en pasado
porque, hoy en día, es más probable que a uno le toque la Lotería antes que
encontrar abiertas las puertas de acceso a este parque.
Esta curiosa "tradición" de clausurar lo público
comenzó bajo el mandato de la anterior alcaldesa, Manuela Carmena, quien
inauguró un protocolo para cerrar los parques vallados ante el más mínimo aviso
de viento o nieve. Sin embargo, lo que parecía una medida puntual de la
izquierda afín a Podemos se ha convertido, bajo la gestión del actual alcalde
del Partido Popular, José Luis Martínez Almeida, en una obsesión por el
cerrojazo. Ahora, El Retiro se cierra si sopla una leve brisa, si caen cuatro
gotas, si hace frío, si hace calor o —la última genialidad técnica— simplemente
porque el suelo ha quedado húmedo tras la lluvia.
Es una situación kafkiana que se vende bajo el manido
eslogan de "proteger al ciudadano", aunque los argumentos caen por su
propio peso ante cualquier mente despierta. Nos aseguran que si hace viento una
rama podría herirnos, como si las ramas de los árboles que pueblan las aceras
exteriores o las zonas verdes sin vallas hubieran firmado un pacto de inmunidad
con la gravedad. Nos dicen que si el suelo se moja, los árboles podrían
vencerse, ignorando que el lodo de los parques abiertos de la capital parece
ser, según su lógica, mucho más firme que el de El Retiro.
Llegamos incluso al absurdo térmico: si hace frío, el
árbol es una amenaza por dilatación; si nieva, por el peso; y si hace calor, el
Ayuntamiento nos prohíbe la sombra del parque para evitarnos un golpe de calor.
Es fascinante descubrir que pasear bajo el sol implacable del asfalto madrileño
es perfectamente seguro, pero que cobijarse bajo la frescura de una arboleda
histórica se ha vuelto una actividad de alto riesgo.
A este paso, las agencias turísticas deberían empezar a
tachar los parques emblemáticos de sus folletos. El turista que viaje a Madrid
se encontrará, de forma casi sistemática, ante una verja con candado. Es
ridículo recordar que estos espacios han permanecido abiertos durante más de un
siglo, sobreviviendo a todo tipo de inclemencias sin que la tragedia fuera el
pan de cada día. De hecho, me apostaría algo a que las estadísticas muestran
más percances con el arbolado fuera de estos recintos que dentro de ellos.
Pero, ¿cuál es la verdadera razón de esta sinrazón? La
respuesta es puramente política y se resume en el miedo. El alcalde prefiere
curarse en salud antes que dar munición a una oposición que, ante el más mínimo
accidente fortuito, no dudaría en tacharlo de poco menos que un criminal. Es la
política del "miedo al titular".
Pero hay algo más profundo. Casi todos nuestros políticos,
orgullosos portadores del pin de la Agenda 2030, parecen alineados con esa
dictadura globalista que nos están imponiendo. El objetivo final es
desalentador: convertirnos en una masa de borregos obedientes, resignados a
perder nuestra libertad y nuestra capacidad de decisión a cambio de la supuesta
seguridad que nos brinda un "Papá Estado" cada vez más asfixiante.
Mientras tanto, El Retiro sigue ahí: un bosque prohibido para una ciudadanía
bajo tutela.
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/
viernes, 17 de enero de 2025
El efecto boomerang
(AZprensa) ¿Censura y Prohibición? En el mundo moderno,
la censura y la prohibición de ciertas actividades se han convertido en
herramientas comunes para los gobiernos y las autoridades locales con el
objetivo de mantener el orden, proteger a la población o el medio ambiente. Sin
embargo, una paradoja interesante que a menudo se observa es que estas
restricciones pueden provocar el efecto contrario al deseado, incitando a un
comportamiento más desafiante y desobediente. Es lo que se llama “el efecto
boomerang” y uno de los ejemplos más representativos se vivió en Nápoles
durante las celebraciones de fin de año de 2021 y se sigue repitiendo desde
entonces.
La Prohibición en Nápoles
En el año 2021, el alcalde de Nápoles, Gaetano Manfredi,
tomó la decisión de prohibir el uso de petardos, cohetes y cualquier tipo de
pirotecnia para la celebración de Año Nuevo. La prohibición estaba fundamentada
en razones de seguridad pública, la protección del medio ambiente y, sobre
todo, el bienestar de las mascotas, que sufren enormemente con el ruido de los
fuegos artificiales (ya se estaba implantando la cultura hoy ampliamente
extendida de proteger a las mascotas más que a los seres humanos). La ordenanza
incluía multas de hasta 500 euros para los infractores, buscando así disuadir a
los ciudadanos de participar en estas actividades tradicionales.
La Respuesta de los Ciudadanos
Contrariamente a lo esperado, la prohibición generó una
reacción masiva y opuesta entre los habitantes de Nápoles. La noche de Año
Nuevo se convirtió en uno de los espectáculos pirotécnicos más memorables y
extensos jamás vistos en la ciudad. Videos y fotos compartidos en redes
sociales, así como reportados por medios locales e internacionales, mostraban
el cielo de Nápoles iluminado con una profusión de cohetes y fuegos
artificiales, creando una atmósfera casi apocalíptica en su belleza y cantidad.
Analizando el por qué de la aparición del “efecto
boomerang” encontramos varios factores psicológicos y sociológicos:
Desafío a la Autoridad: La prohibición suele ser
percibida como un desafío a la autonomía individual, provocando un acto de
rebeldía como respuesta. La gente se siente compelida a desafiar lo que
perciben como una imposición injusta o exagerada.
Efecto Streisand: Este efecto se refiere a cómo el intento de ocultar o prohibir algo puede, paradójicamente, aumentar su visibilidad y atractivo. En este caso, prohibir los fuegos artificiales solo hizo que la comunidad se interesara aún más en ellos.
Tradicionalismo y Cultura: En Nápoles, como en muchas culturas, el uso de pirotecnia en celebraciones es una tradición arraigada. La prohibición fue vista como un ataque a la cultura local, lo que motivó una respuesta colectiva para defender estas tradiciones.
Sensación de Injusticia: La percepción de que las restricciones son aplicadas de manera injusta o que no se consideran todas las perspectivas puede llevar a actos de desobediencia civil.
El caso de Nápoles en Año Nuevo del 2021 sirve como un modelo
de cómo las políticas de prohibición y censura pueden a veces producir
resultados opuestos a los pretendidos. Para las autoridades, esto debería significar
la necesidad de reconsiderar estrategias de comunicación y participación
pública antes de imponer restricciones. En lugar de prohibiciones estrictas,
enfoques como la educación, la promoción de alternativas menos dañinas, o
incluso la regulación controlada de ciertos eventos, podrían ser más efectivos.
Además, es crucial entender y respetar las tradiciones culturales mientras se
busca el bienestar de todos los miembros de la comunidad, incluyendo a las
mascotas pero empezando siempre por los seres humanos.
Pero ¿han aprendido algo nuestros políticos? Pues ¡NO! En
este caso concreto que también ilustra el efecto boomerang, la prohibición en
Nápoles sigue existiendo y los ciudadanos ya se lo han tomado como un desafío
anual a la autoridad municipal y así cada año –también en 2025- la ciudad de Nápoles
se engalana con fuegos artificiales, petardos y cohetes por todas partes,
creando un efecto espectacular. Lógicamente, la Autoridad Municipal no puede
perseguir estos miles de infracciones generalizadas por toda la ciudad, pero
lejos de rectificar y anular esa ordenanza, la mantiene en activo para desafío
y jolgorio de todos los napolitanos y de los turistas que han encontrado en
esta prohibición un atractivo turístico más.
Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
“Cómo dar bien las malas noticias”: https://www.amazon.es/dp/B087L8B63R
Efecto Streisand: Este efecto se refiere a cómo el intento de ocultar o prohibir algo puede, paradójicamente, aumentar su visibilidad y atractivo. En este caso, prohibir los fuegos artificiales solo hizo que la comunidad se interesara aún más en ellos.
Tradicionalismo y Cultura: En Nápoles, como en muchas culturas, el uso de pirotecnia en celebraciones es una tradición arraigada. La prohibición fue vista como un ataque a la cultura local, lo que motivó una respuesta colectiva para defender estas tradiciones.
Sensación de Injusticia: La percepción de que las restricciones son aplicadas de manera injusta o que no se consideran todas las perspectivas puede llevar a actos de desobediencia civil.
Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
“Cómo dar bien las malas noticias”: https://www.amazon.es/dp/B087L8B63R
miércoles, 2 de noviembre de 2022
¡Cómo le gusta al Gobierno meter miedo!
(AZprensa) El Gobierno está empeñado en aterrorizar a la población. Ya no le basta con los habituales medios de manipulación (TV, radio, prensa, redes sociales…) sino que ahora da un paso más y extiende sus mensajes de terror a tu propio teléfono móvil (ese chip que todos nos hemos auto implantado gustosamente para que nos tengan siempre controlados).
En varias provincias españolas se está ensayando un sistema de “alertas de emergencias” mediante el cual te enviarán a tu teléfono móvil cuantas alertas quiera el Gobierno para meterte miedo y que te quedes encerrado en casa delante de esa lavadora de cerebros que es la televisión.
Por ejemplo, si hay un poco de viento… ¡ALERTA DE VIENTO! Si bajan un poco las temperaturas… ¡ALERTA DE FRIO! Si hay un incendio en un edificio de una calle cualquiera… ¡ALERTA DE INCENDIO! Si por la noche va a helar… ¡ALERTA DE HELADAS!
Ya hemos podido comprobar cómo acontecimientos que hasta hace bien poco eran normales (viento, lluvia, frío, calor, etc.) ahora se convierten en ALERTAS que llevan a nuestros dirigentes a cerrar parques, por ejemplo.
Pues bien, si quieres evitar ese bombardeo de mensajes apocalípticos en tu móvil sólo tienes que ir a “Ajustes”. ´
Una vez allí (según sea tu modelo) vas a “Alertas” y si no lo encuentras pones en buscar la palabra “alertas”..
Te saldrá una lista de alertas y entre ellas una que dirá “Alertas de emergencia inalámbricas”. Pinchas ahí y te dará la opción de pulsar en “Permitir alertas” para permitir o desactivar esa opción.
Si desactivas esa opción te evitarás el repiqueteo continuo en tu móvil de alertas que, para cualquier persona con sentido común, no pasan de ser cosas normales, y te evitarás esos sobresaltos que siempre produce la palabra “alerta” y vivirás más feliz.
PD.- Y, por supuesto, no veas tanto la televisión ni hagas tanto caso a las redes sociales. Sal a la calle y habla en persona con tus amigos, familiares y con los demás seres humanos que viven a tu alrededor.
Por ejemplo, si hay un poco de viento… ¡ALERTA DE VIENTO! Si bajan un poco las temperaturas… ¡ALERTA DE FRIO! Si hay un incendio en un edificio de una calle cualquiera… ¡ALERTA DE INCENDIO! Si por la noche va a helar… ¡ALERTA DE HELADAS!
Ya hemos podido comprobar cómo acontecimientos que hasta hace bien poco eran normales (viento, lluvia, frío, calor, etc.) ahora se convierten en ALERTAS que llevan a nuestros dirigentes a cerrar parques, por ejemplo.
Pues bien, si quieres evitar ese bombardeo de mensajes apocalípticos en tu móvil sólo tienes que ir a “Ajustes”. ´
Una vez allí (según sea tu modelo) vas a “Alertas” y si no lo encuentras pones en buscar la palabra “alertas”..
Te saldrá una lista de alertas y entre ellas una que dirá “Alertas de emergencia inalámbricas”. Pinchas ahí y te dará la opción de pulsar en “Permitir alertas” para permitir o desactivar esa opción.
Si desactivas esa opción te evitarás el repiqueteo continuo en tu móvil de alertas que, para cualquier persona con sentido común, no pasan de ser cosas normales, y te evitarás esos sobresaltos que siempre produce la palabra “alerta” y vivirás más feliz.
PD.- Y, por supuesto, no veas tanto la televisión ni hagas tanto caso a las redes sociales. Sal a la calle y habla en persona con tus amigos, familiares y con los demás seres humanos que viven a tu alrededor.
Prueba a cambiar un poco y abre tu mente a lecturas… diferentes.
“Lecturas diferentes”: https://amzn.to/3Gwdrji
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