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sábado, 27 de junio de 2026

¡Paren las rotativas! La ciencia descubre que estar despierto cansa más que dormir

(AZprensa)
La humanidad puede respirar tranquila. Los grandes enigmas del universo —las leyes de la física cuántica, el misterio de la materia oscura o el secreto de las pirámides— han quedado reducidos a meras anécdotas infantiles ante el monumental, colosal e histórico descubrimiento que nos llega desde los laboratorios de la prestigiosa Universidad de Colorado, en Estados Unidos. Prepara tu mente, querido lector, porque lo que estás a punto de leer va a tambalear los cimientos de todo lo que creías saber sobre la existencia humana.
 
El eminente y preclaro profesor Kenneth Wright ha hecho pública la conclusión de un estudio que, sin lugar a dudas, merece pasar con letras de oro a los anales más sagrados de la historia de la Medicina:
 
«Hemos descubierto que la gente gasta más energía cuando está despierta en la cama que cuando está dormida».
 
¡Es sencillamente increíble! ¡Qué derroche de perspicacia! Jamás se me habría ocurrido pensar semejante audacia evolutiva. Millones de años de hominización, desde el Australopithecus hasta nuestros días, para que la ciencia nos confirme bajo sello universitario que parpadear, hablar, masticar y digerir consume más calorías que estar sumido en el más absoluto y plano de los limbos nocturnos. Verdaderamente, Newton y Einstein son unos aficionados al lado del bueno de Kenneth.
 
Una muestra demográfica irrebatible: El poder del "Siete"
 
Como todo estudio que se precie de tener un rigor científico incontestable, la metodología empleada por el equipo del profesor Wright ha sido de un despliegue logístico sin precedentes. Para extrapolar el comportamiento metabólico de los más de 6.000 millones de habitantes del planeta Tierra, los investigadores no escatimaron en gastos y reclutaron a la imponente y masiva cantidad de... 7 personas.
 
Un "siete", sí, han leído bien. Con esta muestra matemática, absolutamente representativa de la diversidad genética mundial, los científicos procedieron al encierro. El titánico experimento consistió en mantener a los siete héroes de la ciencia metidos en la cama durante tres días completos. Eso sí, para que el rigor no decayera, los sujetos experimentales permanecieron sin pegar ojo, pero —atención a las condiciones extremas de laboratorio— excelentemente alimentados y sumamente distraídos viendo películas y charlando alegremente unos con otros.
 
Imaginen la escena de alta tensión científica: «Pásame las palomitas, Mary, que noto cómo se me acelera el metabolismo al ver esta de Spielberg». Y efectivamente, tras setenta y dos horas de maratón de cine, tertulias de alcoba y catering universitario, la computadora arrojó la sorprendente revelación: los siete elegidos habían gastado más energía despiertos que cuando roncaban a pierna suelta. ¡Premio Ig Nobel de urgencia para Colorado!
 
El noble arte de la obviedad financiada
 
Lo verdaderamente atemporal de esta maravillosa noticia —que rescatamos con nostalgia y regocijo— es que demuestra que el ser humano nunca se cansa de financiar estudios destinados a certificar lo evidente. El mundo es una contradicción constante, y mientras unos buscan la cura de complejas patologías, otros se encierran con siete amigos a ver películas para descubrir el fuego del siglo XXI: que estar despierto gasta batería.
 
En “Diario AZprensa” siempre invitamos a documentarse, a razonar y a pensar por sí mismos para formarse su propio criterio. Así que la próxima vez que te despiertes cansado un lunes por la mañana, no le eches la culpa al despertador ni al estrés: recuerda que estás siendo víctima de un implacable axioma de la ciencia estadounidense. Quedamos a la espera del próximo avance del profesor Wright. ¿El agua moja? ¿El fuego quema? Seguiremos informando desde la primera línea del saber.
 

Biblioteca Fisac
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miércoles, 6 de mayo de 2026

El Retiro: el parque de puertas cerradas y libertad bajo llave

(AZprensa) Hubo un tiempo en que el Parque de El Retiro era el orgullo de Madrid, un pulmón abierto y vibrante. Y hablo en pasado porque, hoy en día, es más probable que a uno le toque la Lotería antes que encontrar abiertas las puertas de acceso a este parque.
 
Esta curiosa "tradición" de clausurar lo público comenzó bajo el mandato de la anterior alcaldesa, Manuela Carmena, quien inauguró un protocolo para cerrar los parques vallados ante el más mínimo aviso de viento o nieve. Sin embargo, lo que parecía una medida puntual de la izquierda afín a Podemos se ha convertido, bajo la gestión del actual alcalde del Partido Popular, José Luis Martínez Almeida, en una obsesión por el cerrojazo. Ahora, El Retiro se cierra si sopla una leve brisa, si caen cuatro gotas, si hace frío, si hace calor o —la última genialidad técnica— simplemente porque el suelo ha quedado húmedo tras la lluvia.
 
Es una situación kafkiana que se vende bajo el manido eslogan de "proteger al ciudadano", aunque los argumentos caen por su propio peso ante cualquier mente despierta. Nos aseguran que si hace viento una rama podría herirnos, como si las ramas de los árboles que pueblan las aceras exteriores o las zonas verdes sin vallas hubieran firmado un pacto de inmunidad con la gravedad. Nos dicen que si el suelo se moja, los árboles podrían vencerse, ignorando que el lodo de los parques abiertos de la capital parece ser, según su lógica, mucho más firme que el de El Retiro.
 
Llegamos incluso al absurdo térmico: si hace frío, el árbol es una amenaza por dilatación; si nieva, por el peso; y si hace calor, el Ayuntamiento nos prohíbe la sombra del parque para evitarnos un golpe de calor. Es fascinante descubrir que pasear bajo el sol implacable del asfalto madrileño es perfectamente seguro, pero que cobijarse bajo la frescura de una arboleda histórica se ha vuelto una actividad de alto riesgo.
 
A este paso, las agencias turísticas deberían empezar a tachar los parques emblemáticos de sus folletos. El turista que viaje a Madrid se encontrará, de forma casi sistemática, ante una verja con candado. Es ridículo recordar que estos espacios han permanecido abiertos durante más de un siglo, sobreviviendo a todo tipo de inclemencias sin que la tragedia fuera el pan de cada día. De hecho, me apostaría algo a que las estadísticas muestran más percances con el arbolado fuera de estos recintos que dentro de ellos.
 
Pero, ¿cuál es la verdadera razón de esta sinrazón? La respuesta es puramente política y se resume en el miedo. El alcalde prefiere curarse en salud antes que dar munición a una oposición que, ante el más mínimo accidente fortuito, no dudaría en tacharlo de poco menos que un criminal. Es la política del "miedo al titular".
 
Pero hay algo más profundo. Casi todos nuestros políticos, orgullosos portadores del pin de la Agenda 2030, parecen alineados con esa dictadura globalista que nos están imponiendo. El objetivo final es desalentador: convertirnos en una masa de borregos obedientes, resignados a perder nuestra libertad y nuestra capacidad de decisión a cambio de la supuesta seguridad que nos brinda un "Papá Estado" cada vez más asfixiante. Mientras tanto, El Retiro sigue ahí: un bosque prohibido para una ciudadanía bajo tutela.
 

Biblioteca Fisac
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viernes, 1 de mayo de 2026

Por una ampliación del aborto… mucho menos restrictiva

(AZprensa) Siempre estamos dando vueltas a lo mismo: manifestaciones, pancartas y exigencias para ampliar aún más la Ley del aborto. “¡Más derechos!”, gritan. “¡Menos límites!”. Ante tanto consenso, he decidido aportar un punto de vista original y, espero, lo suficientemente inteligente como para que el lector no se escandalice demasiado.
 
La actual ley establece plazos. Hasta cierta semana se puede abortar con total libertad, después se ponen algunas trabas. Pero yo me pregunto: ¿por qué poner límites si es prácticamente imposible determinar con exactitud cuántas semanas tiene un feto? ¿Media semana de diferencia? ¿Un día más o menos? ¿Un minuto más o menos? ¿De verdad vamos a basar un “derecho” en algo tan impreciso?
 
Si según los defensores más radicales es imposible saber el momento exacto en que un feto “pasa a ser humano”, entonces cualquier plazo es arbitrario e injusto. Un segundo antes del límite el feto no merece protección, pero un segundo después sí. Absurdo, ¿verdad?
 
Por eso, desde aquí reclamo con total coherencia la abolición total de todos los plazos. El aborto debe ser libre, sin restricciones de edad gestacional. A las 3 semanas, a las 30 semanas… o a los 3 años. ¿Por qué no? Y ya puestos, también a los 17 años. O a los 45. Imaginad qué mundo tan maravilloso sería: cada vez que tu hijo adolescente llegue tarde un viernes, conteste mal y te ponga de los nervios, ¡solución inmediata! Os vais tranquilamente a la clínica y que “se ocupen de él”. ¿Tu hijo de 30 años sigue viviendo en casa, sin trabajo y sin intención de independizarse? Pues un aborto tardío en toda regla. Problema resuelto.
 
Piensa en las ventajas: la población se reduciría drásticamente, bajarían las listas de espera en la Seguridad Social, habría vivienda barata para todos y, sobre todo, mucho más trabajo para los pocos que quedaran vivos. ¡Todos contentos!
 
Y una vez normalizado el “aborto posnatal” familiar, ¿por qué detenernos ahí? Deberíamos ampliar el derecho a abortar a cualquiera que nos moleste: al árbitro que pita penalti en contra, al político de turno, al vecino que pone la música alta… Cuando solo queden dos personas en el planeta, que se aborten mutuamente. Total, para lo que hay que ver.
 
En fin, tanto pensar en esta brillante propuesta me ha dejado exhausto. Creo que voy a ir a abortarme yo también.
 

Biblioteca Fisac
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lunes, 10 de marzo de 2025

La absurda Ley de Pedro Sánchez que pone en riesgo la Salud Animal y el bolsillo de los dueños

(AZprensa) En los últimos años, el gobierno de Pedro Sánchez ha implementado una serie de regulaciones destinadas a combatir la resistencia a los antibióticos, un problema global de salud pública que afecta tanto a humanos como a animales. Sin embargo, una de estas medidas, que afecta directamente a los veterinarios y a los dueños de mascotas y ganado, ha sido recibida con incredulidad y críticas por su falta de sentido práctico y sus consecuencias potencialmente desastrosas. Esta ley, que prohíbe a los veterinarios recetar antibióticos basándose únicamente en su experiencia profesional y les obliga a realizar un cultivo previo para determinar el tratamiento, está generando un impacto negativo en la salud animal, el bienestar de los dueños y la lógica misma de la profesión veterinaria.
 
El Cultivo Obligatorio: Un requisito impracticable
 
Históricamente, los veterinarios han utilizado su formación y conocimientos para diagnosticar y tratar infecciones bacterianas en animales, recetando antibióticos cuando lo consideraban necesario. Ahora, la nueva normativa exige que, antes de prescribir cualquier antibiótico, se realice un cultivo bacteriano y un antibiograma para identificar el microorganismo causante y su sensibilidad a los fármacos. Aunque esta medida puede parecer razonable en teoría para reducir el uso indebido de antibióticos, en la práctica es un disparate.
 
El proceso de realizar un cultivo implica recolectar una muestra, enviarla a un laboratorio, esperar los resultados —que pueden tardar entre 5 y 10 días, dependiendo de la disponibilidad del laboratorio— y solo entonces recetar el medicamento adecuado. En un contexto de enfermedad aguda, como una infección respiratoria o una sepsis en un animal, este retraso puede ser fatal. Una semana de espera significa que el animal enfermo puede morir, ver su estado agravado o, en el mejor de los casos, curarse por sí solo si su sistema inmunológico logra combatir la infección. En cualquier escenario, el cultivo obligatorio convierte el tratamiento en una carrera contra el tiempo que los veterinarios y los animales suelen perder.
 
Además, este requisito añade un coste significativo. Los análisis de laboratorio no son baratos, y el precio recae directamente en los dueños de las mascotas o los ganaderos, quienes ya enfrentan gastos veterinarios considerables. Para muchos, especialmente en áreas rurales o con recursos limitados, este sobrecoste puede ser prohibitivo, llevándolos a retrasar el tratamiento o a no buscarlo en absoluto.
 
Del Consultorio a la Farmacia: Un derroche forzado
 
Otro aspecto absurdo de esta ley es la prohibición de que los veterinarios almacenen y dispensen antibióticos directamente a sus pacientes, algo que hasta ahora era una práctica común y eficiente. Anteriormente, un veterinario podía proporcionar la dosis exacta necesaria para el tratamiento, ajustada al peso y la condición del animal, asegurando un uso responsable y minimizando el desperdicio. Sin embargo, ahora los dueños deben acudir a una farmacia con una receta para adquirir los antibióticos.
 
El problema radica en que las farmacias no venden dosis personalizadas, sino envases comerciales diseñados para humanos o, en algunos casos, para animales, pero siempre en cantidades que exceden lo necesario para un tratamiento concreto. Por ejemplo, un perro con una infección leve que requiera cinco días de antibióticos puede terminar con un envase de 20 o 30 comprimidos. Esto no solo incrementa el gasto para el dueño —que paga por medicamento que no usará—, sino que también genera un excedente peligroso. ¿Qué sucede con esas pastillas sobrantes? En muchos hogares, quedan olvidadas en un cajón, aumentando el riesgo de automedicación futura o uso indebido en otros animales sin supervisión profesional, lo que precisamente fomenta la resistencia bacteriana que la ley pretende evitar.
 
Un Golpe a la Profesión Veterinaria y al Sentido Común
 
Esta normativa no solo pone en jaque la salud de los animales y la economía de sus dueños, sino que también desprestigia la capacidad de los veterinarios como profesionales cualificados. Obligarlos a depender de un cultivo en lugar de confiar en su diagnóstico clínico es como pedirle a un médico que no trate una neumonía hasta tener resultados de laboratorio, algo impensable en medicina humana en casos urgentes. Los veterinarios, con años de formación y experiencia, están perfectamente capacitados para identificar infecciones y elegir tratamientos efectivos basados en síntomas, historial y patrones locales de resistencia.
 
Además, la ley ignora las diferencias entre la medicina veterinaria y la humana. En ganadería, por ejemplo, esperar una semana para tratar una infección en un rebaño puede significar pérdidas económicas devastadoras. En mascotas, el sufrimiento innecesario de un animal querido es un costo emocional que ningún dueño debería pagar por una norma mal diseñada.
 
La implantación de esta Ley demuestra una desconexión total con la realidad de la veterinaria y las necesidades de los animales y sus cuidadores. El requisito del cultivo previo introduce demoras fatales y costos innecesarios, mientras que la obligación de comprar antibióticos en farmacias fomenta el derroche y el mal uso de los excedentes. En lugar de proteger la salud pública, esta ley pone en riesgo la salud animal, castiga económicamente a los dueños y despoja a los veterinarios de su autonomía profesional.

Urge una revisión de esta normativa para encontrar un equilibrio entre el control de los antibióticos y la practicidad del tratamiento veterinario. Mientras tanto, los animales y sus dueños seguirán pagando el precio de una ley que, en su afán de solucionar un problema, ha creado otro aún mayor.
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
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sábado, 26 de febrero de 2022

Diálogos con un covidiano

 
(AZprensa) Cuando un terrícola y un covidiano se encuentran, pongamos por ejemplo, paseando por un parque o por cualquier otro lugar tranquilo al aire libre, puede producirse una conversación de este tipo:
 
¡Hola! ¿Qué tal?
-          Ya ves, por aquí paseando.
¿Y por qué llevas puesta la mascarilla si estamos al aire libre y no hay gente alrededor?
-          Hombre, por precaución, para evitar el contagio.
Pero si al aire libre, en espacios como este no hay virus. ¿No sabes que los virus del COVID-19 no son como el polen?
-          Ya sí, bueno, pero hay muchos contagiados y muertos.
Pero ¿no has leído y oído las declaraciones de altos cargos que reconocen que a todo el que muere, si da positivo o simplemente es sospechoso, lo clasifican como muerto por COVID?
-          Ya, sí, bueno.
¿Y cuándo piensas quitarte la mascarilla?
-          Cuando desaparezca el virus.
Entonces nunca, porque este virus se va a quedar con nosotros para siempre, como el de la gripe.
-          Ya, sí bueno.
Total, que vives aterrorizado y sin embargo a todo lo demás no tienes miedo.
-          ¿A qué te refieres?
A que a pesar de llevar mascarilla te he visto cruzar la calle por donde no debías, con riesgo de ser atropellado. A que no haces nada de deporte. A que comes muchas hamburguesas, frituras y bollería industrial. A que fumas. A que bebes alcohol. ¿Es que todo esto no te da miedo?
-          Ya, sí, bueno.
 

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miércoles, 9 de febrero de 2022

El Gobierno es incapaz de hacer algo lógico

(AZprensa) Cada vez que un miembro (o miembra) del Gobierno abre la boca o el consejo de ministros toma algunas decisiones, las probabilidades de que digan o manden algo ilógico son muy elevadas. Uno de los últimos ejemplos lo tenemos con el levantamiento de las restricciones que obligaban a llevar mascarilla por la calle.
 
Primero utilizaron la trampa legal de incluir el mantenimiento de la prohibición en el mismo decreto de actualización de las pensiones para que todos se viesen obligados a votar a favor, porque reclamar que se levantase la prohibición de las mascarillas supondría impedir que se actualizaran las pensiones.
 
Pocos días después anuncian que ya no será obligatorio a partir del martes, y unos días después que mejor el jueves, que les viene mejor ese día. Nos imaginamos el lío que deben tener los virus que ya no saben ni cuándo ni dónde pueden infectar a la población.
 
Y otra incongruencia más es la de los aforos a los estadios de fútbol. Actualmente se permitía un aforo del 75 por ciento el cual cumplían los clubes de forma tan absurda a como piensan nuestros dirigentes políticos: el 75% del estadio lleno a rebosar, y un rincón del estadio equivalente al 25% vacío para así cumplir con la restricción impuesta.
 
Por si esto fuera poco ahora el Gobierno, en un arranque de generosidad va y dice que se aumenta el aforo del 75 al 85%. Es decir, a partir de ahora, y tal como venimos comprobando, el 85% de la superficie de las gradas de los estadios estarán abarrotadas de público y se dejará una pequeña equina, equivalente al 15% vacía para cumplir con esta nueva norma.
 

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martes, 18 de enero de 2022

Disparates cotidianos (recordando a Aute)

(AZprensa) ¿Recuerdas a Luis Eduardo Aute, el cantautor de grandes éxitos como “Aleluya Nº 1”? Decía en esa canción: “Estas son las cosas que me hacen olvidar este mundo absurdo que no sabe a dónde va”.
 
En su memoria vamos a recordar algunas cosas del momento sanitario actual (todas ellas verídicas y contrastadas):
 
Un padre viaja en su propio coche junto a su hija de 8 años; los dos van con mascarilla.
 
Un vecino que vive en el piso 13 nunca usa el ascensor de su casa porque tiene miedo a contagiarse.
 
El periodista Jiménez Losantos dice: “Los que no se han vacunado no están sanos”.
 
Un estadio de fútbol, para cumplir con el requisito del 70% de aforo, agrupa a todos los espectadores en los laterales y deja los fondos vacíos para cumplir así con dicha restricción.
 
Un andén de metro tiene unas marcas en el suelo para que se guarde la distancia de seguridad; una vez dentro del vagón, todos pueden ir apretujados.
 
Una persona con mascarilla está de pie en la calle; a su lado una pareja sentada en una mesa de un bar no la lleva porque ahí no es obligatoria.
 
Una persona come palomitas con la mascarilla puesta; cada vez que se va a meter en la boca una, levanta la mascarilla y después vuelve a bajarla para masticar. Así una tras otra todas las palomitas.
 
En la calle una persona camina con mascarilla, otra sin ella porque va fumando, otra sin ella porque está comiendo unas patatas fritas y otra sin ella porque se está sonando los mocos. Todas hacen lo correcto, según está establecido.
 
Una discoteca abre sus puertas al público pero no les deja bailar.
 
Niños son obligados a ir con mascarilla al colegio porque la mortalidad infantil ha sido del 0,000000000000001 por ciento.
 
Dos personas con mascarilla se encuentran con unos conocidos en la calle y para saludarse se dan un beso.
 
Una persona hace deporte corriendo sola campo a través por la Casa de Campo, toda sudorosa por el esfuerzo… y con la mascarilla puesta.
 
Unos tertulianos sin mascarilla en un plató de televisión critican a los que se reúnen en un bar y se quitan la mascarilla. 
 
Un periodista (con mascarilla) entrevista a su interlocutor que está situado a más de dos metros de distancia (este último sin mascarilla)
 
Un directivo de la Federación de Fútbol, con la mascarilla puesta, habla a la cámara para hacer un sorteo en un escenario vacío ya que el evento se hace sin público y sólo se retransmite por televisión.
 
Los jugadores suplentes en un partido de fútbol aguardan en la grada separados y con mascarilla; cuando les llega el turno de salir al campo se la quitan, juegan, agarran al contrario, marcan un gol y se abrazan en una piña.
 
Un deportista da positivo y se queda en casa hasta que dos días después ya da negativo y sale, sin que en ningún momento haya tenido el más leve síntoma.
 
Una persona llama al Centro de Salud para pedir cita por un dolor muscular fuerte y el contestador le da cita para dentro de 20 días.
 
En una farmacia le explican al cliente que no están autorizadas para vender paracetamol genérico (barato) pero sí puede vender Gelocatil (paracetamol de marca mucho más caro). Y lo mismo con otros muchos principios activos.

Una ministra lleva puesta la mascarilla, cuando le acercan los micrófonos para que haga unas declaraciones, se la quita para hablar.

Presidentes de países europeos se hacen la foto de grupo sin mascarilla. Presidentes de países europeos se hacen la foto de grupo con mascarilla. (Unos días toca y otros no).
 
…Estas son las cosas que me hacen recordar este mundo absurdo que no sabe a dónde va.
 

“La industria farmacéutica por dentro”, un viaje al centro de los laboratorios para conocer ese oscuro mundo tan reacio a la transparencia informativa.
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