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lunes, 29 de junio de 2026

Si no hay propofol, no me opero

(AZprensa)
Todos recordamos aquel fatídico verano de 2009 en el que el mundo se estremeció con la muerte del Rey del Pop, Michael Jackson. La autopsia desveló que el causante de su último viaje celestial había sido un potente anestésico de uso hospitalario llamado propofol, una sustancia que el cantante exigía desesperadamente a su médico de cabecera. Primero para calmar sus dolores y, más tarde —una vez que se hubo «enganchado» sin remedio—, simplemente porque le apetecía un plácido viaje al limbo de la inconsciencia.
 
Pues bien, mira por dónde, hoy me vais a permitir que rompa una lanza a favor del gusto farmacológico del bueno de Michael: ¡no me extraña en absoluto que el hombre se enganchara! Yo he tenido la inmensa fortuna de probar el propofol en varias ocasiones y debo confesar, ante el tribunal de mis lectores, que la experiencia fue algo sencillamente maravilloso.
 
Un infiltrado de AstraZeneca en el quirófano
 
Por aquellos tiempos, yo conocía al milímetro los entresijos de tan bendita sustancia. No por vicio, válgame el cielo, sino por estricta deformación profesional: el propofol pertenecía al catálogo del laboratorio farmacéutico en el que yo trabajaba, AstraZeneca. Su nombre comercial era Diprivan, y su lanzamiento había revolucionado por completo la historia moderna de la anestesia.
 
Los que peinan canas recordarán que, antiguamente, despertar de una operación era un calvario de náuseas, vómitos, mareos de feria y una resaca de proporciones bíblicas. Con la llegada del Diprivan, aquellos momentos tradicionalmente temidos se transformaban, por arte de magia química, en algo sumamente placentero.
 
Llegó el día en que me tocó a mí pasar por el taller de reparaciones quirúrgicas. Mientras el equipo médico me preparaba en el antequirófano, decidí ponerme el traje de inspector de calidad y le pregunté al anestesista con una sonrisa: «¿Qué anestésico me va a poner?». El buen hombre se me quedó mirando estupefacto, ya que no hay ningún paciente que haga ese tipo de preguntas. Fue entonces cuando le saqué la credencial: le expliqué que yo jugaba en el equipo de AstraZeneca y que teníamos en nómina al mejor anestésico del planeta. El anestesista, captando la jugada, sonrió con complicidad y me señaló con el dedo unas cajas que descansaban en una bandeja: sí, amigos, allí estaban, preparadas en exclusiva para mí, las icónicas cajitas verdes de Diprivan. Jugué en casa.
 
El "viaje" más lúcido de mi vida (y un gol por la escuadra)
 
Cuando la sustancia comenzó a deslizarse de forma fluida por el gotero hacia mis venas, apenas hicieron falta unos pocos segundos para que mi consciencia se desvaneciera. Fue un apagón tan suave, rápido y aterciopelado que ni siquiera tuve tiempo de contar los segundos o de pensar en ello.
 
El verdadero espectáculo, sin embargo, comenzó al abrir los ojos en la sala de reanimación. Recuerdo perfectamente que el médico estaba inclinado sobre mí, pendiente de mi evolución, y me preguntó como es habitual: «¿Qué tal se encuentra?». Solo habían transcurrido dos segundos exactos desde que abrí los párpados, pero mi cerebro ya funcionaba a 33 revoluciones por minuto. Miré al doctor y le dije con una amplia sonrisa: «¡Mejor que nunca!».
 
No exageraba un ápice. Una sensación descomunal de alegría, euforia y bienestar invadía todo mi cuerpo. Lejos de estar aturdido, tenía unas ganas locas de hablar, de chismorrear y de gastar bromas a todo el personal de planta. Tenía la cabeza perfectamente despejada, nítida y provista de una lucidez tan asombrosa que, en cuanto los celadores me empujaron en la camilla hasta mi habitación, lo primero que hice fue ordenar de forma imperiosa: «¡Pon la televisión, que quiero ver el partido!».
 
Y así pasé la postoperación: con el glorioso propofol todavía corriendo alegremente por mi torrente sanguíneo, disfruté como nunca de las jugadas en la pantalla, invadido por una felicidad tremenda. En aquel preciso instante, con una sonrisa de oreja a oreja, me hice una promesa solemne: siempre que tuviese que volver a pasar por un quirófano, exigiría el mismo menú.
 
Conclusión: El sabor de la marca
 
Años más tarde, el destino quiso que tuviera que repetir la experiencia hospitalaria y debo reconocer, para tranquilidad de todos, que el resultado volvió a ser igual de satisfactorio. Hoy en día las patentes han caducado y el mítico Diprivan ya no existe como tal en las bandejas; ahora los hospitales despachan propofol genérico.
 
Es verdad que ya nadie puede disfrutar de ese romántico "sabor de marca original", puesto que aquél magnífico avance de la Medicina se dejó de fabricar al no poder competir en precio con los genéricos. Sin embargo el actual propofol genérico sigue brindando despertares alegres, lúcidos e incluso futboleros –como fue en mi caso- a todos los que tengan que ponerse en manos de un anestesista.
 
Por mi parte, lo tengo más claro que el agua. Secundando aquel mítico y atemporal anuncio de televisión de La Casera que forma parte de nuestra historia colectiva, si alguna otra vez tengo que pasar por el quirófano, les diré aquél slogan de La casera pero adaptado al campo de la anestesia: “¡Si no hay propofol, no me opero!”.
 

Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/

sábado, 18 de septiembre de 2021

Michael Jackson, propofol y yo

(AZprensa) Todos los medios de comunicación se hicieron eco, con grandes titulares, de la muerte de Michael Jackson y del posterior juicio al médico que le atendió, y un medicamento salió a la luz: propofol. Cuando se pronuncia este nombre no puedo dejar de esbozar la mejor de mis sonrisas. No me extraña que Jackson se enganchara, porque yo tuve la ocasión de probarlo varias veces y la experiencia fue maravillosa. En aquella época yo conocía bien esa sustancia, puesto que era del laboratorio donde trabajaba. Su nombre comercial era Diprivan y había revolucionado la historia de la anestesia: adiós a las náuseas y los vómitos, al despertar desagradable de la anestesia; con Diprivan aquellos momentos siempre temidos se transformaban en algo muy placentero.
 
Cuando me estaban preparando para la operación le pregunté al anestesista con qué me iban a anestesiar. Se quedó sorprendido ante mi pregunta, así que le expliqué que yo trabajaba en AstraZéneca y teníamos el mejor anestésico del mundo, el Diprivan. Entonces él sonrió y me señaló unas cajas: sí, allí estaban preparadas para mí las cajitas verdes de Diprivan.
 
Cuando comenzó a caer el propofol por el gotero, en apenas unos segundos se desvaneció mi consciencia, de una forma tan suave y rápida que no me molestó en absoluto. Después, cuando desperté, recuerdo que el médico estaba pendiente de mí y me preguntó qué tal estaba. Sólo habían pasado dos segundos desde que había abierto los ojos y le contesté que me sentía mejor que nunca. En efecto, una sensación enorme de alegría me invadía, tenía ganas de hablar, de gastar bromas, tenía la cabeza perfectamente despejada y lúcida. Tanto es así, que enseguida me llevaron a la habitación y lo primero que hice fue pedir que encendieran la televisión porque iban a retransmitir un partido de fútbol y no quería perdérmelo. Y así fue; con el propofol todavía corriendo por mis venas disfruté como nunca de la televisión y con una alegría tremenda me dije que siempre que tuviese que volver a pasar por un quirófano pediría que me anestesiaran con él.
 
Aquella experiencia se repitió años más tarde y debo reconocer que fue igual de satisfactoria. Ahora ya no existe el Diprivan sino sólo propofol genérico. Aunque no tenga el sabor de marca original de aquél magnífico avance de la Medicina que yo pude disfrutar, espero que pueda seguir brindando alegres despertares a todos aquellos que pasen por el quirófano. Como en aquél famoso anuncio de La Casera... ¡si no hay propofol, no me opero!


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domingo, 28 de abril de 2019

Documentos desclasificados: Magistral intervención quirúrgica


(AZprensa) Como hoy es domingo, vamos a dedicar este espacio informativo dedicado a la Ciencia y la Salud a algo tan saludable como es la sonrisa. Para ello vamos a transcribir el texto de la retransmisión en directo que en su día se hizo de la intervención quirúrgica realizada a Toribio, un personaje de la novela “El dulce gorjeo del buitre en celo” (Vicente Fisac, Editorial Bubok).

El original del presente documento, ahora desclasificado gracias a las gestiones de “AZprensa”, se conserva en los archivos videográficos del Hospital Central y, en su día, esta intervención quirúrgica fue retransmitida en directo a numerosos centros sanitarios y facultades de Medicina de todo el país. Este es el texto:

El quirófano es una auténtica fiesta y se palpa una enorme expectación: 50 estudiantes de Medicina, varios pacientes en pijama y zapatillas y un vendedor de bocadillos, observan tras los cristales. En el quirófano, dos camilleros entran rodando a toda velocidad la cama de Toribio que es recibido con una gran exclamación de “¡Oooohhhh!”. Luce pijama verde manzana y gorrito a juego, con goteros astifinos en ambos brazos. Tres doctores, cuatro residentes de último curso de Medicina, tres enfermeras y una anestesista hacen el pasillo de honor al Dr. Wilson quien entra parsimoniosamente colocándose los guantes. Viste de oro y luces (las luces en la frente para que iluminen bien la zona quirúrgica) y gorro de fantasía con dibujos de Bugs Bunny. El anestesista comprueba que la perfusión de propofol (ahora hay que usar propofol genérico porque el auténtico, el Diprivan, tuvieron que dejarlo de fabricar ante la contundente bajada de precios de los genéricos). Aunque el propofol genérico no tiene el punto chic que tenía el Diprivan, surte efecto y el paciente ya está listo para que comience la faena.
El Dr. Wilson realiza una incisión perfecta a la primera con el bisturí eléctrico que apenas deja caer unas gotas de sangre inmediatamente coaguladas. El graderío prorrumpe en aplausos. Los ayudantes abren bien la zona operatoria y el maestro les da una clase magistral: el esófago está dilatado y contiene jugos gástricos a nivel del esófago medio. El estómago contiene aproximadamente de 50 a 60 cc de un material similar a la masa de las pizzas.  El duodeno  está dilatado  y  lleno  de un material semilíquido amarillo verdoso, sin embargo los receptores estomacales se hallan taponados por una sustancia que extrae hábilmente y sin necesidad de analizarla, la mira y exclama: “esto es mortadela”.
Se escuchan nuevos aplausos en el graderío al que se ha ido incorporando más gente hasta alcanzar un lleno total. Junto al vendedor de bocadillos hay otro que grita “¡patatas fritas, caramelos, chicle americanoooo!”. La enfermera Fernández (que ya ha hecho ojitos con el Dr. Wilson) le seca el sudor y se guarda el pañuelo en la entrepierna.
Wilson prosigue la faena, exponiendo a los presentes que el colon (“Cristóbal” para los amigos) también se halla distendido, con un brazo señalando a la zona sigmoide terminal como indicando “la culpa es de esa”. A pesar de la ausencia de cálculos biliares, Wilson calcula por sí mismo que hay unos 10 cc de bilis marrón amarillenta y muestra al graderío los nódulos linfáticos porta hepáticos de Toribio.
Ante la expectación general realiza varios cortes y confecciona con hilo y aguja un cosido primoroso en las zonas que va reparando. Los doctores que le acompañan siguen su ejemplo sacando del bolsillo sus bobinas de hilo y aguja para imitar los movimientos artísticos de Wilson. La enfermera Fernández tiene doloridos los codos de tanto clavárselos en el estómago a todos los que osan acercarse al maestro ya que ella quiere mantener su posición de privilegio en primera fila.
Finalmente, y tras más de dos horas de intervención, con varios bises, el Dr. Wilson se sacude las manos y dice “That’s all folks” que quiere decir: “la intervención ha sido un éxito y es posible que el paciente se salve, aunque de momento está en coma inducido. Gracias a todos y hasta luego Lucas”.
Todos se quedan mirando unos a otros tratando de averiguar quién es Lucas, porque no han comprendido el sentido del humor de Wilson; no obstante, cuando este se retira, todo el graderío se pone en pie, se escuchan olés y vítores y hasta alguna lágrima emocionada resbala por los lagrimales que la enfermera Fernández, instintivamente, se enjuga con el pañuelo del sudor de Wilson que se había  guardado  de  recuerdo… en la entrepierna.