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lunes, 22 de septiembre de 2025

Cinco reglas de oro para no caer en las trampas informativas de Internet

(AZprensa) En la era digital, donde la información fluye a raudales, navegar por Internet puede ser como caminar por un campo minado. No todo lo que lees o ves en la red es cierto, y aprender a distinguir la verdad de la manipulación es esencial. 

A continuación, comparto cinco reglas de oro que he perfeccionado con el tiempo para protegerme de engaños y noticias falsas, asegurándome de consumir información con un ojo crítico.
 
1.- Evalúa la fuente: ¿Es un medio confiable?
Lo primero que hago al encontrar una noticia es preguntarme: ¿quién la publica? No todos los medios son iguales. Algunos tienen un historial de rigor periodístico, mientras que otros priorizan el sensacionalismo o los intereses comerciales. Si el medio es conocido por su credibilidad, sigo leyendo, pero aun así nunca doy por sentado que todo lo que dice es completamente cierto. Incluso los medios más reputados pueden cometer errores o presentar información sesgada. Por eso, siempre mantengo un margen de escepticismo, verificando si la fuente tiene un historial sólido o si es propensa a exagerar o manipular.
 
2. Comprueba la fecha: ¿Es actual o reciclada?
Una trampa común en Internet es la falta de contexto temporal. A menudo, me topo con titulares impactantes que parecen noticias frescas, pero al revisar la fecha descubro que son de hace meses o incluso años. Estas noticias recicladas se mezclan con las actuales para generar clics, engañándonos sobre su relevancia. Por eso, siempre busco la fecha de publicación. Si no está clara, es una señal de alerta. Una noticia desactualizada puede distorsionar mi percepción de un tema, así que me aseguro de que lo que leo esté alineado con el momento presente. ¡Cuántas veces alguien va contando por ahí lo que ha leído en Internet y luego resulta que era una noticia de hace varios años!
 
3. Contrasta la información: Busca coincidencias en medios fiables
Una sola fuente, por confiable que sea, no es suficiente. Si un medio de prestigio publica una noticia y la fecha es reciente, el siguiente paso es buscar esa misma información en otros medios de confianza. Si varios medios respetados se hacen eco de la misma información, con detalles consistentes, la probabilidad de que la noticia sea veraz aumenta significativamente. Por ejemplo, si leo sobre un evento político en un periódico de renombre, busco la misma historia en al menos dos medios más. Si las versiones coinciden en los hechos clave, me siento más seguro de su veracidad. Este hábito me ha salvado de caer en narrativas distorsionadas o exageradas.
 
4. Identifica el sesgo ideológico: Pon tu propio filtro
Ningún medio es completamente neutral. Cada uno tiene una línea editorial que refleja un posicionamiento ideológico, ya sea de izquierda, derecha o centro. Al igual que un anuncio exalta las virtudes de un producto y omite sus defectos, los medios tienden a presentar la información de manera que refuerce su visión del mundo. Por eso, siempre me pregunto: ¿qué perspectiva tiene este medio? ¿Qué podría estar omitiendo? Conocer el sesgo me permite filtrar la información y buscar lo que no se dice. Por ejemplo, si un medio progresista cubre un tema social, sé que probablemente enfatizará ciertos aspectos mientras ignorará otros. Este filtro mental me ayuda a construir una visión más equilibrada.
 
5. Huye de todo aquello que ponga “Patrocinado”
Todos hemos caído alguna vez en esos titulares irresistibles que prometen revelaciones sorprendentes: “¡No creerás lo que pasó!” o “El secreto que nadie quiere que sepas”. Pero tras un par de clics, me encuentro navegando por un carrusel de anuncios, con párrafos vacíos que no dicen nada sustancial. Estas “noticias” están diseñadas para mantenerte enganchado, no para informarte. La clave para evitarlas está en un detalle que he aprendido a detectar: la palabra “Patrocinado” en letra pequeña al pie de la página. Por eso siempre miro abajo, a la letra pequeña parea ver si pone “Patrocinado” y, enese caso, paso de largo. Y si, por descuido, sigo adelante y tras dos clics solo he leído vaguedades rodeadas de publicidad, me detengo. No vale la pena contribuir a este fraude digital que solo busca lucrarse a costa de mi tiempo.
 
Un consejo final: Cultiva tu sentido crítico
Navegar por Internet requiere más que seguir reglas; exige desarrollar un instinto para detectar lo falso, lo exagerado o lo manipulador. Con el tiempo, he aprendido a desconfiar de los titulares sensacionalistas, a buscar siempre la fecha y a contrastar fuentes. Pero, sobre todo, he entendido que la información es una herramienta poderosa que debe manejarse con cuidado. En un mundo donde todos quieren captar nuestra atención, el verdadero poder está en saber filtrar, analizar y decidir por nosotros mismos qué creer. Así, poco a poco, he convertido mi navegación por Internet en un ejercicio de discernimiento, y te invito a hacer lo mismo.

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martes, 22 de abril de 2025

La salud es un proceso, no una lista de reglas

(AZprensa) “La salud es un proceso, no una lista de reglas”, esta frase es de
la Dra. Cristina Petratti, especialista en Obesidad y Nutrición, la cual ha dado unos consejos para afrontar los periodis de vacaciones sin que ese cambio de hábitos y actividades perjudiquen nuestra salud.
 
Aunque ella se ha centrado en su especialidad que es la obesidad y la nutrición, está claro que estos consejos son válidos para todos nosotros…
 
1. El placer también es parte de la salud
 
Comer con placer no es un error ni una falta de control. La alimentación tiene un componente social, emocional y cultural que va más allá de las calorías. La clave no está en privarse, sino en encontrar un punto de satisfacción sin incomodidad, escuchando lo que nuestro cuerpo realmente necesita.
 
2. El movimiento nutre el cuerpo y la mente
 
El movimiento no es una obligación ni una herramienta para “compensar” lo que comemos. La ciencia nos dice que el cuerpo humano está diseñado para moverse, pero no desde la exigencia, sino desde el bienestar. Dar paseos después de comer, bailar, jugar o simplemente estirarnos son formas amables de cuidar nuestra energía sin presión ni autoexigencia.
  
3. Ni restricciones ni excesos. Flexibilidad consciente
 
No hay alimentos prohibidos. La evidencia ha demostrado que demonizar ciertos alimentos solo genera más ansiedad y una relación poco saludable con la comida. En lugar de pensar en “no puedo comer esto”, podemos preguntarnos: ¿Cómo quiero disfrutarlo? ¿Qué me hace sentir bien?
  
4. Disfrutar sin prisa
 
No es la última vez que vamos a comer ciertos alimentos. Comer con ansiedad, por miedo a que algo “se acabe”, solo nos aleja del disfrute real. La alimentación consciente ayuda a recordar que podemos saborear cada bocado sin apurarnos, sin culpa y sin la sensación de tener que aprovecharlo todo en un solo momento.
 
5. Ser amables con nosotros mismos
 
La salud no se mide en un número ni se define en un solo día. No necesitamos compensar ni castigarnos por lo que comemos. Lo importante es volver a los hábitos que nos hacen sentir bien, desde el autocuidado y no desde el castigo.
  
6. Compararnos sólo con nosotros mismos
 
Cada persona tiene una historia, un metabolismo y un contexto de vida diferente. Compararnos con otros nos aleja de nuestra propia realidad. Escuchar lo que necesitamos, sin presionarnos por encajar en un molde ajeno, es un acto de respeto hacia nosotros mismos.
  
7. Es mejor la constancia que la perfección
 
Cuidarnos no significa prohibirnos, pero tampoco desconectarnos por completo. La ciencia evidencia que el cuerpo agradece más la constancia que la perfección. Si disfrutamos más de la cuenta un día, podemos compensarlo con más hidratación, más movimiento y elecciones que nos hagan sentir bien, sin castigo ni culpa.
  
Salud sin culpa, bienestar sin presión
 
En definitiva, como concluye la Dra. Petratti, los periódos de vacaciones “no deberían ser una batalla entre el disfrute y la restricción. El bienestar no es blanco o negro, no se trata de hacer todo ‘perfecto’ ni de dar rienda suelta sin medida a hábitos alimenticios perjudiciales. La salud es un proceso, no una lista de reglas”.
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
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lunes, 21 de octubre de 2024

Lo que supone hablar en público

(AZprensa) Hablar en público es una oportunidad para transmitir a muchas personas al mismo tiempo tus mensajes. Y también es un “marrón” si no estás acostumbrado a hablar en público o no te mueves con soltura cuando te encuentras encima de un escenario con un micrófono en la mano, las luces apuntando a ti, y un auditorio esperando a ver qué les cuentas.
 
Personalmente, cada nueva intervención ante un auditorio suponía para mí un aliciente extra de motivación, un reto por superarme a mí mismo y lograr esa conexión con el público. Los escenarios me atraían y mientras a otros les imponía respeto eso de salir al escenario y, micrófono en mano, dirigirse al auditorio, para mí era un motivo de disfrute y satisfacción, y esa satisfacción se la transmitía al público.
 
Pero, en definitiva, si alguna lección hemos de sacar de lo que he venido compartiendo con vosotros en este blog durante los últimos días, yo la resumiría en tres palabras: ENTRETENER, ENSEÑAR y ENTUSIASMAR. ¡Ah! Y por supuesto: ¡SORPRENDER!
 
Y para eso, ya sabes que todo el mundo transmite lo que siente, y si tú no vives ese entusiasmo, no lo podrás transmitir.
 

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jueves, 17 de octubre de 2024

Reglas básicas para hablar en público

(AZprensa) Normalmente, cuando se habla en público, los asistentes son agentes pasivos con tendencia a desconectar del orador a las primeras de cambio, por eso es muy importante mantener tensos los hilos que unen al orador con cada uno de ellos. Para colmo, el orador está en otro plano, allí lejos, subido a un escenario, con un micrófono en la mano o escudado detrás de un atril que más parece un parapeto que le proteja de la audiencia, mientras que el público está sentado confortablemente, escondido en el anonimato... y en la penumbra; sí, porque –al menos en nuestras convenciones- las presentaciones se acompañaban de diapositivas y para poder verlas, era necesaria la penumbra, con un simple foco que iluminase al orador.
 
Consciente de estos inconvenientes, fui aprendiendo –a base de experiencia y de cursos de formación- cómo atraer y mantener la atención. Resumiré algunas reglas básicas:
 
Hay que repartir la mirada. El orador debe dirigirse y mirar al público aunque no lo distinga bien en la oscuridad y la distancia, pero no debe mirar a un único punto sino ir mirando un rato hacia un lado, otro rato hacia otro. De esta forma, cada persona del público sentirá que aquella presentación va con él puesto que de vez en cuando le mira a él personalmente, mientras que si el orador sólo mira a un punto, los que estén en el resto de la sala se sentirán ignorados y desconectarán.
 
El orador no puede permanecer estático, sino que debe moverse por el escenario, y si me apuras, incluso bajando a la platea para caminar por los pasillos y que los asistentes sientan la cercanía y... por qué no decirlo, la intranquilidad por si al llegar hasta ellos les hace alguna pregunta. Pero ese caminar debe ser seguro, tranquilo, estudiado... moverse rápidamente de un lado para otro como pollo sin cabeza captaría la atención pero también provocaría la risa.
 
Aunque se llame “orador” a quien habla, no significa esto que tenga que estar hablando todo el tiempo. Lo primero que debe comprender es la necesidad de hacer pausas. El silencio crea expectación y el ir intercalando algunas pausas hacen que el público se interese en lo que vaya a venir después. Eso sí, tampoco se puede abusar de este recurso porque sería contraproducente.
 
Hay que hablar alto, con voz potente aunque se disponga de micrófono; y pronunciando bien para que se nos entienda. Y lo que es muy importante: la boca debe dirigirse al micrófono. Es muy frecuente que –mientras mantenemos el micrófono estático frente a nuestra boca- giremos la cabeza para mirar a un extremo de la sala o para mirar la pantalla de proyección y entonces la boca dirigirá el sonido lejos del micrófono, aunque lo tengamos muy cerca, con la consecuencia que no se oirá lo que decimos. El micrófono, pues, siempre frente a la boca, no pegado a nuestra mejilla. No obstante, hace años que este problema se ha reducido al proliferar los micrófonos de solapa, pero eso lleva otro problema añadido: ¿Qué hacer con las manos?
 
La expresión corporal, el saber mover las manos, es esencial para una buena comunicación. Está muy feo mantener los brazos caídos o meterse las manos en los bolsillos; tampoco gesticular en exceso. Los brazos y las manos sirven para apoyar algunas de las cosas que decimos y así debemos utilizarlos y ensayar cómo hacerlo. Una ayuda sencilla para estos casos es la de tener siempre algo en la mano, por ejemplo un puntero para indicar de vez en cuando cosas en la pantalla, aunque ¡ojo! (y nunca mejor dicho lo de “ojo”) ¡Cuidado con apuntar con el puntero láser al público, que a más de uno le puede dañar la retina... aparte de hacer el ridículo! También se puede tener o coger de vez en cuando algo relacionado con la presentación: un folleto, un envase de producto, etc.
 

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lunes, 10 de junio de 2024

Si vas a hablar en público, ten esto muy presente

(AZprensa) Esta es una regla muy sencilla para ajustar el discurso que tengas que dar en público al tiempo estipulado. Si quieres ganarte a la audiencia, no te enrolles, la audiencia lo agradecerá, y los que tengan que hablar después de ti, también.
 
Ojalá esta regla llegase a conocimiento de todos aquellos que tienen que hablar en público para que su público disfrute en vez de sufrir con esos discursos interminables que agotan la paciencia y se comen el turno de quienes tienen que hablar después, los cuales siguen sin aplicar, robando el tiempo a los siguientes, dando como resultado que no se cumplen los tiempos establecidos, se suprimen o acortan los tiempos previstos para preguntas de los asistentes, se acorta el tiempo de la pausa del café, se obliga a los últimos ponentes a realizar su presentación resumida y a toda velocidad, y se arruina –en definitiva- lo que podía haber sido una agradable y provechosa jornada.
 
Todos nosotros, en un momento dado, bien sea por motivos profesionales o por celebraciones familiares, hemos tenido que pronunciar algún discurso. Con frecuencia ese discurso lo hemos llevado escrito en un papel que hemos leído o hemos ido consultando mientras hablábamos, pero casi nunca se nos ha pasado por la imaginación la idea de ensayarlo antes y cronometrar cuánto tiempo duraba eso que queríamos decir. El resultado es que, en la mayoría de las ocasiones, lo que iban a ser unos pocos minutos se transforma en unos interminables minutos que desesperan y aburren a la audiencia.
 
Pero no es tan difícil ajustar nuestro discurso a la duración en minutos que se haya acordado. Hay para ello una regla muy sencilla que cualquiera puede aplicar, y es esta:
 
150 palabras escritas equivalen a 1 minuto hablado, aproximadamente.
 
De esta forma evitaremos esa cara de aburrimiento en nuestra audiencia y, lo que es peor, el que el moderador nos meta prisa diciendo que abreviemos, en cuyo caso seguro que nos saltamos lo más importante y empezamos a hablar tan deprisa y a trompicones que nadie entenderá lo que decimos.
 

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martes, 3 de abril de 2018

Si vas a dar un discurso, no te enrolles


(AZprensa) Todos nosotros, en un momento dado, bien sea por motivos profesionales o por celebraciones familiares, hemos tenido que pronunciar algún discurso. Con frecuencia ese discurso lo hemos llevado escrito en un papel que hemos leído o hemos ido consultando mientras hablábamos, pero casi nunca se nos ha pasado por la imaginación la idea de ensayarlo antes y cronometrar cuánto tiempo duraba eso que queríamos decir. El resultado es que, en la mayoría de las ocasiones, lo que iban a ser unos pocos minutos se transforma en unos interminables minutos que desesperan y aburren a la audiencia.

Pero no es tan difícil ajustar nuestro discurso a la duración en minutos que se haya acordado. Hay para ello una regla muy sencilla que cualquiera puede aplicar, y es esta:

150 palabras escritas equivalen a 1 minuto hablado, aproximadamente.

De esta forma evitaremos esa cara de aburrimiento en nuestra audiencia y, lo que es peor, el que el moderador nos meta prisa diciendo que abreviemos, en cuyo caso seguro que nos saltamos lo más importante y empezamos a hablar tan deprisa y a trompicones que nadie entenderá lo que decimos.


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