domingo, 19 de abril de 2026

Dilo sin miedo: “Quiero equivocarme por mí mismo”

(AZprensa) En un mundo saturado de consejos no solicitados, hay una frase que resuena con una lucidez refrescante: “Quiero equivocarme por mí mismo”. Todos hemos sido testigos —o protagonistas— de esa escena tan habitual: alguien cuenta un problema, una decisión difícil o un error reciente, y de inmediato surge el coro de voces ajenas. “Tenías que haber hecho esto”, “yo en tu lugar habría…”, “lo correcto era…”. La cantinela se repite una y otra vez, como si la vida fuera un examen con respuestas oficiales y nosotros, simples correctores dispuestos a puntuar los fallos ajenos. Pero ¿y si el verdadero derecho de cada persona fuera precisamente el de cometer sus propios errores? 

La idea no es nueva, aunque sí incómoda para muchos. Equivocarse forma parte inseparable del aprendizaje humano. Cada tropiezo, cada decisión que sale mal, cada camino que elegimos y que luego lamentamos, va construyendo nuestra experiencia, nuestro criterio y, en última instancia, nuestra identidad. Cuando alguien nos arrebata ese espacio al decirnos “cómo tendríamos que haber actuado”, nos está privando, sutilmente, de la oportunidad de crecer a nuestra manera.
 
“No le digas a los demás cómo tienen que equivocarse”. La frase, directa y casi provocadora, encierra una profunda defensa de la autonomía personal. Porque equivocarse por uno mismo no es masoquismo ni irresponsabilidad: es la única forma auténtica de madurar. Los errores ajenos pueden servir de ejemplo, sí, pero nunca sustituyen a los propios. La sabiduría que realmente cala es la que se paga con caídas propias, no con sermones ajenos.
 
En una época en la que las redes sociales han convertido el consejo gratuito en deporte olímpico, esta reflexión invita a una saludable pausa. Antes de soltar el clásico “yo hubiera hecho…”, quizá valga la pena preguntarse: ¿realmente estoy ayudando, o solo estoy disfrutando de la cómoda posición de quien juzga desde la grada?
 
Dejar que los demás se equivoquen por sí mismos no significa indiferencia ni abandono. Significa respeto. Respeto a su proceso, a su ritmo y a su derecho inalienable a tropezar y levantarse con sus propias lecciones. Al fin y al cabo, la vida no es un guion que se pueda corregir con comentarios al margen. Es un camino que cada uno debe recorrer —y a veces derrapar— en primera persona.
 
Quiero equivocarme por mí mismo. Quizá esta sea una de las declaraciones de independencia más honestas y necesarias de nuestro tiempo.
 

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