(AZprensa)
Hoy vamos a hablar del controvertido experimento de Cleve Backster. En febrero
de 1966, en un laboratorio improvisado en Nueva York, un experto en polígrafos
de la CIA decidió, por capricho, conectar un detector de mentiras a una planta
de oficina. Lo que ocurrió a continuación cambió su vida y desató una de las
polémicas científicas más fascinantes del siglo XX: ¿tienen las plantas
conciencia, emociones o incluso la capacidad de percibir intenciones humanas?
El protagonista de esta historia es Grover Cleveland "Cleve" Backster (1924-2013), un especialista en interrogatorios que trabajó para la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y fundó su propia escuela de detección de mentiras. Backster no inventó el polígrafo —como a veces se dice erróneamente—, pero sí perfeccionó técnicas como la "Prueba de Comparación de Zonas de Backster", aún usada en algunos contextos forenses.
Todo comenzó una madrugada del 2 de febrero de 1966. Backster, trabajando hasta altas horas en su oficina, conectó electrodos de un polígrafo a las hojas de una drácena (Dracaena massangeana), una planta común de interior que su secretaria había comprado para decorar el lugar. Inicialmente, quería medir cuánto tardaba el agua en subir desde las raíces hasta las hojas. Pero lo que vio en el gráfico lo dejó perplejo: la planta mostraba variaciones eléctricas similares a las de un humano bajo estrés.
Para provocarle "ansiedad" a la planta, Backster pensó en quemar una hoja con una cerilla. No llegó a encenderla ni a tocarla: solo imaginó la llama. En ese preciso instante, el polígrafo registró un pico intenso, como si la planta hubiera "detectado" la amenaza inminente. Backster repitió variaciones: cuando fingía intención de daño, la planta reaccionaba; cuando encendía la cerilla sin ánimo de quemar, no pasaba nada.
Backster bautizó este fenómeno como "percepción primaria": la idea de que todas las células vivas —no solo las plantas— poseen una forma básica de sensibilidad que les permite responder a pensamientos, emociones e intenciones humanas, incluso a distancia. Extendió sus experimentos a yogur, huevos, bacterias e incluso células humanas separadas del cuerpo, afirmando que todo respondía de forma similar.
Sus hallazgos se popularizaron enormemente gracias al libro “La vida secreta de las plantas” (1973), de Peter Tompkins y Christopher Bird, un bestseller que mezclaba ciencia legítima con ideas esotéricas y que influyó en la cultura New Age, el movimiento hippie y hasta en la Iglesia de la Cienciología (cuyo fundador, L. Ron Hubbard, realizó experimentos similares con tomates).
Enseñanzas: Una interconexión universal
Para Backster y sus seguidores, estos experimentos sugerían profundas lecciones: Todo está conectado; las plantas no solo reaccionan a daños físicos, sino a intenciones emocionales, lo que implicaría una "conciencia celular" compartida por todos los seres vivos.
Si las plantas "sienten" dolor o miedo, deberíamos reconsiderar cómo las tratamos —desde la agricultura hasta tenerlas en casa.
La "percepción primaria" sería una forma de comunicación no verbal, similar a la telepatía, que desafía el materialismo científico.
Estas ideas resonaron en una época de búsqueda espiritual y ecológica, inspirando documentales, música y debates. Sin embargo, la comunidad científica rechazó masivamente las conclusiones de Backster. Intentos de replicación —por universidades como Cornell, laboratorios independientes y hasta el programa de televisión MythBusters en 2005— fallaron sistemáticamente. Usando el mismo modelo de polígrafo (Stoelting 22500), no se observaron respuestas a intenciones humanas ni a eventos como la muerte de camarones en otra habitación (un experimento famoso de Backster).
Hoy, la biología vegetal reconoce que las plantas son extraordinariamente sensibles: responden al tacto, luz, sonidos, químicos y hasta emiten señales de alarma (como volátiles que alertan a otras plantas de ataques de insectos). Pero esto se explica por mecanismos bioquímicos y evolutivos, no por conciencia o percepción extrasensorial.
Cleve Backster dedicó el resto de su vida a estos estudios, publicando “Primary Perception” en 2003. Murió en 2013 convencido de sus descubrimientos, pero marginado por la ciencia. Su anécdota ilustra cómo un experimento casual puede capturar la imaginación colectiva, recordándonos que la naturaleza guarda misterios, pero también que la ciencia exige evidencia reproducible.
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El protagonista de esta historia es Grover Cleveland "Cleve" Backster (1924-2013), un especialista en interrogatorios que trabajó para la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y fundó su propia escuela de detección de mentiras. Backster no inventó el polígrafo —como a veces se dice erróneamente—, pero sí perfeccionó técnicas como la "Prueba de Comparación de Zonas de Backster", aún usada en algunos contextos forenses.
Todo comenzó una madrugada del 2 de febrero de 1966. Backster, trabajando hasta altas horas en su oficina, conectó electrodos de un polígrafo a las hojas de una drácena (Dracaena massangeana), una planta común de interior que su secretaria había comprado para decorar el lugar. Inicialmente, quería medir cuánto tardaba el agua en subir desde las raíces hasta las hojas. Pero lo que vio en el gráfico lo dejó perplejo: la planta mostraba variaciones eléctricas similares a las de un humano bajo estrés.
Para provocarle "ansiedad" a la planta, Backster pensó en quemar una hoja con una cerilla. No llegó a encenderla ni a tocarla: solo imaginó la llama. En ese preciso instante, el polígrafo registró un pico intenso, como si la planta hubiera "detectado" la amenaza inminente. Backster repitió variaciones: cuando fingía intención de daño, la planta reaccionaba; cuando encendía la cerilla sin ánimo de quemar, no pasaba nada.
Backster bautizó este fenómeno como "percepción primaria": la idea de que todas las células vivas —no solo las plantas— poseen una forma básica de sensibilidad que les permite responder a pensamientos, emociones e intenciones humanas, incluso a distancia. Extendió sus experimentos a yogur, huevos, bacterias e incluso células humanas separadas del cuerpo, afirmando que todo respondía de forma similar.
Sus hallazgos se popularizaron enormemente gracias al libro “La vida secreta de las plantas” (1973), de Peter Tompkins y Christopher Bird, un bestseller que mezclaba ciencia legítima con ideas esotéricas y que influyó en la cultura New Age, el movimiento hippie y hasta en la Iglesia de la Cienciología (cuyo fundador, L. Ron Hubbard, realizó experimentos similares con tomates).
Enseñanzas: Una interconexión universal
Para Backster y sus seguidores, estos experimentos sugerían profundas lecciones: Todo está conectado; las plantas no solo reaccionan a daños físicos, sino a intenciones emocionales, lo que implicaría una "conciencia celular" compartida por todos los seres vivos.
Si las plantas "sienten" dolor o miedo, deberíamos reconsiderar cómo las tratamos —desde la agricultura hasta tenerlas en casa.
La "percepción primaria" sería una forma de comunicación no verbal, similar a la telepatía, que desafía el materialismo científico.
Estas ideas resonaron en una época de búsqueda espiritual y ecológica, inspirando documentales, música y debates. Sin embargo, la comunidad científica rechazó masivamente las conclusiones de Backster. Intentos de replicación —por universidades como Cornell, laboratorios independientes y hasta el programa de televisión MythBusters en 2005— fallaron sistemáticamente. Usando el mismo modelo de polígrafo (Stoelting 22500), no se observaron respuestas a intenciones humanas ni a eventos como la muerte de camarones en otra habitación (un experimento famoso de Backster).
Hoy, la biología vegetal reconoce que las plantas son extraordinariamente sensibles: responden al tacto, luz, sonidos, químicos y hasta emiten señales de alarma (como volátiles que alertan a otras plantas de ataques de insectos). Pero esto se explica por mecanismos bioquímicos y evolutivos, no por conciencia o percepción extrasensorial.
Cleve Backster dedicó el resto de su vida a estos estudios, publicando “Primary Perception” en 2003. Murió en 2013 convencido de sus descubrimientos, pero marginado por la ciencia. Su anécdota ilustra cómo un experimento casual puede capturar la imaginación colectiva, recordándonos que la naturaleza guarda misterios, pero también que la ciencia exige evidencia reproducible.
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