martes, 13 de enero de 2026

El poeta de los muertos que ardió en la posguerra

(AZprensa) José Luis Hidalgo (1919-1947). En la pequeña localidad de Torres, próxima a Torrelavega (Cantabria), nació el 10 de octubre de 1919 José Luis Francisco Hidalgo Iglesias, un poeta y pintor cuya breve existencia dejó una huella indeleble en la literatura española de posguerra. Huérfano de madre a los nueve años, esta temprana pérdida marcó profundamente su sensibilidad y se convirtió en uno de los hilos conductores de su obra, impregnada de una honda meditación sobre la muerte, el tiempo, Dios y la condición humana.
 
La infancia y juventud de Hidalgo transcurrieron en Torrelavega, donde ya a los quince años comenzó a publicar textos en prosa y verso en el semanario local El Impulsor. La Guerra Civil Española irrumpió en su vida como un corte brutal: trabajó como maestro en Santander y profesor auxiliar de Dibujo en el instituto de Torrelavega, y en 1938 fue movilizado en el bando franquista, donde desempeñó la dolorosa tarea de censar a los caídos en los frentes de Extremadura y Andalucía. Esta experiencia con la muerte masiva dejó una huella indeleble en su conciencia poética.
 
Al finalizar la contienda, Hidalgo se trasladó a Valencia, donde completó estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Carlos (1943). Allí conoció a poetas como Ricardo Blasco y Jorge Campos, con quienes editó la revista Corcel, y mantuvo una amistad decisiva con José Hierro, figura clave de la «Quinta del 42» santanderina. También frecuentó tertulias literarias y participó en la vida cultural de la época. En Madrid, conoció a Vicente Aleixandre, cuya influencia fue fundamental en su maduración poética.
 
Aunque cultivó la pintura (con exposiciones en el Ateneo de Santander y participación en la Olimpiada Popular de Barcelona de 1936), fue en la poesía donde Hidalgo alcanzó su mayor intensidad. Su trayectoria muestra una evolución vertiginosa: desde unos inicios vanguardistas y metafóricos en obras juveniles como Pseudopoesías (1936), Las luces asesinadas y otros poemas (1938) o Mensaje hasta el aire (1938), hasta una voz existencial más desnuda y esencial en sus libros publicados en vida.
 
En 1944 apareció Raíz (Valencia, Cosmos), obra que recibió mención honorífica en el Premio Adonais junto a nombres como Carlos Bousoño, Blas de Otero y José María Valverde. Este libro, de imaginería telúrica (relacionada con lo subterráneo y las raíces), explora la conexión indisoluble entre vida y muerte, con un lenguaje que ya anuncia la gran preocupación metafísica del autor.
 
Un año después, en 1945, publicó Los animales (Santander, Proel), un breve pero intenso bestiario poético de solo once poemas. En ellos, Hidalgo observa a las criaturas —toros, sapos, lagartos, caballos— desde una perspectiva casi extrahumana, celebrando su inocencia, su comunión con la naturaleza y su serenidad ante el paso del tiempo, en contraste con la angustia del ser humano.
 
Su obra culminante y más conocida, Los muertos (Madrid, Adonais, 1947), se convirtió en un hito de la llamada «poesía desarraigada» o existencial de posguerra, junto a títulos como Hijos de la ira de Dámaso Alonso. Escrito entre 1944 y 1946, este libro —dividido en cuatro partes— constituye una meditación agónica sobre la muerte, el silencio de Dios, el tiempo y la búsqueda desesperada de sentido. El poeta desciende al mundo de los muertos, increpa al Creador y se enfrenta al vacío con una intensidad que recuerda a Unamuno y a la tradición mística española.
 
Tristemente, la tuberculosis que padecía desde 1946 se agravó. Trasladado al sanatorio de Chamartín de la Rosa (Madrid), Hidalgo trabajó febrilmente en la ordenación y corrección de Los muertos con ayuda de amigos como José Hierro, Vicente Aleixandre y Ramón de Garciasol. Murió el 3 de febrero de 1947, a los 27 años, apenas días antes de que el libro viera la luz.
 
«He nacido entre muertos y mi vida
es tan sólo el recuerdo de sus almas…»
 
Este verso de Los muertos resume la obsesión central de su poesía: no una premonición romántica de su propia muerte (como a veces se ha interpretado de forma simplista), sino una reflexión profunda y atemporal sobre el límite humano.
 
La obra de José Luis Hidalgo, reunida póstumamente en Obra poética completa (1976, Institución Cultural de Cantabria), sigue siendo una de las voces más originales y desgarradas de la generación de posguerra. Poeta vital y metafísico a un tiempo, último vanguardista de anteguerra y primero de la rehumanización existencial, Hidalgo nos recuerda que la verdadera raíz del hombre se hunde en la conciencia de su finitud. Su llama, aunque breve, continúa ardiendo en la poesía española.
 

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