(AZprensa) Luis y María acudieron esta mañana al banco para solicitar una hipoteca. Al llegar, un empleado les preguntó qué deseaban y, a partir de ahí, no dejaron de pasar de sorpresa en sorpresa.«Pasen aquí, por favor, a nuestra sala de reuniones, y siéntense que en seguida les atiende nuestro director».
«¿Les apetece un café o un refresco?»
«Mientras llega, permítanme que les ofrezca este pequeño obsequio: un libro que hemos editado para nuestros clientes».
Así los fueron envolviendo en halagos y atenciones hasta que apareció el director. Entró, los saludó efusivamente y, sin perder tiempo, se lanzó a una charla animada. Se interesó por su situación familiar, sus inquietudes, sus proyectos, sus opiniones sobre las cuestiones más relevantes de la vida… También les habló de su propia familia, del trabajo en el banco y de lo felices que se sienten todos atendiendo a gente tan maravillosa como ellos.
Al cabo de media hora de abrumadoras muestras de cariño, salieron del banco. Entonces se dieron cuenta de que no habían conseguido nada: no les habían concedido la hipoteca que necesitaban. Eso sí, los habían tratado con la mayor consideración; solo les había faltado despedirse con dos besos.
«¿Qué importa que sigamos sin poder comprar una casa, sin poder iniciar un proyecto de familia? ¡Ya tenemos una nueva y maravillosa familia que son los empleados de este banco, a quienes podremos venir a saludar siempre que queramos!», se dijeron.
PD. —He dicho en el titular que esta historia está basada en hechos reales y, en cierto modo, es así. La escribí en el año 2009 tras escuchar a la que entonces era ministra de Vivienda, Beatriz Corredor, la cual dijo públicamente: «Los bancos deben mirar con cariño a las familias que soliciten una hipoteca». Si los bancos le hubiesen hecho caso, esta historia hubiera podido ser real totalmente.
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