miércoles, 14 de enero de 2026

Los muertos (1947) de José Luis Hidalgo

(AZprensa) Los muertos es la obra cumbre y póstuma de José Luis Hidalgo (1919-1947), publicada en la colección Adonais pocos días después de su muerte por tuberculosis a los 27 años. Considerado uno de los libros más intensos y representativos de la poesía existencial o desarraigada de la inmediata posguerra española, se sitúa junto a títulos como Hijos de la ira de Dámaso Alonso como expresión máxima del dolor, la angustia y la búsqueda de sentido en un mundo marcado por la guerra, el silencio de Dios y la conciencia radical de la finitud.
 
Estructura del libro
 
El volumen está organizado en cuatro partes bien definidas, que trazan una progresión dramática y teológica, casi como un itinerario descendente hacia la nada:
Primera parte: Exposición del tema. Presenta a los muertos en diferentes ámbitos (bajo el agua, en el aire, bajo las nubes, los amigos muertos…). Es una contemplación inicial, casi elegíaca, de los caídos —muchos de ellos víctimas de la Guerra Civil— y su presencia espectral en el mundo de los vivos.
Segunda y tercera partes: Las más agresivas y conflictivas. El poeta se enfrenta directamente a Dios, increpándolo con preguntas desgarradoras. Hay momentos de esperanza fugaz, pero la duda regresa con violencia, en una agonía de corte unamuniano: rebelión, blasfemia contenida, súplica y nuevo silencio.
Cuarta parte: Precipitación hacia la Nada. Aceptación resignada (o desesperada) del vacío, aunque con una tenue apuesta final por la memoria y la pervivencia en otros.
 
Esta estructura no es casual: el libro se concibe como un todo unitario —«libro y no casual junta de poesías», según Ricardo Gullón—, un discurso coherente sobre la muerte, Dios y el hombre.
 
Temas centrales
 
Los ejes temáticos se entrelazan inseparablemente:
La muerte y los muertos → No es solo la muerte abstracta, sino los muertos concretos, carnales, los que yacen bajo la tierra o el agua. Hidalgo los convierte en protagonistas colectivos. Poemas como «Flores bajo los muertos» o «Muertos bajo el agua» muestran una imaginería poderosa y sensorial: bajo los cadáveres brotan flores blancas y dolorosas; los ahogados reposan bajo el ojo de los peces, sin ver nunca el cielo de los pájaros.
Dios y su silencio → El otro gran polo. El poeta necesita a Dios para dar sentido al sufrimiento, pero solo encuentra silencio. De ahí la tensión dramática: invocaciones, reproches («Pero si Tú no existes, ¿por qué, entonces, / he de dar nombre a mi esperanza?»), luchas jacobinas con el Ángel en la noche. Influencias claras: Unamuno, Kierkegaard, y ecos de la tradición mística española.
El hombre y su condición → El verdadero centro. Hidalgo habla del hombre concreto, desnudo, doliente, «crecido contra todo». La muerte no es solo final, sino condición originaria: «He nacido entre muertos y mi vida / es tan sólo el recuerdo de sus almas…». Hay una fuerte conciencia heideggeriana del ser-para-la-muerte, pero sin la aceptación positiva del filósofo alemán; predomina la angustia y la rebelión.
Tiempo, memoria y esperanza residual → En el final, el poeta apuesta por la pervivencia en la memoria ajena: «Moriré como todos y mi vida / será oscura memoria en otras almas» («Lo fatal»). Es una apuesta neorromántica, casi desesperada, por la poesía misma como forma de resistencia ante la nada.
 
Estilo y lenguaje
 
A pesar de la hondura metafísica, el lenguaje es desnudo, directo, esencial, alejado de la ornamentación vanguardista de sus primeros libros. Predomina la sencillez formal, pero con una gran riqueza simbólica: elementos naturales (tierra, agua, aire, flores, raíces), dualidades ascensional-descensional, imágenes plásticas y sensoriales que acercan la poesía al terreno pictórico (no olvidemos que Hidalgo era también pintor).
 
El tono oscila entre la ternura elegíaca, la rabia existencial y la serenidad resignada. Gonzalo Sobejano lo definió magistralmente: «En José Luis Hidalgo el calor de la propia intimidad angustiada y la esencial serenidad de la forma poética se alían maravillosamente».
 
Recepción y lugar en la historia literaria
 
Desde su aparición, Los muertos fue considerado una cumbre de la posguerra. Poetas como Vicente Aleixandre, Gerardo Diego o Dámaso Alonso lo valoraron como la voz más profunda de su generación. Críticos posteriores (Gonzalo Sobejano, José Manuel González Herrán, Juan Antonio González Fuentes) lo sitúan como contrapunto a la «poesía arraigada» oficial del régimen, y como puente entre la tradición meditativa española (Unamuno, Machado) y las corrientes existenciales europeas.
 
No es un libro de premonición autobiográfica (aunque la muerte del autor pocos días antes de la publicación lo convirtió en mito), sino una meditación atemporal sobre el límite humano, escrita cuando Hidalgo aún se sentía vital y optimista (los poemas datan mayoritariamente de 1944-1946).
 
En definitiva, Los muertos no es solo el testimonio de un poeta que se sabía mortal; es una de las experiencias más radicales y conmovedoras de la poesía española del siglo XX: el grito de un hombre joven que, ante el silencio ensordecedor del universo, se atreve a preguntar, a blasfemar, a suplicar y, finalmente, a aceptar que la única eternidad posible es la oscura memoria que dejamos en los demás. Setenta y nueve años después (1947-2026), su llama sigue ardiendo.
 

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