miércoles, 22 de abril de 2026

Todo va demasiado deprisa

Los jóvenes nacen sabiendo. Los mayores aprendemos a duras penas. Y cuando por fin dominamos esa tecnología, el dispositivo ya es una antigüedad. Bienvenidos al ciclo sin fin de la obsolescencia feliz. 

(AZprensa) Qué duda cabe de que los jóvenes ya nacen con una habilidad innata para manejar cualquier artilugio electrónico que se cruce en su camino. Con los mayores ocurre exactamente lo contrario: cada aparatito nuevo que sale al mercado representa una curva de aprendizaje que, dependiendo del modelo y del estado de nuestras neuronas, puede oscilar entre la tarde del sábado y varias semanas de sufrimiento silencioso. De ahí que recurramos a ellos con cierta frecuencia —y con toda la humildad que la situación exige— para que nos expliquen cómo funciona tal o cual función del dichoso cacharro.
 
El problema es que los jóvenes son pésimos maestros. No por mala voluntad, sino por exceso de capacidad: lo que para ellos es tan obvio como respirar, para nosotros es neurocirugía. Su respuesta pedagógica invariablemente consiste en lo siguiente: agarrar el aparato, mover los dedos a una velocidad que haría palidecer a un ilusionista de circo, y anunciar triunfalmente «¡Es muy fácil: así, así y así! ¡Ya está!». En ese intervalo de uno o dos segundos —que es todo lo que dura la clase magistral— el alumno no ha podido ver absolutamente nada. Los dedos se mueven a tal velocidad, y tapando además las diminutas teclas, que seguir la explicación es tan factible como leer un libro que alguien agita delante de tus ojos. Resultado: te quedas exactamente igual que al principio, pero con el añadido de haberle dado las gracias por la ayuda.
 
«Seis meses de antigüedad en tecnología equivalen, en términos de presión social, a llegar a una fiesta con un teléfono de disco colgado al cuello.»
 
El manual, la victoria y la condena
 
Es entonces cuando uno decide tomar el asunto por su cuenta y recurrir al manual de instrucciones. Ese documento que nadie lee, que los jóvenes consideran una reliquia arqueológica y que los mayores abordamos con una lupa y la determinación de quien se enfrenta a una oposición de notarías. Tras muchas horas de estudio, muchas semanas de práctica y algún que otro momento de duda existencial, uno acaba manejando el aparato con una soltura que, sin ser la de un nativo digital, al menos permite desenvolverse sin llamar a nadie.
 
Y justo en ese momento —justo cuando uno se sienta a disfrutar del logro con la tranquilidad del alpinista que alcanza la cima— empieza el bombardeo. Los anuncios, los comentarios, la presión social y la maquinaria comercial se conjuran para recordarte que ese aparato que acabas de dominar es, a todos los efectos prácticos, una antigüedad.
 
Cualquier cosa que tenga más de seis meses ya no es tecnología: es folclore. Ha salido el nuevo modelo, con funciones que no necesitas, en un diseño ligeramente distinto al anterior y a un precio que invita a la reflexión filosófica. Si no lo compras —te dicen, con la sutileza de un martillo neumático— no podrás ser feliz. La sociedad te mirará con una mezcla de lástima y reprobación. Tus amigos cambiarán de tema cuando te vean sacar esa “reliquia”, y tus hijos y nietos se avergonzarán.
 
Y uno, al que tanto trabajo le ha costado aprender lo básico de ese aparatito, se pregunta si no hubiera sido mejor haber nacido veinte años después. O en su defecto, no haber prestado atención a los anuncios ni a la presión social.
¡Qué cosas…!
 
Imagen: Murales de arte urbano del artista Román Linacero (alias “Sr. Momán”) en el pueblo Navas de la Asunción.
 

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