(AZprensa) La noticia que hoy os vamos a contar es
totalmente cierta, aunque quizás parezca el guion de una comedia rosa de
ciencia ficción. Hace poco, la agencia espacial china envió cuatro ratones a la
estación espacial Tiangong a bordo de la Shenzhou-21. El plan: dejarlos dos
semanas flotando en microgravedad, expuestos a radiación cósmica y a un
ambiente más confinado que un piso de estudiantes, para estudiar cómo afecta
todo eso a su comportamiento. Lanzamiento el 31 de octubre de 2025. Regreso el
14 de noviembre. Todo según lo previsto... o casi. Porque cuando los ratones
regresaron a la Tierra y los científicos abrieron las jaulas, empezaron a
contar y algo no cuadraba: uno, dos, tres... ¡y una hembra con barriguita
sospechosa! Resultado: enviaron cuatro ratones y volvieron unos cuantos más.
La afortunada —a la que ya le han puesto nombre de
estrella, como Wangtian o algo así— no solo sobrevivió al viaje espacial sin
dramas, sino que aprovechó el viaje para otros menesteres menos científicos.
Poco después de su regreso, el 10 de diciembre, dio a luz nueve ratoncitos
sanos. O sea: la ingravidez no solo no les quitó las ganas... ¡parece que les
dio un plus de romanticismo orbital! Los ratones no perdieron el tiempo en el
espacio sino que lo aprovecharon al máximo, demostrando que la microgravedad no
es obstáculo para el amor... o al menos para lo que viene después.
Los científicos, muy formales, hablan de "avance
invaluable para entender la reproducción mamífera en entornos espaciales"
y "datos clave para futuras colonias en la Luna o Marte". Pero a
nosotros nos surge una pregunta: ¿La ingravidez no supone ningún obstáculo para
el sexo… o quizás resulta un aliciente en el que no habíamos reparado? Porque
si resulta que es esto último, creo que va a ser un gran negocio eso de los
viajes espaciales para turistas.
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