Cada año, con la
feria del arte contemporáneo, ARCO, vuelve también el asombro, la perplejidad y
esa inevitable sensación de que nos están tomando el pelo a tamaño industrial.
Tú mismo lo podrás comprobar cuando llegue la próxima edición.
(AZprensa) Pasearse por
los pabellones contemporáneos es adentrarse en un territorio donde la lógica se
suspende. En el apartado de escultura, por ejemplo, uno puede extasiarse —si es
que cabe el término— ante unas humildes cajas de cartón apiladas con desgana en
una esquina. Obras de «arte» con semejante factura e inspiración estética que
pueden contemplarse, por decenas y completamente gratis, en cualquier nave de
cualquier polígono industrial de España. En la sección de pintura la tónica no
desentona: lienzos donde alguien ha lanzado un par de botes de pintura o ha
dado unos brochazos violentos, probablemente con los ojos cerrados y un lunes
por la mañana.
La coartada de
los críticos
Lo
divertido —o trágico, según se mire— no es solo lo que se expone, sino el
aparato ideológico que se monta a su alrededor. Es entonces cuando irrumpen los
«críticos» de arte. Con gesto doctoral y la chequera intelectual por delante,
se colocan ante el mamarracho de turno para ensalzar sus virtudes ocultas y
tratar de explicarnos, mediante un galimatías incomprensible de términos
filosóficos, lo que el artista supuestamente pretendía transmitir.
Nos
explican que esas cajas de cartón de embalaje son una profunda reflexión sobre
la caducidad del capitalismo tardío y que los brochazos ciegos representan el
vacío existencial del individuo posmoderno.
Pero
la realidad, tozuda y limpia, suele encargarse de poner las cosas en su sitio
con una frecuencia admirable. No falla: cada cierto tiempo salta a los
informativos la noticia de que una avispada señora de la limpieza ha tirado a
la basura una de estas «obras maestras». Y lo hace con total lógica, porque para
ella —y para cualquier ser humano dotado de sentido común— aquello no era más
que un residuo que algún despistado había dejado olvidado en medio del pasillo.
La dictadura del
emperador desnudo
El
arte auténtico, el que ha conmovido a la humanidad a lo largo de los siglos, no
necesita manual de instrucciones ni coartadas teóricas. Una catedral gótica,
una melodía de Chopin, un lienzo de Velázquez o una escultura clásica te
atraviesan el alma de inmediato, sin necesidad de que un enterado te susurre al
oído lo que debes sentir.
Con
el arte contemporáneo de salón ocurre lo contrario: si te tienen que explicar
que eso es arte, es que no lo es. Es pura tomadura de pelo, un ejercicio de
esnobismo elevado a la categoría mercantil donde el único valor real es el
marketing y la osadía de ver quién es capaz de colar la mayor excentricidad a
un comprador con más dinero que criterio. Menos mal que siempre nos quedará el
sentido común de las limpiadoras para recordarnos que la basura, por mucho que
se ponga sobre un pedestal, sigue siendo basura.
PD.-
En la imagen una “obra de arte” que acabó en la basura cuando la empleada de la
limpieza lo confundió con la basura acumulada después de una fiesta.
La melodía permanece
https://a.co/d/0cMf3W5c
La melodía permanece
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