(AZprensa) Berta Singerman, conocida como la lira
viviente, fue la primera y única recitadora profesional de poesía en el
continente americano, una figura única en la historia cultural de habla
hispana. Nacida en 1901 en Minsk (entonces parte del Imperio Ruso) y emigrada
muy niña a Buenos Aires, transformó la declamación poética en un arte escénico
de masas, interpretando con pasión y maestría a los grandes poetas modernistas
y de vanguardia: Pablo Neruda, Rubén Darío, Federico García Lorca, Gabriela
Mistral, Juan Ramón Jiménez y muchos otros. Su voz, su gestualidad y su
capacidad para transmitir el alma de los versos la convirtieron en un fenómeno
que llenaba teatros, plazas y hasta estadios, llevando la poesía a públicos que
rara vez accedían a ella de otra forma.
Uno de aquellos momentos inolvidables tuvo lugar en el
Teatro Español de Madrid, el coliseo centenario de la calle Príncipe, cuando
Berta Singerman ofreció un recital que marcó a fuego la memoria de quienes lo
presenciaron. El aforo estaba completamente lleno; la platea, los palcos y el
gallinero rebosaban de espectadores, en su mayoría hombres y mujeres de mediana
y avanzada edad, atraídos por la fama internacional de la artista argentina y
por el magnetismo de su repertorio.
Pero en aquella sala vibrante, entre el público culto y
maduro, había un elemento que rompía con lo habitual: un muchacho de apenas 15
años, sentado solo en su butaca, con los ojos y el corazón abiertos de par en
par. Era yo. A esa edad temprana, la poesía ya no era para mí un adorno ni una
asignatura escolar; era parte esencial de mi vida, un refugio y una forma de
entender el mundo. Acudí solo a aquel recital porque sentía que algo profundo
me llamaba. Y no me equivoqué. La voz de Berta Singerman, cargada de fuerza y
sentimiento, llegó directamente al corazón de todos los presentes, pero en mí
resonó con una intensidad casi física. Cada verso de Neruda, cada imagen de
Lorca, cada emoción de Mistral parecía cobrar nueva vida en su interpretación,
como si la poeta misma estuviera allí, respirando entre nosotros.
La emoción vibraba en el ambiente del teatro: un silencio
atento roto por aplausos que estallaban como oleadas, una comunión colectiva
que hacía que el aire se sintiera más denso, más vivo. Aquel recital no fue
solo un espectáculo; fue alimento vital para mi alma joven. Me inspiró, me
animó a seguir escribiendo, a transformar en poemas mis propios sentimientos,
dudas y descubrimientos. La poesía, gracias a Berta, dejó de ser algo que leía
en libros para convertirse en algo que sentía en el cuerpo y en el espíritu.
Han pasado muchos años desde aquella tarde en el Teatro
Español. La vida me llevó por otros caminos: la publicidad y el periodismo me
dieron de comer al cuerpo y me permitieron realizarme profesionalmente como
escritor. Pero la poesía nunca me abandonó; siempre viajó conmigo, aunque solo
le diera de comer al alma. Cada vez que escribo un verso, cada vez que releo a
aquellos poetas que Berta hizo suyos, vuelvo a sentir la vibración de aquella
sala madrileña y la presencia imborrable de la lira viviente.
Berta Singerman no solo recitaba poesía: la liberaba, la
hacía accesible, la convertía en experiencia compartida. Y para un adolescente
solitario en Madrid, aquel recital fue mucho más que arte; fue un empujón
emocional para seguir en un camino del que nunca me aparté.
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