sábado, 17 de enero de 2026

Algo no encajaba en aquél teatro

(AZprensa) Berta Singerman, conocida como la lira viviente, fue la primera y única recitadora profesional de poesía en el continente americano, una figura única en la historia cultural de habla hispana. Nacida en 1901 en Minsk (entonces parte del Imperio Ruso) y emigrada muy niña a Buenos Aires, transformó la declamación poética en un arte escénico de masas, interpretando con pasión y maestría a los grandes poetas modernistas y de vanguardia: Pablo Neruda, Rubén Darío, Federico García Lorca, Gabriela Mistral, Juan Ramón Jiménez y muchos otros. Su voz, su gestualidad y su capacidad para transmitir el alma de los versos la convirtieron en un fenómeno que llenaba teatros, plazas y hasta estadios, llevando la poesía a públicos que rara vez accedían a ella de otra forma.
 
Uno de aquellos momentos inolvidables tuvo lugar en el Teatro Español de Madrid, el coliseo centenario de la calle Príncipe, cuando Berta Singerman ofreció un recital que marcó a fuego la memoria de quienes lo presenciaron. El aforo estaba completamente lleno; la platea, los palcos y el gallinero rebosaban de espectadores, en su mayoría hombres y mujeres de mediana y avanzada edad, atraídos por la fama internacional de la artista argentina y por el magnetismo de su repertorio.
 
Pero en aquella sala vibrante, entre el público culto y maduro, había un elemento que rompía con lo habitual: un muchacho de apenas 15 años, sentado solo en su butaca, con los ojos y el corazón abiertos de par en par. Era yo. A esa edad temprana, la poesía ya no era para mí un adorno ni una asignatura escolar; era parte esencial de mi vida, un refugio y una forma de entender el mundo. Acudí solo a aquel recital porque sentía que algo profundo me llamaba. Y no me equivoqué. La voz de Berta Singerman, cargada de fuerza y sentimiento, llegó directamente al corazón de todos los presentes, pero en mí resonó con una intensidad casi física. Cada verso de Neruda, cada imagen de Lorca, cada emoción de Mistral parecía cobrar nueva vida en su interpretación, como si la poeta misma estuviera allí, respirando entre nosotros.
 
La emoción vibraba en el ambiente del teatro: un silencio atento roto por aplausos que estallaban como oleadas, una comunión colectiva que hacía que el aire se sintiera más denso, más vivo. Aquel recital no fue solo un espectáculo; fue alimento vital para mi alma joven. Me inspiró, me animó a seguir escribiendo, a transformar en poemas mis propios sentimientos, dudas y descubrimientos. La poesía, gracias a Berta, dejó de ser algo que leía en libros para convertirse en algo que sentía en el cuerpo y en el espíritu.
 
Han pasado muchos años desde aquella tarde en el Teatro Español. La vida me llevó por otros caminos: la publicidad y el periodismo me dieron de comer al cuerpo y me permitieron realizarme profesionalmente como escritor. Pero la poesía nunca me abandonó; siempre viajó conmigo, aunque solo le diera de comer al alma. Cada vez que escribo un verso, cada vez que releo a aquellos poetas que Berta hizo suyos, vuelvo a sentir la vibración de aquella sala madrileña y la presencia imborrable de la lira viviente.
 
Berta Singerman no solo recitaba poesía: la liberaba, la hacía accesible, la convertía en experiencia compartida. Y para un adolescente solitario en Madrid, aquel recital fue mucho más que arte; fue un empujón emocional para seguir en un camino del que nunca me aparté.
 

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