(AZprensa) La Historia, esa
asignatura que nos relata nuestro pasado, es mentira. El poder nunca ha dejado
de manipular el relato del pasado a su conveniencia, y en pleno siglo XXI
seguimos viendo cómo los libros de texto, las exposiciones y los discursos
oficiales se ajustan como trajes a medida según quién manda.
En Estados Unidos los libros de texto de historia en
muchos institutos siguen tratando la guerra de Vietnam con una mezcla de
brevedad conveniente y enfoque selectivo. Aunque algunos manuales dedican
páginas al sufrimiento de los soldados americanos y a las protestas, es
habitual que el contexto más incómodo —las mentiras oficiales, los bombardeos
masivos sobre civiles o el papel de las empresas— quede diluido o directamente
suavizado. La narrativa tiende a centrarse en el “infierno” vivido por los
jóvenes estadounidenses, pero no siempre profundiza en por qué se libró esa
guerra ni en sus consecuencias reales para Vietnam. Y mientras, en otros
estados, las oleadas de censura contra libros y currículos han alcanzado
niveles nunca vistos, atacando cualquier contenido que incomode la versión
oficial del pasado.
En Francia, el gran tabú de la colaboración con los nazis
durante la Segunda Guerra Mundial sigue siendo un tema delicado. La redada del
Velódromo de Invierno de 1942 —cuando la policía francesa detuvo a más de
13.000 judíos, incluidos miles de niños, para entregarlos a los alemanes—
aparece en los libros de texto, pero a menudo con un tono que minimiza la
responsabilidad del régimen de Vichy. Hubo progresos en los años 90 y 2000 con
reconocimientos oficiales, pero todavía hoy surgen debates y libros que
intentan “matizar” o relativizar la implicación activa de las autoridades
francesas. Como si el paso del tiempo permitiera seguir puliendo la memoria
nacional para que duela menos.
Y en España… en España cada vez es más evidente el vaivén.
Durante décadas se minimizó o justificó la dictadura de Franco; ahora, con las
leyes de Memoria Democrática, se impulsan catálogos de símbolos para retirar, se
proponen desclasificaciones de archivos y se promueven narrativas que en muchos
casos son igual de parciales, solo que del lado contrario. El Museo del
Ejército y otras instituciones han vivido presiones y censuras según el color
del gobierno de turno. Franco sigue estando presente, sólo que ahora las
referencias que quedan suelen ser caricaturescas o selectivas. Lo que antes se
glorificaba, ahora se demoniza, y viceversa. El resultado es el mismo: una
historia contada a trozos, según convenga al poder de cada momento.
El poder, desde siempre, ha intentado manipular la
historia a su antojo. Ya los antiguos egipcios borraban las estelas y los
cartuchos de los faraones rivales o incómodos —como hicieron con Akhenatón, el
“hereje” que quiso cambiar la religión, o con Hatshepsut— para que pareciera
que nunca habían existido. Damnatio
memoriae, lo llamaban los romanos siglos después: condenar al olvido. Y por
lo que se ve, en 5.000 años no hemos avanzado nada. Seguimos borrando,
reescribiendo, censurando y celebrando según sople el viento político.
La historia es mentira. La de España, también. Y la de
casi todos los países, si rascamos un poco. Porque la historia que nos cuentan
no es lo que pasó, sino lo que los vencedores —o los que mandan hoy— deciden
que recordemos.
Quizá la única forma de acercarnos a la verdad sea leer
con desconfianza, contrastar fuentes diversas y no fiarnos nunca de una sola
versión oficial. Porque si algo no ha cambiado en estos años es esto: el que
controla el relato del pasado, suele controlar también el presente.
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/
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