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domingo, 26 de marzo de 2023

Hispanidad: Desmontando la leyenda negra

(AZprensa) La frase que he puesto como titular no la ha pronunciado ningún facha, ni siquiera ningún español, sino un mexicano que está luchando contra la mentira oficial que quieren imponernos. A través de sus artículos, entrevistas y conferencias, Gustavo Arboleda habla claro, y con profundo conocimiento de los hechos, de lo que supuso la llegada de los españoles al continente americano y nos muestra las diferencias con otros países y con los mismos nativos. Juzxga tú mismo a la vista de este artículo:
 
“Si hay algo que nos da estudiar a los aztecas, a los mayas, a las tribus prehispánicas, es un entendimiento básico de cómo fue el neolítico, y la conclusión a la que llega cualquier persona que aspire a un mínimo de objetividad, es que el neolítico fue un período de crueldad extrema, al menos en Mesoamérica.
 
En este lugar desde donde te estoy contestando esta pregunta, hoy está repleto de bares y restaurantes, de gimnasios, consultorios médicos, jardines y parques y muchas casas donde vive gente que lo que más quisiera es no tener nunca que enfrentar ninguna forma de violencia. Pero hace 600 años, aqí­, en este mismo lugar, habitaban un montón de tribus que se pasaban los siglos peleándose a muerte entre sí­. Y de todas ellas, la tribu dominante, los mexicas, era extremadamente sangrienta y llevaba la crueldad a extremos difíciles de imaginar ahora, incluso para el habitante de un país en guerra.
 
Los arqueólogos hablan de entre 30,000 a 80,000 sacrificios humanos por año realizados por los mexicas. Sacrificios, dicen. Estamos hablando de asesinatos en los que a cada víctima se le sacaba el corazón, mientras la víctima estaba viva. Luego, el sacrificado moría por supuesto, y era comido. Canibalismo para alimentar a una clase de nobles, sacerdotes y generales de unas 1500 personas.
 
Eso fue la vida en lo que hoy es México.
 
Lo aterrador de todo esto evita que me pueda burlar de quienes lo defienden. De los románticos que dicen que los españoles vinieron a quitarnos nuestras tradiciones. No puedo burlar porque esto no puede mover a la risa. Estamos hablando de ríos de sangre, de decenas y decenas de miles de guerreros, niños y doncellas asesinadas en cuestión de días para satisfacer una casta de infames.
 
Es inexplicable la condescendencia de los indigenistas. «Eran sus tradiciones», «los inquisidores tampoco eran unos santos». Carajo, qué miopía es la que no puede ver en ello la que puede ser considerada la máxima aberración de la historia humana.
 
Hay una película premiada, estupenda, que se llama «Retorno a Aztlán». Es mexicana, está en náhuatl. Es una joya. Véanla.
 
Bueno, pues eso era la vida por acá.
 
Llegaron los españoles. Llegó Cortés con 300 hombres, 13 caballos muertos de hambre y algunos arcabuces. Entendió en unos cuantos días lo que las tribus subyugadas no habían podido entender en 200 años.
 
Vini, vidi, vinci.
 
Vio, negoció, convenció. Se hizo de aliados, tejió un plan. Peleó, perdió, resistió. Consiguió refuerzos que no llegaron a sumar 1000 españoles. Invadió una ciudad que en ese momento tenía al menos una población de un millón de mexicas. Sólo la clase militar tení­a más de 1,500 generales.
 
Como decía Luis González de Alba: Si este paí­s hubiera sido conquistado por los trescientos españoles de Cortés, con diez caballos hambreados y unos arcabuces viejos, vergüenza debería de darnos andarlo diciendo.»
 
Y, sí­, Cortés jugó bien sus cartas, con maestría, y la destrucción de Tenochtitlan la realizaron miles de indígenas aliados a él que entraron con la furia y el odio de los humillados con la brutal ferocidad mexica.
 
Lo que hizo España fue que en una sola generación, esos indígenas que vivían en la edad de piedra, en la más brutalidad más feroz, se instalaron en pleno renacimiento.
 
Se pusieron a construir catedrales, a hacer puentes, puertos, caminos, astilleros. Esos indígenas que no pasaban de hacer canoas, se volvieron constructores de barcos.
 
Universidades, hospitales, plazas, acueductos.
 
La América Novohispana tuvo a algunos de los mejores tipógrafos del mundo, en un lugar donde hasta apenas unas décadas atrás, no existía la escritura.
 
La Nueva España se convirtió en el centro de la primer globalización transoceánica, la primera gran globalización.
 
Comerció con la India, Indonesia y Filipinas. Abolió la esclavitud de los indígenas y más tarde de los negros. Dio a sus ciudadanos indígenas algo que nunca habían tenido: Derechos. Los hizo súbditos de la corona de Castilla y les reconoció las obligaciones y derechos de los súbditos peninsulares.
 
Contrario a lo que se dice, España no realizó la evangelización forzada. Ésta fue prohibida por la Reina Isabel. Se convirtieron al cristianismo los que quisieron, y ni modo, si a los entusiastas del indigenismo les duele, tendrán que sobarse, porque eso está documentado.
 
¿Y cómo no se iban a convertir, si sus dioses los habían abandonado? Tanto pinche sacrificio humano, y a la mera hora sus nobles y sacerdotes acojonándose. Y que conste que no lo digo nomás yo. Al Moctezuma su pueblo mismo le pegó una pedrada, por cobarde.
 
Siglo XVIII y la Nueva España es una provincia floreciente, próspera, que paga sus impuestos, que defiende sus fronteras, que tiene una flota que hace correr a los ingleses, que tiene jueces, tribunales, que imprime libros y partituras, que desarrolla ciudades hermosas que aún están en pie.
 
Las cosas no duran para siempre. Los conflictos en Europa y la mala leche de los ingleses contra los españoles, terminó por de debilitar a ese gran imperio español, que mantuvo su hegemonía por 300 años. Vinieron los movimientos de independencia y el inicio de una nueva era, que también ha dado sus frutos, que también ha tenido sus logros, aunque viéndola desde adentro a algunos les parezca que merecemos mejor fortuna.
 
Ni modo, la historia es la que es. No sé si realmente la merezcamos. En lo individual, habrá quien la merezca. Como países, tras las guerras de independencia han sido muchas las veces que hemos fallado al defender nuestros intereses. La voracidad de Estados Unidos nunca ha sido fácil de enfrentar.
 
Pero de ese pasado novihispano, si somos honestos no nos queda más que reconocer que España emprendió la mayor aventura en términos de civilización que se haya logrado.
 
Un brinco del neolítico al renacimiento en una sola generación, no está nada mal.
 
Hispanoamérica no necesita un psicoanálisis colectivo para hacer las paces con su pasado. Necesita una clase política que deje de buscar chivos expiatorios para justificar sus fracasos, y aprender a leer su historia aspirando a la mayor objetividad.
 
La hispanidad es lo mejor que le pudo haber pasado a América, y aún hoy, a 500 años de la conquista, su importancia es crucial para oponerse a otras visiones del mundo, que ésas sí­ que son puritanas, xenófobas, racistas, segregacionista, intolerantes y autoritarias.
 
Gustavo Guardiola, mexicano e hispanista”.
 


“Biblioteca Fisac”: 

martes, 21 de marzo de 2023

Historia de España sin complejos

(AZprensa) Gustavo Guardiola es, como él se define, mexicano e hispanista, y está luchando a través de sus escritos, entrevistas y conferencias, contra aquellos que fomentan la “leyenda negra” española ocultando todo lo positivo que hizo España y su enorme contribución a la hermandad de las naciones y al progreso. ¡Quién nos lo diría! ¡Tiene que ser un mexicano quien nos diga que los españoles tenemos que estar orgullosos de nuestra historia!
 
Como ejemplo, aquí comparto este escrito suyo:
 
«De qué están orgullosos los españoles.
 
No soy español. Te contesto como mexicano.
España es la nación imprescindible.
El mundo tiene forma de mundo porque España lo hizo. Los gringos son algo celosos y la historia de la hispanidad les encabrona, porque hay medallas que no se pueden colgar.
¿Quién descubrió que el mundo era el mundo? Pues eso. Pero a diferencia de los ingleses que tienen una voracidad que asusta, el español es un pueblo tolerante y se planteó el proyecto más importante de la historia: Crear una Nueva España. Un reino renacentista con calles que en esa época eran modernas, con acueductos, con hospitales y universidades.
Hay un antes y un después, y el ¡Tierra a la vista! lo gritó Rodrigo de Triana.
Ahora nos enoja que no quepan 3 autobuses en esas calles renacentistas, pero eso le abrió la puerta a la modernidad, a la de hoy, a la que vivimos tú y yo.
Mira, esas cosas difícilmente salen bien. España lo hizo funcionar por 300 años. No es poca cosa. La ONU no lleva ni un siglo y ya hace agua por todas partes. La OMS no puede dar más pena. Nuestras democracias llevan menos de 200 años y ya no sabemos cómo parcharlas.
Pero hay un país, chiquito, ahí colindando con África, en donde vive una mezcla de godos con gitanos con moros y judíos, todo mezclado, que se fue por el mundo a difundir su cultura, su lengua, a instaurar sus instituciones y a compartir su sentido del humor y una cierta manera de ver el mundo.
De este lado del charco, esa manera de ver el mundo es la mía, y si hablas español, también es la tuya al menos en parte.
Ahora imagínate que el mundo viviera el monopolio de la cultura inglesa, con su apartheid, sus reservaciones indígenas y sus campos de algodón.
¿Cómo putas no va a tener España de qué estar orgullosa? Italia podría haberlo hecho, pero no lo hizo. Holanda y Bélgica, tan tolerantes para unas cosas, tan abiertos y tan cachas, fueron un horror. Qué bueno que no pudieron ir más lejos, porque no habido brutalidad más cabrona que la de Bélgica. ¿Inglaterra? No, no jodan.
Y aquí estamos nosotros. Inventando leyendas negras para darnos palmadas en la espalda y decirnos que no somos tan pendejos y que la culpa es de otros. Bueno, compartimos con España el gen de la pendejez política, pero de los males el menor. Tampoco las tribus prehispánicas eran miel sobre hojuelas. Ahí sí, ni los belgas le ganaban a los aztecas cuando se trata de brutalidad.
España no tiene la eficiencia del norte de Europa pero tampoco su rapacidad ni su pedantería. Más aventureros que los alemanes, menos culeros que los ingleses; más diligentes que los italianos, menos pretenciosos que los franceses. Y más mezclados y tolerantes que todos, desde el Cáucaso hasta Gibraltar. Más, menos; más, menos.
Gustavo Guardiola».


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