(AZprensa) La fuerza más poderosa del mundo es el amor en
su más amplio sentido de la palabra. Leía el otro día un antiguo poema del
poeta español José Luis Hidalgo (1919-1947) lleno de desesperanza:
Si supiera, Señor, que Tú me esperas,
en el borde implacable de la muerte,
iría hacia tu luz, como una lanza
que atraviesa la noche y nunca vuelve.
Pero sé que no estás, que el vivir sólo
es soñar con tu ser, inútilmente,
y sé que cuando muera es que Tú mismo
será lo que habrá muerto con mi muerte.
Y después de leerlo recordé que yo también había escrito hacía
ya muchos años la contestación a este poema, contraponiendo la fuerza y el
poder inmenso del amor como el más dichoso camino de redención para nuestra
alma. Este era el poema con el que le contesté a tan admirado y querido poeta:
Si supiera, Señor, que aquí se acaba
la fe que ha levantado mi promesa
de no abandonar lo que me has dado,
me iría, al fin y al cabo, con tristeza.
Pero sé que esto sólo es el comienzo
de sentir mi verdadero existir,
de amar con amplitud a otra persona
que ha roto mi amargura con un sí.
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en el borde implacable de la muerte,
iría hacia tu luz, como una lanza
que atraviesa la noche y nunca vuelve.
es soñar con tu ser, inútilmente,
y sé que cuando muera es que Tú mismo
será lo que habrá muerto con mi muerte.
la fe que ha levantado mi promesa
de no abandonar lo que me has dado,
me iría, al fin y al cabo, con tristeza.
de sentir mi verdadero existir,
de amar con amplitud a otra persona
que ha roto mi amargura con un sí.
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