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jueves, 28 de julio de 2022

La gramática es el enemigo de los idiomas

(AZprensa) En la empresa de agroquímicos donde trabajaba,  ICI-Zeltia (actualmente Syngenta), nos pusieron un profesor de inglés que nos daba clases (dentro del horario laboral) a cuatro o cinco mandos intermedios. Y te preguntarás: “Cómo era ese profesor”. Yo te lo diré, lo definí como “el peor profesor del mundo”. Mira, mira lo que escribí en su día:
 
“Todos hemos conocido y padecido a muchos malos profesores, pero en mi caso debo decir que conocí al peor profesor del mundo. Era un profesor de inglés que nos habían puesto a varios empleados para que aprendiésemos algo de inglés, porque nuestros conocimientos se limitaban a lo poco y mal aprendido durante el bachiller y la carrera.
Pero, para empezar, este profesor no era nativo, sino español de pura cepa; y además su lema para aprender inglés era: conocimiento perfecto de la gramática y no dar ni un solo paso si antes no se domina el anterior.
Conclusión: explicaba algunos tiempos verbales (los explicaba en español y luego repetía frases en inglés) y nos pedía que hiciésemos una frase con ellos. Hacíamos la frase y, como era lógico, cometíamos algún error. Así que empezaba a explicar en español otra vez todo aquello para volver a pedirnos que hiciésemos la frase. Y como algo fallase, había que intentar una y otra vez, repetir una y otra vez, hasta que al final decíamos perfecta aquella frase.
Para que os hagáis una idea, esto suponía que en cada hora de clase se dedicaba más de media hora a explicaciones en español, veinticinco minutos a repetir una y otra vez la misma frase, y sólo cinco minutos de avance sobre lo estudiado el día anterior. Ante tan nefasto profesor, no tuve más remedio que renunciar a esas clases y buscarme la vida (el aprendizaje del inglés) por otro lado, porque con él sólo aprendí una palabra: ‘repeat’”.
 


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jueves, 7 de julio de 2022

El peor profesor del mundo

(AZprensa) Todos hemos conocido y padecido a muchos malos profesores, pero en mi caso debo decir que conocí al peor profesor del mundo. Era un profesor de inglés que nos habían puesto a varios empleados para que aprendiésemos algo de inglés, porque nuestros conocimientos se limitaban a lo poco y mal aprendido durante el bachiller y la carrera.
 
Pero, para empezar, este profesor no era nativo, sino español de pura cepa; y además su lema para aprender inglés era: conocimiento perfecto de la gramática y no dar ni un solo paso si antes no se domina el anterior.
 
Conclusión: explicaba algunos tiempos verbales (los explicaba en español y luego repetía frases en inglés) y nos pedía que hiciésemos una frase con ellos. Hacíamos la frase y, como era lógico, cometíamos algún error. Así que empezaba a explicar en español otra vez todo aquello para volver a pedirnos que hiciésemos la frase. Y como algo fallase, había que intentar una y otra vez, repetir una y otra vez, hasta que al final decíamos perfecta aquella frase.
 
Para que os hagáis una idea, esto suponía que en cada hora de clase se dedicaba más de media hora a explicaciones en español, veinticinco minutos a repetir una y otra vez la misma frase, y sólo cinco minutos de avance sobre lo estudiado el día anterior. Ante tan nefasto profesor, no tuve más remedio que renunciar a esas clases y buscarme la vida (el aprendizaje del inglés) por otro lado, porque con él sólo aprendí una palabra: “repeat”.
 

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jueves, 9 de septiembre de 2021

El profesor de inglés que salió en televisión en calzoncillos

(AZprensa) 
Seguro que tú has tenido varios profesores de inglés a lo largo de tu vida, pero estoy seguro también que nunca has visto a ninguno de ellos salir en televisión en calzoncillos. Pues yo sí. Esta es la historia…
 
Con objeto de seguir perfeccionando mi inglés, decidí buscar un profesor particular para practicar conversación. Un buen día encontré pegado a una farola un anuncio de un profesor de inglés del barrio para dar clases particulares. Lo llamé y se presentó ante mí un joven de casi dos metros de altura, complexión atlética, guapísimo, que hablaba español con acento extranjero y que estaba dispuesto a darme esas clases tal como yo quería (es decir, sólo conversación, nada de gramática ni rollos de esos) a un precio razonable. Se llamaba Ulf Victor y el primer día de clase todo fue normal, pero al segundo día surgió la pregunta que debía haber hecho antes de contratarlo: “¿De dónde eres?”. Él me respondió que era noruego, que Ulf significaba “lobo” y que llevaba unos años en Madrid y trabajaba como modelo, pero lo compaginaba con dar clases de inglés (idioma que dominaba a la perfección, tanto que yo había creído al conocerlo que era inglés) ya que el trabajo de modelo era muy irregular y tan pronto tenía trabajo como se pasaba una temporada en blanco. Al escuchar la palabra “Noruega” se cambió mi chip interior, de repente ya no tenía ganas de mejorar mi inglés, lo que de verdad quería era aprender noruego puesto que ese era mi país favorito, al que ya había ido en una ocasión y estaba deseando volver. Además, para aprender noruego podíamos utilizar el inglés como idioma auxiliar, de tal forma que nunca se pronunciase una palabra en español durante las clases; de esa forma mataríamos dos pájaros de un tiro: practicar inglés y aprender noruego.
 
Ulf Victor se sorprendió gratamente y se mostró encantado de darme esas clases, y así fue durante varios meses en que –efectivamente- perfeccioné mi inglés y aprendí cuatro cosas de noruego, pero sobre todo, lo más importante: me lo pasé bien porque todo giraba en torno a Noruega, sus costumbres, su historia, sus ciudades, etc.
 
Poco después de dar por finalizadas aquellas clases, estaba un día haciendo cualquier cosa en otra habitación de la casa cuando oí que me llamaban del salón diciendo: “¡Mira, tu profesor está en la tele!”. Fui corriendo hasta el salón, miré la televisión y sí, efectivamente era mi profesor Ulf Victor que estaba… ¡en calzoncillos! Bueno, todo aquello tenía una explicación lógica: se trataba de un pase de modelos de ropa interior masculina. Así pude comprobar cómo él seguía con su trabajo de modelo y cómo las mujeres de mi casa no despegaban los ojos del televisor.


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