miércoles, 5 de febrero de 2020

Una de cada tres personas padece del estómago de forma habitual

(AZprensa) Se calcula que un 30% de la población tiene molestias digestivas de manera habitual. Un malestar que nos acompaña a lo largo de la vida y que suele tener su origen en el estrés, una mala alimentación, la falta de actividad física, la intolerancia a algunos alimentos o el uso de determinados fármacos, que pueden alterar la microbiota intestinal: el conjunto de microorganismos que habitan en el intestino.

A pesar de que generalmente la sintomatología que se presenta no es grave, la calidad de vida de las personas que sufren estas alteraciones se ve claramente disminuida. Los síntomas más frecuentes son dolor abdominal, digestiones pesadas, flatulencia, diarrea, estreñimiento, retención de líquidos y problemas dermatológicos.

El intestino es la mayor superficie del organismo y está colonizado por más de 1.000 especies diferentes de microorganismos que conforman la microbiota intestinal. Esta microbiota intestinal tiene un papel fundamental en la salud del individuo, participando en funciones importantes como la prevención de la colonización intestinal de microorganismos patógenos, optimización del funcionamiento de las células intestinales, regulación del sistema inmunitario, síntesis de vitaminas, y estimulación del peristaltismo intestinal entre otras. Cualquier desequilibrio que se produzca en nuestra microbiota intestinal, puede causar la aparición de síntomas.

Por su parte, las intolerancias alimentarias son reacciones adversas del organismo ante la ingesta de determinados componentes de los alimentos, que causan síntomas muy diversos que van desde trastornos gastrointestinales, como dolores o hinchazón abdominal, a alteraciones dermatológicas o anímicas. Es importante diferenciar este tipo de reacciones de las intolerancias metabólicas (p. ej.: intolerancia a la lactosa) o de las alergias alimentarias.

martes, 4 de febrero de 2020

Noruega, un país de referencia

(AZprensa) Durante muchos siglos Noruega fue el vecino pobre de Dinamarca y Suecia que, alternativamente, lo tuvieron bajo su dominio o al menos bajo su influencia. Pero esto fue así hasta mediados de 1960 cuando este vecino pobre encontró petróleo en el mar que rodeaba sus costas y así, antes de finalizar esa década se convirtió de repente en millonario.

Todos estamos acostumbrados a ver cómo aquellos que consiguen rápidamente y apenas sin esfuerzo una gran fortuna pierden de inmediato sus principios y valores, se meten en una espiral de lujo y derroche, y al cabo de unos años vuelven a estar en la miseria. ¿Quién no recuerda -por ejemplo- casos de boxeadores que pasaron de la pobreza a ser campeones del mundo y millonarios y poco después otra vez a la pobreza? Pero en Noruega esto no sucedió; actuaron con sensatez, inteligencia y justicia social.

Noruega tiene hoy poco más de 5,4 millones de habitantes, un producto interior bruto (PIB) de 65.505 $ anuales por persona (10.000 $ que en Estados Unidos), un sistema de pensiones que posiblemente sea el más igualitario del mundo, unos niveles de corrupción casi inexistentes, un alto nivel de vida, una tasa de desempleo casi inexistente… y así no es de extrañar que en el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas figure cada año en las primeras posiciones de los países con mejor calidad de vida. El que era un país pobre de pescadores y pastores, se ha convertido en una potencia económica.

Y sin embargo sus habitantes apenas si han cambiado y conservan sus tradiciones y sus costumbres austeras asimiladas a la fuerza tras muchos siglos de privaciones. En Noruega nadie malgasta el dinero y está muy mal visto el lujo y la ostentación. A los noruegos les encanta el contacto con la naturaleza y casi todos tienen una pequeña cabaña (hytta) en el campo o las montañas, pero la mayoría de esas cabañas carecen de agua corriente e incluso muchas de ellas de electricidad, aunque sus dueños sean directores de empresa o simples empleados. La austeridad está en todos los niveles sociales.

Dicen, quienes quieren poner “peros” a este idílico país que –por ejemplo- el porcentaje de ausencia al trabajo a causa de enfermedad es el más alto entre los países de la OCDE, pero no se dan cuenta que si otros países tienen porcentajes más bajos es porque sus trabajadores no se pueden permitir faltar al trabajo porque necesitan esos ingresos y conservar ese puesto de trabajo. En Noruega en cambio, hay trabajo para todos y dinero suficiente para pagar el cuidado de la salud de sus ciudadanos. Esto último, en porcentaje, representa el 5% del PIB.

Dicen que, aproximadamente, una quinta parte de la población en edad de trabajar, recibe ayudas económicas en razón de problemas de salud o discapacidad; pero esto lejos de ser un indicador de “picaresca” (algo que no existe en los países nórdicos) es un ejemplo de más de justicia social.

Por lo que se refiere al salario mínimo de los trabajadores peor pagados, baste decir que los trabajadores cualificados de la construcción ganan 21 euros/hora) y los trabajadores de la limpieza (18,90 euros/hora), pero si realizan su trabajo entre las 21 y las 6 horas, tienen un suplemento de 2,60 euros/hora.

Los trabajadores de limpieza tienen un salario mínimo de 18,80 euros/hora y un suplemento de 2,60 euros/hora cuando el trabajo se realiza entre las 21 y las horas. Otro ejemplo: los empleados que realicen transporte de mercancías por ruta (con vehículos con un peso total superior a 3,5 toneladas) tienen un salario mínimo de 17,70 euros/hora.

Claro que también la vida es más cara allí. Un litro de leche, por ejemplo, puede costar 1,90 euros, e incluso una simple botella de 30 cl de agua 1,60 euros. En cuanto al alcohol, hay que decir que Noruega, al igual que Suecia y Finlandia, prohibió la venta de cualquier bebida que supere los 3,5% de graduación en supermercados y sólo se pueden adquirir en establecimientos estatales destinados a este fin (vinmonopolet). Y si ahí el alcohol es caro, más aún lo es en los bares y restaurantes. Una simple cerveza puede llegar a valer entre 8 y 11 euros en cualquier bar.

lunes, 3 de febrero de 2020

Más del 70 por ciento de las personas necesitarán cuidados paliativos


(AZprensa) El error de muchos médicos es considerar la muerte como un fracaso. El error de casi todo el mundo es mirar para otro lado cuando se habla de muerte. Unos y otros, todos en definitiva, vamos a pasar por eso y por consiguiente debería dejar de ser un tema tabú para afrontarlo y dar a las personas en esa situación el mejor cuidado posible.

Cada año, 200 millones de personas afrontan el periodo final de su vida como consecuencia de una enfermedad en fase avanzada, progresiva, incurable y que no responde a un tratamiento específico. Concretamente, en España, más del 70 % de la población va a pasar por un proceso de enfermedad avanzada que requerirá de cuidados paliativos.

Según el presidente de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (Secpal), Rafael Mota, la atención en el final de vida no solo es cuestión de profesionales sanitarios o de los servicios sociales. “La muerte es, en la actualidad, el gran tema tabú. Hoy en día la sociedad en su conjunto suele mirar para otro lado en cuestiones como la muerte y el sufrimiento. Por tanto, se trata de concienciar y capacitar a los ciudadanos en el acompañamiento y cuidados de las personas más vulnerables de nuestro entorno”.

El aumento de la esperanza de vida y el progresivo envejecimiento de la población traen consigo el aumento gradual de la prevalencia de algunas enfermedades crónicas, que están incrementando situaciones de discapacidad y dependencia. De hecho, tres de cada cuatro muertes se producen por la progresión de uno o más problemas crónicos de salud y entre el 1 % y el 1,5 % de la población padece enfermedades crónicas complejas en fase avanzada con necesidades de cuidados. “Envejecimiento, soledad y dependencia van de la mano”, afirma Rafael Mota. “Todo esto hace que los sistemas sanitarios y sociales actuales se vean incapaces de acoger la demanda existente, poniendo en peligro la sostenibilidad de los mismos”.

En este contexto, Isabel Donado, directora general de la Fundación New Health, explica que los cuidados paliativos son, cada vez más, una necesidad ética y también económica: “Se ha demostrado que cuando se implantan programas integrados de cuidados paliativos, huyendo del modelo hospitalocéntrico para ir a un modelo basado en la atención domiciliaria y ambulatoria, se ahorra entre un 20 % y 30 % de los costes, que son mayoritariamente hospitalarios. Las personas van al hospital no porque necesiten que las curen, sino porque no tienen quién las cuide”.

Se calcula que, al menos, el 40 % de los pacientes que fallecen con necesidad de cuidados paliativos son complejos, es decir, requieren de una atención paliativa especializada, mientras que el resto puede ser atendido por profesionales de Atención Primaria que estén formados en cuidados paliativos.

domingo, 2 de febrero de 2020

A las mujeres ya no hay quien las pare… ni en el espacio


(AZprensa) La astronauta de la NASA Christina Koch, actualmente en la Estación Espacial Internacional regresará a la Tierra el próximo 6 de febrero habiendo acumulado un total de 328 días consecutivos lo que la convierte en la mujer que más tiempo ha permanecido en el espacio, pero es que además se quedará a tan sólo 12 días del record que ostenta el astronauta ya retirado Scott Kelly.

Pero la astronauta Koch ha estado acompañada una buena parte de esta estancia por otra mujer astronauta, Jessica Meir, y juntas han realizado el tercer paseo espacial protagonizado por dos mujeres, un paseo de 6 horas y 58 minutos para poner reparar unos paneles solares de la Estación Espacial.

Los miembros de la tripulación de la Estación Espacial han realizado un total de 226 paseos espaciales en apoyo del montaje y mantenimiento del laboratorio orbital. Los caminantes espaciales han pasado un total de 59 días, 6 horas y 10 minutos trabajando fuera de la Estación. Pero es la tercera vez que todos los caminantes espaciales son mujeres y la 45ª caminata espacial que incluye mujeres.

Por su parte, la astronauta Meir llegó a la Estación Espacial en septiembre de 2019 y regresará a la Tierra el próximo mes de abril.

sábado, 1 de febrero de 2020

Modificando genéticamente el coronavirus se puede obtener una vacuna


(AZprensa) “Un virus mata no porque viva en un organismo y lo destruya; mata si lleva unos genes, llamados de virulencia, que inhiben la respuesta de defensa del hospedador”. Estos genes de virulencia son los que busca el equipo de los investigadores Luis Enjuanes e Isabel Sola, del laboratorio de coronavirus del Centro Nacional de Biotecnología, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Su equipo trabajó en coordinación con los Institutos de Salud de Estados Unidos (NIH) durante los brotes de los letales coronavirus  SARS-CoV en 2002 y MERS-CoV en 2012, y ahora tienen un proyecto conjunto con la Icahn School of Medicine at Mount Sinai, de Nueva York, para intentar obtener una vacuna contra el nuevo coronavirus de Wuhan (China), que ha causado 170 muertos y suma más de 8.100 nuevos casos en China. Este nuevo virus tiene una semejanza genética del 80% con el que causó el SARS.

El objetivo del equipo de Enjuanes es localizar los genes de virulencia del virus para eliminarlos mediante modificación genética. Al eliminarlos se consigue una versión del virus atenuada, que más tarde se puede administrar como vacuna para que los pacientes desarrollen una respuesta inmune que les proteja en futuras exposiciones al virus virulento.

“Los coronavirus son virus que infectan a los animales, domésticos o silvestres, y que pueden infectar al ser humano”, explica Sola. “Hasta hace poco conocíamos seis coronavirus que infectan al ser humano, cuatro que causan resfriados leves, y dos que son mortales. El primero surgió en China en 2002, el causante del SARS, infectó a 8.000 personas y causó la muerte de 800. El segundo apareció en Arabia Saudí en 2012, el causante el MERS, ha infectado desde entonces a 2.400 personas y ha causado la muerte de 800”.

Los científicos no disponen de herramientas para modificar la información genética del virus, es decir, su ARN. Por lo tanto necesitan traducir ese ARN al código ADN, con el que sí se dispone  de diversas herramientas de edición genética, según explica Sola, del CNB. Una vez traducido al código ADN, los investigadores disponen de herramientas para modificar la información del virus y eliminar los genes de virulencia.