domingo, 17 de marzo de 2024

Una regla de vida

(AZprensa) Se puede decir más alto, pero no más claro. Esta es una regla de vida que todos debemos seguir si es que queremos ser razonablemente felices en esta vida:
 
“Ante todo, debemos estar en armonía con nosotros mismos; debemos llegar a aceptarnos a nosotros mismos. La mejor manera de lograrlo es nunca compararnos con los demás, porque en el momento que lo hacemos, luego nos juzgamos inferiores o nos estimamos superiores, dando como resultado un complejo de inferioridad o un ego inflado. En ambos casos el resultado es un estado de desarmonía. Para evitar esto, lo mejor es comenzar con el principio de que cada uno de nosotros es un ser único y que esta singularidad nos da nuestro valor en la opinión de Dios, así como en los ojos de la humanidad. Por lo tanto, deberíamos aferrarnos a nuestro propio estándar, comparándonos sólo con nosotros mismos—esta es la clave de nuestra evolución espiritual”.
Cristian Bernardo FRC
 

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El lento declinar de la población de Daimiel

(AZprensa) La España rural se queda vacía y algunos de sus últimos reductos como era Daimiel (Ciudad Real) también se embarca en un lento declinar. Esta población manchega llegó a alcanzar un máximo histórico de 20.204 habitantes en el año 1950; después, tras diversos vaivenes, pareció estabilizarse en los 18.000 habitantes a partir del año 2007, sin embargo a partir del año 2013 comenzó a descender su población de una forma discreta pero continua, de tal forma que en el presente año su población es de 17.629 habitantes, la más baja de los últimos 18 años.
 
En el curioso libro “Diccionario Daimieleño – Español” (Vicente Fisac, Amazon) se ofrece una amplia panorámica de esta ciudad (tiene título oficial de “ciudad” aunque algunos le sigan llamando “pueblo”) así como una revisión de palabras típicas de dicha localidad, tantas que han llegado a formar un auténtico diccionario, el cual ayuda a entender la forma de hablar de sus habitantes y nos anima a no dejar caer en el olvido muchas palabras que son más ilustrativas y más nuestras que todos esos extranjerismos que nos imponen hoy día las redes sociales.
 
Pero volviendo a lo del número de habitantes, podemos echar la vista atrás y observar las grandes variaciones a lo largo de los siglos en donde se vio inmersa –como toda España- en grandes épocas de mortandad por guerras y enfermedades. Así lo reflejaban los índices demográficos de la época:
 
1520.- 2.250 habitantes.
1575.- 8.986
1646.- 4.500
1742.- 3.600
1754.- 7.551
1787.- 9.089
 
Ya en la época moderna, esta ha sido la historia de la evolución de su población, y dado que el “Diccionario Daimieleño – Español” sólo recoge los datos hasta el año 2018, hemos querido ampliarlo hasta el momento actual. Estos son los datos:
 
1900.- 11.625 habitantes
1910.- 15.940
1920.- 16.198
1930.- 18.434
1940.- 19.759
1950.- 20.204
1960.- 19.625
1970.- 17.710
1981.- 16.260
1991.- 16.214
2000.- 17.276
2001.- 17.326
2002.- 17.342
2003.- 17.493
2004.- 17.542
2005.- 17.721
2006.- 17.913
2007.- 18.078
2008.- 18.389
2009.- 18.527
2010.- 18.656
2011.- 18.673
2012.- 18.698
2013.- 18.706
2014.- 18.647
2015.- 18.577
2016.- 18.396
2017.- 18.176
2018.- 18.051
2019.- 17.929
2020.- 17.916
2021.- 17.771
2022.- 17.680
2023.- 17.629
 

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sábado, 16 de marzo de 2024

Un negrito de ida y vuelta

Conocí a una chica joven muy alegre, humana, solidaria... tanto que hacía unos años había decidido emplear su mes de vacaciones para irse a África y colaborar con una ONG. Aquella experiencia la impresionó profundamente; le sorprendía la alegría de aquellas gentes que vivían en la más absoluta pobreza, en cabañas de barro y paja, sin ninguna posesión material y con el único objetivo cada día de salir al campo para buscar algo que comer ese día... una tarea que no resultaba nada fácil ya que era una tierra árida, abrasada por el sol. Para ellas no había proyecto de vida ni de futuro, bastante tenían con subsistir un día tras otro con lo poco que pudieran encontrar, unas hierbas, algún fruto, los huevos de algún pájaro... Y sin embargo eran felices, sonreían, y agradecían la ayuda de aquellas personas de tez pálida que venidas de lejos les enseñaban a horadar algún pozo, cultivar algunos vegetales, etc.
 
Esta chica estaba casada desde hacía varios años y, aunque lo deseaban, no habían podido tener ningún hijo. Pero en cualquier caso, esta falta de ataduras les daba la libertad de poder dedicar sus vacaciones a esta tarea humanitaria... y así lo venían haciendo desde hacía varios años.
 
Sin embargo un buen día, al regreso de sus solidarias vacaciones, nos sorprendió presentándonos a su hijo, un precioso negrito de poco más de un año de edad, al que habían adoptado aprovechando su último viaje. Todos quedamos encantados de ver su cara radiante de felicidad, y también la de aquel niño que había escapado de la pobreza más absoluta y a partir de ahora podría llevar una vida confortable, y con unos padres que lo adoraban.
 
Pero si esta sorpresa había sido agradable, la sorpresa que nos llevamos al año siguiente no lo fue tanto, o al menos así lo entendimos la mayoría. Un buen día dijo en la oficina donde trabajaba que se despedía, que dejaba voluntariamente el trabajo, porque había tomado la decisión –junto a su marido- de marcharse a vivir a aquél país de África de manera permanente. Tan enganchados estaban a la tarea humanitaria que desarrollaban cada verano que tomaron la decisión de ejercer dicha tarea de forma permanente. Entonces pensé nuevamente en ese pobre niño, rescatado de la miseria de un país africano y que apenas si había podido disfrutar del confort de la vida occidental; un año después regresaba al país donde nació, aunque esta vez fuese acompañado de unos padres adoptivos que sin embargo ya no podrían facilitarle la vida llena de pequeños lujos y comodidades que se estila por el mundo occidental.


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viernes, 15 de marzo de 2024

El sarampión en la España rural de hace más de un siglo

(AZprensa) El sarampión es una enfermedad infecciosa exantemática como la rubéola y la varicela, bastante frecuente, especialmente en niños, causada por un virus, específicamente un paramixovirus del género Morbillivirus. Se trata de un virus de transmisión aérea altamente contagioso, el cual se propaga primordialmente a través del sistema respiratorio, siendo transmitido a través de las secreciones respiratorias. El período de incubación del sarampión usualmente dura de cuatro a 12 días, durante los cuales no hay síntomas. Las personas infectadas permanecen contagiosas desde la aparición de los primeros síntomas hasta los tres a cinco días después de la aparición del sarpullido.
 
La enfermedad se caracteriza por típicas manchas en la piel de color rojo, así como fiebre y un estado general debilitado. En algunos casos de complicaciones, el sarampión causa inflamación en los pulmones y el cerebro, amenazando la vida del paciente. La mayoría de las muertes, más que al sarampión en sí, se deben a sus complicaciones, más frecuentes en menores de cinco años y en adultos de más de 20 años.
 
No existe ningún tratamiento antiviral específico contra el virus del sarampión y, según explica la Organización Mundial de la Salud (OMS), las complicaciones graves del sarampión pueden evitarse con un tratamiento de apoyo que garantice una buena nutrición, una ingesta suficiente de líquidos y el tratamiento de la deshidratación con las soluciones de rehidratación oral (para reponer los líquidos y otros elementos esenciales que se pierden con la diarrea o los vómitos). A lo largo del siglo XIX causó en España 80.629 fallecimientos y es que el virus responsable no fue descubierto hasta 1954 y su vacuna no estuvo disponible hasta 1963.
 
El sarampión ya había azotado con anterioridad la localidad de Daimiel y en el año 1904 se produjo una nueva epidemia ante la que Gaspar Fisac trabajó sin descanso, pero no sólo hizo eso, sino que también recopiló una exhaustiva información al respecto y con ella preparó un amplio estudio, titulado “Epidemia de sarampión en Daimiel” con el que se presentó el 30 de junio del año siguiente al Premio Calvo y Martín (popularmente conocido como “Premio Calvo”) de la Real Academia Nacional de Medicina, siendo merecedor del citado Premio, que se le concedió en el año 1905 y así quedó reflejado en los Anales de la Real Academia de Medicina (1950. Tomo XXV. Cuaderno 1) y en numerosas revistas científicas de la época, como “La Farmacia Española” (febrero 1905). Ya en octubre de ese mismo año, la Asamblea de Médicos titulares, hizo una petición a la Junta de Gobierno y Patronato para que se recomendase este trabajo a los poderes públicos.
 
Para poder optar a este premio debía presentar dos certificaciones, pero Gaspar presentó tres: una del Alcalde, otra del Cura Ecónomo y otra del Subdelegado de Medicina, en las que se acreditaba que era Médico titular, con la dotación de 999 pesetas anuales, casado y con 5 hijos; que había atendido tres epidemias de sarampión “con asiduidad, celo, espíritu de caridad y abnegación, a todas horas del día”.
 
El trabajo, cuyo título original completo era “Origen, evolución y remedios de epidemia de sarampión”, constaba de 125 páginas y comenzaba con unos “Datos geográfico-médicos de Daimiel” a los que seguía el apartado “Dos palabras sobre el sarampión”, en donde trataba de las epidemias en general, y principalmente de sus periodos, duración, gravedad, mortalidad, etiología y profilaxis.
 
Seguidamente se ocupaba de la “Historia de la epidemia” que constituía el principal objeto de su memoria. Decía aquí que dicha enfermedad era endémica en Daimiel, adquiriendo carácter epidémico cada tres o cuatro años, y siendo precedida ordinariamente de tos ferina; que el origen siempre había sido el contagio, observándose los primeros casos en las viviendas situadas cerca de la carretera de Ciudad Real a Madrid; que sus periodos fueron normales, durando la incubación hasta 15 días; que la invasión se reconocía por los síntomas catarrales y manchas características en las fauces y velo del paladar; que la fiebre había sido pequeña durante tres o cuatro días; que la erupción iba acompañada de gran picor, habiéndose confundido a veces con la urticaria, la escarlatina y la rubéola; y que la descamación duró de cuatro a cinco días.
 
Respecto a las complicaciones, señalaba la enteritis, bronquitis, neumonía y laringitis, como las más frecuentes y graves, durando estas a veces 15 días o más. Alababa los beneficiosos efectos que obtuvo con el suero antidiftérico en el tratamiento de las laringitis, especialmente en las grupales, diciendo que las bronquitis capilares y las neumonías alargaron la curación y causaron algunas víctimas, citando un caso de albuminuria con desenlace fatal, así como algunos casos de conjuntivitis, otorreas y forúnculos del oído, de terminación satisfactoria. Indicaba también que en algunos niños, la invasión del sarampión fue precedida de eclampsia, tal como solía suceder con la escarlatina.
 
De la minuciosidad y detalle con que preparó el trabajo da buena prueba de ello el hecho de añadir un plano en donde venían señaladas, por orden de aparición, las calles donde la fiebre exantemática fue presentándose; y se anotaba, acerca de este particular, que en ocasiones se transportó la enfermedad a grandes distancias, quizá por la influencia de las reuniones en iglesias y escuelas. Relataba igualmente que el primer caso se vio el 19 de mayo en el cuartel de la Guardia Civil; que la epidemia atacó a todas las clases sociales; que al mes se había extendido a toda la población; que en julio y agosto fue extinguiéndose y se recrudeció en septiembre, probablemente por la apertura de las escuelas y la vuelta a la población de los hortelanos; y que el padecimiento atacó, no solo a los niños sino también a los adultos. Tan grande fue esta epidemia que casi dos terceras partes de las familias vieron cómo enfermaba alguno de sus miembros. El contagio sistemático y progresivo se iba extendiendo por toda la población como un reguero de pólvora.
 
Como médico, el tratamiento consistió, en general, en el empleo de sencillos métodos higiénicos, apelando a vómitos y vejigatorios en ciertas bronquitis, y a lavatorios con soluciones de ácido bórico para combatir el prurito. En las complicaciones laríngeas, y especialmente si eran de carácter diftérico, obtuvo excelentes resultados con el suero antidiftérico, inyectando 10 cc y repitiendo dicha dosis a las 12 o 24 horas.
 
A la hora de hacer balance, las cifras aportadas indicaban que, entre el 19 de mayo y el 19 de noviembre, hubo 454 afectados, de los cuales se curaron 431 y fallecieron 23, es decir, el cinco por ciento. En cuanto a los tratados con el suero antidiftérico fueron 10, de los cuales seis se curaron y cuatro fallecieron.
 
El trabajo finalizaba con una serie de conclusiones, en las que se ponía de manifiesto que la epidemia en cuestión no había exigido tratamiento alguno especial; que en ella se había demostrado una vez más que el vehículo habitual para el contagio era el hombre; y que se desconocía el medio de preservación, contándose sólo con medidas de aislamiento.
 
Una vez valorado dicho trabajo por el jurado, este determinó concederle el citado premio, destacando que “la memoria presentada por el Dr. Fisac es un trabajo digno de consideración que, sin contener datos ni ideas de valor extraordinario en la esfera de la ciencia o el arte de la Medicina, es fruto sazonado de la práctica asidua y laboriosa de un médico de partido que, con honra propia y beneficio de sus semejantes, consagra su vida al penoso ejercicio de la Medicina”, y añadían que “además  se refiere a la enfermedad general que más defunciones suele determinar en nuestro país y esta circunstancia avalora el mérito del trabajo”.
 
Finalizaba este trabajo con las siguientes palabras, en donde ponía de manifiesto las precarias condiciones en que debía desarrollar su trabajo: “El espíritu del médico en el tratamiento del sarampión, depende del diagnóstico y tratamiento de las complicaciones. Pero es fuerza que al médico le ayuden disponiendo que los pobres benéficos puedan adquirir esos medios de tratamiento, y que los pobres médicos -a quienes ni aún nuestras dotaciones mezquinas nos pagan- podamos adquirir otros medios como cajas de intubación y licencias trimestrales para cursos prácticos de bacteriología y especialidades.
‘¡Feliz el médico –dice Jüngren- que no tiene que luchar con la miseria de la vida, con la triste indigencia de su clientela!’
Y lo que no es menos triste, debiera añadir, ¡con la indigencia propia!”.
 
Algunas anécdotas relativas a este premio resultan cuando menos curiosas. Para acceder al mismo había que cumplir una serie de requisitos, uno de ellos tener un salario inferior a 1.000 pesetas anuales; pues bien, en aquél momento, el salario de Gaspar Fisac era de 999 pesetas, por lo que pudo presentarse al mismo. También era requisito indispensable presentar dos acreditaciones; en este caso, Gaspar presentó tres, la de Alcalde, la del Cura Ecónomo y la del Subdelegado de Medicina. Otro dato curioso es el hecho de observar cómo dos de las personas afectadas (y afortunadamente curadas) fueron dos hijos de su primo Joaquín Fisac. Más chocante resulta aún saber que, tal como figura en el Acta de la Sesión inaugural del año 1905 de la Real Academia Nacional de Medicina, en donde se le reconocía como ganador de este premio, constaba igualmente, que no se presentó a recogerlo, por lo que quedaba en la secretaría a su disposición para cuando este lo reclamara.
 
Estaba claro, como ya lo demostró tantas veces, que lo que le movía a presentarse a premios y congresos, y promover iniciativas ante los poderes públicos, no era el afán de protagonismo o notoriedad, sino el deseo de dar a sus trabajos la mayor repercusión posible, y de esta forma contribuir al avance de la Medicina y a la mejora de la salud y condiciones de vida de sus conciudadanos.
 
Pero aquella de 1904 no fue la única epidemia de sarampión que asoló Daimiel, también cabe recordar las de 1911 y 1920, cuando aún no se había descubierto su vacuna ni se disponía de medios avanzados para luchar contra ella. Además, la facilidad de contagio por vía aérea, la desnutrición y las deficientes condiciones higiénicas, convertían al sarampión en una enfermedad con un alta tasa de mortalidad.
 
Según expuso Gaspar Fisac a la Junta de Sanidad, en la epidemia de 1911, la enfermedad se presentaba en aquella ocasión con carácter benigno, por lo que no consideraba necesario tomar medidas extraordinarias tales como cerrar escuelas, etc. En su opinión bastaba con aislar a estos niños durante 40 días para que no asistiesen a clase ni tuviesen contacto con otros niños, medida que debía hacerse extensiva a los hermanos de estos.
 
De igual forma, en 1920, el sarampión volvió a hacer acto de presencia en Daimiel decretándose en esta ocasión sí el estado de epidemia, ya que esta era la única forma de poder llevar a cabo todas las medidas propuestas. En concreto, se acordó, entre otras medidas, lo siguiente: Barrer y regar todas las calles de Daimiel, sin excepción alguna, dos veces al día; y prohibir el vertido de cualquier tipo de basura en las vías públicas, sancionando con una multa a quienes lo hiciese.
 

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jueves, 14 de marzo de 2024

Anécdotas de fútbol y herbicidas

Como empresa de investigación, fabricación y venta de agroquímicos, los principales clientes de ICI-Zeltia (hoy se llama Syngenta) eran los distribuidores, los cuales nos compraban grandes cantidades de productos para luego venderlos a los agricultores, pero ambos, distribuidores y agricultores, constituían nuestro público objetivo ya que sin demanda de los agricultores pocos productos nuestros podrían vender los distribuidores.
 
Ser distribuidor de agroquímicos era un buen negocio y la mayor parte de ellos solían tener un buen nivel económico haciendo gala de coches de alta gama y frecuentes viajes por España e incluso por el extranjero. Sin embargo entre los agricultores, y con la excepción de los grandes terratenientes, su nivel económico y su conocimiento del mundo exterior era mucho más modesto. Así pude comprobarlo en más de una ocasión…
 
Para fomentar las ventas de nuestro herbicida Gramoxone (paraquat), hicimos una promoción en la cual se regalaba con cada litro comprado una tarjeta sorpresa que había que rascar para descubrir si llevaba algún premio. Como estábamos en vísperas de la Eurocopa, los premios estaban relacionados con este acontecimiento deportivo: llaveros con el logo de la Eurocopa y Gramoxone, balones de reglamento y… ¡100 viajes, para dos personas, para presenciar la final de la Eurocopa en París!
 
Cuando planeamos esa promoción, a todos nos hubiera gustado que ese partido final lo jugase España, sin embargo las cosas se habían puesto muy feas en la fase de clasificación y sólo un milagro podría salvarla en el último partido: ¡Marcar 11 goles a Malta! Nadie creía que esto pudiera suceder y mucho menos cuando a poco de comenzar el partido Malta marcó un gol: ¡Ya no valía marcar 11 goles, había que marcar 12 goles! Y aunque la superioridad de España era manifiesta, se llegó al descanso con una victoria parcial de 3 a 1. Quedaban, pues, 45 minutos para marcar… ¡9 goles! Los que hayan leído los libros de historia sabrán que aquél milagro se produjo y que España marcó esos nueve goles que necesitaba, terminando el partido con una victoria por 12 a 1 y el consiguiente pasaporte a la final. Parecía que el haber ligado la promoción de Gramoxone a la Eurocopa nos había dado suerte.
 
Después llegaron los partidos de la fase final y –para sorpresa de muchos- España fue ganando todos sus partidos; cierto es que con muchos apuros, pero llegó a clasificarse como finalista. ¡Ni los más optimistas habíamos soñado nunca con que ese partido de una final de la Eurocopa que ofrecíamos como premio a nuestros clientes iba a tener a España como uno de los contendientes!
 
No hay duda que la buena marcha de la selección española ayudó a la promoción de Gramoxone y todos querían disfrutar de ese fin de semana en París para ver la final. Un buen número de distribuidores fue invitado a tal acontecimiento, y tanto ellos como varias personas de nuestra empresa, haríamos de anfitriones de las 100 parejas de agricultores ganadores de la promoción.
 
Se fletaron dos aviones y se llevó a los invitados a un buen hotel de París. Una vez allí se les ofreció un recorrido turístico por la ciudad, una excursión a Versalles, las correspondientes comidas y cenas y la asistencia a la final. Precisamente para la excursión a Versalles los habíamos citado a todos a las 10 de la mañana en el hall del hotel. A las 10 y cinco minutos allí estaban todos… bueno, espera, falta alguien. “¿Sabe alguien dónde está este matrimonio que nos falta?”, preguntamos. Nadie los había visto esa mañana, así que uno de los comerciales fue a buscarlos a la habitación. ¿Sabéis lo que se encontró? Allí estaban los dos, un matrimonio mayor, perfectamente vestidos, sentados en la cama… ¡y con la cama hecha y la habitación arreglada! Aquella era no sólo la primera vez que habían salido al extranjero sino también la primera vez que había salido de viaje y pernoctado en un hotel. ¡No sabían qué era eso de estar en un hotel y se creían que eran ellos quienes debían hacer la cama y arreglar la habitación!
 
En fin, anécdotas aparte, España perdió esa final por 2 a 0 aunque ese segundo gol llegó al final por lo que la emoción se mantuvo hasta el último instante. ¡Hubiera sido un broche perfecto a la promoción, pero lo logrado y lo vivido también fue un magnífico final que siempre recordaremos quienes tuvimos la fortuna de vivirlo!


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