viernes, 15 de marzo de 2024

El sarampión en la España rural de hace más de un siglo

(AZprensa) El sarampión es una enfermedad infecciosa exantemática como la rubéola y la varicela, bastante frecuente, especialmente en niños, causada por un virus, específicamente un paramixovirus del género Morbillivirus. Se trata de un virus de transmisión aérea altamente contagioso, el cual se propaga primordialmente a través del sistema respiratorio, siendo transmitido a través de las secreciones respiratorias. El período de incubación del sarampión usualmente dura de cuatro a 12 días, durante los cuales no hay síntomas. Las personas infectadas permanecen contagiosas desde la aparición de los primeros síntomas hasta los tres a cinco días después de la aparición del sarpullido.
 
La enfermedad se caracteriza por típicas manchas en la piel de color rojo, así como fiebre y un estado general debilitado. En algunos casos de complicaciones, el sarampión causa inflamación en los pulmones y el cerebro, amenazando la vida del paciente. La mayoría de las muertes, más que al sarampión en sí, se deben a sus complicaciones, más frecuentes en menores de cinco años y en adultos de más de 20 años.
 
No existe ningún tratamiento antiviral específico contra el virus del sarampión y, según explica la Organización Mundial de la Salud (OMS), las complicaciones graves del sarampión pueden evitarse con un tratamiento de apoyo que garantice una buena nutrición, una ingesta suficiente de líquidos y el tratamiento de la deshidratación con las soluciones de rehidratación oral (para reponer los líquidos y otros elementos esenciales que se pierden con la diarrea o los vómitos). A lo largo del siglo XIX causó en España 80.629 fallecimientos y es que el virus responsable no fue descubierto hasta 1954 y su vacuna no estuvo disponible hasta 1963.
 
El sarampión ya había azotado con anterioridad la localidad de Daimiel y en el año 1904 se produjo una nueva epidemia ante la que Gaspar Fisac trabajó sin descanso, pero no sólo hizo eso, sino que también recopiló una exhaustiva información al respecto y con ella preparó un amplio estudio, titulado “Epidemia de sarampión en Daimiel” con el que se presentó el 30 de junio del año siguiente al Premio Calvo y Martín (popularmente conocido como “Premio Calvo”) de la Real Academia Nacional de Medicina, siendo merecedor del citado Premio, que se le concedió en el año 1905 y así quedó reflejado en los Anales de la Real Academia de Medicina (1950. Tomo XXV. Cuaderno 1) y en numerosas revistas científicas de la época, como “La Farmacia Española” (febrero 1905). Ya en octubre de ese mismo año, la Asamblea de Médicos titulares, hizo una petición a la Junta de Gobierno y Patronato para que se recomendase este trabajo a los poderes públicos.
 
Para poder optar a este premio debía presentar dos certificaciones, pero Gaspar presentó tres: una del Alcalde, otra del Cura Ecónomo y otra del Subdelegado de Medicina, en las que se acreditaba que era Médico titular, con la dotación de 999 pesetas anuales, casado y con 5 hijos; que había atendido tres epidemias de sarampión “con asiduidad, celo, espíritu de caridad y abnegación, a todas horas del día”.
 
El trabajo, cuyo título original completo era “Origen, evolución y remedios de epidemia de sarampión”, constaba de 125 páginas y comenzaba con unos “Datos geográfico-médicos de Daimiel” a los que seguía el apartado “Dos palabras sobre el sarampión”, en donde trataba de las epidemias en general, y principalmente de sus periodos, duración, gravedad, mortalidad, etiología y profilaxis.
 
Seguidamente se ocupaba de la “Historia de la epidemia” que constituía el principal objeto de su memoria. Decía aquí que dicha enfermedad era endémica en Daimiel, adquiriendo carácter epidémico cada tres o cuatro años, y siendo precedida ordinariamente de tos ferina; que el origen siempre había sido el contagio, observándose los primeros casos en las viviendas situadas cerca de la carretera de Ciudad Real a Madrid; que sus periodos fueron normales, durando la incubación hasta 15 días; que la invasión se reconocía por los síntomas catarrales y manchas características en las fauces y velo del paladar; que la fiebre había sido pequeña durante tres o cuatro días; que la erupción iba acompañada de gran picor, habiéndose confundido a veces con la urticaria, la escarlatina y la rubéola; y que la descamación duró de cuatro a cinco días.
 
Respecto a las complicaciones, señalaba la enteritis, bronquitis, neumonía y laringitis, como las más frecuentes y graves, durando estas a veces 15 días o más. Alababa los beneficiosos efectos que obtuvo con el suero antidiftérico en el tratamiento de las laringitis, especialmente en las grupales, diciendo que las bronquitis capilares y las neumonías alargaron la curación y causaron algunas víctimas, citando un caso de albuminuria con desenlace fatal, así como algunos casos de conjuntivitis, otorreas y forúnculos del oído, de terminación satisfactoria. Indicaba también que en algunos niños, la invasión del sarampión fue precedida de eclampsia, tal como solía suceder con la escarlatina.
 
De la minuciosidad y detalle con que preparó el trabajo da buena prueba de ello el hecho de añadir un plano en donde venían señaladas, por orden de aparición, las calles donde la fiebre exantemática fue presentándose; y se anotaba, acerca de este particular, que en ocasiones se transportó la enfermedad a grandes distancias, quizá por la influencia de las reuniones en iglesias y escuelas. Relataba igualmente que el primer caso se vio el 19 de mayo en el cuartel de la Guardia Civil; que la epidemia atacó a todas las clases sociales; que al mes se había extendido a toda la población; que en julio y agosto fue extinguiéndose y se recrudeció en septiembre, probablemente por la apertura de las escuelas y la vuelta a la población de los hortelanos; y que el padecimiento atacó, no solo a los niños sino también a los adultos. Tan grande fue esta epidemia que casi dos terceras partes de las familias vieron cómo enfermaba alguno de sus miembros. El contagio sistemático y progresivo se iba extendiendo por toda la población como un reguero de pólvora.
 
Como médico, el tratamiento consistió, en general, en el empleo de sencillos métodos higiénicos, apelando a vómitos y vejigatorios en ciertas bronquitis, y a lavatorios con soluciones de ácido bórico para combatir el prurito. En las complicaciones laríngeas, y especialmente si eran de carácter diftérico, obtuvo excelentes resultados con el suero antidiftérico, inyectando 10 cc y repitiendo dicha dosis a las 12 o 24 horas.
 
A la hora de hacer balance, las cifras aportadas indicaban que, entre el 19 de mayo y el 19 de noviembre, hubo 454 afectados, de los cuales se curaron 431 y fallecieron 23, es decir, el cinco por ciento. En cuanto a los tratados con el suero antidiftérico fueron 10, de los cuales seis se curaron y cuatro fallecieron.
 
El trabajo finalizaba con una serie de conclusiones, en las que se ponía de manifiesto que la epidemia en cuestión no había exigido tratamiento alguno especial; que en ella se había demostrado una vez más que el vehículo habitual para el contagio era el hombre; y que se desconocía el medio de preservación, contándose sólo con medidas de aislamiento.
 
Una vez valorado dicho trabajo por el jurado, este determinó concederle el citado premio, destacando que “la memoria presentada por el Dr. Fisac es un trabajo digno de consideración que, sin contener datos ni ideas de valor extraordinario en la esfera de la ciencia o el arte de la Medicina, es fruto sazonado de la práctica asidua y laboriosa de un médico de partido que, con honra propia y beneficio de sus semejantes, consagra su vida al penoso ejercicio de la Medicina”, y añadían que “además  se refiere a la enfermedad general que más defunciones suele determinar en nuestro país y esta circunstancia avalora el mérito del trabajo”.
 
Finalizaba este trabajo con las siguientes palabras, en donde ponía de manifiesto las precarias condiciones en que debía desarrollar su trabajo: “El espíritu del médico en el tratamiento del sarampión, depende del diagnóstico y tratamiento de las complicaciones. Pero es fuerza que al médico le ayuden disponiendo que los pobres benéficos puedan adquirir esos medios de tratamiento, y que los pobres médicos -a quienes ni aún nuestras dotaciones mezquinas nos pagan- podamos adquirir otros medios como cajas de intubación y licencias trimestrales para cursos prácticos de bacteriología y especialidades.
‘¡Feliz el médico –dice Jüngren- que no tiene que luchar con la miseria de la vida, con la triste indigencia de su clientela!’
Y lo que no es menos triste, debiera añadir, ¡con la indigencia propia!”.
 
Algunas anécdotas relativas a este premio resultan cuando menos curiosas. Para acceder al mismo había que cumplir una serie de requisitos, uno de ellos tener un salario inferior a 1.000 pesetas anuales; pues bien, en aquél momento, el salario de Gaspar Fisac era de 999 pesetas, por lo que pudo presentarse al mismo. También era requisito indispensable presentar dos acreditaciones; en este caso, Gaspar presentó tres, la de Alcalde, la del Cura Ecónomo y la del Subdelegado de Medicina. Otro dato curioso es el hecho de observar cómo dos de las personas afectadas (y afortunadamente curadas) fueron dos hijos de su primo Joaquín Fisac. Más chocante resulta aún saber que, tal como figura en el Acta de la Sesión inaugural del año 1905 de la Real Academia Nacional de Medicina, en donde se le reconocía como ganador de este premio, constaba igualmente, que no se presentó a recogerlo, por lo que quedaba en la secretaría a su disposición para cuando este lo reclamara.
 
Estaba claro, como ya lo demostró tantas veces, que lo que le movía a presentarse a premios y congresos, y promover iniciativas ante los poderes públicos, no era el afán de protagonismo o notoriedad, sino el deseo de dar a sus trabajos la mayor repercusión posible, y de esta forma contribuir al avance de la Medicina y a la mejora de la salud y condiciones de vida de sus conciudadanos.
 
Pero aquella de 1904 no fue la única epidemia de sarampión que asoló Daimiel, también cabe recordar las de 1911 y 1920, cuando aún no se había descubierto su vacuna ni se disponía de medios avanzados para luchar contra ella. Además, la facilidad de contagio por vía aérea, la desnutrición y las deficientes condiciones higiénicas, convertían al sarampión en una enfermedad con un alta tasa de mortalidad.
 
Según expuso Gaspar Fisac a la Junta de Sanidad, en la epidemia de 1911, la enfermedad se presentaba en aquella ocasión con carácter benigno, por lo que no consideraba necesario tomar medidas extraordinarias tales como cerrar escuelas, etc. En su opinión bastaba con aislar a estos niños durante 40 días para que no asistiesen a clase ni tuviesen contacto con otros niños, medida que debía hacerse extensiva a los hermanos de estos.
 
De igual forma, en 1920, el sarampión volvió a hacer acto de presencia en Daimiel decretándose en esta ocasión sí el estado de epidemia, ya que esta era la única forma de poder llevar a cabo todas las medidas propuestas. En concreto, se acordó, entre otras medidas, lo siguiente: Barrer y regar todas las calles de Daimiel, sin excepción alguna, dos veces al día; y prohibir el vertido de cualquier tipo de basura en las vías públicas, sancionando con una multa a quienes lo hiciese.
 

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