jueves, 28 de marzo de 2024

Grandes inventos de la Medicina: El pulvi-inhalador Fisac

(AZprensa) Ya hemos visto en el apartado anterior cómo su descubrimiento de que la inhalación de sales cálcicas podía curar la tuberculosis abrió una nueva vía en el tratamiento de esta enfermedad, pero aquello era una teoría que había que llevar a la práctica y esto es lo que hizo su primo, el farmacéutico Joaquín Fisac, inventando el “Pulvi-inhalador Fisac”. Si bien diversas revistas científicas atribuyeron este invento a Gaspar Fisac (“El Siglo Médico”, “Revista de Ciencias Médicas de Barcelona”, “España Médica”, etc.) la realidad es que la idea de llevar ese ambiente cargado de sales cálcicas a los enfermos de tuberculosis mediante un aparato de inhalación fue idea de Joaquín Fisac, quien lo desarrolló y patentó, si bien contando siempre con la ayuda de Gaspar.
 
Así explicaba Joaquín el razonamiento científico que dio lugar al mismo:
 
“Ved la explicación que nos dábamos el Dr. Gaspar Fisac y yo, respecto a esta magna cuestión médica:
Las sales de cal tienen la propiedad de combinarse con el ácido carbónico para transformarse en bicarbonato cálcico soluble, el cual, por el calor y las diferencias de presión, deja desprender el anhídrido carbónico, y se precipita, por hacerse o convertirse en sal insoluble, carbonato cálcico.
Ahora bien, ¿Ocurre esto en la hematosis pulmonar de yeseros y caleros, donde la gran potencia química del ácido carbónico naciente que se exhala, acelera la trasformación de las partículas de cal que se inhalan, en bicarbonato cálcico soluble. Tal estado no produce la irritación o flogosis que llevan consigo otros polvos, por acumulación de materias sólidas; sino que aprovechando esta circunstancia de solubilidad, formaría, al ir poco a poco abandonando, por diferencias de presión, el anhídrido carbónico, la sal más estable, el carbonato cálcico, también conocido como creta; ya que constituye en parte el tubérculo cretáceo, impidiendo de esa o de otra suerte análoga, la pululación del bacilo de Koch. Esto en cuanto a la cal, que por lo que respecta a sus sales, como también es deglutido el polvo, va sujeto a otras trasformaciones químicas que lo hacen soluble”.
 
Para mayor seguridad consultaron con el catedrático de Química Biológica de la  Universidad central de Madrid, el Dr. José Rodríguez Carracido, el cual no sólo avaló sus hipótesis sino que les dio un valor añadido. Tal como explicó, el sulfato cálcico que dispensaba el inhalador, al entrar en contacto con los fluidos del organismo, formaba sales cálcicas por un proceso de doble descomposición. Por reacción ácido-base neutralizaban la acidez del bacilo, haciéndola mucho más vulnerable, pero además, y como estas sales cálcicas acababan precipitando, al depositarse arrastraban las cimasas que segregaba el bacilo de Koch, dando como resultado la paralización de la acción tóxica de dicho bacilo. En opinión, pues, del Dr. Carracido, el Pulvi-inhalador era una terapia doblemente eficaz.
 
Tan importante era, en este caso, el principio activo como el dispositivo para su administración. Pasemos, pues, a analizar primero dicho principio activo.
 
Gaspar Fisac había demostrado que los hidratos, ortofosfatos y sulfatos cálcicos simulaban perfectamente el ambiente que respiraban los yeseros y caleros y que dichas sales no irritaban la mucosa respiratoria. Si además se le añadía una sustancia balsámica como el eucaliptol y ácido benzoico, se conseguía un aroma mucho más agradable de respirar. Esta era, pues, la composición final:
 
- Hidrato cálcico: treinta y dos gramos, por cada cien gramos totales de preparado final.
- Ortofosfato cálcico: treinta y dos gramos, por cada cien gramos totales de preparado final.
- Sulfato cálcico: treinta y tres gramos, por cada cien gramos totales de preparado final.
- Ácido benzoico: un gramo, por cada cien gramos totales de preparado final.
- Eucaliptol: dos gramos, por cada cien gramos totales de preparado final.
 
Pero una cosa son los ingredientes y otra muy distinta y más complicada la forma de prepararlos. Esta tarea correspondió a Joaquín Fisac quien disponía en el laboratorio de su farmacia de cedazos y tamices con más de 4.000 orificios por centímetro cuadrado, lo que daba lugar a un polvo finísimo que podía ser inhalado perfectamente, llevando en las proporciones deseadas la mezcla de sus principios activos. Sin embargo, una vez conseguidos estos polvos, había que purificarlos para que no contuviesen ningún germen patógeno para, finalmente, envasarlos en frascos de cristal parafinados. Dichos envases tenían la cantidad necesaria para poder realizar inhalaciones diarias durante tres o cuatro meses, manteniendo en todo momento la estabilidad y propiedades de dicho polvo.
 
Para la administración de estos polvos era preciso disponer de un dispositivo que permitiese inspirarlo tanto por la boca como por la nariz, tal como explicaba Joaquín Fisac:
 
“El objetivo del aparato reside en la respiración y deglución de sales cálcicas, pues por ambos caminos se llega a la mucosa pulmonar, que es donde debe ejercer su efecto. La porción del polvo que pasa al organismo por la boca; se mezcla, y traga o deglute con la saliva, constituyendo así un tratamiento que, no es nuevo en absoluto, pues la naturaleza lo emplea hace muchos años, pero que no ha sido instituido hasta ahora como tal tratamiento. El Pulvi-inhalador Fisac, viene, pues, a llenar este vacío sentido hace mucho tiempo y puesto de manifiesto con todo rigor y constancia por los médicos españoles en la colaboración que tuvo la honra de recopilar el Dr. Gaspar Fisac en el año 1907”.
 
El aparato constaba de un recipiente de vidrio, de fondo redondeado, en donde se encontraban los principios activos; una pera de goma para propulsar la salida de estos polvos al exterior; y una boquilla que canalizaba la salida de esta pulverización en dirección al paciente.
 
El manejo de este inhalador era muy sencillo, según lo explicaba el propio inventor: “El manejo es sencillo, debe el propio enfermo u otra persona a su lado y enfrente a él, comprimir con suavidad la pera de goma, despacio y acompasadamente, a distancia de medio metro, poco más o menos de la boca del paciente, que la tendrá ligeramente entreabierta, y si la tos molestase alguna vez, debe inclinarse la cabeza un poco hacia un lado, pues de ese modo no se sustrae a la difusa y sutil inhalación que rodea a las personas”. Además aclaraba que: “Como el objeto fundamental es difundir el polvo calcáreo formando una atmósfera que envuelva al paciente, no es necesario que la inhalación se verifique directamente sobre al boca, aunque cabe realizarse a corta distancia de la misma. Puede llevarse a cabo con la cabeza ligeramente desviada del aparato”.
 
Esta sencillez de manejo la explicaba perfectamente Elena García Vela en su tesis doctoral “La farmacia en el entorno de La Mancha” (2015):
La primera premisa, era que el aparato debía estar sujeto entre ambas manos por el propio paciente o un cuidador de éste, o en su caso, bien apoyado sobre una superficie lisa, como por ejemplo una mesa.
La segunda de estas cuestiones hacía referencia a la distancia que debía existir entre el aparato y el enfermo; debiendo ser ésta de aproximadamente medio metro.
En cuanto al paciente; éste debía posicionarse a la citada distancia y siempre mantener la boca entreabierta, para que el polvo pudiese penetrar por ella y por las fosas nasales a una misma vez, para ejercer así su efecto por ambas vías de entrada, tal y como se ha tratado ya en puntos anteriores.
Para que el polvo alcanzase las vías del paciente; éste o su cuidador, debían comprimir con acompasado movimiento manual la bola o pera de goma incluida en el dispositivo.
Al momento de la inhalación, si esta había sido realizada dentro de una habitación cerrada, era frecuente notar en el ambiente el polvo en suspensión flotando. Mientras no se produjese tos por parte del paciente, no era necesario ni ventilar ni renovar el aire.
 
Con todo, y según expone Elena García Vela, se recomendaban una serie de consejos adicionales para el buen uso del citado invento:
En cuanto al uso del aparato, era necesario agitarlo muy bien antes de usarlo. El objeto de dicha acción era evitar así la acumulación del polvo que tenía una inevitable tendencia a depositarse en el fondo.
Sobre el momento del día en el cual era mejor realizar las inhalaciones, se consideraba conveniente que éstas, sin excepción alguna, se practicasen antes o entre las comidas. Este hecho se fundamentaba, en dos pilares bien definidos;
- El primero; que muchos pacientes, en su afán por una pronta curación, bien prolongaban demasiado tiempo las inhalaciones, bien acercaban demasiado el aparato a la boca. Ambas acciones podían tener como resultado común la inevitable producción de vómitos.
- El segundo; dado que parte del polvo resultaba deglutido, la mucosa del tubo digestivo se ponía en íntimo contacto con el mismo. Esto ocurría así especialmente cuando el estómago estaba vacío.
Y, finalmente, en cuanto al modo de conservar el Pulvi-inhalador, se aconsejaba conservarlo en un lugar fresco y seco, y tapado con una bola de algodón hidrófilo ya que, dada la naturaleza higroscópica de las sales que lo componían, si estas se desnaturalizaban y sufrían un proceso de hidratación, se convertirían en un compuesto pesado y grumoso por lo que había que desecharlas y abrir y limpiar bien todas las piezas internas del Pulvi-inhalador.
 
En cuanto a la posología, se recomendaba hacer las inhalaciones tres veces al día, aunque podían aumentarse o disminuirse en función de la gravedad y evolución de la enfermedad. Cada una de estas aplicaciones debía tener una duración de unos 10 minutos, aunque podían llegar a los 15 ó 20 en algunos casos. En cuanto al tiempo que debía mantenerse dicho tratamiento, se recomendaba un periodo aproximado de unos dos meses, aunque en casos graves podía prolongarse algo más. Concretamente se decía que “debe prolongarse varios meses, dos o tres como mínimo, dejando algún reposo de varios días al final de cada mes, y practicando las inhalaciones, durante diez o quince minutos, dos o tres veces al día, siendo lo ideal en los intermedios de las comidas”.
 
La indicación para la cual se desarrolló este medicamento fue la tuberculosis, pero también podía emplearse en otras indicaciones tales como: Hemoptisis, pulmonías, pleuresías, bronquitis, estados gripales y cualquier patología que comprometiera al sistema respiratorio, anemia y, de manera más general, en todos aquellos casos en los que fuese necesaria la tonificación del organismo.
 
El paso siguiente era patentar dicho invento y a este fin se presentó el 25 de abril de 1910 al Registro de la Dirección General de Agricultura, Industria y Comercio, del ministerio de Fomento, concediéndosele la patente nº 47.881 al día siguiente, aunque no fue hasta el 16 de junio de 1910 cuando apareció publicado en el Boletín de la Propiedad Industrial.
 
Ya con la patente conseguida, el “Pulvi-inhalador Fisac” comenzó a comercializarse en España. Por supuesto que Joaquín Fisac lo vendía en su farmacia pero también podía encontrarse en otras muchas farmacias de toda España: Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao, Valladolid, Pontevedra, Cádiz, Sevilla, etc.
 
Para conseguir la mayor difusión posible, Joaquín editó en 1911 un folleto científico explicativo titulado “Pulvi-inhalador Fisac. Recalcificación de inhalaciones purulentas” y se hicieron eco de él diversas publicaciones, tanto de carácter científico (“El Siglo Médico”, “La Farmacia Española”, etc.) como generales (“Adelante”, “El Eco de Daimiel”, etc.).
 
Con el “Pulvi-inhalador” ya en el mercado, Gaspar Fisac publicó en 1911 una nueva obra, “Tratamientos de la tuberculosis e inmunidad de los yeseros y caleros” que suponía una ampliación de sus anteriores estudios, contando para ello con la colaboración de otros doctores, entre ellos el Dr. Hipólito Rodríguez Pinilla, catedrático de Medicina de la Universidad de Salamanca.
 
Así hablaban de él, por ejemplo, en el “Boletín del Colegio de Médicos de Tarragona” de octubre de 1911:
“...La miseria y los vicios efectivamente, son como afirman los autores, las causas del aumento de la enfermedad (la tuberculosis) y de su desarrollo en los individuos.
El tratamiento como la etiología, está expuesto con claridad suma dentro de los reducidos límites de la obra, y el capítulo sobre tuberculinas pone de manifiesto la diversidad de criterios que han precedido a su preparación, y respecto determinación del índice opsónico resulta no ser clínico el procedimiento como no lo es tampoco el de la tuberculinoterapia.
La quinta parte de la obra está destinada al estudio de las inmunidades profesionales, en especial de los yeseros y caleros, con las diversas comunicaciones presentadas a diversos Congresos por el Dr. Fisac, seguidos de la parte estadística, que es importantísima, viéndose en ella los resultados del tratamiento por las inhalaciones calcáreas y técnica del tratamiento con el ‘Pulvi-inhalador’ del farmacéutico J. Fisac”.
 
Unos años más tarde, con la aparición del “Reglamento para la Elaboración y Venta de Especialidades Farmacéuticas”, de seis de marzo de 1919, Joaquín Fisac decidió hacer los trámites administrativos necesarios para registrarlo como especialidad farmacéutica.
 
Se entendía por “especialidad farmacéutica” todo medicamento de composición conocida e identificada claramente, que se dispensase en farmacias –previa prescripción del médico- en un envase uniforme y precintado. Para ello debían estar registradas previamente y contener una sustancia “muy activa” (lo que hoy se conoce por “principio activo”), es decir, aquella cuya dosis máxima de administración inicial fuera de fracción de miligramo a cinco centigramos como máximo. En este caso concreto, los cinco compuestos utilizados, cumplían esta premisa.
 
Como no estaba permitido que un farmacéutico vendiese especialidades farmacéuticas que llevasen su propio nombre, Joaquín Fisac le cambió el nombre por “Pulvi-inhalador de  sales calcáreas” registrándolo así en la Dirección General de Sanidad en 1922 con el nº 2216. De esta forma podemos conocer que esta especialidad farmacéutica fue la primera de su clase que se registró en España, puesto que –hasta entonces- tan solo era posible acceder a preparados con esta vía de administración, procedentes de otros países, ninguno de los cuales tampoco llevaba en su composición, estas u otro tipo de sales calcáreas. En realidad, los dos competidores con que tuvo que enfrentarse eran “Arsicalcina” y “Neobios”, el primero en forma de comprimidos y el segundo en ampollas para su administración hipodérmica.
 
Precisamente para su registro como especialidad farmacéutica se indicaba en la documentación presentada que “no el interés industrial, sino el de prestar facilidades técnicas instrumentales al estudio y práctica del Dr. D. Gaspar Fisac, demostrando con sus investigaciones y estudios; avalados todos ellos por la opinión de millares de médicos españoles, en su obra ‘La inmunidad de yeseros y caleros para la tuberculosis’, fue el móvil de mi preparado ‘sales calcáreas’, y el de idear un aparato para posibilitar su aplicación, el ‘Pulvi-inhalador Fisac’. Demostrando de este modo, en la práctica, sus efectos curativos en los procesos tuberculosos de forma tórpida”.
 
Tanto Gaspar Fisac como Hipólito Rodríguez Pinilla y otros doctores de la época corroboraron los beneficios que reportaba esta especialidad farmacéutica, mejorando el estado pulmonar hasta la curación; e incluso hablaban de propiedades tales como las de antipirético, regulador del apetito y anticongestivo. Esos efectos beneficiosos se sustentaban, en su opinión, en cuatro factores fundamentales:
- El hecho de que las autopsias demostrasen tubérculos calcificados en sujetos que no habían muerto de tuberculosis.
- La demostración llevada a cabo por el Dr. Fisac, probando que tanto caleros como yeseros no padecían la tuberculosis.
- Lo inocuo del tratamiento, con la ausencia casi total de efectos adversos derivados de su uso, siendo además fácilmente aceptado por los enfermos, y compatible con otras medicaciones.
- Y finalmente, la superioridad del beneficio ejercido por las inhalaciones frente a la ingesta por vía oral de preparados a base de calcio.
 
Finalmente en 1940, Joaquín Fisac –con motivo de su jubilación- dejó de fabricar esta especialidad farmacéutica pionera y por ello realizó los trámites administrativos necesarios para darla de baja. Como prueba fehaciente de la lentitud de la burocracia, se tardaron seis años hasta que la Jefatura Provincial de Sanidad de Ciudad Real anulase el registro que, sin embargo, siguió en el Archivo General de la Administración hasta abril de 1958, esto es, no se cerró definitivamente el proceso de baja de esta especialidad ¡hasta 12 años después de haberlo solicitado!
 

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