Ya se sabe que muchos de esos asteroides (y hay muchos) no solo tienen grandes cantidades de hierro y agua, sino también de algo mucho más atractivo: oro y platino. Dice Enrique Pampliega, profesor de redes sociales y científicas, en la revista Profesiones, que “algunos asteroides podrían contener todo el platino obtenido de minas terrestres en toda la historia y tener un precio de mercado de centenares de miles de millones de dólares”, y añade que “considerando que son unos 12.000 los asteroides que cada año pasan cerca de la Tierra, y que en un 10 por ciento de ellos sería más fácil aterrizar que en la Luna, la fiebre por la conquista de los asteroides está servida y la batalla por explotar comercialmente las riquezas del espacio no ha hecho más que empezar”.
Desde luego la citada Ley lo deja bien claro: quien sea capaz de recuperar recursos de un asteroide tiene el derecho de “poseerlo, transportarlo, usarlo y venderlo”. La propia NASA ya ha enviado con bastante éxito una nave a un cometa y tiene en camino otra que no sólo aterrizará en el asteroide Bennu, sino que regresará dentro de unos años con unas muestras del mismo. Pero ante un tesoro espacial de tales dimensiones, no es de extrañar que ya hayan sido muchas las empresas comerciales que, amparadas en la citada Ley, estén desarrollando programas privados para la conquista y explotación de muchos de esos asteroides. Por citar solo algunas, diremos que Bigelow Aerospace, Deep Space Industries, Mars One, Orbital Sciences o Planetary Resources, ya están trabajando para apropiarse de algunos asteroides y explotar sus riquezas.
Al final no es al afán de conocimiento científico el que mueve la carrera espacial, ni tampoco el afán espiritual (conocer de dónde venimos y a dónde vamos), ni siquiera el afán patriótico de ser los líderes del mundo, sino algo mucho más mundano, terrenal y poco poético: el afán de lucro.
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