(AZprensa) Demócrito de Abdera, el filósofo griego del
siglo V a. C. conocido como el "filósofo que ríe", nos dejó una de
las visiones más antiguas y lúcidas sobre cómo alcanzar una vida verdaderamente
feliz. Mientras su fama actual se debe principalmente a la teoría atomista —la
idea revolucionaria de que todo está compuesto por partículas indivisibles
(átomos) que se mueven en el vacío—, sus contemporáneos y los autores
posteriores destacaron sobre todo sus reflexiones éticas. Para Demócrito, la
felicidad no era un estado efímero ni dependía de riquezas o placeres intensos,
sino de un equilibrio interior profundo.
La eutimia como meta suprema
El núcleo de su propuesta ética se resume en el concepto
de eutimia (euthymía, εὐθυμία), que puede traducirse como "buen ánimo",
"alegría serena", "tranquilidad del alma" o
"equilibrio emocional estable". No se trata del placer sensorial
(hedoné), que muchos malinterpretaron, sino de un estado en el que el alma
permanece calmada, estable y libre de perturbaciones como el miedo, la
superstición o las pasiones descontroladas. "El objetivo de la vida es la eutimia,
que no es lo mismo que el placer, sino el estado en el que el alma avanza
calmada y estable, sin ser perturbada por ningún temor, superstición ni otra
pasión."
Este "buen ánimo" surge, según el propio
Demócrito, de la moderación en el gozo y de un buen equilibrio en la vida. En
uno de sus fragmentos más célebres explica: "La euthymía se produce en los
hombres mediante la moderación del deleite y la armonía de la vida."
Demócrito distinguía claramente entre placeres útiles y
perjudiciales. Los excesos convierten lo más agradable en lo más desagradable;
por eso defendía la mesura (la mesotés griega) como camino práctico hacia la
serenidad.
Las claves prácticas para una vida feliz según Demócrito
Aunque solo conservamos fragmentos —muchos de ellos
máximas éticas transmitidas por autores posteriores como Diógenes Laercio,
Estobeo o Clemente de Alejandría—, podemos reconstruir varias enseñanzas
concretas que aún resuenan con fuerza:
La felicidad reside en el alma, no en lo externo
La felicidad y la desdicha pertenecen al alma.
Ni el cuerpo ni las riquezas dan la verdadera dicha.
Ni en el cuerpo ni en las riquezas hallan los hombres su
felicidad, sino en la integridad y la cordura.
Control de deseos y pasiones
El sabio modera sus apetitos y no se deja arrastrar por lo
que parece deseable pero resulta dañino.
Si alguien sobrepasase la justa medida, lo más agradable
podría convertirse en lo más desagradable.
Comprender la naturaleza disipa miedos irracionales, como
el temor a las desgracias o a la muerte.
La sabiduría libera al alma de las pasiones, como la
medicina cura las enfermedades del cuerpo.
La risa como sabiduría
Demócrito reía con frecuencia, no por burla cruel, sino
porque veía la absurdidad de las ambiciones humanas vanas. "La risa torna
sabio", se le atribuía. Su risa era una forma de distanciamiento sereno
ante las locuras del mundo.
Autocontrol y vergüenza interior
Aunque estés solo, no digas ni hagas algo malo; aprende a
avergonzarte más de ti mismo que de los otros.
La virtud y la educación
La educación es clave: "La naturaleza y la enseñanza
son similares; la enseñanza remodela al hombre y, al remodelarlo, actúa como la
naturaleza."
Vigencia en el siglo XXI
En una época obsesionada con placeres inmediatos, éxito
material y gratificación constante, las ideas de Demócrito resultan
sorprendentemente modernas. Su propuesta —una alegría tranquila lograda
mediante moderación, autoconocimiento y liberación de miedos irracionales—
anticipa aspectos del estoicismo, el epicureísmo (que bebe directamente de él)
e incluso ciertas corrientes de la psicología positiva actual. Demócrito no
prometía una felicidad ruidosa ni espectacular. Ofrecía algo más sutil y
duradero: la capacidad de mantener el alma en calma y equilibrada, incluso
cuando el mundo exterior es caótico. Como él mismo entendió hace veinticinco
siglos, esa serenidad risueña es, quizá, el mayor logro al que puede aspirar un
ser humano. Recuérdalo: Tu principal objetivo en la vida debe ser la eutimia.
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(AZprensa) José Luis Hidalgo (1919-1947). En la pequeña
localidad de Torres, próxima a Torrelavega (Cantabria), nació el 10 de octubre
de 1919 José Luis Francisco Hidalgo Iglesias, un poeta y pintor cuya breve
existencia dejó una huella indeleble en la literatura española de posguerra.
Huérfano de madre a los nueve años, esta temprana pérdida marcó profundamente
su sensibilidad y se convirtió en uno de los hilos conductores de su obra,
impregnada de una honda meditación sobre la muerte, el tiempo, Dios y la
condición humana.
La infancia y juventud de Hidalgo transcurrieron en
Torrelavega, donde ya a los quince años comenzó a publicar textos en prosa y
verso en el semanario local El Impulsor. La Guerra Civil Española irrumpió en
su vida como un corte brutal: trabajó como maestro en Santander y profesor
auxiliar de Dibujo en el instituto de Torrelavega, y en 1938 fue movilizado en
el bando franquista, donde desempeñó la dolorosa tarea de censar a los caídos
en los frentes de Extremadura y Andalucía. Esta experiencia con la muerte
masiva dejó una huella indeleble en su conciencia poética.
Al finalizar la contienda, Hidalgo se trasladó a Valencia,
donde completó estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Carlos
(1943). Allí conoció a poetas como Ricardo Blasco y Jorge Campos, con quienes
editó la revista Corcel, y mantuvo una amistad decisiva con José Hierro, figura
clave de la «Quinta del 42» santanderina. También frecuentó tertulias
literarias y participó en la vida cultural de la época. En Madrid, conoció a
Vicente Aleixandre, cuya influencia fue fundamental en su maduración poética.
Aunque cultivó la pintura (con exposiciones en el Ateneo
de Santander y participación en la Olimpiada Popular de Barcelona de 1936), fue
en la poesía donde Hidalgo alcanzó su mayor intensidad. Su trayectoria muestra
una evolución vertiginosa: desde unos inicios vanguardistas y metafóricos en
obras juveniles como Pseudopoesías (1936), Las luces asesinadas y otros poemas
(1938) o Mensaje hasta el aire (1938), hasta una voz existencial más desnuda y
esencial en sus libros publicados en vida.
En 1944 apareció Raíz (Valencia, Cosmos), obra que recibió
mención honorífica en el Premio Adonais junto a nombres como Carlos Bousoño,
Blas de Otero y José María Valverde. Este libro, de imaginería telúrica (relacionada
con lo subterráneo y las raíces), explora la conexión indisoluble entre vida y
muerte, con un lenguaje que ya anuncia la gran preocupación metafísica del
autor.
Un año después, en 1945, publicó Los animales (Santander,
Proel), un breve pero intenso bestiario poético de solo once poemas. En ellos,
Hidalgo observa a las criaturas —toros, sapos, lagartos, caballos— desde una
perspectiva casi extrahumana, celebrando su inocencia, su comunión con la
naturaleza y su serenidad ante el paso del tiempo, en contraste con la angustia
del ser humano.
Su obra culminante y más conocida, Los muertos (Madrid,
Adonais, 1947), se convirtió en un hito de la llamada «poesía desarraigada» o
existencial de posguerra, junto a títulos como Hijos de la ira de Dámaso
Alonso. Escrito entre 1944 y 1946, este libro —dividido en cuatro partes—
constituye una meditación agónica sobre la muerte, el silencio de Dios, el
tiempo y la búsqueda desesperada de sentido. El poeta desciende al mundo de los
muertos, increpa al Creador y se enfrenta al vacío con una intensidad que
recuerda a Unamuno y a la tradición mística española.
Tristemente, la tuberculosis que padecía desde 1946 se
agravó. Trasladado al sanatorio de Chamartín de la Rosa (Madrid), Hidalgo
trabajó febrilmente en la ordenación y corrección de Los muertos con ayuda de
amigos como José Hierro, Vicente Aleixandre y Ramón de Garciasol. Murió el 3 de
febrero de 1947, a los 27 años, apenas días antes de que el libro viera la luz.
«He nacido entre muertos y mi vida
es tan sólo el recuerdo de sus almas…»
Este verso de Los muertos resume la obsesión central de su
poesía: no una premonición romántica de su propia muerte (como a veces se ha
interpretado de forma simplista), sino una reflexión profunda y atemporal sobre
el límite humano.
La obra de José Luis Hidalgo, reunida póstumamente en Obra
poética completa (1976, Institución Cultural de Cantabria), sigue siendo una de
las voces más originales y desgarradas de la generación de posguerra. Poeta
vital y metafísico a un tiempo, último vanguardista de anteguerra y primero de
la rehumanización existencial, Hidalgo nos recuerda que la verdadera raíz del
hombre se hunde en la conciencia de su finitud. Su llama, aunque breve,
continúa ardiendo en la poesía española.
(AZprensa)
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es todo.
Vicente
Fisac (1949 - ?)
Un
escritor inefable
(AZprensa) Nuestra vida es tan solo ese minuto de espera
en el andén. Podrá parecernos larga la espera, y sin embargo sólo es un instante,
un soplo efímero, preludio de un viaje, de una aventura mucho mayor.
Cada uno
coge el tren que el destino le tiene preparado y, a veces, en el andén o por la
ventanilla cruzamos nuestra mirada con esa otra persona que nos hubiera gustado
formase parte de nuestra aventura. Pero, al final de todo, este es un viaje que
debemos hacer solos aunque creamos que lo hacemos acompañados…
ESTACIÓN DE TRÁNSITO
Escucho decir al viento:
“Expándete, rompe el silencio
de las palabras huecas,
mira hacia allá
donde van tus pasos guiados
por tu voluntad”.
Voy a salir y avanzar.
Mi sombra alargada por el sol
se perderá
más lejos de lo que pueda ver,
dejando testimonio
de que estuve allí,
haciendo camino,
buscando sin cesar
la senda de la comprensión
de nuestra razón de estar
en esta estación
de tránsito;
una más.
Y en el andén se cruzan
dos trenes a distinta
velocidad.
Nuestras miradas conectan
un breve instante,
brillando el deseo
de comunicar;
mas es vano,
porque pronto comprendemos
que nuestros trenes
ya se han cruzado
y nos han dejado tan solo
un momento
de felicidad.
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(AZprensa) En la
turbulenta vida sentimental de Charles Chaplin, uno de los genios indiscutibles
del cine, la relación con Paulette Goddard destaca como una de las más
apasionadas, creativas y, a la vez, enigmáticas. Durante casi una década, desde
1932 hasta 1942, esta pareja no solo compartió una intensa historia de amor,
sino que también dejó una huella imborrable en la pantalla grande con dos obras
maestras: Tiempos modernos (1936) y El gran dictador (1940).
Paulette Goddard, nacida en 1910 como Pauline Marion
Goddard Levy, era una actriz ambiciosa y de belleza magnética que había
empezado su carrera como corista en Broadway y modelo. Tras un breve matrimonio
adolescente con un magnate maderero, llegó a Hollywood en busca de fama. En
1932, durante una fiesta en un yate, conoció a Chaplin, entonces en la cima de
su carrera pero emocionalmente vulnerable tras divorcios conflictivos. La
química fue inmediata. Chaplin, fascinado por su vitalidad y su independencia,
la convirtió rápidamente en su compañera inseparable. Compró un yate para
paseos románticos a la isla Catalina y la instaló en su mansión de Beverly
Hills. A diferencia de sus relaciones anteriores con mujeres más jóvenes y
dependientes, Paulette era una igual: inteligente, fuerte y con aspiraciones
propias.
El punto álgido de su colaboración profesional llegó con
Tiempos modernos, la última película muda de Chaplin, donde Goddard interpretó
a la "Gamin", una joven huérfana callejera que acompaña al icónico
Charlot en una crítica satírica al capitalismo industrial. Chaplin la entrenó
personalmente durante meses, moldeándola como un Pigmalión moderno. La película
fue un éxito rotundo y catapultó a Goddard al estrellato. Poco después, en
1936, emprendieron un viaje por el Pacífico que incluyó China y Singapur. Allí,
según fuentes cercanas y el propio Chaplin en su autobiografía, contrajeron
matrimonio en secreto. Sin embargo, el enigma persiste: nunca se encontró un
certificado oficial, y la pareja evitó confirmarlo públicamente durante años.
Este misterio alimentó rumores y escándalos, especialmente cuando Goddard
perdió el papel de Scarlett O'Hara en Lo que el viento se llevó (1939) porque
no pudo presentar pruebas de su unión legal con Chaplin, lo que habría evitado
acusaciones de "convivencia en pecado" en la conservadora Hollywood
de la era del Código Hays.
En 1940, volvieron a colaborar en El gran dictador, la
primera película completamente hablada de Chaplin y una valiente sátira contra
Hitler. Goddard encarnó a Hannah, el interés romántico del barbero judío
interpretado por Chaplin. En la premiere, él la presentó como "mi
esposa", disipando parcialmente las dudas. Pero la relación ya mostraba
grietas: diferencias creativas, la ambición independiente de Paulette y rumores
de infidelidades (incluido un supuesto romance de ella con George Gershwin)
erosionaron el vínculo.
En junio de 1942, anunciaron su divorcio de mutuo acuerdo,
sin escándalos ni demandas millonarias como en matrimonios previos de Chaplin.
A diferencia de sus exesposas anteriores, Goddard mantuvo una amistad cordial
con él hasta su muerte en 1990, y fue cercana a los hijos mayores de Chaplin. Esta
relación no solo produjo dos clásicos del cine, sino que representó un capítulo
de madurez para Chaplin: con Paulette encontró una pareja que lo desafiaba
intelectualmente y lo acompañaba en su genio creativo. Aunque efímera, su
historia sigue fascinando como un romance hollywoodense lleno de pasión, un
cierto halo de misterio y un legado cinematográfico eterno.
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