(AZprensa)
Un reportaje desde las pistas F hacia Vatnajökull, donde cinco directivos sin
experiencia en aventura descubren por qué Hollywood rueda aquí sus mundos
imposibles.
El
Land Rover Defender modificado cruza el último vado de río glaciar con el agua
golpeando las puertas. Dentro, cinco ejecutivos de una multinacional
tecnológica —ninguno ha pisado jamás un glaciar— se aferran a los asideros. Han
dejado atrás la Ring Road y sus cafés con Wi-Fi; ahora avanzan por la pista
F208, un surco de grava negra entre campos de lava que parecen la superficie de
Marte. “Esto no puede ser la Tierra”, susurra uno de ellos. Y no exagera.
Un
set de cine sin decorados
El
interior de Islandia es el plató natural más codiciado por la industria del
cine. Christopher Nolan eligió el valle de Maelifell para Interstellar; J.J.
Abrams usó las llanuras de Sprengisandur en Star Wars: The Force Awakens; y el
propio Vatnajökull —el glaciar más grande de Europa— sirvió de escenario para
persecuciones sobre hielo en James Bond: Die Another Day. Ridley Scott, en
Prometheus, no necesitó efectos especiales: bastó con filmar los campos de
musgo fluorescente y las columnas basálticas de Stuðlagil.
¿Por
qué aquí? Porque el paisaje islandés interior combina elementos que en
cualquier otro lugar requerirían CGI: ríos turquesas que serpentean entre
grietas de 100 metros, cascadas que caen desde acantilados invisibles, y un
viento ártico constante que congela el aliento en segundos. “Es un planeta
hostil y bello al mismo tiempo”, resume el guía local, veterano de más de 300
expediciones.
De
la sala de juntas al terreno
FEl grupo de hoy es atípico: Ana (CFO), Marco
(CEO), Lisa (marketing), Raj (ingeniería) y Sofia (RRHH). Sus pasaportes
acumulan sellos de Dubái, Singapur y Davos, pero ninguno incluye la palabra
“glaciar”. Su empresa organiza este viaje como team building extremo: cuatro
días sin cobertura móvil, con crampones y chaquetas térmicas como únicos
aliados.
La
primera impresión llega en Landmannalaugar, un valle geotérmico donde las
montañas ryolíticas exhiben franjas de rojo, amarillo y verde. Las fuentes
termales burbujean a 40 °C mientras el viento exterior ronda los –5 °C. “En
Nueva York controlo presupuestos; aquí el paisaje me controla a mí”, reconoce
Ana al borde de una cascada de 60 metros. El ruido ensordecedor ahoga cualquier
intento de llamada.
El
desafío logístico
Las carreteras interiores —clasificadas como pistas F— no son
aptas para vehículos convencionales. Los todoterrenos deben vadear ríos de
deshielo que cambian de caudal cada hora, sortear ceniza volcánica que reduce
la visibilidad a cero y escalar pendientes de grava suelta. El GPS pierde señal
a los 20 minutos; la brújula y la experiencia del guía son los únicos
navegadores fiables.
En
el altiplano de Kjölur, la niebla baja obliga a reducir la velocidad a 15 km/h.
“Un error y el río se lleva el coche”, advierte el conductor. Los ejecutivos, acostumbrados
a gestionar riesgos financieros, descubren otro tipo de incertidumbre: la
naturaleza no negocia.
Vatnajökull:
el gigante blanco
El
clímax llega al borde del glaciar Vatnajökull, que cubre 7.900 km² —equivalente
a la superficie de Puerto Rico—. Desde el mirador de Skaftafell, el hielo se
extiende hasta el horizonte como un océano congelado. Grietas azules de 30
metros de profundidad brillan con luz turquesa; cascadas internas rugen bajo la
superficie.Equipados con crampones por primera vez, los cinco pisan el glaciar.
El viento corta como cuchillas; el silencio es tan denso que se oye el crujido
del hielo. “Es como caminar sobre un ser vivo de 1.000 años”, dice Raj,
ingeniero que suele diseñar servidores en salas climatizadas. Lisa, la de
marketing, guarda el teléfono: “Ningún filtro puede captar esto”.
Lecciones
de otro mundo
Cuatro
días después, de regreso a Reykjavik, el grupo resume la experiencia en una
frase recurrente: “Hemos aprendido humildad”. El paisaje islandés —usado en más
de 20 blockbusters desde 2000— les ha recordado que hay fuerzas que no se
controlan con PowerPoint ni se mitigan con seguros.Para los organizadores de
viajes corporativos, Islandia interior se convierte en el nuevo estándar de
off-site: un lugar donde la fantasía cinematográfica choca con la realidad
geológica, y donde ejecutivos que nunca han salido de la zona de confort
descubren que el verdadero riesgo no está en los balances, sino en un río que
puede arrastrarte en segundos.
Dato
práctico: Las pistas F abren solo de junio a septiembre. Un todoterreno 4×4 con
conductor-guía cuesta desde 1.200 €/día; el equipo de glaciar (crampones,
piolet, arnés) se alquila en Skaftafell por 45 €/persona. Reserva con
antelación: el cupo diario está limitado para preservar el frágil ecosistema.
En Islandia, la ciencia ficción no necesita efectos especiales. Solo hace falta subir al coche y adentrarse.
Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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