miércoles, 5 de noviembre de 2025

El paisaje extraterrestre que conquista a ejecutivos novatos

(AZprensa) Un reportaje desde las pistas F hacia Vatnajökull, donde cinco directivos sin experiencia en aventura descubren por qué Hollywood rueda aquí sus mundos imposibles.
 
El Land Rover Defender modificado cruza el último vado de río glaciar con el agua golpeando las puertas. Dentro, cinco ejecutivos de una multinacional tecnológica —ninguno ha pisado jamás un glaciar— se aferran a los asideros. Han dejado atrás la Ring Road y sus cafés con Wi-Fi; ahora avanzan por la pista F208, un surco de grava negra entre campos de lava que parecen la superficie de Marte. “Esto no puede ser la Tierra”, susurra uno de ellos. Y no exagera.
 
Un set de cine sin decorados
 
El interior de Islandia es el plató natural más codiciado por la industria del cine. Christopher Nolan eligió el valle de Maelifell para Interstellar; J.J. Abrams usó las llanuras de Sprengisandur en Star Wars: The Force Awakens; y el propio Vatnajökull —el glaciar más grande de Europa— sirvió de escenario para persecuciones sobre hielo en James Bond: Die Another Day. Ridley Scott, en Prometheus, no necesitó efectos especiales: bastó con filmar los campos de musgo fluorescente y las columnas basálticas de Stuðlagil.
 
¿Por qué aquí? Porque el paisaje islandés interior combina elementos que en cualquier otro lugar requerirían CGI: ríos turquesas que serpentean entre grietas de 100 metros, cascadas que caen desde acantilados invisibles, y un viento ártico constante que congela el aliento en segundos. “Es un planeta hostil y bello al mismo tiempo”, resume el guía local, veterano de más de 300 expediciones.
 
De la sala de juntas al terreno 

FEl grupo de hoy es atípico: Ana (CFO), Marco (CEO), Lisa (marketing), Raj (ingeniería) y Sofia (RRHH). Sus pasaportes acumulan sellos de Dubái, Singapur y Davos, pero ninguno incluye la palabra “glaciar”. Su empresa organiza este viaje como team building extremo: cuatro días sin cobertura móvil, con crampones y chaquetas térmicas como únicos aliados.
 
La primera impresión llega en Landmannalaugar, un valle geotérmico donde las montañas ryolíticas exhiben franjas de rojo, amarillo y verde. Las fuentes termales burbujean a 40 °C mientras el viento exterior ronda los –5 °C. “En Nueva York controlo presupuestos; aquí el paisaje me controla a mí”, reconoce Ana al borde de una cascada de 60 metros. El ruido ensordecedor ahoga cualquier intento de llamada.
 
El desafío logístico

Las carreteras interiores —clasificadas como pistas F— no son aptas para vehículos convencionales. Los todoterrenos deben vadear ríos de deshielo que cambian de caudal cada hora, sortear ceniza volcánica que reduce la visibilidad a cero y escalar pendientes de grava suelta. El GPS pierde señal a los 20 minutos; la brújula y la experiencia del guía son los únicos navegadores fiables.
 
En el altiplano de Kjölur, la niebla baja obliga a reducir la velocidad a 15 km/h. “Un error y el río se lleva el coche”, advierte el conductor. Los ejecutivos, acostumbrados a gestionar riesgos financieros, descubren otro tipo de incertidumbre: la naturaleza no negocia.
 
Vatnajökull: el gigante blanco
 
El clímax llega al borde del glaciar Vatnajökull, que cubre 7.900 km² —equivalente a la superficie de Puerto Rico—. Desde el mirador de Skaftafell, el hielo se extiende hasta el horizonte como un océano congelado. Grietas azules de 30 metros de profundidad brillan con luz turquesa; cascadas internas rugen bajo la superficie.Equipados con crampones por primera vez, los cinco pisan el glaciar. El viento corta como cuchillas; el silencio es tan denso que se oye el crujido del hielo. “Es como caminar sobre un ser vivo de 1.000 años”, dice Raj, ingeniero que suele diseñar servidores en salas climatizadas. Lisa, la de marketing, guarda el teléfono: “Ningún filtro puede captar esto”.
 
Lecciones de otro mundo
 
Cuatro días después, de regreso a Reykjavik, el grupo resume la experiencia en una frase recurrente: “Hemos aprendido humildad”. El paisaje islandés —usado en más de 20 blockbusters desde 2000— les ha recordado que hay fuerzas que no se controlan con PowerPoint ni se mitigan con seguros.Para los organizadores de viajes corporativos, Islandia interior se convierte en el nuevo estándar de off-site: un lugar donde la fantasía cinematográfica choca con la realidad geológica, y donde ejecutivos que nunca han salido de la zona de confort descubren que el verdadero riesgo no está en los balances, sino en un río que puede arrastrarte en segundos.
 
Dato práctico: Las pistas F abren solo de junio a septiembre. Un todoterreno 4×4 con conductor-guía cuesta desde 1.200 €/día; el equipo de glaciar (crampones, piolet, arnés) se alquila en Skaftafell por 45 €/persona. Reserva con antelación: el cupo diario está limitado para preservar el frágil ecosistema.
En Islandia, la ciencia ficción no necesita efectos especiales. Solo hace falta subir al coche y adentrarse.
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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