Cada vez que hay
un debate electoral corren ríos de tinta y se colapsan los espacios
informativos en radios y televisiones. Pero ¿te has preguntado alguna vez para
qué sirve un debate electoral?
(AZprensa) Cuando se produce
un debate político, cada candidato echará mano de su mejor oratoria para
hacernos ver que él es la necesaria salvación de este país y el otro la
perdición. Nos venderá, envuelto en la mejor palabrería, que uno lo va a hacer
todo bien y el otro lo hará todo mal. Y después, cada medio de comunicación
dictará su veredicto diciendo “ganó tal candidato”. Curiosamente, ese resultado
será diferente según la tendencia política del medio de comunicación que
ofrezca su veredicto.
Porque
¿qué significa “ganar” un debate? Significa haber estado más brillante, más
ágil, con más chispa... Y esto, ¿nos beneficia a los ciudadanos? Me temo que
no. Lo que repercute en nosotros no es lo que digan, sino lo que hagan; así que
los debates no tendrían que hacerse sobre palabras sino sobre hechos o sobre
proyectos concretos —ampliamente documentados— que demostrasen su viabilidad y
representasen un compromiso firme para quien los propusiese, de tal forma que
si pasado el plazo fijado no se hubieran cumplido, ello llevase aparejada la
dimisión. Pero, claro, eso es pura ciencia ficción, ya que en nuestra clase
política el verbo dimitir sigue sin estar conjugado en ningún tiempo
verbal.
En
teoría, para los ciudadanos podría ser importante un ejercicio que recapitulase
y recordase las cosas que se han hecho bien y mal en los últimos años, ya que
es bien sabido que los votantes solemos tener la memoria frágil y que la mano
que deposita el voto en la urna a menudo no la mueve el cerebro, sino los
sentimientos. Sin embargo, la experiencia nos ha demostrado sobradamente que la
simpatía o la antipatía visceral hacia un candidato puede mucho más que el
raciocino de cualquier programa electoral.
En
definitiva, ya estamos otra vez convertidos en rebaño que asiste atónito al espectáculo
mediático del debate, cuyo verdadero objetivo no es otro que animar
artificialmente la participación en la cita electoral puesto que —no lo
olvidemos— esa mayor movilización suele terminar favoreciendo, tal como está
diseñada nuestra ley electoral, a los grandes aparatos de los partidos
tradicionales frente a cualquier otra alternativa.
Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
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