Según un
estudio, en España hay un millón y medio de amaxofóbicos, es decir, personas a
las que da miedo conducir. En este artículo propongo una solución de altura
para resolver dos problemas en uno.
(AZprensa) ¿Y tú? ¿Tienes
amaxofobia? Porque según un estudio hecho público hace unos años por el
Instituto de Seguridad Vial de la Fundación Mapfre, en España hay nada menos
que un millón y medio de personas que padecen amaxofobia; es decir, pánico a
conducir en situaciones complicadas como mucho tráfico, conducción nocturna o
climatología adversa.
Según
los datos de este informe —ojo, que lo firman ellos, no yo—, hay más mujeres
que hombres afectados por este trastorno, lo que vendría a demostrar que los
hombres somos indudablemente más competentes al volante... o quizás simplemente
más inconscientes. En román paladino: que no demuestra absolutamente nada.
El perfil del
afectado: perfección y sudores fríos
Analizando
con calma el perfil del amaxofóbico tipo, descubrimos que se trata de personas
profundamente responsables, autoexigentes y perfeccionistas, con esa
irrefrenable necesidad de tener absolutamente todo bajo control. Suelen ser
conductores veteranos con muchos años de carné pero que apenas pisan el
acelerador, prefieren no viajar solos y, en cuanto se ven al volante, empiezan
a acumular taquicardias y sudores fríos. Al final, despliegan un catálogo
infinito de excusas para esquivar el coche y cambian de planes a última hora.
Las
recomendaciones oficiales (y sus matices)
Las
directrices que arroja el estudio para atajar el problema no podían ser más
drásticas:
Volver
a la autoescuela: Es decir, aprender a conducir desde cero.
Ir
siempre bien acompañado: Se supone que por un familiar dotado de una paciencia
digna de canonización.
Recibir
terapia psicológica: O lo que es lo mismo, que les den... asistencia
profesional.
La alternativa
infalible
Sin
embargo, como experto en buscarle tres pies al gato de la movilidad moderna, yo
me atrevería a añadir una cuarta recomendación mucho más práctica y económica.
Consiste
en coger el coche y plantarse en el aeropuerto de Ciudad Real. Allí encontrarán
kilómetros y kilómetros de pista perfectamente asfaltada, sin un solo obstáculo
en el horizonte y con una ausencia total y absoluta de tráfico. De esta forma
resolveríamos dos problemas de una sola tacada: Que los amaxofóbicos practiquen
allí para perder el miedo, y que se rentabilicen de una vez por todas esas instalaciones
que costaron un dineral y hoy continúan completamente abandonadas. ¡Todo
ventajas!
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