domingo, 18 de octubre de 2015

Esquizofrenia a ritmo de jazz

(Diario El Inefable) Tom Harrell está considerado como uno de los mejores trompetistas de jazz de todo el mundo, un hombre de conocimientos musicales enciclopédicos, admirado por su capacidad para improvisar de una manera cerebral pero emocionalmente conmovedora. Pero también padece esquizofrenia, una de las enfermedades mentales más preocupantes de nuestra época.

Por esta especial condición de genio de la música y enfermo de esquizofrenia que desarrolla una vida normal gracias a los nuevos fármacos descubiertos contra dicha enfermedad, actuó alguna vez ante psiquiatras e investigadores en el campo de la psiquiatría, como en el año 2002 con motivo de la celebración de la convención anual de la Asociación Americana de Psiquiatría, coincidiendo además con la salida al mercado de su decimonoveno CD, “Live at the village vanguard”, y a punto de celebrar su décimo aniversario de boda.

La esquizofrenia es una enfermedad que afecta a una de cada 100 personas y de la que afirman los expertos que, gracias a los nuevos tratamientos, éxitos como el obtenido con Harrell, son cada vez más frecuentes. La medicina ayuda, desde luego, pero a sus 55 años Harrell tenía que luchar con todas sus fuerzas para mantener la concentración en un mundo desbordado de distracciones, en el que se le veía con un aspecto lo suficientemente extraño como para atraer numerosas miradas furtivas en la calle.

Ataviado con unos anchos pantalones negros y una cazadora de cuero, también negra, con la cremallera subida hasta el cuello, en aquellos momentos de sus actuaciones en que no intervenía, se mantenía inmóvil bajo los focos del escenario, con los brazos colgados a los costados, los labios extrañamente fruncidos, los ojos cerrados y escuchando con más atención que cualquier otro de los que estaban en la sala.

Cuando llegaba su turno, levantaba la trompeta, tocaba unas notas claras, ricas, alegres –notas que él mismo escribía- en perfecto ritmo con su banda y, durante breves instantes, se sentía totalmente a gusto. Entre tema y tema, evitaba el parloteo e incluso los consabidos “gracias” que otros artistas suelen utilizar para conseguir el aplauso fácil del público.

Para los verdaderos aficionados a la música de jazz, que aprecian la excentricidad, siempre ha sido irrelevante la forma de actuar de Harrell; lo que les ha importado ha sido la música. “Hay tanta pureza en su música, tanta melodía y belleza”, explica Terrell Stafford, un trompetista de jazz que, tras haber abandonado la música clásica después de escuchar tocar a Harrell, se dedicaba a impartir clases en la Universidad de Temple. Hacia él sólo tenía palabras de admiración: “es un gran compositor, y todo lo que toca a la trompeta cuando improvisa es casi como una melodía escrita”, dice con frecuencia.

Para quienes identifican la esquizofrenia con el hombre desaliñado que grita sus delirios en la esquina de una calle, alguien como Harrell puede suponer una verdadera sorpresa. Incluso la mayoría de los profesionales de la salud mental han considerado históricamente la esquizofrenia (que produce paranoia, delirios y pensamiento desorganizado) como una enfermedad que hace que el éxito en la búsqueda de trabajo sea casi imposible. Como reconoce Zlatka Russinova, investigadora del Centro para Rehabilitación Psiquiátrica de la Universidad de Boston, “cada vez es mayor el número de personas identificadas como que han alcanzado el éxito en diferentes profesiones”.

Pero, al igual que en cualquier otra enfermedad, en opinión de los expertos, la esquizofrenia es más grave en unas personas que en otras. Los nuevos medicamentos y las nuevas actitudes están cambiando el aspecto de la enfermedad. Y Harrell no ha sido el único caso de un famoso con esquizofrenia que ha saltado a las páginas de los periódicos. Ahí tenemos, sin ir más lejos, la gran popularidad alcanzada por el Premio Nobel de matemáticas John Nash, tras el éxito de la película sobre su vida “Una mente maravillosa”, interpretada también maravillosamente por Russel Crown. Nash padecía esquizofrenia y supo convivir con ella y desarrollar una vida normal.

Hijo de un catedrático de Psicología Empresarial y Estadística, Harrell creció en la zona de la bahía de San Francisco. Niño excepcionalmente brillante, aprendió a leer solo y se saltó un curso en enseñanza básica. Empezó a tocar la trompeta a los ocho años y, en el instituto, ya tenía su propia banda de jazz.

Intentó quitarse la vida mientras estudiaba composición en Stanford. Eso provocó un diagnóstico de esquizofrenia. Con tratamiento logró completar su formación escolar e inició su carrera de música. Conoció a su esposa Ángela cuando ella llevaba a cabo una investigación para una serie de televisión que trataba sobre la creatividad y el cerebro. Harrell no llegó a formar parte del espectáculo, pero ambos descubrieron que eran casi vecinos en Nueva York y se hicieron amigos. “Una vez que superas el desconocimiento inicial de su situación y de la forma en que le afecta, la enfermedad deja de convertirse en su aspecto más destacado”, afirma su esposa. “Para mí, la enfermedad mental no le define como persona. Lo que me llevó hasta él  fue su  inteligencia  y  lo  divertido,  cariñoso,  honesto, afectuoso y desprendido que es... Podría seguir y no parar. Es sencillamente una persona enormemente sincera, muy real y espiritual, muy generoso y divertido”.

A menudo, resulta difícil manejar el estrés para quienes sufren esquizofrenia, y la vida de un músico de jazz está llena de estrés. Están los viajes, los lugares nuevos, los cambios de zonas horarias. “Muy probablemente su entorno no es el mejor para estabilizar los síntomas”, reconoce Ángela Harrell, “pero por otra parte , ha sido la música la que le ha ayudado a seguir hacia adelante todos estos años”.

Durante su matrimonio se produjo otro intento de suicidio y una reacción casi mortal a uno de sus medicamentos, seguido de la búsqueda de un nuevo fármaco. Harrell explicaba que los medicamentos le ayudaban a mantener la calma y a concentrarse, pero que a veces también le hacían sentirse cansado. Según exponía no escuchaba voces –como sucede en algunos afectados por esta enfermedad- pero en algunas ocasiones tenía problemas para pensar con claridad, algo que él definía como “si no tuviera suficiente oxígeno en la cabeza”.

Sin embargo consiguió trabajar y escribir a diario, llegando a estar convencido de que la esquizofrenia le ha hecho más productivo. “Una cosa que ha pasado con la enfermedad mental es que me ha forzado más a adentrarme en mi mismo... en cierto modo, me aísla socialmente. No tengo tantas opciones sociales como tienen otras personas”.

Harrell es capaz de escuchar acordes y percusión en los sonidos cotidianos que la mayoría de nosotros rechazamos (el tintineo de unas copas o un dedo que tamborilea en una mesa, por ejemplo), y las canciones le llegan en fragmentos, a menudo por la noche cuando se “abre una puerta en mi mente”. Es obvio que las ideas fluyen rápidamente en él. “El problema no estriba en encontrar  una idea  nueva,  sino en poder seguir el ritmo del flujo de ideas nuevas”, comenta al hilo del recuerdo de aquella primera vez cuando oyó una grabación de los años cuarenta de Dave Brubeck, el líder de la banda que le introdujo en el sonido “mágico” de una nota sostenida de trompeta.

A pesar de su aspecto tímido en el escenario, Harrell siempre ha reconocido que le gusta la comunicación con el público. En su opinión, la mejor manera de escuchar música es con los ojos cerrados. Por otra parte, confiesa su temor al rechazo social si mira a alguien de forma inadecuada. “Sería bueno comprobar cuál es la reacción del público, pero me da pavor ofender”. Para Quincy Davis, el batería del quinteto, la ausencia de teatralidad de Harrell siempre ha sido una ventaja, ya que eso significa que la música tiene que ser buena. 

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