jueves, 18 de abril de 2024

Estás vivo de milagro

(AZprensa) En el presente artículo se demuestra cómo es un auténtico milagro el que tú, yo y cualquiera de nosotros, esté aquí, ahora, vivo. Porque el camino de la vida es el más increíble y arriesgado trayecto que pudiéramos imaginar, y somos muy pocos los que podemos decir que “estamos vivos”. Te invito a que descubras lo casi imposible que ha sido llegar a este momento en el que estás leyendo esto…
 
Dice Jostein Gaarder en “El misterio del solitario” que “yo creo que todo en el universo es intencionado. Puede que tras esa infinidad de estrellas y galaxias haya una intención”.
 
Desde luego, el hecho de que nosotros estemos ahora mismo vivos y leyendo este artículo es un auténtico milagro. ¿Qué pensarías si te dijese que, hasta llegar aquí, tu vida ha corrido infinidad de peligros? ¿Sabías que has estado a punto de morir en una epidemia, en una guerra, en una catástrofe natural e incluso asesinado? ¿Eres consciente de que lo más normal es que no hubieras nacido? Quizás pienses, al leer esto, que estoy loco; por ello, trataré de explicártelo.
 
Sin duda, tu vida, la que tú conoces, ha sido más bien tranquila. No has estado en ninguna guerra, ni te ha afectado ninguna enfermedad grave. Como mucho, es posible que te hayas llevado algún susto al cruzar una calle cuando te pasó cerca un coche que estuvo a punto de atropellarte. O quizás te has dado algún golpe con el coche... que pudo haber sido mucho peor. Aun así, nadie puede afirmar que aquél posible accidente hubiera sido mortal. Entonces ¿por qué es un milagro que estemos vivos?
 
Echa un poco la vista atrás. Todos tenemos dos padres y cuatro abuelos. Antes que tú nacieras, ellos pasaron por diversos riesgos. Sin ir más lejos, la guerra civil española terminó en 1939. Piensa quéhubiera pasado si alguno de tus padres o abuelos hubiera muerto en aquella  guerra  (¡y hubo más de  un millón  de  muertos!).  ¿Tú crees que estarías aquí? Por supuesto que no; no hubieran podido engendrarte.
 
Pero también has tenido ocho bisabuelos y dieciséis tatarabuelos. ¿Qué hubiera pasado si uno sólo de ellos hubiera muerto antes de engendrar a tu antecesor? Simplemente, no hubieras nacido. Se hubiera roto la débil cadena de la vida que te ha traído hasta aquí.
 
Y piensa que, normalmente, cuanto más mires hacia atrás, mayores son las posibilidades de que alguno de tus antepasados hubiera muerto antes de traspasar a otro el testigo de tu vida. En el siglo pasado, la esperanza de vida era menor, las enfermedades se cobraban más vidas que ahora. Además, cuanto más hacia atrás mires, mayor número de antepasados tienes, y mayores son las posibilidades de que alguno de ellos hubiera muerto en un incendio, en una inundación, en un accidente... Con uno solo de esa línea directa, que hubiera muerto antes de engendrar a tu antecesor, hubiera sido suficiente para que tú no hubieras nacido.
 
Porque tus tatarabuelos también fueron a su vez engendrados. Ellos tuvieron padres y abuelos y sus propios tatarabuelos, y así hasta la primera célula del primer ser vivo que hubo sobre la Tierra. No está de más que hagas conmigo este pequeño viaje en el tiempo.
 
Una mirada atrás.- Ya hemos hablado de las ocasiones de morir que tuvieron tus padres y/o abuelos durante la guerra civil, por sólo citar el acontecimiento que más vidas cercenó en nuestra historia reciente. Pero si coges cualquier libro de historia verás que la misma ha estado plagada constantemente de guerras y otras muchas catástrofes.
 
Entre 1904 y 1913 la situación en España era precaria, con grandes bolsas de pobreza, lo que impulsó la emigración de muchos españoles. Se calcula que entre esos años hasta un millón y medio de españoles salió de nuestro país buscando otros horizontes, la mayor parte de ellos hacia América. Salvo que tú provengas de la familia de alguno de aquellos que salieron, piensa qué habría pasado si alguno de tus antepasados hubiera salido en uno de aquellos barcos que partieron hacia América. No se hubiera podido formar la familia que dio lugar, décadas después, a tu nacimiento.
 
Si una parte importante de tus antepasados provienen de Madrid, piensa entonces en el 2 de mayo de 1808. Aquél día (y los que le siguieron), por ejemplo, murieron miles de madrileños. Y no sólo los varones; también fueron las mujeres, los ancianos, los niños... ¡Todos salieron a la calle a luchar contra el invasor con cualquier utensilio o herramienta que tuvieran a mano: ¡Tijeras, palos, piedras...! Y, por supuesto, fueron muchos los que murieron. Sin embargo, ¡todos tus antepasados se salvaron! ¿No es extraordinario? Por lo menos, no murieron sin antes haber engendrado a tu siguiente antecesor.
 
Pero si en aquella época ya debías de tener cerca de un centenar de antepasados directos, un par de siglos antes, el número era mucho mayor. Y en 1647, por ejemplo, continuas plagas (langosta, sequías, hambruna, peste...) asolaron España. A finales del siglo XVI la población española era de sólo 8 millones de habitantes. Valencia, por ejemplo, perdió por la peste 16.000 de sus 60.000 habitantes y Sevilla, por citar otro caso cualquiera, perdió la mitad de sus 130.000 habitantes. Hubo barrios enteros, como los de San Marcos o San Gil, que quedaron arrasados por completo. Todas las familias que habían   llegado   hasta  allí...  allí  terminaron.   No  hubo  un después para ellos y por consiguiente, hoy no existe entre nosotros ninguno de sus descendientes. Y problemas muy similares se vivieron en Cataluña entre 1693 y 1995, o en Burgos en 1684...
 
¿Quieres ir más atrás? Durante los siglos XIV y XV fueron muchos los españoles que se embarcaron en aquellos frágiles barcos y cruzaron todos los mares. ¿Sabes cuántos murieron? ¿Cuántos hubo que no pudieron regresar a sus hogares para haber podido perpetuar su linaje?
 
Cuando no son las enfermedades o los accidentes, son las guerras, siempre presentes. ¿Alguno de tus antepasados estuvo en la batalla de las Navas de Tolosa en 1212? Pues, ¡enhorabuena! ¡Vivió para contarlo y para que su familia siguiera creciendo! Y además, fue muy afortunado, ya que también se libró de la epidemia de lepra que hizo estragos en España, principalmente en el norte de la península.
 
Si ahora mismo estás aquí, es porque alguno de tus antepasados estaba vivo en el año 864 y engendró a tu antecesor. Y aquella fue una época de hambre y peste en España, con una grave crisis demográfica debida a una serie de años de extrema sequía y plagas.
 
También tuviste antepasados cristianos, y ya sabes que fueron perseguidos y masacrados como, por ejemplo, en el año 295 a lo largo de toda España. Llegados a estas alturas en el retroceso generacional, no sería de extrañar que también hubieses tenido antepasados en el norte de España, y quizás fueron de los pocos que sobrevivieron al acoso que los romanos hicieron durante su dominio de los territorios cántabros y astures.
 
Pero nuestra estirpe es aún más antigua. Seguramente no tuvimos ningún antepasado en Numancia (133 A.C.) ni ninguno en Sagunto (219 A.C.) –no estaríamos aquí si los hubiésemos tenido- pero sí en otras regiones de España. Si estás vivo, es porque tus antepasados que vivieron en el año 300 A.C. se vieron libres de los saqueos. Eran frecuente, entonces, las escenas de violencia, degüellos, etc., que se sucedían en aldeas y pequeños pueblos. Miles de españoles lucharon en guerrillas contra romanos y cartagineses. De los iberos, por ejemplo, se conoce más su afición a la guerra que su dedicación al trabajo o sus creencias.
 
No debió ser nada fácil sobrevivir y crear una familia en el año 600 A.C., cuando los pueblos celtas ocuparon la meseta y la zona oeste de España, procedentes de la zona de Álava y alto Ebro. Pero algunos sí que lo consiguieron, ¿sabes quiénes? precisamente tus antepasados que te permiten ahora el que tú puedas contarlo.
 
¿Quieres ir más atrás? En el 3.000 A.C. la península ibérica estaba en plena era neolítica. ¿Cuántas luchas tribales? ¿Cuántas muertes por enfermedades o por heridas durante la caza de animales para lograr la subsistencia? Pero algunos sí que lograron dejar una herencia viva que siguió perpetuándose generación tras generación, hasta llegar a la nuestra.
 
Lo dejo aquí, pero en realidad puedes ir tan atrás en el tiempo como quieras. A los primeros homínidos, a sus antecesores no humanos, a los primeros organismos multicelulares... Y da igual de qué país o nacionalidad seas, porque en todas partes puedes hacer un camino retrospectivo como este y comprobar lo milagroso que es el que la cadena de vida que llegó a engendrarte no su haya roto ni una sola vez a lo largo de miles de años.
 
Si, desde que se generó la primera chispa de vida sobre este planeta, uno solo (¡uno solo!) de tus antepasados o de los míos hubiera  muerto  (¡y  fíjate  si  tuvieron  ocasiones  para  haber muerto!) antes de engendrar esa nueva vida que continuó su estirpe (la tuya o la mía), no hubiéramos estado aquí ahora para leer o escribir estas líneas.
 
Como dice el autor que he citado al comienzo de este capítulo, “la posibilidad de que ninguno de tus antepasados muriera de niño, era una contra miles de millones. Porque no se trata únicamente de la peste, sino que además, todos tus antepasados se hicieron mayores y tuvieron hijos, incluso durante las peores catástrofes naturales, e incluso en tiempos en que la tasa de mortalidad infantil era muy alta. Naturalmente muchos padecerían alguna enfermedad, pero siempre se recuperaron. Has estado a un paso de la muerte cien mil millones de veces. Tu vida sobre este planeta se ha visto amenazada por insectos y animales salvajes, por meteoritos y rayos, enfermedades y guerras”.
 
Tú mismo, a través de tus antepasados, has intervenido en muchas batallas a lo largo de la historia. Y lo que es más curioso, has estado combatiendo contra ti mismo; porque seguramente hubo antepasados tuyos en cada uno de los dos bandos que se enfrentaron en algunas batallas. Estabas luchando contra ti mismo; era una batalla ¡contra tus posibilidades de nacer!
 
Y si quieres abrir aún más la mente, dentro de esta reflexión, piensa también en los miles de millones de veces en que cualquiera de tus antepasados pudo no haberse encontrado con aquél que sería su pareja para procrear. No bastaba con que sobrevivieran a todas las guerras y calamidades.
 
De nada te hubiera servido que esa pareja de antepasados hubiera salido ilesa de la batalla, hubiera superado las enfermedades, se hubiera librado de mil catástrofes naturales o provocadas, si en un momento determinado (uno sólo a lo largo de toda su vida) no se hubieran encontrado uno frente a otro y hubieran sentido ese deseo de atracción o enamoramiento que unió sus vidas en lo más íntimo para lograr que hoy día, muchos siglos después, tú pudieras estar aquí.
 
De vuelta a casa.- Regresamos otra vez al momento presente, después de este insólito viaje. Pero no dejo de pensar en todas esas casualidades que me ha concedido la vida. Y cada vez que pienso en ello me doy cuenta de que son más y más. Mira; esto lo tenemos todos más cerca. Trata de imaginar un día concreto, ese día exacto 9 meses antes de tu fecha de nacimiento. Ese día tus padres habían salido de paseo, o habían ido al cine, o habían ido de compras o de visita. Pasaron muchas cosas ese día y, al llegar la noche, podían haber estado cansados, sin ganas de hacer nada, o haberse enfadado uno con otro (como sucede muchas de veces), o haber llegado más tarde, o haber estado enfermo (una simple diarrea, por ejemplo) alguno de ellos. Si en aquél momento, a pesar del amor que se profesaban el uno al otro, hubieran dicho “mejor lo dejamos para mañana”, ¿sabes lo que hubiera pasado?: Que tú no habrías nacido.
 
Porque si al día siguiente hubieran estado unidos y hubieran engendrado un nuevo ser, ese ser no hubieras sido tú, hubiera sido un nuevo hermano de tus hermanos, pero al que    nunca hubieras llegado a conocer porque tú nunca habrías nacido, porque esa única oportunidad del espermatozoide que estaba destinado para ti ya habría pasado. Aquella era tu única oportunidad de venir a “esta” vida... y todas las “coincidencias” de millones de años de historia a lo largo de la evolución de la vida sobre nuestro planeta, se dieron cita en ese preciso, único e irrepetible instante para darte la vida. Porque tú eres el resultado de la unión de ese espermatozoide (uno entre muchos miles en cada eyaculación) con un óvulo. Si esa relación sexual de tus padres no se hubiera realizado ese día y en ese preciso instante, tú no habrías nacido, se habría engendrado posiblemente otro ser distinto, hermano de tus hermanos, porque el espermatozoide que dio lugar a la fecundación del óvulo hubiera sido otro en esta ocasión.
 
Como dice Gaarder en su libro, “la posibilidad de que mi cadena no se rompiera en ningún momento en el transcurso de tres o cuatro mil millones de años es tan remota que resulta casi impensable”.
 
Por eso, porque resulta todo tan impensable, el que se hayan sucedido durante cuatro mil millones de años esa enorme cadena de posibilidades que conduce a cada uno de nosotros, es un argumento más en apoyo de que nosotros y nuestro mundo no somos una “casualidad” sino algo verdaderamente “intencionado”.
 
Hemos llegado hasta aquí y los que estamos leyendo este libro, hemos acumulado una nueva “casualidad” que nos debe hacer pensar en nuestra verdadera razón de ser y existir. Una llamada de atención sobre nuestra misión en la vida.
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon.
Fuente: “Nos son coincidencias”, Vicente Fisac. Amazon.

No hay comentarios: