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martes, 23 de junio de 2026

Una experiencia extrasensorial

Cuarenta años después de su muerte, mi padre se presentó ante mí con una nitidez y una solidez que ningún sueño había tenido nunca. Lo abracé. Lo sentí. Y semanas después, esa experiencia sigue tan viva como el primer día.
 
(AZprensa) Hoy vamos a compartir un testimonio... Estaba soñando. Un sueño como todos los sueños: absurdo, irracional, poblado de imágenes que no guardan coherencia entre sí y que uno sabe, incluso mientras las vive, que no pertenecen al mundo real. Y de repente, en medio de ese caos onírico, apareció mi padre. Mi padre había fallecido hacía cuarenta años.
 
Lo que ocurrió a continuación no se parece a nada de lo que he experimentado jamás mientras dormía. En contraste con el fondo confuso e irreal del sueño en que me hallaba, su figura se presentó con una nitidez absoluta, con una presencia tan sólida y tan inequívoca como la de cualquier persona con quien uno se encuentra estando despierto. Era él. Mayor, como principalmente lo recordaba, pero no como en sus últimos años de enfermedad: conservaba toda su vitalidad, y de él irradiaba algo que no sé describir de otra manera que como felicidad.
 
Yo era consciente, en ese extraño estado de lucidez que a veces se alcanza dentro del sueño, de que estaba soñando. Y precisamente por eso, al verlo tan real —demasiado real para ser una imagen onírica—, no pude sino hacerle la pregunta que me salió sola: «¿Puedo tocarte?». Porque comprendía que si era parte del sueño, el contacto lo desmentiría; que mi mano atravesaría una ilusión y quedaría confirmado que aquella presencia, por mucho que lo pareciera, no era verdadera.
 
Él sonrió. Y respondió: «Claro que sí». Lo abracé. Y lo que sentí en ese abrazo no tiene nada que ver con ninguna imagen de sueño que haya tenido antes ni después. Sentí su tacto. Su calor. El peso sólido de su cuerpo. El olor que le era propio. Incluso la aspereza de la barba de un día sin afeitar. No era una imaginación, no era la sensación difusa que a veces nos deja un sueño muy vívido. Era real. Tan real —o más— que cualquier abrazo que uno da estando completamente despierto. Y a través de ese abrazo me transmitía algo que tampoco sé nombrar con precisión: una mezcla de cariño, de consuelo y de una felicidad que parecía querer desbordarse hacia mí.
 
«No sentí miedo. ¿Cómo vas a sentir miedo de abrazar a tu padre, al que llevabas cuarenta años sin poder abrazar?»
 
Entonces me dijo algo. Dijo: «He estado fuera viendo muchos lugares, pero ahora he vuelto». Y dicho esto, su figura desapareció. Y yo volví a caer en ese sueño absurdo e inconsistente del que no recuerdo nada desde que me levanté de la cama aquella mañana. Como ocurre con todos los sueños: se disuelven con la misma rapidez que el humo de un cigarrillo cuando lo alcanza una ráfaga de viento.
 
Lo que distingue esta experiencia de un sueño cualquiera
 
La diferencia más evidente entre lo que viví en esos minutos y cualquier sueño habitual es la permanencia. Los sueños —por muy intensos que sean en el momento— se evaporan a lo largo del día. Basta con levantarse, desayunar, ponerse en marcha, para que las imágenes de la noche queden reducidas a fragmentos borrosos que a última hora de la tarde ya no podemos reconstruir. De los sueños que tuve la noche anterior a aquella visita, y los de las noches posteriores, no recuerdo nada. Esta experiencia, en cambio, sigue aquí. Semanas después, con la misma claridad y la misma intensidad del primer momento. Como un recuerdo de algo que ocurrió de verdad, porque eso es exactamente lo que parece ser.
 
Sus palabras, y lo que pueden significar
 
«He estado fuera viendo muchos lugares, pero ahora he vuelto.» Cuarenta años en términos del tiempo tal como lo conocemos aquí. ¿Significa eso que llevaba ese tiempo recorriendo territorios que están más allá de lo que podemos imaginar desde este lado? ¿Y qué significaba ese «he vuelto»? ¿Era acaso que iba a iniciar una nueva encarnación —para quienes creemos en la reencarnación— y antes de dar ese paso quería saludarme? ¿O significaba que pasaba a un estado espiritual distinto, más elevado, tras un periodo de tránsito o permanencia en uno intermedio?
 
No lo sé. Y me temo que no lo sabré hasta que yo también cruce esa frontera y pueda preguntárselo directamente. Que a estas alturas, y teniendo en cuenta todo lo que he leído y aprendido sobre “el otro lado” me parece tan apetecible como han expresado aquellos miles de personas en todo el mundo que –tras experimentar lo que se llama una “experiencia cercana a la muerte”, es decir, una muerte clínica de la que luego regresa inexplicablemente desde el punto de vista científico- no querían regresar a este mundo porque allí estaban micho mejor.
 
Lo que sí tengo claro es la certeza de haber abrazado a mi padre una vez más. De haber sentido su presencia, su calor y su afecto de una manera que ninguna explicación racionalista consigue desmontar del todo. Y la sensación de que él está bien. Más que bien: feliz. Y que quiso, de alguna manera que escapa a todo lo que conocemos, hacer el viaje de vuelta durante unos minutos para decírmelo. Con eso me basta. Y me sobra.
 

Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/ 

viernes, 24 de enero de 2025

El primer caso registrado de ECM

(AZprensa) Se conocen como ECM (Experiencia Cercana a la Muerte) aquellas experiencias en que una persona es considerada clínicamente muerta y después vuelve a la vida de forma incomprensible y relata unas experiencias de sus vivencias en el más allá. Hoy no vamos a hablar de este apasionante tema sino a rescatar del olvido el primer registro escrito que se tiene en la historia de una ECM y que nos remonta nada más y nada menos que a la época de Platón…
 
La historia del soldado armenio Er, también conocido como Er el Armenio, es detallada por Platón en su diálogo "La República", específicamente en el Libro X y puede considerarse como la primera ECM de la que se tiene constancia escrita.
 
Er era un soldado que cayó en batalla. Después de diez días, cuando estaban recogiendo los cuerpos de los caídos para el entierro, se encontró que el cuerpo de Er no mostraba signos de descomposición, y en el momento en que lo iban a quemar, él recuperó la vida y relató lo siguiente:
Er describió cómo su alma, junto con otras, fue llevada a un lugar donde se juzgaba a los muertos. Aquí, las almas eran juzgadas por sus acciones terrenales; los justos iban hacia arriba a un lugar de luz y alegría, mientras que los malvados iban a un lugar bajo tierra lleno de oscuridad y tormento.
Las almas fueron llevadas a un lugar desde donde podían ver todo el universo, estrellas, planetas, galaxias…
Estas almas, después de haber visto el juicio y el ciclo cósmico, podían elegir su próxima vida y, según contó Er, las almas escogían con base en sus experiencias pasadas, muchas veces cometiendo el error de elegir vidas que parecían atractivas a primera vista pero que resultaban difíciles o infelices.
Finalmente, en el caso de Er, no llegó a beber en lo que definió como el “río de la indiferencia” (Leteo), que hacía olvidar a las almas sus vidas pasadas, por lo que fue enviado de vuelta a la vida para contar su experiencia como testimonio de lo que sucede después de la muerte.
 
Platón sacó unas claras enseñanzas de esta historia:
La inmortalidad del alma.
La justicia cósmica.
El libre albedrío y la responsabilidad, ya que la elección de la próxima vida implica que los individuos tienen cierto control sobre su destino, si bien ese control puede ser malinterpretado o mal utilizado.
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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“No son coincidencias”: https://www.amazon.es/dp/B083XVGBHZ