viernes, 5 de junio de 2026

Las leyes solo son pretextos para recaudar

(AZprensa)
Sostienen los expertos juristas que una sociedad civilizada podría funcionar con absoluta fluidez con un corpus de apenas trescientas o cuatrocientas leyes básicas. Sin embargo, en nuestro país hemos decidido ignorar la sensatez: acumulamos miles de normas en un entramado legislativo que, lejos de frenarse, no deja de crecer día tras día.
 
Lo único que se consigue con esta auténtica promiscuidad de leyes es estimular la imaginación del ciudadano. Se le empuja a buscar el vacío legal, la trampa o el regate; una destreza que, para colmo, suele ser aplaudida y envidiada por el resto de la sociedad, especialmente cuando la osadía queda impune.
 
Para los gobernantes responsables de parir este tsunami normativo, las leyes han dejado de ser herramientas de convivencia. Hoy son simples pretextos, coartadas legales diseñadas con un único fin: exprimir el bolsillo del ciudadano para recaudar un dinero extra. Un botín imprescindible para seguir manteniendo y engordando un aparato político insaciable, con sus correspondientes gastos de representación, dietas, sueldos blindados y lujosas instalaciones. Y claro, como cada vez hay más cargos públicos que mantener, la máquina de prohibir no puede detenerse.
 
Precisamente mañana voy a publicar en este mismo blog un ejemplo flagrante de esta realidad. Os demostraré cómo tú, cómo yo y cómo todos nosotros, en definitiva, nos hemos convertido en delincuentes involuntarios por culpa de este desmedido afán recaudatorio.
 
No os lo perdáis, porque os vais a ver reflejados.
 

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jueves, 4 de junio de 2026

Un astronauta en el siglo XVI

(AZprensa)
La imagen que ilustra estas líneas corresponde a un detalle de la fachada de la Catedral Nueva de Salamanca, una joya arquitectónica cuya construcción se inició en el siglo XVI y se prolongó hasta bien entrado el siglo XVIII. Si uno afina la mirada entre las intrincadas filigranas de piedra de la Puerta de Ramos, la figura que aparece ante los ojos (ver fotografía) no ofrece ninguna duda ni se presta a dobles interpretaciones de ningún tipo: es, de manera inconfundible, un astronauta flotando en el espacio, equipado con sus botas de suela estriada, su traje presurizado y su casco.
 
¿Cómo es posible que una estampa tan contemporánea fuera esculpida hace más de cuatro siglos? Ante este anacronismo de piedra, muchos visitantes han dejado volar su imaginación. Los amantes del misterio han querido ver aquí una prueba irrefutable de la visita de antiguos astronautas extraterrestres o de viajeros del tiempo que dejaron su firma en la cantería salmantina. Pero, despojada de la fantasía de la ciencia ficción, ¿cuál es la verdadera explicación de este fenómeno?
 
La tradición de los canteros
 
La respuesta es tan sencilla como humana, y entronca con una vieja costumbre gremial. En el mundo de la arquitectura y la conservación del patrimonio, existe una arraigada tradición que permite a los maestros restauradores incorporar de forma discreta algún elemento contemporáneo o una figura de su propia cosecha cuando acometen la reparación de un templo dañado. Es una manera de dejar "testigo" de su época, una firma oculta para que las generaciones futuras sepan que esa parte de la piedra no es la original, sino fruto de una intervención posterior.
 
Bajo este amparo tradicional, el misterio de Salamanca se disuelve en el calendario. La catedral, en efecto, tiene cuatro siglos de historia, pero la figura del astronauta fue tallada en piedra de Villamayor por el artista y restaurador Jerónimo García en el año 1992.
 
El testigo del siglo XX

La pieza fue labrada durante las obras de restauración de la Puerta de Ramos, severamente deteriorada por el paso del tiempo. El cantero eligió la figura del astronauta como un símbolo icónico para representar el siglo XX, coincidiendo además con los preparativos de la célebre exposición de arte sacro Las Edades del Hombre, que situó a Salamanca en el epicentro de la actualidad cultural mundial en 1993. De hecho, no está solo: si se observa con atención el resto de la restauración, cerca del astronauta se puede encontrar también a un lince ibérico o a un demonio comiendo un cucurucho de tres bolas de helado.
 
No hubo, por tanto, visiones proféticas ni naves espaciales sobrevolando la dehesa charra en tiempos de Felipe II. Lo que hay es el ingenio de un artesano moderno que, respetando los códigos invisibles de su oficio, logró regalarle a su ciudad un imán para la curiosidad. Un guiño de modernidad esculpido en piedra antigua que, todavía hoy, sigue obligando a los viajeros a levantar la cabeza y dudar, por unos instantes, de las leyes del tiempo.
 

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miércoles, 3 de junio de 2026

¿Verdad o mentira? (Pensar puede ser divertido)

(AZprensa)
«¿Es verdad lo que me dices?». Es una pregunta idílica, casi ingenua. En el fondo, ¿cómo podemos saber con absoluta certeza si la persona que tenemos enfrente nos está revelando una verdad incontestable o nos está colando una burda mentira?
 
Si le trasladas la duda a tu interlocutor y este te responde con solemnidad que no está mintiendo, la respuesta no te vale de nada; al fin y al cabo, si te estuviese engañando, te diría exactamente lo mismo. Por el contrario, si en un arrebato de honestidad kamikaze te confiesa que te ha mentido... ¿cómo demonios vas a fiarte, a partir de ese instante, de alguien que se autoproclama mentiroso? Entrar en ese juego es como morderse la cola en un bucle infinito.
 
El refugio de las creencias
 
Por si fuera poco, el asunto se complica con los bienintencionados. A menudo, lo que la gente te dice es simplemente lo que cree que es verdad. Pero el hecho de que alguien defienda una idea con fe ciega y devoción no la convierte automáticamente en un hecho real. La historia está llena de verdades absolutas que terminaron en el vertedero de los errores históricos.
 
Ante este panorama, desconfiados de los demás, caemos en la última trampa: el egocentrismo cognitivo. Pensamos que solo queda y solo vale lo que uno mismo cree. Nos convertimos en nuestros propios jueces y soberanos. Sin embargo, lamento aguar la fiesta, pero lo más probable es que eso que tú crees con tanta firmeza tampoco sea la verdad desnuda, sino solo tu creencia; un traje a medida fabricado por tus sesgos, tus vivencias y tus deseos.
 
La perspectiva del otro lado
 
Quizás la verdad, con mayúsculas, sea un territorio prohibido para los vivos. Algo que nadie alcanzará jamás en esta existencia, por la sencilla razón de que para comprobar si algo es real o un espejismo, necesitas perspectiva. Necesitas, inevitablemente, haber abandonado esta vida y contemplar el cuadro completo, con distancia, desde el otro lado del telón. Solo los muertos poseen el mapa del tesoro, pero tienen la mala costumbre de no enviar postales.
 
Así que nos quedamos aquí abajo, atrapados en este tablero de sombras donde las certezas se evaporan en cuanto las tocas.
 
Y llegados a este punto de sospecha generalizada, solo me queda lanzar una última pregunta al aire: ¿será verdad esto que os estoy diciendo?
 

Biblioteca Fisac
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martes, 2 de junio de 2026

Nada es lo que parece

(AZprensa)
Es una de las expresiones más comunes de nuestro idioma: «Lo he visto con mis propios ojos». La utilizamos como el argumento definitivo, una verdad absoluta que zanja cualquier discusión. En nuestra vida cotidiana, tendemos a otorgar a la vista una categoría de infalibilidad casi sagrada: si está ahí delante y lo veo, tiene que ser real.
 
Sin embargo, lamento deciros que vuestros ojos —o mejor dicho, vuestro cerebro— os mienten con una facilidad pasmosa.
 
Para muestra, basta con que os detengáis unos segundos a observar la imagen que acompaña estas líneas.
 
Si miráis de un punto a otro de este patrón de esferas rosadas, vuestra vista y la interpretación inmediata que hace vuestro cerebro os dirán, sin asomo de duda, que la imagen está en movimiento. Sentiréis un torbellino que gira y se desplaza hacia el centro de la pantalla. Pero todo es una burda mentira de vuestra percepción. Se trata de una imagen completamente fija, estática, un archivo plano sin un solo milímetro de animación.
 
La ciencia del engaño: ¿Por qué se mueve lo que está quieto?
 
¿Cómo es posible que caigamos en la trampa de forma tan unánime? La explicación científica detrás de este fenómeno (un tipo de ilusión óptica conocida como ilusión de deriva periférica) no es mágica, sino puramente evolutiva.
 
Para entenderlo, debemos derribar un mito: los ojos no son cámaras de vídeo que graban la realidad en tiempo real. Los ojos captan estímulos de luz y el cerebro, a toda velocidad, se encarga de construir e interpretar la imagen basándose en lo que ya conoce.
 
En esta ilustración en concreto, el secreto del engaño reside en el uso estratégico de tres elementos: el patrón repetitivo en espiral, el fuerte contraste entre los tonos claros y oscuros de las burbujas, y nuestra visión periférica.
 
Nuestras neuronas visuales procesan la luz brillante mucho más rápido que la luz oscura. Cuando paseamos la mirada por el dibujo, el cerebro recibe primero los datos de las zonas iluminadas de las burbujas y, unos milisegundos después, los datos de los bordes sombreados oscuros. Al procesar esa mínima diferencia de tiempo en un patrón tan repetitivo, el cerebro interpreta ese "retraso" como si fuera un cambio de posición física.
 
Es exactamente el mismo principio que el del cine: nuestro sistema visual junta esos pequeños "fotogramas" de luz y sombra y genera de forma artificial una simulación de movimiento y profundidad donde solo hay quietud. El cerebro prefiere inventarse el movimiento antes que quedarse rezagado procesando la información.
 
Una lección de humildad visual
 
Este sutil diseño nos demuestra que nuestra percepción de la realidad es, en el fondo, una elaborada conjetura de nuestra mente. No vemos el mundo tal y como es, sino tal y como nuestro cerebro es capaz de procesarlo.
 
Las ilusiones ópticas son divertidas, pero también encierran una profunda lección para el día a día. Si nuestra propia biología es capaz de hacernos ver movimiento en un lienzo estático, ¿cuántas otras cosas daremos por ciertas en nuestras vidas basándonos solo en apariencias superficiales?
 
Por eso, la próxima vez que estéis dispuestos a jugaros el cuello defendiendo algo bajo el clásico «es que lo he visto yo», recordad este torbellino rosa. Y aplicad la máxima: no te creas todo lo que veas, ni niegues todo lo que no puedas ver.
 

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lunes, 1 de junio de 2026

Un Sputnik que viajó en el tiempo

(AZprensa)
Existen misterios que duermen a la vista de todos en las paredes de los templos antiguos. Uno de los más desconcertantes se encuentra en la iglesia de San Pedro en Montalcino, un encantador pueblo italiano situado a unos cuarenta kilómetros de Siena. Allí se conserva el lienzo titulado La glorificación de la Eucaristía, pintado por Ventura Salimbeni entre los años 1598 y 1614.
 
A primera vista, la escena responde a la iconografía religiosa de la época. Sin embargo, al fijar la mirada en la parte central, el espectador actual experimenta un cortocircuito mental: Dios Padre y Jesucristo sostienen una extraña esfera metálica de la que emergen lo que parecen ser dos antenas telescópicas. El conjunto resulta desconcertante. Pero la extrañeza se transforma en asombro absoluto si colocamos, justo al lado de la pintura, una fotografía del Sputnik 1, el primer satélite artificial lanzado al espacio por la Unión Soviética a mediados del siglo XX.
 
El refugio de los racionalistas
 
Aquellos que siempre buscan a la desesperada argumentos "racionales" afirman que esa esfera no es más que el Globus Cruciger, la representación del globo terráqueo bajo el poder divino. Sin embargo, la explicación cojea al observar los detalles. En la esfera de Salimbeni no hay rastro de continentes ni de océanos; solo se aprecia un reflejo luminoso en la parte superior y un elemento todavía más insólito en su cuadrante inferior izquierdo: un pequeño círculo idéntico al ojo visor o lente que portaba el satélite ruso. Por si fuera poco, en la esfera del cuadro se distinguen unas líneas de unión que la circunvalan por el ecuador... exactamente iguales a las juntas que sellaban el cuerpo del Sputnik.
 
Respecto a las supuestas "antenas", los racionalistas argumentan que se trata de los cetros o varas de mando que Dios y Cristo posan sobre el mundo. Es cierto que el extremo superior de estos bastones está rematado con un motivo religioso, pero la zona que conecta con la esfera se ensancha de forma sospechosa, imitando un anclaje mecánico. Además, la inclinación y la distancia equidistante entre ambos elementos reproducen fielmente el diseño de las antenas de telecomunicación del satélite soviético.
 
Una coincidencia de 58 centímetros
 
Hay un último detalle numérico en el que muy pocos investigadores han reparado: el tamaño. El Sputnik original medía exactamente 58 centímetros de diámetro. Si uno observa las proporciones de la pintura respecto a los cuerpos de las divinidades, la esfera que aparece en el cuadro tiene un tamaño asombrosamente similar.
 
Cuesta creer en la posibilidad de un viaje en el tiempo; resulta descabellado imaginar al pintor viajando al futuro o al propio satélite soviético sufriendo un error de navegación que lo hiciera aterrizar en pleno Renacimiento italiano. ¿Pudo tratarse entonces de una visión premonitoria, de un viaje astral o de un proceso de visión remota como aquellos que la propia CIA llegó a investigar y dar por válidos durante la Guerra Fría?
 
No disponemos de pruebas ni de material científico suficiente para lanzar una hipótesis fantástica con rigor periodístico. Pero, de igual forma, el arte tampoco ofrece argumentos lo bastante sólidos como para descartarla por completo.
 
Ante el misterio de Montalcino, no hay dogmas que valgan. Simplemente queda mirar las dos imágenes, cruzar los datos y dejar que la mente piense lo que quiera.
 

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