domingo, 15 de enero de 2023

Ya no se echan polvos como aquellos...

(AZprensa) En el año 2017 se publicaba en el “Diario AZprensa” una pequeña reseña, no exenta de humor, que rendía tributo a un medicamento de esos que han hecho historia en la Medicina, el clásico “Polvos de Azol”. Con un titular que invitaba a la sonrisa (“Si estás herido, lo mejor es un buen polvo”), recordaba este antiguo producto, sulfonilamida, que durante décadas se utilizó para combatir o evitar las infecciones por gérmenes gram+ en las heridas. De paso, hablaba de otras utilidades, no recogidas en los manuales de Medicina, como su eficacia contra el herpes labial… ¡siempre y cuando uno no se tragase los polvos!

 
Cuando se escribió aquello, los “Polvos de Azol” aún podían encontrarse en las farmacias, pero sus ventas eran residuales y su precio, apenas cuatro euros, no compensaban los costes de producción y mucho menos de promoción. Así que hoy, en el año 2022, sólo podemos mirar a los “Polvos de Azol” como un producto extinto, pero un producto que fue mucho más importante de lo que a simple vista pudiera parecer, y de eso queremos hablar hoy.


Pocos saben que sus orígenes se remontan a 1916, año en que murió Ivan Levinstein, cuya empresa, Levinstein Ltd, situada en Blackley, cerca de Manchester (Reino Unido), fue pionera en el desarrollo de colorantes sin que hasta entonces se hubiera podido tener conciencia de la influencia que estos adquirirían en el futuro de la Medicina. Porque fue en ese año, 1916, cuando se identificó en sus laboratorios el poder desinfectante para las heridas de un colorante amarillo llamado acriflavine. “Colorantes y medicamentos deben ser asociados. Todo lo que sirva para la fabricación de colorantes sirve directamente para la salud”, destacó en grandes titulares la prensa en británica 1917.


La industria de Levinstein pasó de la química a la farmacia, descubriendo, además del acriflavine, otros antisépticos como proflavine y trypanocide que –desarrollado a partir del colorante suramin, se comercializó con el nombre de “Antrypol”; así como otros medicamentos como el anestésico local procaína, todos los cuales jugaron un papel fundamental en la Primera Guerra Mundial.
 
Por su parte, el patólogo y bacteriólogo alemán Gerhard Johannes Paul Domagk (1895 - 1964) descubrió el “Prontosil” (sulfonamida), un colorante que fue considerado como el primer medicamento efectivo contra las infecciones bacterianas y que se convirtió en el antecesor de las sulfamidas, que serían descubiertas en Alemania en 1935. Gracias a su descubrimiento del “Prontosil” se le concedió el Premio Nobel de Medicina en el año1939.
 
Por cierto, aquella empresa de la que hemos hablado, Levinstein Ltd, fue una de las cuatro empresas químicas que se fusionaron (las otras fueron Industrias Nobel, United Alcali y Brunner Mond) para dar lugar al nacimiento de ICI (Imperial Chemical Industries) que con el transcurrir de los años se convertiría en Zéneca y más tarde en la actual AstraZéneca.
 
El “Prontosil” (sulfonamida) dio lugar, posteriormente, al descubrimiento de los “Polvos de Azol” (sulfanilamida), polvos desinfectantes para combatir y/o prevenir las infecciones de las heridas, el cual ha estado disponible durante más de medio siglo en las farmacias de todo el mundo.
 
Las sulfamidas fueron el primer gran grupo de sustancias antibacterianas y han salvado miles de vidas. Por su parte, los “Polvos de Azol”, y de una forma más modesta, también han jugado un papel importante en la desinfección de heridas hasta que hace unos años han desaparecido del mercado.
 
El cese de su comercialización se justificó diciendo que otras sustancias más modernas y eficaces lo habían desbancado, señalando sus “efectos secundarios” que no eran otros que la aparición en ciertos casos (poco frecuentes) de enrojecimiento de la piel o descamación; sin embargo la verdadera razón no fue esa sino su bajo precio (cuatro euros en 2017) y que no hacía rentable su comercialización y mucho menos su promoción (lo máximo que llegaron a subir su precio fue hasta los siete euros antes de desaparecer).
 
Desde aquí queremos rendir un merecido homenaje a este sencillo pero eficaz producto que ya no estará nunca más entre nosotros; por eso decimos que “ya nunca nadie te podrá echar un buen polvo”. ¡Con lo fácil que era espolvorear un poco de Azol sobre la herida para combatir la infección!
 


Una historia de la industria farmacéutica a través de la historia del que llegó a ser el tercer laboratorio más grande del mundo.

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