miércoles, 4 de enero de 2023

El laboratorio al que querían ir a visitar los médicos

(AZprensa) Esta es una anécdota real aunque parezca sacada de esas historias de “el mundo al revés”. Como todos sabemos, los laboratorios farmacéuticos tienen una amplia plantilla de empleados llamados “Visitadores Médicos” cuyo trabajo es ese, ir a visitar a los médicos para explicarles las bondades de los productos de ese laboratorio y conseguir que el médico los recete.
 
En definitiva, en la vida real son los “Visitadores” los que visitan al médico, y no los médicos los que van a visitar al laboratorio. Pero como todo en la vida, también hay excepciones, y hubo una vez un laboratorio farmacéutico al que iban a visitar los médicos.
 
En aquél laboratorio, todos los días se producía un desfile incesante de médicos. Cualquier excusa era buena: que si quiero unas muestras de tal medicamento, que si quiero hacer una consulta, que si me pueden hacer llegar su revista, que si me pueden buscar un trabajo científico publicado en tal revista extranjera…
 
Todas esas peticiones se hubieran podido atender perfectamente por teléfono, e incluso los “Visitadores” del laboratorio hubieran estado encantados de tener ese pretexto para visitar de nuevo a esos médicos y volver a recordarle los medicamentos del laboratorio. Pero no, los médicos no querían llamar por teléfono, preferían ir personalmente al laboratorio.
 
Bien es cierto que la sede central del laboratorio estaba en el centro de Madrid (en la calle Ríos Rosas) e incluso disponía, dentro del recinto del laboratorio, de un amplio aparcamiento que podían utilizar gratuitamente. Pero estas dos ventajas no parecían suficientes como para hacerles perder el tiempo en el desplazamiento personal hasta allí para algo que se podía resolver por teléfono. ¿Cuál era el misterio, pues, de esa inusitada atracción que ejercía el laboratorio?
 
Veamos. Aparcabas en su amplia explanada privada frente a las escaleras de la entrada principal. Subías las escaleras y accedías a un amplio hall. Caminabas por él y al fondo te atendía una espectacular recepcionista: guapísima, con un tipazo sensacional, simpática, atenta, eficaz. (Ya se va entendiendo un poco el por qué, pero aún hay más).
 
Todos los empleados del laboratorio llevaban bata blanca. La recepcionista, también, pero… como dentro del laboratorio –tanto en verano como en invierno- había muy buena temperatura, la recepcionista sólo llevaba el sujetador debajo de la bata y no solía abrocharse el último botón.
 
Un buen día, esta secretaria dejó el laboratorio porque había empezado a hacer sus pinitos en un Café-Teatro y quería ser artista, así que el laboratorio cambió de recepcionista, pero siguió poniendo en ese puesto a otra chica de similares cualidades. Y siguieron visitando el laboratorio decenas de médicos cada día y, curiosamente, los que acudían allí siempre eran hombres.
 


Así eran (y siguen siendo) los laboratorios farmacéuticos por dentro.
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